SIN VUELTA ATRÁS
Desperté con una gran pesadez. Abrí los ojos y, entonces, me di cuenta de que no reconocía el cuarto en el que estaba. Me sentí extraño y asustado tratando de entender que pasaba. Entonces, por mi cabeza vinieron imágenes y recuerdos que no sabía si eran reales o los había soñado.
Me eché la mano al cuello noté un bulto de gasas. Seguí palpando y noté como una tira de esparadrapo me rodeaba el cuello para sujetarlas en su sitio. Entonces comencé a recordar toda la secuencia de acontecimientos de lo que yo creía que había pasado instantes antes.
O eso creía yo hasta que giré la cabeza, lanzando un quejido por el dolor que sentí al momento de hacerlo, y miré por la ventana.
Vi por las rendijas de la persiana que afuera ya estaba todo oscuro, aunque parecía que había parado de llover.
No se escuchaba nada. Miré luego hacia el otro lado de la cama, otra vez, lentamente y haciendo una mueca de dolor, y pude ver como Paty estaba sentada en una silla del otro lado.
—Te has despertado —dijo en cuanto enfoqué la vista en ella.
—Sí… ¿Qué hora es? —pregunté.
—Las cinco de la mañana. Llevas durmiendo casi doce horas.
No me lo podía creer. Si parecía que me había desmayado hacía unos minutos.
—Pero no puede ser. Recuerdo que perdí la visión pero, ¿cómo es posible?
—Te quedaste inconsciente.
Entonces recordé mi propósito allí.
—¿Y entonces ya está? ¿Ya ha terminado?
Paty negó con la cabeza.
—No. La transformación es lenta. Estarás varios días con ella. De hecho, lo extraño es que todavía no haya empezado —dijo levantando una ceja—. Te veo muy bien. ¿Cómo te encuentras?
—De momento bien. Solo me duele el cuello.
Entonces recordé.
—¿Qué hora has dicho que era?
—Las cinco de la mañana.
—¡Maldita sea! Ya tendría que estar en casa hace horas. Mi tía estará histérica.
—Sí, te ha estado sonando el teléfono. Pero ninguno de nosotros podemos contestarlo.
—Tengo que llamarla —dije poniéndome en pie.
Entonces la vista se me empezó a oscurecer otra vez y me apareció una presión extraña en los laterales de la cabeza. Me volví a tumbar en la cama hasta que recuperé la claridad.
—Cuidado. No deberías levantarte todavía.
—Me podrías traer el teléfono, por favor.
—Voy.
Paty se fue de la habitación y al rato volvió con el teléfono en la mano. Cuando llegó a mi lado me lo dio y se fue del cuarto.
—Te dejo tranquilo.
—Sí, pero, ¿qué le voy a decir?
Paty se encogió de hombros.
—No sé, que has perdido el tren y que te quedas unos días más.
—¿Y como le explico que no se lo haya dicho antes?
Paty se quedó un rato en silencio.
—Puedes decirle que tuviste un pequeño accidente y que estuviste en el médico sin batería. Que acabas de llegar a casa.
—Es que no me gusta mentirle.
—No tienes opción. Ya no hay marcha atrás. No podrás revelarle a nadie quién o lo que eres ahora. Tendrás que acostumbrarte. Es duro, pero es lo que hay. —Entonces se fue, cerrando la puerta detrás de ella.
Miré el teléfono y vi que tenía diez llamadas perdidas y varios mensajes. La excusa de la batería no valdría. Los mensajes aparecerían como recibidos. Me puse a pensar hasta que, al rato, se me ocurrió algo.
Le dí a rellamar con el teléfono temblando en las manos.
—¡Arturo! ¿Qué te ha pasado? Llevo todo el día llamándote y no has llegado a la estación. ¿Dónde estás?
—Perdona tía. Es que… —dudé un momento. —Es que tuve un pequeño accidente y me marché al médico. Con la mala suerte de que me quedó el teléfono en casa. Acabo de llegar.
—¡Ay! Pero, ¿estás bien? Voy para ahí unos días si quieres.
—No, tranquila. Estoy bien, solo fue una contusión y un pequeño golpe en la cabeza. Me tuvieron en observación y han dicho que no tengo nada. Un chichón y un par de puntos, nada más.
—Ay, pero te hiciste daño entonces.
—No, muy poquito. No me impide hacer vida normal.
—Bueno… —No parecía muy convencida—. Y entonces, ¿cuándo vienes?
—Sobre eso… —dudé un momento—. Creo que me quedaré una temporada más.
—¿Y ese cambio de planes? ¿No querías descansar un poco de ese mundo?
—Sí… —No sabía muy bien como salir de aquella situación—. El tema es que de momento voy a pasar un tiempo por aquí. Buscaré trabajo de otra cosa. Un cambio de aires me vendrá bien.
—De acuerdo. Si es lo que quieres… Sabes que aquí siempre te esperamos y nos encanta que estés con nosotros.
—Sí, lo sé. —Aquellas palabras me pesaron más de lo que esperaba. Empezaba a ser consciente del daño que iba a hacer a los que me querían y todo lo que estaba dejando atrás.
Se hizo un momento de silencio.
—Bueno. Lo importante es que estés bien y te recuperes. Ya sabiendo esto nos quedamos tranquilos. —Hizo una pausa—. ¿Seguro que estás bien?
—Sí tía, no te preocupes. En unos días ya ni me acordaré.
—De acuerdo. Te dejo descansar entonces, que es ya muy tarde. Nosotros nos vamos a dormir algo también, que todavía estábamos levantados por no saber de ti.
—Sí, gracias. Siento haberos preocupado. Que tengáis buena noche y saluda a Suso.
—Sí. Descansa tu también. Esperamos que vengas a vernos pronto. —Hizo una pausa—. Hasta luego Turito. Te queremos.
—Hasta luego tía. Yo también os quiero.
Se cortó la llamada. Dejé el teléfono encima de la mesilla y me quedé mirando al techo. Seguía teniendo la cabeza abombada desde que me había intentado erguir y sentía sed.
Me fui incorporando poco a poco con cuidado de no marearme. Al fin, pude ponerme en pie y salir del cuarto.
Entré al salón y allí estaban todos, sentados alrededor de la mesa de centro.
—Cuidado, no deberías andar así. Te puedes caer —se preocupó Paty mientras se levantaba y venía hacia mí para sujetarme.
—Es que tengo sed y la cabeza algo abombada.
Todos los que quedaban sentados levantaron la cabeza como si hubiera dicho algo importante. De Paty entonces me llegó la sensación de alerta.
—¿Qué pasa? ¿Qué he dicho?
—Está empezando —dijo Paty.
Me ayudó a llegar hasta la mesa y me senté en un sillón.
—Te voy a por agua —dijo Helena.
Al rato llegó con una jarra y un vaso. Me bebí un par de vasos del tirón.
Entonces mis ojos se pararon en el táper que había dejado encima de la mesa.
También sentía algo de hambre, así que comí un poco de la comida que había sobrado.
Noté el sabor un poco extraño, como si tuviera el gusto alterado por una gripe, y me dio cierto escalofrío al notarla fría cuando empecé a comer.
Apenas pude comer tanto como había comido cuando había llegado.
El apetito se me fue pronto. Así que volví a dejar el recipiente encima de la mesa, tapado, y me recosté en el sillón.
Comenzaba a sentir los músculos y las articulaciones doloridos y la presión en la cabeza se extendió.
Como si estuviera incubando una gripe. Pronto empecé a notar cierto frío y, en la frente, se me formó como una banda de presión, como si hubiera bebido mucho.
Hasta el punto que parecía que me costaba hasta mantener los ojos abiertos.
Notaba como João y Paty no me sacaban el ojo de encima. Mientras que Mina y Helena parecían más ajenas a lo que me pasaba.
—Me voy a la cama. No me encuentro bien —anuncié.
—Te acompaño —se ofreció Paty.
Me ayudó a levantarme y sostener el equilibrio. Parecía que todo me quería dar vueltas otra vez. Entonces, nos fuimos a la habitación.
—Espera aquí sentado —me dijo mientas me dejaba en la silla en la que había estado sentada ella—. Te voy a preparar un poco la cama.
Paty retiró la manta que había puesto por la mañana y sacó del armario ropas nuevas.
—Creo que puedo hacerla yo —me ofrecí.
—No estás en condiciones. Es igual.
Hizo la cama rápidamente y, cuando acabó, dijo.
—Ya está. Puedes acostarte.
Me saqué la ropa, excepto la interior, y me metí en la cama. Cada vez me sentía peor. Mi sensación de frío iba a más y comenzaba a sentir como un dolor de muelas que me nublaba la mente.
En cuanto me acosté me tapé con todas las mantas por el frío que sentía y traté de dormir un poco.
Me desperté otra vez sin saber cuánto había dormido.
La habitación estaba completamente a oscuras y por la ventana se veía todo oscuro también.
Miré el teléfono. Eran las siete de la mañana.
Me encontraba fatal. El malestar no me permitía encontrar una posición cómoda, me hacía revolverme de incomodidad y, al mismo tiempo, también me hacía sentir dolor en cada movimiento.
Me giré para el otro lado y, en la oscuridad, pude ver dos pequeños abolorios azules.
—¿Paty? —pregunté
—Sí, estoy aquí, trata de descansar —dijo susurrando.
—No, pero vete a dormir. Aquí no vas a poder descansar a gusto.
—Tranquilo, estoy bien.
—Ya, pero es que estar en una silla…
—Déjalo. Cuando me apetezca me daré un paseo y cuando quiera acostarme, lo haré también.
No tenía ganas de discutir, apenas de hacer nada. Casi no podía aguantar el dolor en silencio, sin quejarme. Entonces se me ocurrió. A lo mejor podía tomar un analgésico como se había hecho siempre.
—No es buena idea —interrumpió Paty en medio de la oscuridad.
Yo no sabía por qué.
—Nunca nadie ha probado y no se saben los efectos secundarios que puede tener. Lo siento, pero no nos podemos arriesgar. Vas a tener que pasar el proceso por las bravas, a la vieja usanza.
Nos quedamos otra vez en silencio. Yo me hice un ovillo por el frío y el dolor y me puse las manos en ambas mejillas para presionar la cara y la cabeza por el dolor lacerante que sentía en ellas.
Me volví a despertar. Por la ventana ya se veía claridad y los pájaros empezaban a cantar. Pero a mí poco más me daba. Apenas era capaz de aguantar aquel tormento sin estallar en gritos de dolor.
Me quedé encogido en la cama, emitiendo pequeños quejidos sordos hasta que me volví a dormir.
A partir de ese momento, todo pasó en un ensueño y una niebla mental.
Había perdido la noción del tiempo y no podía estimar cuánto que había pasado.
Unas veces despertaba y veía luz por la ventana, otras oscuridad.
Apenas recordaba nada y me costaba distinguir lo que era real de lo que no.
Me dormía a ratos, en ocasiones soñaba. Luego, por momentos, despertaba y estaba en la habitación, otras veces no sabía dónde estaba y, en ambos casos, veía visiones que no sabía si las veía despierto o en sueños.
Muchas veces despertaba con una sed terrible o luego de soñar que bebía y bebía sin saciarme.
Apenas sabía cuando bebía de verdad o cuando lo hacía en sueños.
Solo cuando miraba al lado y veía a Paty, como una guardiana, eran los pocos momentos en los que podía tener cierta seguridad de que lo que veía era real y estaba despierto. Por veces también recordaba ver a João, Mina o Helena.