Sálvame primero CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

GIDEON

Al cuarto día en casa de Celia Shaw, Gideon había aprendido tres cosas.

Primera: su madre podía convertir el dolor en inventario.

Segunda: Julian Cross podía hacer que casi cualquier habitación pareciera intencionalmente hermosa si le daban doce horas, un destornillador y libertad para tirar lámparas feas.

Tercera: los celos eran una emoción humillante.

Gideon descubrió el tercer punto mientras mantenía el equilibrio en una escalera junto a la antigua cochera.

Phoebe estaba debajo, con una mano haciéndose visera.

—Entonces —dijo ella.

Gideon siguió apretando la bisagra suelta de la contraventana.

—¿Entonces qué?

—¿Julian tiene novio?

El destornillador se le resbaló. Gideon lo atrapó antes de que cayera.

—¿Por qué?

Phoebe se encogió de hombros con inocencia exagerada.

—Por nada.

—Tienes diecisiete años.

—Sé cuántos años tengo.

—Pues compórtate como tal.

—Pregunté si estaba saliendo con alguien, no si me dejarías fugarme con él.

Gideon bajó la mirada. Phoebe sonrió. La chica había desarrollado el talento de Celia para encontrar exactamente el tema que una persona prefería mantener enterrado y escarbar allí con entusiasmo.

—Tiene veintiséis años —dijo Gideon.

—Lo que significa que probablemente sale con adultos. Entiendo la aritmética.

—Entonces, ¿por qué me lo preguntas?

—Porque te sigue a todas partes.

Gideon casi dejó caer el destornillador otra vez.

—No lo hace.

—Sí que lo hace.

—Se está escondiendo de gente que quiere matarlo.

—Romántico.

—No lo es.

Phoebe entrecerró los ojos mirándolo.

—¿Por qué te estás poniendo raro?

—No me estoy poniendo raro.

—Tienes esa vena.

—¿Qué vena?

Ella se señaló la sien.

—La de enfadado.

Gideon bajó de la escalera. No iba a discutir sobre Julian con una adolescente.

Ni hoy. Ni nunca. Las puertas de la cochera estaban abiertas detrás de ellos.

Habían pasado la mayor parte de la mañana vaciándola de los trastos recuperados de Celia para que pudiera convertirse en una segunda cabaña alquilable si la casa principal alguna vez volvía a funcionar como una posada en condiciones.

Phoebe estaba resultando inesperadamente útil. Celia se negaba a mirar.

Se había retirado a la cocina antes del desayuno y había empezado a hacer conservas a un ritmo alarmante.

Gideon ya había llevado once cajas de atrezo antiguo al almacén que había alquilado en las afueras del pueblo.

Máscaras. Lámparas de araña rotas. Una luna de madera.

Tres sillas de terciopelo de un teatro de ópera demolido.

Un león de papel maché. No había preguntado por qué su madre tenía un león de papel maché.

La supervivencia dependía de reconocer las preguntas que no tenían respuestas seguras.

Phoebe levantó un extremo de un baúl viejo.

—Julian dijo que podría venir a ayudar después de terminar la habitación de arriba.

—Bien por Julian.

—Pareces molesto.

—Estoy cargando muebles con treinta y dos grados.

—Ya estabas molesto antes.

Gideon agarró el asa opuesta.

—Levanta.

Llevaron el baúl hasta el remolque. Phoebe siguió hablando. Cómo no.

—Es muy agradable.

Gideon gruñó.

—Y divertido.

Otro gruñido.

—Y mono.

Gideon se detuvo en seco. Phoebe se dio de espaldas contra el baúl.

—Ay.

—No llames monos a los hombres adultos.

Ella lo miró fijamente.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Esa es una regla horrible.

—Vale. Llámalo como quieras.

—Acabo de hacerlo.

Gideon echó a andar de nuevo. Cargaron el baúl.

El hombro todavía le protestaba cuando hacía un mal movimiento, pero la herida se había cerrado lo suficiente para poder trabajar con ambos brazos otra vez.

Trabajar ayudaba. Evitaba que pensara. Y pensar lo llevaba a Julian.

Julian durmiendo a un metro de él. Julian riéndose con Celia.

Julian sentado con las piernas cruzadas en la encimera de la cocina mientras ayudaba a Phoebe a diseñar un anuncio para la casa.

Julian paseándose con ropa prestada de la familia de Gideon.

Esto último se había vuelto especialmente intolerable.

Ayer, Julian había aparecido con uno de los jerséis de Caleb.

Antes, con los vaqueros de Evan. Esta mañana...

Gideon oyó abrirse la puerta trasera. Se volvió.

Julian cruzó el patio con una jarra de té helado.

Y con la camiseta de Gideon puesta. No una camiseta parecida.

La suya. La camiseta negra descolorida de un concierto que Gideon había comprado a los quince años y que había llevado hasta que Celia se la confiscó porque le había quedado pequeña.

Reconoció de inmediato las letras plateadas agrietadas.

Se le encogió el estómago. A Julian le quedaba diferente. Por supuesto.

Donde Gideon de adolescente la había tensado sobre un pecho en crecimiento, Julian la llevaba ceñida en los hombros y suelta en la cintura.

El bajo le quedaba justo por encima de las caderas.

Dejaba a la vista una franja estrecha de piel cada vez que levantaba la jarra.

Gideon olvidó lo que Phoebe había estado diciendo. Julian llegó hasta ellos.

—Los dos parecéis a punto de sufrir un golpe de calor. Una discusión más y os desplomáis.

Phoebe cogió un vaso.

—Eres un santo.

—Me han llamado cosas peores.

Gideon se quedó mirando la camiseta. Julian se dio cuenta.

—¿Qué?

—Es mía.

Julian bajó la vista.

—¿La camiseta?

—Sí.

Celia la había guardado. Durante más de veinte años. Claro que sí. Julian tocó el logo agrietado.

—Encontró una caja de ropa vieja.

—Ya lo veo.

—¿Es un problema?

—No.

Sí que lo era. Julian sonrió lentamente.

—¿Tú llevabas esto?

—Cuando era un crío.

—¿Eras fan de The Widowmakers?

Gideon frunció el ceño.

—Eran buenos.

—Tuvieron un éxito.

—Tuvieron tres.

—Un éxito y dos meteduras de pata estridentes.

Phoebe se rio. Gideon les lanzó una mirada ceñuda a ambos. Julian le tendió un vaso.

—Bebe antes de que la nostalgia te mate.

Gideon lo tomó. Sus dedos se rozaron. Su cuerpo reaccionó con una lucidez inmediata y traidora.

Llevaba así constantemente. Cada roce accidental.

Cada umbral compartido. Cada vez que Julian se inclinaba sobre una cama para alisar las sábanas.

Gideon había pasado de evitar al hombre a medir días enteros según si ocupaban la misma habitación o no.

Era ridículo. Peor aún, sospechaba que Julian lo sabía.

Julian lo sabía todo sobre el deseo. Esa había sido su profesión.

Ese pensamiento todavía le incomodaba por razones que prefería no examinar.

Phoebe se bebió la mitad del té de un trago.

—Entonces, Julian.

—No.

Ella parpadeó.

—No he preguntado nada.

—Tienes cara de pregunta.

—No la tengo.

—Sí la tienes.

Gideon los observó. Phoebe preguntó:

—¿Estás saliendo con alguien?

Julian se atragantó con la bebida. Gideon casi sonrió. Luego recordó la pregunta. Se le volvió a tensar el estómago. Julian se limpió la boca.

—Directa.

—Creo en la eficiencia.

—Eso lo heredó de mamá —murmuró Gideon.

Julian lo miró. Luego respondió a Phoebe.

—No.

La respuesta salió demasiado fácil. Gideon odió el alivio que sintió después. Phoebe dijo:

—¿Hay alguien que te guste?

—Phoebe.

—¿Qué?

Gideon dejó el vaso.

—Ve a ayudar a mamá.

—Me ha dicho que no entre en la cocina.

—Entonces ve a ordenar algo alfabéticamente.

—¿Por qué te estás comportando como un loco?

—No es verdad.

Julian lo observó. Eso fue peor. Phoebe los miró a ambos. Entornó los ojos. Luego los abrió de par en par. Gideon vio el segundo exacto en que se formó la sospecha.

—No —dijo.

Ella sonrió.

—No he dicho nada.

—Estabas a punto.

—Iba a decir que quizás a Julian le gusta Caleb.

A Gideon se le tensó el pecho. Julian parpadeó.

—¿Caleb?

Phoebe se encogió de hombros.

—Está soltero.

—Estaba casado, que yo sepa —dijo Julian.

—Se separaron el año pasado.

Gideon la miró.

—¿Qué?

Phoebe dio otro trago.

—¿No lo sabías?

—No.

—Lo sabrías si llamaras a la gente.

El comentario dio en el blanco. Gideon lo ignoró. Julian dijo con ligereza:

—Caleb es guapo.

Gideon se volvió. A Julian le tembló la comisura de los labios. Lo estaba haciendo a propósito.

—Caleb tiene treinta y seis años —dijo Gideon.

—¿Y?

—Y nada.

Julian se apoyó contra el remolque.

—Me gustan los hombres mayores.

Gideon apretó el vaso con fuerza. Phoebe observaba fascinada. Julian continuó.

—Especialmente los difíciles.

Gideon lo miró fijamente. Julian sonrió. Phoebe dejó escapar un ruidito de comprensión. Gideon señaló hacia la casa.

—Vete.

—No eres mi padre.

—Exacto. Busca a Evan.

—Evan se fue a trabajar.

—Entonces busca a mamá.

Phoebe puso los ojos en blanco. Antes de irse, miró a Julian.

—Para que conste, creo que a Caleb también le gustarías.

Gideon casi aplastó el vaso. Julian se despidió con la mano.

—Lo tendré en cuenta.

Phoebe desapareció dentro. Silencio. El calor vibraba sobre el patio. Las cigarras crepitaban en los árboles. Julian se volvió hacia Gideon.

—Eso fue divertido.

—La animaste.

—Tiene diecisiete años.

—Exacto.

—Me preguntó si estaba soltero, no si quería corromper el linaje familiar.

—No lo digas así.

Julian se rio. Gideon bebió su té. Se había quedado tibio. O era su mano. Probablemente ambas cosas. Julian se apoyó a su lado contra el remolque.

—¿De verdad no sabías que Caleb se había separado de su marido?

—No.

—¿Eso te molesta?

—¿Por qué habría de molestarme?

—Porque es tu hermano.

Gideon miró hacia la cochera.

—Las cosas pasan.

—Esa respuesta se está convirtiendo en tu religión.

—¿Qué quieres que diga?

—Que te perdiste un acontecimiento importante en la vida de tu hermano porque te alejaste deliberadamente de todos los que te conocían antes de Dominic.

Gideon tensó los hombros. Julian era demasiado perspicaz. Era uno de sus rasgos más atractivos. También el más irritante.

—No hice nada deliberadamente.

—Claro que sí.

—Déjalo.

Julian se quedó callado. Gideon lamentó el tono de inmediato.

Las cosas habían estado mejorando entre ellos.

No bien. Mejor. La noche anterior, Julian había dormido sin que una pesadilla lo despertara hasta casi el amanecer.

Gideon lo sabía porque había estado despierto, escuchando.

No observando. Escuchando. Había una diferencia.

Probablemente. Julian miró el patio a medio despejar.

—Celia me dio una lista.

—Por supuesto.

—Quiere que la casita de invitados esté terminada antes de octubre.

—¿Cree que va a reabrir tan pronto?

—Lo hará.

Gideon se volvió.

—¿Qué?

Julian parecía satisfecho.

—Hice anuncios.

—¿Que hiciste qué?

—Para la posada.

—No.

—Sí.

—Estamos escondiéndonos.

—Tú te estás escondiendo.

—Tú también.

—Yo no aparezco en las fotografías.

—No se trata de eso.

—Gideon, el lugar necesita ingresos.

—Mi madre no necesita extraños deambulando por aquí mientras Dominic nos busca.

—La primera reserva es dentro de seis semanas.

Gideon lo miró fijamente. Julian sonrió.

—No soy imprudente.

—Intentaste saltar de un vehículo en marcha.

—Una vez.

—Esa frase no debería existir.

—Y sin embargo, aquí estamos.

Gideon dejó el vaso. Le dolía el hombro. Lo rotó. Julian lo notó de inmediato.

—Siéntate.

—No.

—Te molesta el brazo.

—Está bien.

Julian lo miró fijamente. Gideon suspiró.

—No lo hagas.

—Siéntate.

—¿Desde cuándo das órdenes?

—Desde que te volviste incapaz de admitir que te duele algo.

—Eso fue antes de que nos conociéramos.

—Entonces llegué justo a tiempo.

Julian arrastró un cajón volcado hacia la sombra. Gideon debería haberse negado. En cambio, se sentó. Julian desapareció dentro de la casa y regresó con el botiquín de Celia, lo bastante grande como para atender una pequeña batalla campal. Gideon lo observó arrodillarse.

—Eso no necesita cambiarse todavía.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué haces?

—Revisar la piel.

—¿Por qué?

—Porque levantaste un banco de piano tú solo.

—No era un piano.

—Concéntrate.

Julian apartó con cuidado la camiseta del hombro de Gideon. El contacto fue clínico. Eso no ayudó. Tenía las yemas frías por haber estado en la casa. Las pasó con cuidado sobre la herida que cicatrizaba. A Gideon se le tensó el estómago. Julian frunció el ceño.

—Está irritada.

—Está sanando.

—La misma zona puede hacer ambas cosas.

—Sobreviví.

—Ese sigue siendo tu estándar médico.

Julian tocó la cicatriz justo debajo de la clavícula de Gideon.

Gideon dejó de respirar. La bala había atravesado más atrás, pero los hematomas y el daño se habían extendido.

El pulgar de Julian se deslizó sobre la piel amarillenta.

Su expresión cambió. No era coqueteo. Era preocupación.

Eso era peor. Gideon miró hacia el patio.

—Está bien.

—Deja de decir eso.

—Deja de preguntar tú.

—No.

La brisa cambió de dirección. El pelo de Julian le cayó sobre la frente. Gideon quiso apartárselo. Se obligó a mantener las manos en las rodillas. Julian dijo:

—Le caes bien a Phoebe.

Gideon frunció el ceño.

—Me llamó fósil negligente en el desayuno.

—Una cosa no quita la otra.

—Apenas me conoce.

—Quiere conocerte.

Gideon apartó la mirada. Julian siguió hablando.

—Podrías permitírselo.

—Estoy aquí.

—Físicamente.

—Así suele funcionar lo de estar en algún sitio.

Julian apretó los labios. Gideon sabía que había sido cruel otra vez. No a propósito. Esa excusa empezaba a no servir de nada. Julian se levantó.

—El vendaje está bien.

Se dio la vuelta. Gideon lo agarró de la muñeca. El gesto los sorprendió a ambos. Julian miró la mano de Gideon. Después lo miró a él. Gideon debería soltarlo. No lo hizo.

—Tienes razón.

El rostro de Julian se suavizó.

—¿Sobre?

—Phoebe.

—¿Y?

Gideon lo fulminó con la mirada. Julian sonrió.

—Codicioso.

—Tú preguntaste.

—Siempre pregunto.

—Ese es el problema.

El pulgar de Gideon reposaba sobre el pulso de Julian. Acelerado. Lo notaba. Julian sabía que lo notaba. Ninguno se movió.

—Suéltame si vas a arrepentirte de tocarme —dijo Julian en voz baja.

A Gideon se le encogió el pecho. Había demasiadas formas de responder. No eligió ninguna. En lugar de eso, lo soltó. El rostro de Julian se cerró un poco. Gideon se odió a sí mismo. Entonces Julian miró hacia el camino de entrada. Su expresión cambió por completo.

—Gideon.

Dos vehículos habían entrado por la verja. Negros. Grandes. Desconocidos. Demasiado relucientes para ser vecinos. Demasiado coordinados para haberse perdido. Gideon se levantó. El mundo se estrechó.

—Adentro.

Julian no discutió. Eso asustó a Gideon más que los coches.

Se movieron juntos. Rápido. Sin palabras de más.

Sin preguntarse si era paranoia. El primer todoterreno se detuvo junto a los viejos manzanos.

El segundo lo siguió. Gideon vio a cuatro hombres a través de los parabrisas.

Quizá cinco. Uno llevaba gafas de sol. Otro tenía un vendaje que le cubría la mitad inferior del rostro.

Lo reconoció de golpe. Gideon empujó a Julian hacia la puerta trasera.

—Muévete.

A Julian se le cortó la respiración.

—¿Es ese...?

—Sí.

El hombre al que Gideon había dejado quemándose y gritando en su apartamento estaba vivo. Y había venido a buscarlos.