Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Kalani

K alani ejercía como obrero en la colonia.

El destino quiso que, tres décadas atrás, el naufragio del barco, de regreso a su isla, lo arrastrase hasta la playa del norte.

Fue el único superviviente. Las sanadoras lo libraron de las fiebres y pasó a formarse en el aula de los infantes.

Su adaptación fue complicada, no solo por ser un forastero, sino por lo diferente que era la vida para un hombre en esa civilización.

A su edad, más de cuarenta años, suponía que la única familia que dejó, sus abuelos, habrían muerto, puesto que su padre pereció en el naufragio.

Dado su conocimiento de las embarcaciones, su tarea principal en el astillero era construir, reparar las barcas y fabricar los remos.

Echaba de menos los avances y adelantos de su tribu, donde los fundadores habían conservado los libros de ciencia y recuperado parte de la tecnología.

Sus días eran monótonos y tristes. Agradeció a Hera que, al menos ahora, se dirigieran a él por su nombre.

La patrona, desde que había regresado del Oeste, así lo dispuso.

El barracón continuaba custodiado, aunque mientras realizaba su trabajo, cerca del mar, se sentía libre.

Más de una vez pensó en escapar, desistió; con las barcazas de faenar no llegaría muy lejos.

Su padre fue un experto marinero y desde edad temprana lo enseñó a navegar, no le sería difícil encontrar su isla en medio del océano.

En su pensamiento siempre estuvo Moana. Cuando la tormenta azotó el barco, los dos estaban juntos.

Ella agarraba con fuerza su mano, hasta que una ola los lanzó al mar, sintió que perdía su agarre y no volvió a verla.

La buscó en la playa, entre los cuerpos que había arrastrado el oleaje, y no la encontró.

Luego, cayó desvanecido. Se preguntaba si aún viviría.

Esa chiquilla era cabezota y valiente. Sonrió al recordarla.

Estaba en el astillero, sentado en un banco de madera, bajo un pequeño porche.

Odiaba permanecer encerrado, a pesar de que el invierno había llegado, el frío en la colonia se soportaba bien y le gustaba sentir el calor del sol en la cara.

Otro privilegio concedido por la patrona en los últimos meses.

Era meticuloso, ordenado y perfeccionista.

Lijaba un remo, para darle un acabado suave, cuando escuchó el sonido de la caracola, lo soltó de inmediato y dirigió la mirada a la torre de las vigías.

Después, observó a Casandra correr por la playa hacia la palapa de la patrona.

En caso de que fueran intrusos, las custodias hubieran ordenado que los habitantes se ocultaran, así que no le dio importancia.

Continuó con la faena, tomó el remo, lo alzó en posición horizontal y cerró un ojo para ver mejor las imperfecciones de la madera.

Hera se arrodilló ante Minerva, estaba inconsciente.

Buscó el origen de la sangre y no halló herida alguna.

No era suya. Intuyó que el desfallecimiento se debía a otra causa.

Su piel estaba quemada por el sol, los labios se veían agrietados y los pies, semidesnudos y ensangrentados, mostraban signos evidentes de que había recorrido gran parte del trayecto descalza.

Cuando la encontró vestida como una custodia, le costó reconocerla sin la túnica púrpura y la trenza.

Su pelo era una maraña. Observó que en la mano derecha agarraba con fuerza un pequeño saco de lino.

Tiró de él y al abrirlo, encontró un mapa.

Su vista no era la misma, lo achacaba a los años, intentó leerlo y sin sus lentes, desistió.

Lo guardó de nuevo. Sabía de la llegada de Minerva por una misiva que había recibido unos días antes, nunca pensó que se atrevería a cruzar el desierto sola y sin la compañía de sus custodias o de Artis.

—¡Casandra! —gritó—. ¡Ayúdame a subirla a mi caballo! Es Minerva.

Entre las dos la cargaron en el equino. En cuanto llegaron al poblado, la llevaron a la sala de curas. Aguardaron a que las sanadoras la reconocieran. Una de ellas salió a informarlas del estado de la patrona del Este.

—Está deshidratada, puede que no haya comido nada en varios días. No tiene heridas de arma y la mayoría son debidas a la insolación; las más significativas son las de los pies y un golpe en la cabeza. Confío en su fortaleza física para la recuperación —explicó la mujer.

—¿Puedo visitarla? —preguntó Hera.

—Sí, aunque tiene fiebre y delira, así que no te reconocerá.

—De igual modo, entraré.

Alzó la cortina de la palapa. El catre, a ras del suelo, estaba protegido por una mosquitera. Se acercó y se sentó a su lado.

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin intención de recibir respuesta.

Minerva temblaba y susurraba palabras sin sentido. Permanecía con los ojos cerrados, aunque podía apreciar en sus párpados el movimiento. Abrió la tela que la protegía y acercó el oído a sus labios.

—Ka… la… ni —entendió.

Hera se levantó de inmediato, recordó el mensaje que le había enviado en el que le solicitaba permiso para entrevistarse con un obrero.

En un principio, le pareció inapropiado, después de cómo la expulsó de la Colonia del Este, cuando no apoyó la alianza de Nut contra Gaia; no obstante, accedió a su petición.

Ese era el motivo de su viaje. Hera desconocía que su autorización para visitarla había desencadenado la última decisión de Minerva: ceder el mando de la colonia a su fiel asistente, Artis, y aventurarse en un viaje con el único fin de encontrar a su familia .

Salió de la sala de curas y ordenó a Casandra que buscase al obrero.

Cuando la jefa de las custodias entró en el astillero, Kalani ordenaba las herramientas. Era un hombre fácil de reconocer por el color rojo de la barba y del pelo.

—La patrona requiere tu presencia. Sígueme —le ordenó.

Él se tomó su tiempo, no le gustaba dejar el utillaje desperdigado. En un tablero acoplado a la pared, colgó el cepillo, la lija y uno de los mazos.

—Puedes terminar más tarde —apremió Casandra. El carácter retraído nunca fue impedimento para aplicar su autoridad. Se había forjado una coraza y ocultaba la timidez.

El hombre se giró y le dedicó una media sonrisa.

—Lo haré si, cuando regrese, encuentro las herramientas en su sitio —puntualizó.

—No seas insolente. Ante la patrona, solo contesta cuando te pregunte.

—Así lo haré —dijo entre dientes.

Ambos abandonaron el astillero. El obrero caminaba tras ella de una forma peculiar; con la cabeza hacia abajo y las manos entrelazadas en su espalda. La postura no dejaba ver que le sacaba una cabeza a la custodia. Al alcanzar la palapa, le indicó al obrero que entrara.

Hera estaba sentada en su sillón de madera, con el símbolo de la colonia tallado en el respaldo: una caracola.

Sostenía entre sus manos el mapa que Minerva agarraba con tanto celo.

Desde hacía un tiempo usaba unas gafas, ni siquiera con su ayuda distinguía con claridad.

La falta de recursos les obligaban a reutilizar las pocas lentes que poseían.

En cuanto divisó la silueta del obrero, se las quitó.

—¿Eres Kalani? —preguntó con tono afable y alzó la mirada.

—Sí, ese es mi nombre.

—¿Conoces a Minerva, la patrona del Este?

—No.

—¿Nunca la has visto cuando nos ha visitado?

—Siempre he permanecido encerrado.

—Es cierto —afirmó—. Sé que no naciste aquí. ¿De dónde procedes?

—De una isla, fui rescatado de un naufragio por su antecesora.

Hera se levantó con el mapa, se acercó a él y se lo mostró.

—¿Es esta? —Su vista no le había impedido distinguir una cruz sobre una de ellas.

—¿Puedo cogerlo? —La patrona se lo entregó.

Kalani lo extendió sobre la mesa. Reconoció la costa del norte y, sin duda, el archipiélago y la isla que lo vio nacer.

—Sí, lo es —dijo serio, sin demostrar la curiosidad por saber cómo había caído en sus manos.

—Bien, acompáñame.

No tardaron en llegar a la sala de curas.

—Quiero que entres conmigo, Minerva te ha nombrado. Su estado es delicado, no quiero alterarla.

Kalani asintió, sin saber muy bien para qué lo necesitaba.

La patrona se adelantó, retiró la mosquitera y le indicó al obrero que se acercara.

El estado de aquella mujer era lamentable.

Estaba cubierta por una fina sábana de lino, que dejaba apreciar un cuerpo atlético.

La larga melena castaña reposaba sobre su pecho, aunque distinguió un corte de pelo que le resultó familiar.

En su tribu, era costumbre que las guerreras se raparan la parte lateral de la cabeza desde las orejas hasta la nuca.

—¿Puedo acercarme a ella?

—Sí.

Se arrodilló, levantó uno de los mechones y confirmó su sospecha.

—Necesito comprobar… ¿Sería posible girarla?

—No entiendo.

—Quiero ver su espalda.

—Sal de la palapa, está desnuda. Le diré a una de las sanadoras que me ayude, te avisaré.

Kalani tenía un presentimiento. ¿No era posible? Sintió como se le aceleraba el corazón. Se mesó la barba un par de veces para confirmar que no soñaba. Esperó impaciente a ser llamado de nuevo.

—Puedes pasar —dijo una sanadora.

Temía llevarse una decepción y entró sin prisas, respiró con profundidad y templó los nervios. Fijó la mirada en la espalda de aquella mujer y, al descubrir el tatuaje del escarabajo; símbolo de su tribu, no lo dudó. Era Moana.