Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Alerta

L a respuesta de Gaia no aclaró la situación del Sur.

Reiteró que Nut se encontraba en paradero desconocido, este hecho reafirmó los pensamientos de Hera.

Minerva no habría dejado en otras manos la seguridad de su colonia.

Supuso que aprovechó la visita de su aliada para realizar el viaje.

Aun así, quedaban muchas incógnitas por resolver.

Las sanadoras la informaban cada día de la evolución de la paciente: las heridas habían cicatrizado y su temperatura era normal, mas no despertaba.

A veces, hablaba en sueños, murmuraba palabras sin sentido y se agitaba como si una pesadilla la atormentara.

Habían pasado dos semanas desde su llegada.

En ese tiempo, el adiestramiento de los sementales se endureció.

Hera exigía a Casandra la elección de su segundo, y la jefa de las custodias no se decidía.

Creía tener el candidato perfecto, Gery, pero su falta de empatía con el resto de los hombres la hacía dudar.

Aquella mañana sería la definitiva, lo pondría a prueba.

El hecho de que fuera hábil y fuerte en el arte de la lucha no implicaba que estuviera dotado para el liderazgo.

Los reunió a primera hora en el campo de entrenamiento.

A Casandra no le gustaba ir armada en la colonia, solo escondía un par de cuchillos en cada una de sus botas.

Se situó frente a ellos y les dio las instrucciones.

—Quiero que forméis dos equipos, los que consigáis vencer al otro, obtendréis una recompensa.

La patrona os concederá la libertad, podréis vivir en la colonia sin permanecer encerrados en el pabellón.

Constituiréis parte de mi ejército y seréis nombrados protectores.

—Los hombres se miraban incrédulos, el premio era demasiado bueno para ser cierto—.

Asimismo, os hago saber que este nuevo rango no os eximirá de vuestro principal deber: las rondas de fecundación.

Excepto para uno de vosotros. —Dio dos pasos al frente, quería que todos la escucharan—.

El que demuestre su valía como líder, será elegido mi segundo. Formad dos filas.

Los hombres obedecieron a Casandra. A cada uno de ellos se les armó con una lanza roma.

Los que cayeran al suelo se eliminarían, y su equipo seguiría la lucha hasta que solo quedara uno.

A la señal de la jefa de las custodias, se inició el juego.

El acicate del premio sacaba un coraje y una potencia desmedida de los sementales; se concentraron en abatir al oponente, incluso se ayudaban de sucias tretas para conseguirlo.

Gery no tenía rival, su destreza era demoledora y se quedó solo ante el último hombre del equipo contrario.

Ambos se conocían bien, no era la primera vez que se enfrentaban.

Se tomaron unos segundos para recuperar fuerzas, tiempo del que se valió Casandra para hacerles una advertencia.

—Recordad, la victoria de uno de vosotros le dará a su equipo la libertad.

El contrincante de Gery tomó la iniciativa, se colocó en posición de ataque e intentó barrer sus pies.

Este, con un salto ágil, esquivó la lanza.

Colocó la suya en horizontal y paró un golpe seco que se dirigía directo a su cabeza, el envite le dio una oportunidad, aprovechó la fuerza de su atacante para empujarlo.

El hombre tropezó con sus propios pies en la arena y cuando su cuerpo estaba a unos centímetros del suelo, lo agarró por la túnica y no lo dejó caer.

Gery lo desarmó y tiró también su lanza al suelo.

—Los dos equipos ganan —dijo con voz profunda.

Casandra caminó hasta él.

—Serás mi segundo, y sí, los dos equipos ganan —afirmó con una media sonrisa. Vislumbró como los labios de Gery se arqueaban, un gesto inusual en él.

Los hombres saltaron de júbilo, se abrazaron y uno de ellos lanzó un grito al aire.

—¡Gery! ¡Gery!

Las voces se unieron en vítores hacia el ganador y nuevo líder de los protectores. Casandra sonrió, había conseguido su objetivo.

Kalani no sería interrogado de nuevo hasta que Minerva despertara.

La orden de la patrona era bastante clara, excepto para Denis, quien se moría de curiosidad por conocer los orígenes del obrero.

Siempre le había llamado la atención, aunque nunca coincidieron en el aula de los infantes por su diferencia de edad; el asistente era al menos diez años menor que él.

Con la excusa de revisar las barcazas que se encontraban en reparación, se encaminó hacia el astillero.

Hizo una pausa en su recorrido para descubrir el motivo de la algarabía del campo de entrenamiento; observó como los sementales se abrazaban y gritaban el nombre de Gery.

Supuso que Cas habría puesto en marcha el juego para elegir a su segundo, como le había comentado la noche anterior.

Sin embargo, él no le informó de su idea de entrevistarse con Kalani o con toda seguridad lo convencería para no contravenir a Hera.

Esa mujer menuda y de aspecto frágil le clavaría sus ojos color miel hasta que desistiera.

Continuó su camino por la playa, rebasó el embarcadero y enseguida divisó al obrero pelirrojo.

Estaba fuera del taller, pintaba de azul el casco de una barca elevada sobre una estructura de madera.

—Bonito color, como el de mis ojos —comentó Denis y pestañeó un par de veces con teatralidad. Kalani no alzó la cabeza y siguió concentrado en su tarea—. Mírame, obrero —le ordenó—. Suelta la brocha.

Kalani lo obedeció a regañadientes, odiaba que lo interrumpieran cuando realizaba su trabajo.

Metió la brocha en un recipiente con agua y tapó la pintura para evitar que la brisa la secara.

Denis observaba impaciente sus movimientos pausados.

La poblada barba y la melena cobriza sobre su rostro no dejaban vislumbrar sus facciones, ni siquiera el color de sus ojos.

—Sígueme.

Ambos subieron los escalones que los separaban del porche y entraron en el taller. Denis abarcó con la mirada la estancia.

—Está muy organizado —admitió el asistente.

Kalani permanecía en silencio. Sabía que no debía hablar, a no ser que fuera preguntado—.

Siéntate. —Le ordenó. Era más alto que él y quería enfrentarlo cara a cara.

Cuando Kalani se acomodó en un banco de madera, Denis descubrió el color azul grisáceo de sus ojos y una mirada retadora, inusual para un obrero—.

No me andaré con rodeos. ¿Cuál es tu edad?

—Cuarenta y cuatro.

—¿Cómo llegaste a la colonia?

—Mi barco naufragó.

—¿De dónde eres?

—Nací en una isla.

—¿Cómo se llama?

—No lo recuerdo —mintió. Aunque había admitido ante Hera su procedencia, tampoco le reveló el nombre.

—¿A qué distancia está de nuestra costa?

—No lo sé.

—¿Cuál es tu vinculación con Minerva?

—Nacimos en el mismo lugar.

—Esa información la conozco, es la misma que le diste a Hera. Necesito saber más. ¿Por qué crees que Minerva pidió verte?

—No lo sé.

—¡Basta ya! No te burles de mí, sé que guardas información.

Podría recluirte en el barracón y retirarte los privilegios si no colaboras.

¿Es lo que deseas? —El silencio fue la respuesta de Kalani—.

De acuerdo, hablaré con Hera. A partir de mañana, no verás la luz del día.

—Denis hizo el amago de salir, antes de girarse, escuchó la voz del obrero.

—Espera, tengo una pregunta para ti. ¿Minerva ha despertado?

El asistente le dirigió una mirada de triunfo y dibujó una sonrisa.

—No, aún no.

—No hablaré hasta que lo haga.

—Tú lo has querido —dijo airado. Se giró con un ademán y abandonó el astillero. Su amenaza no había conseguido amilanar al obrero. Ahora tendría que idear la manera de cumplir su ultimátum sin que llegara a los oídos de Hera.

Casandra entregó a los protectores su nuevo atuendo: una túnica, un pantalón y una capa verde oliva.

Solo se diferenciarían de las custodias en que no irían armados, a no ser que la colonia estuviera en peligro.

La primera instrucción que recibió Gery fue elegir a un grupo de obreros y ordenarles que desmontaran el muro del pabellón, y así los sementales, ahora protectores, gozarían de la libertad prometida.

La madera era muy preciada, procedía de los bosques del Sur.

Los pocos árboles que crecían en su colonia eran palmeras datileras, les servían de alimento y su tala estaba prohibida.

Los rebeldes, liderados por Irem, deseaban reanudar los trueques de mercancías cuando fuera seguro, mientras, habría que reservar el preciado material.

Temían a Nut, sabían que intentaría recuperar la colonia y aprovecharía cualquier descuido para conseguirlo.

Los troncos se apilaron cerca del almacén.

Estaba construido sobre la roca en la pared central de la colonia.

Era visible desde las tres torres de las vigías, estas se situaban: una en el acantilado este, sobre el campo de entrenamiento; otra en el oeste, desde la que se controlaba el camino que descendía hasta la playa, y la última en el muro, encima de la gran puerta que lo cerraba.

La cuadrilla de obreros, ante la atenta vigilancia de los protectores, destrababa los pesados troncos, los alzaban sobre los hombros y los amontonaban uno a uno entre dos postes clavados a conciencia para evitar que la pila de madera se deslizara.

Gery calculó que se necesitaría al menos una semana para finalizar el trabajo, poco tiempo, si lo comparaba con los cien años que el muro había permanecido en pie coartándoles la libertad.

Al atardecer, se dio por concluida la jornada.

La puerta y la parte frontal se habían desmantelado por completo.

Los obreros regresaron al barracón exhaustos por la dureza del trabajo ejecutado.

Hera se sintió satisfecha. Desde su palapa observó la alegría de los protectores y como las parideras se acercaban a ellos, admiraban su nuevo atuendo y les sonreían.

El siguiente paso llegaría muy pronto, cumpliría su sueño.

Entonces, el sonido de la caracola desde la torre del acantilado este la devolvió a la realidad.

Denis revisaba el inventario del almacén, soltó la tablilla sobre uno de los bidones y, de inmediato, se dirigió hasta Hera.

Casandra estaba en los baños comunes, al escuchar la señal de alerta, salió de la ducha empapada, con la media melena caoba cubierta de espuma.

Dejó caer la túnica por la cabeza y, descalza, corrió hasta la torre de las vigías.

—¡¿Qué ocurre?!

—¡Se aproxima un barco por el norte!

—¿Un barco? —se preguntó, era imposible—. Avisaré a Hera, estad atentas ante cualquier maniobra sospechosa.

Corrió por la playa sin tomar aliento. En sus casi veintiséis años de existencia, jamás había visto un barco, excepto en los libros.

Dirigió por unos segundos la mirada al horizonte.

Los rayos del atardecer no le permitían distinguir con nitidez la silueta de la embarcación y aún se encontraba a mucha distancia de la costa.

Continuó su camino hasta que fue interceptada por Hera y Denis. Casandra tomó aliento.

—Un barco, se acerca un barco —dijo sin apenas respirar.

—Denis, ¿y tus prismáticos? —preguntó la patrona.

—¿Mi reliquia? En la palapa.

—Tráelos, subiremos a la torre.

Unos minutos después, Hera oteaba el horizonte desde la atalaya este de las vigías. Aunque centró la mira de los prismáticos, no distinguía con claridad el navío debido a su falta de agudeza visual.

—Casandra, el sol me ciega. Echa un vistazo y dime lo que ves.

A la custodia le extrañó la petición. El barco se acercaba por el norte y los rayos no interrumpían el campo de visión.

Los tomó y se adelantó al límite de la estructura.

No tuvo dificultad en observarlo con detalle.

A su paso, rompía el agua con bravura y dejaba una estela blanca, señal inequívoca de que avanzaba a gran velocidad.

—Es un tipo de barco de tamaño medio, con tres mástiles y velas triangulares. A pesar de que el aire no sopla con fuerza, se desplaza con rapidez. Me recuerda a una de las carabelas de Colón, aunque solo diviso cañones en la parte delantera. Es extraño…

—¿Qué te parece extraño? —quiso saber Hera.

—También llevan remeros. Las carabelas solo se propulsaban por la fuerza del viento.

—¿Muestra alguna bandera o insignia en su mástil mayor?

—No.

—Por la velocidad con la que se aproxima, no tardará en alcanzar la bahía. A partir de ahora estamos en alerta.

El sonido de la caracola con el anuncio de intrusos solo era el principio; la colonia debía prepararse.