Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 1
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Samada: la Colonia del Norte (Samada 3)

Samada: la Colonia del Norte (Samada 3)

Por Esperanza Mancera

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CAPÍTULO 1

Colonia del Norte

H era, la patrona del Norte, entrevió que la decisión de Gaia de instaurar un nuevo orden traería consecuencias, y así fue.

La última noticia era que el Sur había caído en manos de los rebeldes, gracias al coraje de Irem, una de las servidoras, quien viajó a la Colonia del Oeste y comprobó que la convivencia entre hombres y mujeres era posible.

Hera imaginó que Nut, expulsada de sus dominios, se cobijó en la colonia de su única aliada, Minerva.

El silencio de Amonet, la líder de la comunidad de los salvajes, también le preocupaba.

Si bien, reconocía que el intercambio de información era limitado, no rechazaba la posibilidad de realizar trueques con ella en un futuro.

Habían pasado dos meses desde su regreso.

Sintió dejar a la patrona del Oeste tras la muerte de Gael, pero su colonia la necesitaba.

Maduró la idea de extinguir los rangos al igual que su homóloga; debido a la oposición de la mayoría de las custodias y asistentes, y la posibilidad de suscitar un enfrentamiento, se disuadió de ejecutar un cambio tan radical.

No quería provocar una rebelión. Propuso un periodo de adaptación, para ello, se apoyó en Casandra, su jefa de las custodias.

Era una mujer reservada y fiel. Su elección no fue aceptada con agrado por el resto de sus iguales, debido a su aspecto frágil y el hecho de que hubiera ejercido como paridera, y no consiguiera ser madre, tampoco sumó puntos a su favor.

A pesar de ello, la patrona le dio una oportunidad y no se arrepintió.

Comenzó a formarse desde cero: en la lucha cuerpo a cuerpo, en la doma de los caballos, demostró puntería en el arte de lanzar los cuchillos y, además, era una experta nadadora.

Poco a poco, se ganó la confianza de las custodias, quienes en un principio habían dudado de sus cualidades para el puesto.

Aquella mañana soleada de invierno, Casandra se dirigía al pabellón de los sementales. Era un edificio robusto, a excepción del muro de troncos de palmera que lo rodeaba. La guardiana apostada en la puerta le abrió sin vacilar.

—Buenos días, Casandra —saludó la mujer.

—Buenos días. ¿Están preparados?

—Sí.

—De acuerdo, los llevaré al campo de entrenamiento.

Una de las nuevas medidas que Hera instauró fue dar la opción a los sementales de ejercitarse en la lucha.

Así, cuando estuvieran preparados, se unirían al ejército de las custodias, por supuesto, sin dejar su obligación principal: asistir a las rondas de fecundación.

La procreación era vital para la colonia.

Casandra se dirigió a ellos.

—Seguidme.

La fila de los hombres, ataviados con sus túnicas azules y unos pantalones confeccionados por las servidoras para los entrenamientos, caminó tras ella.

Salieron de los muros y atravesaron los módulos de las parideras, quienes, entre risas de complicidad, los observaban.

Los encuentros se organizaban de una forma distinta a la tradicional.

A las mujeres se les daba la posibilidad de elegir al semental y la opción de que pudieran repetir con el susodicho.

Ese cambio en la rígida norma de la colonia había propiciado que las relaciones fueran consentidas y, en dos meses, los resultados no podrían haber sido mejores; el índice de éxito de los embarazos era innegable .

El patio de entrenamiento se encontraba aislado del resto de edificaciones; en los límites de la bahía, justo debajo de los acantilados y de una torre de las vigías.

En general, los hombres obedecían las órdenes de las encargadas de su preparación y el hecho de que dos custodias desde la atalaya controlaran sus movimientos, era más por precaución que por el temor a que alguno de ellos pusiera en peligro la vida de sus instructoras.

Casandra se cruzó con Denis, el asistente de Hera. Los detalles de su atuendo, como la cinta de un rosa palo en su melena rubia, los collares de pequeñas conchas en su cuello y la raya negra sobre sus párpados, que realzaba el azul de su mirada, no pasaron desapercibidos para la custodia.

—¿Esperas visita? —preguntó, al verlo tan acicalado.

—No, hoy me he levantado contento, me he mirado al espejo y he pensado que debía ser yo de nuevo —aclaró, mientras se retocaba la cinta.

Denis se sintió decepcionado y triste al saber la identidad de Sasha o Gael, y luego su muerte.

Envidió a Gaia por haber conquistado el corazón de su amor platónico.

Desde que regresó del Oeste, no había mantenido relaciones con ningún hombre.

Eso también cambiaría. Echó un vistazo, un tanto indiscreto, a los sementales que acompañaban a Casandra.

—Deja de mirarlos, no son para ti —dijo divertida.

—Lo sé, Cas. Solo me alegraba la vista. ¡Ay! —suspiró melancólico con la teatralidad que lo caracterizaba.

—No me gusta que me llames así —puntualizó. Sabía que era inútil la advertencia, lo haría de nuevo a la menor ocasión—. Nos vemos a la hora de comer, Hera quiere hablar con los dos.

—Está muy misteriosa últimamente —dijo con cierto ademán.

—¿Tú crees?

—No lo creo, estoy seguro.

—Debo irme —cortó al asistente para evitar una conversación que no deseaba.

Denis le dedicó un mohín y se alejó. Casandra sonrió, cabeceó y continuó su camino.

La esperaban un par de custodias, quienes preparaban las lanzas romas, las ballestas, los cuchillos y los arcos.

También, en el campo de entrenamiento, disponían de postes, sacos y dianas.

Asimismo, los enseñaban a nadar, porque en su aprendizaje, cuando eran infantes, solo se les permitió montar a caballo.

El mar era la vía de escape elegida por los hombres para huir de la colonia y el hecho de no saber defenderse en las aguas profundas los hacía desistir.

—Comenzaremos con diez vueltas al campo de entrenamiento —ordenó.

Algunos de los sementales bufaron, era la parte que menos les gustaba.

Casandra lo sabía, aun así, no se llevaron ninguna reprimenda por sus gestos de fastidio.

La custodia los observaba. Sus cuerpos atléticos se movían con rapidez, entre ellos destacaba Gery.

Le recordaba al poderoso Hércules, por quien sentía verdadera admiración.

Cuando era infanta, se pasaba las horas leyendo sus historias y contemplaba ensimismada los dibujos del héroe cuando se enfrentaba a monstruos temibles.

El parecido era asombroso, no solo por el físico, sino por sus facultades.

Nunca se quejaba y estaba dispuesto a aprender y mejorar.

Las parideras siempre lo requerían para los encuentros, a pesar de que era un hombre huraño y poco dado a demostrar sus sentimientos.

Esa personalidad intrigaba a Casandra desde que coincidió con él en las rondas de fecundación.

Las normas eran muy estrictas y, a parte de realizar el acto, nunca establecieron otro tipo de relación.

En los entrenamientos, se limitaba a obedecer, hablaba lo justo y se esforzaba.

—¡Es suficiente! Formad parejas y coged las lanzas. Recordad que quien domina la distancia domina el combate —les advirtió.

Los sementales se disponían a tomar posiciones cuando el sonido de la caracola, desde una de las torres de las vigías, dio la voz de alarma. Casandra dirigió la mirada a la atalaya.

—¡¿Qué ocurre?! —gritó.

—¡La vigía del muro nos ha avisado, se acerca una custodia a la puerta de acceso! —Se comunicaban con espejos en código morse.

—Informaré a Hera, vosotras dos —señaló a las que la acompañaban—, seguid con el entrenamiento. —Las custodias asintieron.

Se encaminó a paso ligero por la playa hacia la palapa de Hera, se situaba en la parte central del poblado.

No necesitó entrar, la patrona salía con su arma favorita, la lanza.

A pesar de rondar los cuarenta años, mantenía su vitalidad y la melena negra que caía sobre sus hombros y un leve recogido con dos mechones la rejuvenecía.

Las canas salteadas eran las que delataban el paso del tiempo, así como su sabiduría.

No en vano, antes de la ruptura de las colonias, las demás patronas siempre recurrían a sus consejos para la toma de decisiones. Se acercó hasta ella con premura.

—Las vigías han avistado a una custodia en la entrada de la colonia —informó Casandra.

—Acompáñame, no es habitual que viajen solas.

Ambas se dirigieron al establo. Hera montó en su caballo azabache y Casandra en su bayo.

Salieron al galope hasta el camino sobre el acantilado, dónde aflojaron el paso.

Recorrieron la distancia protegidas por el gran muro y no tardaron en llegar a la puerta sólida de madera.

Se erguía majestuosa como la protectora de la colonia.

—Abrid —ordenó Hera a las custodias de guardia.

Estas obedecieron. Sujetaron entre las dos el pasador y lo deslizaron, no sin dificultad.

Cuando la patrona se apeó del caballo, Casandra hizo el amago de seguirla, le mostró una seña con la mano para que aguardara.

Saldría sola. Divisó a una mujer, estaba tumbada bocabajo en el suelo y por su ropaje ensangrentado, dedujo que estaría herida, mas no se confió, podría ser una treta.

Empuñó la lanza y se acercó despacio. Con el pie y, sin dejar de apuntarla, la movió.

No apreció signos de vida en ella. Se agachó y volteó el cuerpo con la intención de identificar a la desconocida.

Se quedó atónita al descubrir el rostro demacrado de Minerva, la patrona del Este.