Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Isla Nessei; treinta años antes

N essei era la isla mayor del archipiélago Aare, formado por la actividad volcánica siglos antes de que la gran guerra mundial asolara la Tierra.

Gracias a las erupciones, un tubo volcánico cruzaba la isla desde el cráter.

Se localizaba en la zona central hasta el mar.

Este sirvió de refugio a los habitantes que lograron sobrevivir.

La distancia entre el norte y el sur era de unos cincuenta kilómetros.

Cuando las condiciones atmosféricas lo permitieron, solo un centenar de personas pudieron rehacer su vida al salir del encierro.

Asentaron el poblado en la zona oeste de la isla, abrigado por los acantilados y cerca de la única fuente de agua dulce: un río de caudal constante, aunque en las estaciones más secas menguaba su corriente.

El paisaje alrededor del volcán era árido y un manto de lava lo cubría, sin embargo, a medida que se avanzaba hacia la costa, la vegetación se abría paso.

Las estaciones apenas se distinguían por el clima tropical, con lluvias, a veces torrenciales, y la temperatura cálida.

Una cala de aguas cristalinas rodeada de palmeras era el lugar favorito de Moana.

Se encontraba a poca distancia del poblado.

Su amigo Kalani, unos años mayor que ella, poseía la confianza de los padres de la niña para acompañarla.

Ese día, ambos se dieron un chapuzón y, como era su costumbre, se tumbaron en la arena.

—¿Tú te vas a casar algún día? —preguntó Moana, sin apartar la mirada del cielo.

—¿A qué viene esa pregunta? —Kalani se incorporó, se sentó y la miró extrañado.

—No quiero ir a la boda de mi hermana.

—¿Por qué? Mañana zarpamos a la isla de Mapea, donde se celebrará la ceremonia, y tus padres no te permitirán quedarte aquí.

—Porque cuando se case, no volveré a verla.

—Eso es absurdo, su isla está a pocas millas y seguro que podrás visitarla.

—No será igual —dijo convencida. Se levantó y caminó hacia la orilla.

Kalani la siguió. Conocía bien su carácter y sabía que era mejor no continuar con la conversación, así que decidió distraerla.

—¿Has viajado alguna vez en un barco?

—No. —Kalani atisbó cierta curiosidad en los ojos avellana de la niña.

—Mi padre me ha llevado a navegar con él, no es lo mismo que salir a pescar con un pontón. Cuando el barco se abre paso en el océano es poderoso. Te gustará —dijo con pasión.

—No quiero ir. —Moana se cruzó de brazos, arrugó el ceño y le dirigió una mirada contrariada.

—Eres una cabezota —afirmó y se dio por vencido.

—¿Sabes lo que haré cuando sea mayor? Seré una guerrera. —Dobló el brazo mostrándole sus inexistentes músculos—. Me cortaré el pelo como ellas y nunca me casaré.

—Me parece bien, yo seré capitán del barco de mi padre. Navegaré más allá de las islas y descubriré nuevas tierras.

—O sea, ¿también te irás y me dejarás sola, como mi hermana? —Moana bajó la cabeza con tristeza y jugueteó con sus pies en la arena .

Kalani se acercó a ella, la tomó de la barbilla y la miró con ternura.

—Siempre volveré a Nessei, este es mi hogar. Te veré crecer, y convertirte en una de las guerreras más valientes de la isla. Incluso podrás navegar conmigo. Nunca te dejaré sola.

Moana dibujó una tímida sonrisa.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo, ahora debemos irnos. Tu madre me advirtió que regresáramos antes del anochecer.

—Menudo rollo.

Ambos sonrieron, se vistieron y comenzaron a caminar. Kalani entrelazó las manos a su espalda y dirigió la mirada a los pies.

—¿Por qué andas siempre así? —quiso saber Moana.

—Para pensar, me concentro mejor.

—Y ahora, ¿en qué piensas?

—En el futuro, Moana, en el futuro.

Ella imitó su forma de caminar y lo siguió.

A la mañana siguiente, zarparon a la pequeña isla de Mapea.

La distancia era de unas treinta millas y no tardaron más de dos horas en alcanzar la bahía.

El capitán, el padre de Kalani, ordenó echar el ancla y los integrantes de la comitiva se subieron en tres botes.

Con la ayuda de los remos, en unos minutos arribaron al embarcadero y fueron recibidos por la familia del novio.

Los agasajaron con collares de flores típicas de la isla y les demostraron la alegría de su llegada con unos cánticos tradicionales, acompañados de timbales y flautas.

La cara de felicidad de los novios disentía con la de Moana.

Estaba disgustada y lo demostraba con un semblante mohíno.

A su hermana Lilo no le pasó desapercibida su actitud.

Habló con sus padres y les pidió que las dejaran un tiempo a solas.

Se acercó a ella y la tomó de la mano hasta alejarse del embarcadero en busca de intimidad.

Se sentaron sobre la arena blanca de la playa.

Lilo aún no había cumplido los veinte años, era menuda, con una melena lisa azabache, ojos vivos, oscuros y de mirada serena.

—Moana, quería hablar contigo antes de…

—¡Qué bien! —la interrumpió, era una niña aún, pero no quería disgustar a su hermana—. ¿No estás nerviosa? Mañana te casas. Estoy triste y contenta.

—No se puede estar triste y contenta —razonó la joven.

—Sí se puede, estoy contenta por ti y triste porque, después de la ceremonia, papá, mamá y yo tendremos que irnos.

—Papá debe regresar a la isla, nuestra tribu lo necesita.

—Pues que se vaya él, mamá y yo nos quedamos contigo. —Comenzó a hacer pucheros.

La chica la abrazó.

—Moana, te quiero mucho y no estamos tan lejos. Seguro que nos veremos muy pronto. Además, te contaré un secreto: estoy encinta.

La niña se levantó de un salto y dibujó una sonrisa. Después, torció el gesto.

—¿Eso que quiere decir?

—Ja, ja, ja, eres un caso. Ven, siéntate. —La acurrucó en su regazo—. Eso quiere decir que seré mamá y tú la tía más bonita del mundo.

—Soy un poco pequeña para ser tía, ¿no?

—Claro que no.

—¿Cómo se llamará?

—Todavía no sé si será niño o niña. Haremos un trato, mañana te irás feliz con papá y mamá, y cuando nazca, tú elegirás el nombre.

—Estááá bieeen —dijo poco convencida.

—Te quiero mucho, pequeñaja.

—Y yo a ti también.

La ceremonia se celebró a la mañana siguiente.

Fue un día feliz no solo para los contrayentes, sino también para los familiares y amigos que asistieron al rito.

La despedida, por el contrario, fue triste para Moana, quien no deseaba separarse de su hermana.

Se aferró a ella con un fuerte abrazo, presentía que no volvería a verla.

Subió al bote con lágrimas en sus mejillas.

Echó una última mirada a Lilo y se embarcó con sus padres.

La compañía de Kalani en el trayecto hacía más llevadero el regreso a la isla de Nessei.

Correteaba por cubierta detrás del pelirrojo y ambos reían divertidos.

Ello no impedía que se escucharan con nitidez las voces del capitán, daba órdenes a los marineros y estos obedecían con premura.

Los padres de Moana se acercaron hasta los dos.

—Debemos regresar al camarote, se aproxima una tormenta —dijo su madre.

—Sí, mamá. ¿Puede venir Kalani con nosotros? —El chico estaba a su lado y sonrió.

—Claro, así estaréis más entretenidos.

El tiempo apacible se transformó en una tormenta furiosa y llena de rabia que amenazaba con hacer zozobrar el barco. Kalani, más acostumbrado a los viajes por mar, tranquilizaba a Moana con sus palabras y la agarraba de la mano.

—Tengo miedo —dijo la niña. Estaba tan asustada que no se atrevía ni a abrir los ojos.

—Tranquila, mi padre es un buen capitán.

De repente, una fuerte sacudida y el crujir de la madera provocaron una grieta y el agua comenzó a inundar el camarote.

—¡Vamos! ¡Tenemos que salir de aquí! —gritó el padre de Moana.

Los cuatro consiguieron alcanzar la cubierta, pero el incesante movimiento del barco los hacía caer una y otra vez. Era imposible mantener la estabilidad. Kalani no soltaba la mano de su amiga hasta que una enorme ola los lanzó al mar. La fortuna del pelirrojo fue llegar a la playa del norte.

Para Moana, el destino tenía guardado un porvenir muy distinto.

Perdió el conocimiento y al despertar, sintió que se ahogaba.

Intentaba mantenerse a flote en el agua, se aferraba a uno de los restos del barco del cual sus padres tiraban.

Entreabrió los ojos y divisó una playa. El tiempo que pasó subida en aquel trozo de madera, hasta alcanzar la orilla, le pareció eterno.

Al pisar tierra firme, se sentó en la arena.

Esperó a que sus padres recogieran lo poco servible del naufragio y comenzaron a caminar.

Pensaron que podrían encontrar ayuda adentrándose más allá de la playa, y cuando se dieron cuenta de que habían cometido un error, fue demasiado tarde.

El desierto sería el final para sus padres, quienes se sacrificaron por salvarla.

Derrotada ante sus cuerpos inmóviles, sintió una gran tristeza, mas las lágrimas no brotaron.

Pensó que estarían dormidos. Unos grandes pájaros planeaban en el cielo, por instinto, ella los espantaba con el movimiento de sus brazos hasta que la sed y el cansancio la hicieron desfallecer.

Al despertar, bajo la luz cegadora del sol, su primera imagen fue la de una mujer.

Esta la cogió en brazos y Moana intentó zafarse de su agarre.

No quería alejarse de allí, sentía como la angustia se apoderaba de ella y lloraba con lágrimas secas.

Noa, su salvadora, era la patrona de la Colonia del Este.

A salvo y tras la recuperación de su estado de salud, Moana no recordaba ni siquiera su nombre, solo dijo que quería ser una guerrera.

Su rescatadora la llamó Minerva, como la diosa romana de la sabiduría, la estrategia militar y las artes.

Tal y como predijo, Moana nunca volvió a ver a su hermana.