5 Rory
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RORY
Preparar una dulce tormenta de golosinas.
María, la dueña, suele llegar sobre el mediodía y prepara un par de cosas, pero la mayor parte de la repostería recae sobre mí.
Disfruto haciéndolo, pero al mismo tiempo, desearía que este lugar fuera mío.
Le dedico tanto tiempo, trabajo y esfuerzo.
No habría nada más genial que ver mi nombre en la puerta y en el cartel de arriba.
Incluso tengo un nombre elegido: Los Deliciosos de Aurora.
Me hace feliz pensar en tener algún día mi propia tienda, pero ahora mismo es un sueño irrealizable. Un sueño lejano e imposible cuando estoy luchando por pagar la factura de la luz cada mes.
Como de costumbre, la mañana pasa extremadamente rápido y, para cuando María llega, ya he tenido bastantes ventas. Charlamos unos minutos y luego me quito el delantal, cojo el bolso y me despido.
El camino a casa es rápido y fácil. Siempre lo disfruto, especialmente cuando hace un día tan bonito como hoy.
El cielo es de un azul radiante como el mar Caribe y el sol calienta mi espalda mientras camino por la acera.
Aunque no vivo en un barrio elegante, siempre me ha encantado. Está lleno de recuerdos y es mi hogar.
Si dependiera de mí, nunca me iría.
Desgraciadamente, no depende de mí y, en cuanto Travis llegue a casa del trabajo, tendremos que sentarnos a tener una conversación seria y larga sobre lo que debemos hacer.
Sobre lo que es mejor para los dos. Espero que podamos hablarlo como adultos y no meternos en una pelea a gritos, lanzándonos culpas.
Al fin y al cabo, no es culpa de nadie.
Sin embargo, vender la casa familiar debería ser una decisión conjunta y, por mucho que no quiera hacerlo, nos estamos quedando sin opciones.
Tengo que hacer entrar en razón a mi hermano y, mientras subo por el camino y los escalones del porche, veo su moto aparcada en la entrada.
La idea de que no haya ido hoy al trabajo me hace estallar por dentro y todas mis buenas intenciones de tener una discusión tranquila y racional se desintegran.
Esto es por lo que tenemos que vender la casa. Porque él se niega a ayudarme.
Mientras mi ira crece, abro de golpe la puerta principal, tiro el bolso sobre la silla más cercana y avanzo decidida hacia el interior de la casa, buscando al señor Inútil.
—¿Travis? —llamo y miro en el salón, el cuarto de estar y la cocina. Pero no está por ninguna parte. —¿Trav? —Empiezo a subir las escaleras, de dos en dos. Juro por Dios que si ese vago de mierda sigue en la cama...
Travis sale del baño y me quedo paralizada a mitad del paso. Mis ojos se abren como platos y mi corazón da un vuelco en el pecho. Su cara es un desastre ensangrentado y está sujetándose la mano como si le doliera.
—Dios mío —susurro—. ¿Qué demonios ha pasado?
—Estoy bien —musita.
—No, no lo estás. Vuelve ahí dentro y te ayudaré a limpiarte.
Él se da la vuelta y vuelve al baño mientras yo busco un paño limpio, lo mojo con agua fría y le limpio la cara ensangrentada. —Trav, ¿qué pasa? ¿Te ha pegado alguien?
—Más bien me han pegado tres personas.
—¿Por qué?
Durante un largo instante, no dice nada. Entonces, suelta un suspiro tembloroso y mira su mano que, al observarla mejor, parece rota. —Estoy en un gran problema, Ror.
—Por favor, dime qué pasa para que pueda ayudarte.
—Nadie puede ayudarme.
—¿Qué quieres decir?
—Le debo mucho dinero a unos tipos malos.
Oh, no. Mi corazón se hunde como un peso muerto en un río. Con fuerza y rapidez, hasta el fondo. —¿Quién? —susurro.
—Se llama Nico Morello. Es, eh, un usurero.
Se me cae la boca abierta. —¿Le has pedido dinero a un usurero? ¿Por qué? ¿Para pagar la casa?
Niega con la cabeza y de pronto parece avergonzado. —Nada tan honorable.
Espero a que continúe mientras una sensación horrible se instala en mi estómago. Lo que sea que vaya a decir no va a ser bueno.
—Yo, eh, empecé a jugar.
—Travis...
—Lo sé, lo sé. —Alza una mano—. Soy un idiota. Primero las drogas, ahora el juego. Una vez adicto, siempre adicto, ¿verdad?
Reconozco ese tono en su voz que siempre me asusta, así que procedo con cuidado. —¿Estás consumiendo otra vez?
—No. Nunca.
Cuando no digo nada, me toca el brazo y me mira directamente a los ojos.
—Te lo prometo, Aurora. Llevo dos años sobrio y nunca más volveré a consumir drogas en mi vida.
Es completamente sincero y le creo. —Vale, entonces. ¿Qué podemos hacer? ¿Cuánto le debes a ese tal Morello?
Travis se mueve incómodo y aparta la mirada, así que sé que va a ser más de lo que quiero oír. Ya tenemos tantas deudas que esto nos va a hundir.
Cuando al final murmura una cifra, solo parpadeo, sin estar segura de haber escuchado bien.
—¿Qué? —pregunto.
—Cien mil.
Mi mandíbula cae y literalmente siento como si alguien me hubiera dado un puñetazo. No tengo palabras. Ni ideas. Ni esperanza.
—¿Cien mil dólares? —repito atontada.
Asiente y me dan ganas de estrangularlo.
—¿Pero qué cojones, Trav? ¿Estás loco? ¿Cómo puedes perder tanto dinero jugando? ¿Entiendes que con eso podríamos haber pagado todas nuestras deudas? Y tú lo has tirado en... en... ¿qué? ¿Una partida de cartas?
—Craps, póker, blackjack...
Alzo una mano, furiosa. —No quiero oírlo.
Estoy que traspaso. —Siento cómo me sube el calor a la cara y probablemente me salga vapor de las orejas.
Aprieto los puños, clavándome las uñas en las palmas, y cuento hasta diez en silencio para recuperar un mínimo de control antes de hacer o decir algo de lo que me arrepienta.
—Lo siento mucho, Rory. Soy un idiota.
Suelto el aire e intento relajarme, pero es jodidamente difícil. —Vale. Entonces, este tipo claramente quiere su dinero, tú no lo tienes y supongo que sus matones te han dado una paliza.
Asiente.
—¿Por qué no lo llamas? A ver si puedes negociar un plan de pagos o algo.
—Ya lo intenté. Quiere su dinero para ayer.
Por supuesto que sí. ¿Y quién puede culparle? —Quizá yo pueda hablar con él...
—No, es demasiado peligroso. No quiero que te acerques a él ni que te metas en esto.
—Eres mi hermano, Trav. Ya estoy metida.
—Dios, soy un capullo. ¿Por qué nunca hago nada bien? Siento mucho arrastrarte a esto.
Cierro los ojos e intento pensar en una solución, pero todo se reduce a dinero, y eso es algo que no tenemos. Al menos no cerca de la cantidad que necesitamos para pagarle a este cabrón.
—Tengo que pensar —digo—. Encontrar un plan. —Miro su mano y frunzo el ceño—. ¿Está rota?
—Quizá solo fracturada —contesta.
—Deberíamos vendarle. ¿A menos que quieras que te lleve a urgencias?
—¿Para añadir una factura del hospital a todo lo demás?
Esboza una sonrisa y yo le devuelvo una débil.
—Supongo que es lo último que necesitamos —digo.
—Te juro que voy a solucionar esto. Es mi lío, mi problema.
—Voy a ayudarte.
—No...
—Sí —insisto—. Eres mi hermano pequeño, estás en problemas y estoy aquí para echarte una mano porque quiero a tu estúpido culo más que a nada.
Esboza una media sonrisa. —Gracias, hermana. Yo también te quiero.
—Eres todo lo que me queda, tonto. No puedo perderte también —digo, y la voz se me quiebra.
Sus ojos se humedecen y me inclino para abrazarlo, pero se encoge.
—Perdón —digo.
—Creo que solo tengo las costillas magulladas. Estaré bien.
—Bueno, obviamente hay que vender la casa.
Llamaré a Aubrey para iniciar el papeleo.
—No parece contento, pero es lo bastante inteligente para no comentarlo—.
Si logramos venderla por lo que debes, le darás el dinero a Morello.
Ya veremos cómo solucionamos el resto. Quizá declarar la bancarrota, como dijiste.
—Lo siento.
—No lo sientas, Trav. No nos ayuda en nada. Solo toma decisiones inteligentes de ahora en adelante, ¿vale? Porque no puedes dejarme, hermano.
—No voy a irme a ninguna parte —me asegura—. Sacaremos el dinero de la casa y quitaremos a Nico de encima.
—Deberías llamarlo y decírselo, eso sí. Para que esto no vuelva a pasar.
—Lo haré.
—Ahora, baja —digo—. Tenemos que ponerte unos guisantes congelados en la cara porque se te está hinchando como un globo.
Travis me sonríe levemente. —Te quiero, Ror. Eres la mejor hermana mayor del mundo.
Pongo los ojos en blanco. —Vete. Bajaré en un minuto.
Mientras lo veo girarse y alejarse, siento un nudo en el pecho.
Mi hermano está en un puto lío enorme. Si le pasa algo, no creo que pueda superarlo.
Perder a nuestros padres fue horrible y Travis solo tiene 23 años.
Es un chico estúpido que todavía está intentando entendérselas y me niego a que nadie se lo lleve.
Travis es todo lo que me queda en cuanto a familia y, aunque es un desastre, es mi hermanito y lo quiero una barbaridad. De alguna manera, tenemos que reunir el dinero para pagarle a este Nico Morello o, sin ninguna duda, mi hermano pequeño terminará muerto en algún callejón.