Sálvame de tiempo. LA UNIÓN DE LOS REFLEJOS
99%

LA UNIÓN DE LOS REFLEJOS

Cuando me desperté la habitación estaba completamente a oscuras. Miré por la ventana, ya se había hecho de noche. Había vuelto a empezar a llover y los relámpagos introducían sus destellos por la ventana, precediendo a sonoros truenos.

Miré a los lados. No había nada en dónde ver la hora, así que me encontraba desorientado.

Me acerqué al borde de la cama para ponerme de pie. Me erguí pero las piernas no me sostenían bien y comencé a marearme. Así que volví a sentarme en la cama. Estaba más débil de lo que creía todavía.

Entonces, me di cuenta de que notaba cierto frío. Ya no sentía el bochorno de horas antes, pero la ropa seguía algo húmeda y la sensación era muy incómoda.

Me volví a tumbar en la cama y me tapé para no enfriarme

¿Se resfrían los vampiros? —me pregunté. Definirme a mí mismo de esa forma se me hacía extraño.

En ese momento me llegó un destello de diversión de algún lado. Era Paty, estaba en algún lugar, pero no sabía dónde. Me concentré un poco y pude notar a los demás en el salón. Sin embargo, estaban ajenos a todo. Los percibía concentrados en sus cosas con un humor muy neutral.

Me quedé un rato así, hasta que el carácter de los que estaban en el salón cambió casi al mismo tiempo. Pasaron de la calma al interés. Al poco tiempo vi como se giraba la manilla de la puerta del cuarto y se abría la puerta.

La primera en entrar fue Paty, que encendió la luz de la habitación. Aquello me pilló por sorpresa.

—¡Ah! —me quejé tapándome los ojos.

—Míralo —saltó Helena desternillándose de la risa—. ¡Parece Drácula despertando de la siesta en la playa!

Aquella ocurrencia los hizo estallar a todos de risa. Incluso João, que nunca lo había visto reírse, emitió una risa pausada y profunda.

Mis ojos se fueron acostumbrando a la luz. Entonces me di cuenta de que, hasta hacía unos instantes, el cuarto había estado a oscuras y, sin embargo, podía ver con bastante claridad.

—Efectivamente. Tu vista ha mejorado mucho —dijo Paty sentándose a mi lado otra vez—. Y el resto de sentidos y capacidades han mejorado mucho también. Te sorprenderás de lo que puedes hacer.

La nueva Paty, o mejor dicho, el retorno a la forma de ser y su esencia tal como la había conocido, seguía sorprendiéndome por el contraste con su carácter de los últimos tiempos. Y la verdad era que, su buen humor y actitud, me resultaban incluso más embelesadores y cautivadores que antaño.

Entonces, la chica me tendió su mano para ayudarme a sentarme en la cama. La acepté y me incorporé. No pude dejar de darme cuenta que su mano ahora no parecía fría. La notaba como la de cualquier persona.

Ahora ya somos iguales —dijo ella con una amplia sonrisa.

—Sí —respondí mirándola a los ojos.

En ese momento, por la abertura de su blusa, vi que llevaba el colgante que le había regalado.

—No sabía que lo llevabas encima.

—Sí —respondió cogiéndolo con una mano y mirándolo—. Me lo quise traer para tenerlo conmigo mientas estaba contigo. La verdad es que todavía no sé para que sirve. Pero es un objeto poderoso.

—¿Seguro que no es peligroso? —pregunté con cierta preocupación.

—No. Estoy segura. Es una herramienta, creo. Solo que no sé como usarla, pero no hace cosas sospechosas.

Asentí. Pero entonces ella volvió a hablar.

—Bien. Ahora debes beber algo de mi sangre para completar la unión de nuestros dones.

No me esperaba aquello.

—Sí, debéis hacerlo. Y tú deberías ingerir algo más también, así que ya puedes aprovechar —dijo Mina.

Miré a Paty, que se empezó a remangar hasta dejar al aire un antebrazo.

—Debes morderme en el antebrazo, por la parte interior, en la zona de músculo. A ninguno nos gustará que toques en el hueso —dijo mientas hacía una mueca de dolor enseñando los dientes.

—¿Y no hay un método menos arcaico? —pregunté.

—Me puedo hacer un corte en un dedo. Pero llevará más tiempo y mi sistema de regeneración hará que se cure y tendré que cortarme un montón de veces y, ni quiero pasar por ese dolor, ni es bueno tener que curarse tantas veces seguidas. Así que venga, ¡dale! —terminó, ofreciéndome el antebrazo.

En la habitación todos estaban expectantes.

—Vamos, solo tienes que quererlo. Saca los colmillos y muerde. ¿Ves esas venas? Justo ahí, saldrá más y acabarás antes —dijo refiriéndose a unas finas venas que se veían bajando hacia la muñeca.

—¿Y cómo hago eso? Lo de los colmillos.

Me toqué la boca. No había nada que hiciera pensar que yo tuviera tal cosa.

—Es instintivo. Tienes que querer hacerlo. Morder y desear la sangre.

La miré extrañado.

—Hazlo. Ya verás —insistió.

—Si tú lo dices…

Abrí la boca y mordí en el brazo. Pero apenas pude hacerlo en el borde. No me cabía en la boca.

—¡Ay! —se quejó Paty—. No, así no. Me has mordido normal. Tienes que desearlo. Abrir la boca como si desearas comerte el brazo entero y con ganas de perforar la piel y llegar hondo.

—Es que no sé como se hace eso.

—Vuelve a intentarlo.

—Espera —intervino Helena—. A lo mejor…

—Tienes razón —dijo Paty—. Si funcionó una vez a lo mejor funciona también ahora.

—¿El qué? —no entendía nada.

Entonces Paty se giró y metió el dedo índice en los restos que había en el fondo del vaso de encima de la mesilla. Sacó la punta del dedo manchada y la frotó por el antebrazo.

—¿Qué haces? —pregunté.

No respondió. Solo tocó con su dedo aún manchado mis labios y lo acercó a mi nariz.

El olor de la sangre y su sabor otra vez me hicieron querer más. Como un impulso que casi no podía controlar.

Paty lo notó. Y ordenó.

—Hazlo ahora.

En ese momento la sensación de avidez era intensa como nunca antes había sentido.

Abrí la boca y me di cuenta de una sensación extraña en la mandíbula.

Como si se desencajara y fui consciente de lo amplia que debía ser en ese momento.

Al mismo tiempo, noté una tensión bajo los ojos y como algo se movía con cierta molestia en mi boca.

Ahora sí deseaba morder con verdaderas ganas. Me lancé a su brazo y cerré mis fauces.

Al instante noté como mis colmillos hacían contacto con su piel y la rompían con facilidad, hundiéndose en su carne.

—Ahora si… —dijo Paty con un suspiro, entre el dolor y cierto placer que podía notar también a través de nuestra conexión.

Su sangre inundó mi boca, llenándola de un sabor que me pareció delicioso. Me proporcionaba una sensación de placer y bienestar como nunca antes había sentido. Me quedé amarrado a su brazo unos segundos notando como fluía su sangre mientras yo tragaba con avidez.

Entonces recuperé un poco la consciencia de la situación y la solté.

—Creo que es suficiente —dije vocalizando mal y lanzando unas gotitas de sangre a la ropa de Paty. Los colmillos estorbaban para mover la boca y la lengua golpeaba en ellos al hablar.

—¿No quieres mas? —preguntó Paty mientras la sangre salía de los orificios que había hecho hacía escasos instantes.

—Sí, pero no quiero sacar más de la cuenta.

—Eso todavía no es nada. A mí no me importa. —La verdad es que parecía que así era. Parecía disfrutar de darme de beber su sangre.

Entonces volví a succionar con ganas de su brazo, disfrutando de cada trago. Estuve unos segundos más, hasta que ya me sentí más saciado, y me volví a separar.

Esta vez Paty se tapó la herida para evitar que siguiera saliendo la sangre. Parecía también satisfecha.

Entonces me di cuenta de que los demás estaban allí viéndonos. Miré para ellos. Todos parecían radiantes y felices por lo que acababan de ver.

—Los polluelos por fin se han unido —dijo Mina con una gran sonrisa de alegría—. Me alegro mucho por vosotros.

—Y menudo lío para al final hacerlo igual —bromeó Helena.

—Bueno, nosotros nos vamos al salón. Cuando queráis, allí os esperamos.

Se fueron dejándonos solos en la habitación.