Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 4
9%

CAPÍTULO 4

Decisiones

K alani admitió ante Hera que Minerva también procedía de la isla marcada en el mapa.

Omitió dar más datos, desconocía el motivo de la visita de la patrona del Este, así como la razón de querer entrevistarse con él.

Debería esperar a su recuperación y hablar con ella a solas.

Se preguntó si lo recordaría. Por un lado, se sintió feliz por encontrarla de nuevo, y por otro, temió su furia; le hizo una promesa y no la cumplió.

Casandra lo custodió hasta el barracón y después, esta se encaminó hacia la palapa de Hera, quien la esperaba en compañía de Denis.

Ambos estaban sentados junto a la mesa y la comida servida.

—Te esperábamos —dijo el asistente—. ¿El obrero ha soltado la lengua?

—No, ha permanecido en silencio.

—Deberíamos mandar una paloma al Este —sugirió Denis mientras se llevaba a la boca un trozo de pescado.

—No me parece buena idea —comentó Hera—. Desconocemos en qué situación se encuentra la colonia. El hecho de que Minerva haya viajado sola me tiene muy intrigada. Quizá ha sido expulsada por los suyos y desean su muerte.

—¿Traición? —preguntó Denis—. Artis no lo permitiría, es leal.

—Manda una misiva a la Colonia del Oeste, Gaia mantiene comunicación con Irem, la servidora que inició la rebelión en el Sur, puede que esté al tanto de lo sucedido.

—Así lo haré, descuida. Estoy tan intrigado como tú.

—En cuanto al obrero, hasta que Minerva no despierte, será mejor mantenerlo alejado de ella.

Debemos confirmar la historia. Casandra, ordena a una de tus custodias que lo tenga vigilado día y noche.

Seguirá con su rutina y confío en que lo hablado aquí no salga de mi palapa.

—Dirigió una mirada especial a Denis, a quien le costaba mantener la boca cerrada.

—Así se hará —confirmaron ambos.

—Lo que no entiendo es, ¿por qué ahora? —se preguntó Hera a sí misma.

—¿Qué quieres decir? —Casandra sintió curiosidad.

—Ese barco naufragó hace treinta años. Minerva, hasta que decidió unirse a Nut, siempre tuvo las puertas abiertas de nuestra colonia.

¿Cuál será el motivo para indagar ahora sobre su pasado?

¿De dónde habrá salido ese mapa? ¿Quién la atacó?

Está claro que, por su estado, no fue fruto de la casualidad.

Ninguno de los tres encontró respuestas.

Se hizo un silencio incómodo. Hera jugaba con el cuchillo, disimulaba su incertidumbre.

Denis se tragaba las palabras, desconocía si el tal Kalani sabía más de lo que contaba.

Casandra entendió la forma de actuar de Hera al dar asilo a su potencial enemiga, si bien, supuso que la llegada de Minerva a la colonia podría traer consecuencias.

—Esta reunión —habló de nuevo la patrona—, la convoqué por otro motivo.

Mi idea de terminar con el proceso de liberación de los distintos rangos debe seguir su curso.

Ante los acontecimientos de hoy, los obreros continuarán encerrados en el barracón y tan solo con los privilegios concedidos hasta el momento.

—¡Uy! Menos mal —soltó Denis—. No son nada agradables a la vista, bueno, excepto el pelirrojo. Con un buen pelado y un pantalón mejoraría bastante.

—Eres insufrible —bufó Casandra.

—Vamos, Cas. Admítelo, es atractivo.

—Primero, no me llames Cas, y segundo, podría ser mi padre.

—Me alegra ver que has recuperado el sentido del humor, Denis —comentó Hera con una media sonrisa. Echaba de menos las peleas dialécticas de los dos.

—Yo sí, ella no. —Señaló a Casandra con el cuchillo.

—Por cierto, ¿los sementales están preparados? —quiso saber la patrona.

—En un par de semanas lo estarán.

—Se unirán a tus custodias, necesitamos un ejército fuerte.

—¿Cómo se llamarán? ¿Custodios, como los ángeles? —preguntó irónico Denis.

—No, protectores. Mi idea es liberarlos cuanto antes, el rango de semental dejará de existir.

—¿Y los que solo valen para lo que valen? —continuó el asistente.

—También. Desde que las rondas de fecundación no son impuestas, el porcentaje de éxito de los embarazos ha aumentado.

Las normas de las colonias se instauraron para salvaguardar nuestra supervivencia, mantener la paz y darles un futuro mejor a los infantes, si han perdido la función para lo que fueron creadas, habrá que cambiarlas.

Yo fui madre. —Hizo una pausa. Por instinto, se llevó la mano a su brazo derecho y acarició el tatuaje que lucía en recuerdo a su hijo muerto—.

Sé lo que es sufrir una pérdida, me hubiera gustado no soportar el dolor sola.

Las mujeres debemos tener el derecho de elegir y lo concederé a las parideras.

Si su deseo es compartir su vida, así se hará.

—Todo esto me parece muy precipitado —discrepó Denis.

—¿Precipitado? Han pasado cien años, a mí me parecen demasiados.

Gaia fue valiente, la admiré en su momento y tendría que haberla apoyado desde el principio, incondicionalmente —recalcó, dirigiéndole una mirada inquisidora al asistente—.

El encuentro inesperado con Amonet en el desierto fue una suerte, sin su aparición en la lucha final, el destino del Oeste hubiera sido otro.

—No debes culparte por ello, conseguiste que Minerva bajara las armas y se impidió un enfrentamiento. Nut se quedó sola, muy a su pesar, también desistió en atacar —explicó Casandra. Admiraba a Hera y siempre le pareció apropiada su postura.

—Sí, es cierto, no obstante, hubo muertes que se podrían haber evitado —se lamentó Hera.

—Gael —dijo Denis y suspiró—. El único hombre al que he amado.

—Y el único que no metiste en tu cama —soltó la custodia.

—Dejemos el tema, el pasado nos da lecciones —interrumpió Hera, o se enfrentarían con otra guerra dialéctica—.

Es primordial reforzar nuestras defensas hasta saber lo ocurrido en el Este.

Casandra, cuando los protectores estén preparados, elige uno al que respeten.

Si reciben las órdenes de alguien de su mismo género, se sentirán mejor.

—No lo veo necesario, estoy capacitada para dirigir a mujeres y hombres por igual —soltó indignada.

—De acuerdo, será tu segundo. —Hera entendió la postura de la jefa de las custodias y cedió a su manera.

Casandra asintió, Denis esbozó una sonrisa irónica y esta le atizó un pisotón por debajo de la mesa.

La comida transcurrió sin más tiras y aflojas por parte de los dos.

Al terminar, cada uno de ellos se retiró.

Hera se quedó a solas, tomó sus lentes, alejó los platos de la mesa y extendió el mapa.

Desconocía la escala en la que estaba dibujado y carecía de suficientes conocimientos de navegación.

No era su deseo reunirse de nuevo con el obrero antes de que Minerva recuperara el conocimiento, si la convalecencia se alargaba, no le quedaría más remedio.

Se centró en los nombres escritos en el mapa, se veían borrosos; el paso del tiempo había deteriorado la tinta, aunque sí pudo leer con la ayuda de una lupa la primera y la última letra de la isla marcada: N e I.

Se deshizo de las gafas, recostó la espalda en el sillón y dirigió la mirada al vacío.

Las dudas y las preguntas sin respuestas merodeaban en su cabeza.

¿A qué distancia se encontraría el archipiélago de la costa del norte?

¿Habría supervivientes? La posibilidad de que existiera otra civilización le causaba curiosidad; desde el naufragio, no habían avistado ningún barco.

La voz de una servidora solicitando permiso para retirar la mesa la sacó de sus pensamientos.

Dobló el mapa y dejó a la mujer que realizara su trabajo. Decidió visitar a Minerva.

Al salir de la palapa, oteó el horizonte.

El mar estaba en calma, los pontones de pesca habían regresado de faenar y permanecían amarrados en el embarcadero.

Las olas los balanceaban, como una madre acuna a un niño.

Después de comer, la actividad de la colonia se tomaba un descanso.

Así que Hera disfrutó de un paseo sosegado; le gustaba el roce de la brisa en la cara y escuchar el rugido del mar.

Por unos instantes, olvidaba sus obligaciones y se sentía libre.

¿Cómo sería navegar en alta mar?, pensó.

Antes de entrar en la sala de curas, levantó la cabeza, cerró los ojos y respiró con profundidad.

Luego, retiró la cortina. Daba gracias al Samada porque, a excepción de heridas, partos o accidentes leves, la salud de la colonia era buena.

Minerva no estaba sola, la acompañaba siempre una sanadora.

—¿Cómo se encuentra? —quiso saber.

—Igual, pasará un tiempo hasta que observemos su mejoría.

—Sal y descansa. Me quedaré con ella.

La mujer asintió. Hera retiró la mosquitera de lino y se acomodó en el lateral de la cama a ras del suelo. Le tomó la mano, ardía y apreció que su sueño era más sereno. Le despejó la cara del pelo y la observó unos segundos.

—¿Qué pasó en el desierto? ¿Quién te atacó?

¿Sabes? Cuando me expulsaste de tu colonia, me sentí herida.

No por el hecho de perder una aliada, sino una amiga.

Sé que Nut puede ser muy convincente y juega con los deseos de los que la rodean.

Me imagino que no pudiste negarte a una buena batalla, como la gran estratega que eres.

A veces, es bueno olvidarse del orgullo y pensar en el bien común.

Deseo que despiertes, no te odio, Minerva.

Sana tus heridas, el Samada aún no te espera .

Aquella noche, Hera escribió en su diario lo acontecido y sus dudas por el estado en que halló a Minerva.