MIEDO
Al lado de la cama, en la oscuridad, se encontraba una figura inmóvil. Paty, vigilante como una centinela guardiana, observaba a Arturo con preocupación. La mente del muchacho era una niebla y una sucesión de recuerdos y sueños inconexos.
Por veces el chico deliraba. Decía frases sin sentido o se sacudía en la cama.
A veces se despertaba y seguía diciendo cosas incoherentes mientras miraba al infinito con la mirada perdida, como si estuviera viendo algo en un lugar distante.
Otras veces apenas llegaba a articular las palabras justas para pedir agua o era capaz de obedecer para estarse quieto y tomarle la fiebre.
Cuando dormía, Paty le tocaba con la mano en la frente de vez en cuando.
El chico estaba hirviendo y parecía que las fiebres no amainaban.
La chica estaba realmente preocupada. Su temperatura llevaba dos días que no bajaba de los cuarenta grados y su maltrecho cuerpo no podría aguantar mucho tiempo ese nivel de estrés.
Ella no recordaba su transformación como tan traumática.
A pesar del paso de los días, la mente del chico seguía notándose distante y confusa. Era incapaz de retener por mucho tiempo un pensamiento o seguir una secuencia lógica de razonamiento.
João por su parte, se pasaba de vez en cuando a echarle un vistazo y preguntarle a Paty por novedades.
En una de las visitas, luego de posar su mano sobre su frente, pasar sus manos por distintas partes del cuerpo, tomarle el pulso y poner un oído sobre su pecho. Preguntó.
—¿Cómo va?
—Sigue igual. Delira mucho y la fiebre parece que no baja.
El hombre asintió en silencio. Paty por su parte revisaba superficialmente los pensamientos de João. Sin embargo, ni siquiera João parecía saber que pensar.
—¿Crees que sobrevivirá? —preguntó la chica preocupada.
El hombre dudó un momento.
—Es difícil saberlo. Su cuerpo está muy maltrecho; tiene el pulso débil y acelerado y su respiración es superficial. Sin embargo… —Hizo una pausa—. Por lo demás no hay nada que haga percibir un peligro inminente. Si aguantó hasta ahora, yo tengo esperanzas de que salga adelante.
Paty escuchaba con atención, tanto sus palabras como sus razonamientos.
—Sabes que te digo la verdad de lo que pienso —dijo João.
Paty asintió. Efectivamente, sus pensamientos y palabras iban de la mano.
—Sí —concedió Paty—. Es que estoy preocupada por él, no lo veo mejorar y creo que el proceso está durando más de lo normal. No me perdonaría si por culpa mía… —Su voz se quebró en ese momento, impidiéndole seguir.
João se acercó y le puso una mano en el hombro.
—No pierdas la esperanza. Cada proceso es distinto.
Tu transformación fue más rápida e indolora.
Pero no todos los cuerpos reaccionan igual.
—Entonces hizo una pausa antes de continuar—.
Y no tienes nada de lo que culparte. Bajo mi punto de vista hiciste lo correcto.
Él no tenía una alternativa mejor y tú no podías dejarlo ir así sin más.
La chica giró la cabeza para mirar a João, con sus ojos bañados en lágrimas.
—Gracias por tu apoyo —dijo con voz temblorosa.
João asintió y le dio un par de palmadas en el hombro antes de volver a salir de la habitación.
Helena y Mina la relevaban de vez en cuando para que ella pudiera ir a dormir tranquila a otra habitación.
Ambas le mostraban su apoyo y le dedicaban palabras de consuelo para tratar de tranquilizarla.
Sin embargo, a la noche del tercer día, Arturo seguía sin reaccionar y Paty estaba ya realmente abatida y preocupada.
No percibía ninguna mejoría en la mente del chico y João tampoco era capaz de dar, a pesar de sus grandes dones para la medicina, un diagnóstico claro.
Esa noche, cuando Mina le iba a dar el relevo, se la encontró con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza apoyada sobre las manos, llorando en silencio.
Mina se sentó en la cama al lado de Arturo, que se retorcía por veces y balbuceaba palabras sin sentido.
—¿Estás bien? —le preguntó la mujer.
—No.
Mina respetó el silencio para dejarle expresarse.
—Es que ya van tres días. No puedo percibirlo casi y su mente es una maraña sin sentido. Ni siquiera João puede decirme nada y, a pesar de que él tiene esperanzas de que todo salga bien, yo no lo tengo tan claro.
Hizo una pausa en la que cogió aire de forma entrecortada sin levantar la cabeza y continuó.
—Tengo miedo, mamá. Por primera vez en décadas siento miedo de verdad y temor de perder a alguien querido. Cuando nuestro padre murió era muy pequeña, apenas me acuerdo. Pero desde la noche que aquel errante mató a mi madre nunca había sentido esto.
Paty hizo una pausa y comenzó de nuevo a expresar su angustia.
—Ver a mi madre agonizando, atrapada bajo aquel hombre, es una imagen que siempre me acompañará.
Era todo lo que teníamos y la perdimos de un modo terrible.
Nos quedamos solas, sin nada. Ella lo era todo para nosotras y lo que más queríamos en el mundo y ahora, puede que sufra otra pérdida de alguien a quién empezaba a querer de verdad.
La chica se quebró por completo y empezó a llorar desconsoladamente. Mina la cogió hacia ella y le dio un abrazo sin decir nada, mientras Paty seguía llorando en su hombro.
—No sé que será de mí si él muere. No quería transformarlo y condenarlo a esta vida pero, ahora que me decidí a hacerlo, tenía la esperanza de poder estar con él. No estoy preparada para perderlo. Ahora no, por favor.
—Mi pequeña Paty —dijo Mina con voz cariñosa—. ¿Te acuerdas de cuándo os encontré a ti y a Helena?
Paty asintió sin levantar la cabeza del hombro de Mina.
—Estabais hechas un desastre. Helena, descontrolada, solo con ganas de cazar y tú, desbordada, tratando de controlarla sin poder ni medios —Mina hablaba con voz serena y calmada—.
Vagabais por los caminos sin rumbo y sin apenas nada que llevaros a la boca.
—Hizo una pausa breve—. ¿Sabes por qué yo os acogí?
Paty negó.
—Siempre había querido formar una familia. Tener mis hijos correteando por casa, jugar con ellos, verlos crecer, un amor verdadero…
Mina volvió a hacer otra pausa antes de continuar.
—Pero todo ello se truncó cuando me transformé.
Todos mis sueños se rompieron y me quedé completamente sola.
Primero era una marioneta de la Condesa y luego Jonathan me rechazó.
Fue el gran amor de mi vida y ya no podíamos estar juntos nunca más.
Fue muy duro y, cuando él murió, me puse a vagar por los caminos también, llena de tristeza y de rencor hacia la vida.
Entonces… —Ahora era Mina la que se estaba emocionando—.
Entonces os encontré a vosotras, desaliñadas y solitarias.
Pero me hicisteis recordar todo aquello que un día me ilusionaba y por lo que me di cuenta que merecía la pena vivir.
Querer y ser querido es de las sensaciones mas bellas que alguien puede experimentar en su vida.
En vosotras vi dos personitas que merecían todo el amor que se les pudiera dar y vosotras también me lo devolvisteis con creces y me ayudasteis a tener una vida feliz.
Paty se separó un poco de Mina y la miró extrañada.
—Tú también nos has hecho felices. Nos salvaste y nos diste una segunda oportunidad. Pero no veo a dónde quieres llegar.
Mina sonrió levemente.
—Que Arturo es la persona a quién puedes darle todo tu amor y él también te quiere. Eso se nota.
Puso una mano encima del chico que yacía en la cama mientras miraba hacia él.
—Y de momento lo tenemos aquí. De momento lo tienes aquí.
Hiciste lo que debiste y todo lo que pudiste, y no debes perder la esperanza.
Es normal que te preocupes y que sientas ese miedo a perderlo atenazándote el corazón.
Pero es un chico fuerte y yo, sinceramente, no lo veo peor que el primer día. Para mí que pronto empezará a mejorar.
Entonces volvió a mirar a Paty con una leve sonrisa.
—Ahora debes ir a descansar. Yo me quedo con él. Si pasa algo, te avisaré. —Mina se acercó y le dio un beso en la frente a Paty—. Venga, ve.
Paty se levantó y se encaminó hacia la puerta.
—Y no te pongas a escrutar las mentes. No te hace bien y necesitas descansar. Nosotros no sabemos nada más de lo que te contamos. Lo sabes —remató Mina antes de que Paty saliera del cuarto.
Paty se giró. Asintió y salió cerrando la puerta tras ella. Mina se quedó en la habitación mirando para Arturo.
—Ay Arturo. ¿Quién diría que, con lo poquita cosa que pareces, podrías llegar a ser tan importante y revolucionar todo de esta forma? —dijo Mina con un susurro mientras pasaba una mano por la frente caliente del chico, que seguía sin reaccionar.
La noche continuó hasta que, casi al amanecer, la puerta se abrió y entró Helena.
—¿Cómo está? —preguntó la chica.
—Más o menos igual —respondió Mina.
—¿Y Paty?
—Durmiendo.
—¿Y anímicamente?
Mina soltó un suspiro.
—Está muy preocupada. Es comprensible. —Miró para el chico, que seguía durmiendo—. Lleva varios días así y apenas reacciona en momentos puntuales. El resto del tiempo está durmiendo y delira mucho. Además, la fiebre le sigue alta.
—Y João, ¿qué dice?
—La verdad es que sigue sin saber qué decir. Él tiene esperanzas. Pero lo cierto, es que nunca lo había visto tan dubitativo en un diagnóstico. Normalmente, en un sentido u otro, pero lo tiene más o menos claro.
—¿Y tú que piensas?
Mina le echó otra mirada al chico.
—Yo tengo esperanzas, no va a peor. Para mí eso es buena señal. Su cuerpo se está adaptando.
—Pero si no mejora…
—En mis años y en lo que he visto, cuando un cuerpo no supera la transformación sucumbe mucho antes. También es cierto que nunca vi una tan larga.
Helena asintió.
—Para Paty sería terrible si sale mal.
Ahora asintió Mina.
—Sería muy duro para ella. Pero de momento no debemos preocuparnos más de lo debido.
Se hizo un breve silencio en la estancia, hasta que Helena dijo.
—Bueno, ve a descansar. Ya me quedo yo ahora por la mañana.
Mina asintió y se levantó.
—Hasta luego —se despidió.
—Hasta luego —respondió Helena.
La chica tomó el relevo de Mina y se sentó al lado del chico.
Ya casi por costumbre le puso la mano en la frente.
Quizás era impresión suya, pero parecía que su temperatura había bajado.
Por si acaso le miró el pulso, vio como se había ralentizado algo y su respiración no era tan acelerada.
Ella no tenía tanta experiencia, ni los dones de João, pero parecía que Mina tenía razón y, poco a poco, iba a mejorar.
Se quedó con él unas horas hasta que el sol ya había salido. Sus rayos se colaban por la ventana, por entre unas nubes amenazantes. Parecía que iba a ser otro día lluvioso.
Entonces…
—Tengo sed… —dijo Arturo con voz ronca. El chico parecía haber despertado otra vez.
Helena lo ayudó a incorporarse y le dio un vaso agua. Lo ayudó a acostarse otra vez y se quedó en silencio otra vez, hasta que ya casi era mediodía.
Entonces…
—Paty… —llamó el chico.
Helena levantó la vista del móvil y miró hacia el chico, sorprendida. Nunca lo había visto llamar a alguien por el nombre desde que había empezado la transformación, hasta aquel día. Lo que vio hizo que se le cayera el teléfono.
El chico la estaba mirando con los ojos completamente abiertos.
—¿Dónde está Paty? —preguntó.
Helena se levantó de un brinco y salió al salón.
—¡Se está despertando! —anunció a voz en grito.