LA HORA DE LA VERDAD
Al poco tiempo, se escuchó la puerta exterior y unas voces.
—Estamos en el cuarto grande —dijo Paty desde la cama.
—Vamos ahora —respondió Mina desde el salón.
Desde la otra estancia provenían pasos y ruidos de sacarse los abrigos y dejar sus cosas por allí. Entonces, los pasos se acercaron y entraron Mina y João al cuarto. Ellos venían secos, a pesar de que se escuchaba que afuera llovía con fuerza.
—Hemos traído algo de comer para ti. Lo cogimos de camino aquí. Casi seguro que ya está frío, pero deberías comer algo antes de hacerlo —dijo Mina exponiendo un táper con comida dentro.
Obedecí. Me levanté, tomé el táper y me fui hasta la mesa del salón. Apenas pude comer nada. No porque estuviera frío, sino porque tenía el estómago cerrado.
—¿No quieres más? —preguntó Paty, que había venido conmigo.
—No me entra.
Paty asintió con la cabeza.
—Cuando quieras vamos entonces —dijo con voz suave.
Me levanté con calma y fui hasta el cuarto de nuevo con paso lento. Llegué y me tumbé en la cama, encima de la manta que había extendido antes Paty.
—¿Hay algo que deba saber, o qué debo esperar?
Entonces habló João, que había estado en silencio hasta entonces.
—La transformación lleva días. Es un proceso duro y exigente. Tu cuerpo está débil, pero creo que podrás resistirlo. Tendrás mucho malestar, fiebres altas y dolor en los lugares que se readapten.
—¿Puedo morir y no convertirme? —pregunté asustado.
—Es una posibilidad.
—No me habíais dicho eso —dije mirando a Paty y Helena.
—Yo te advertí de que no era la panacea —se justificó Paty.
—Yo creo que eso, al final, en tu caso, no es tan terrible, teniendo en cuenta la alternativa —respondió Helena.
Todos la miraron. Su falta de sensibilidad era destacable.
—Lo siento. Esa es la verdad, pero no pretendía ser brusca. Perdóname —corrigió a su manera.
Entonces la que habló fue Paty.
—¿Estás listo?
—Todo lo listo que puedo estar en este momento —dije sin mucho convencimiento.
Entonces, al igual que Helena, se puso a horcajadas de mí y me puso las manos en el pecho.
—Trata de relajar los músculos. Será un momento —trató de tranquilizarme mientras comenzaba a descender hacia mí. Por el rabillo del ojo vi como Helena se situaba a un lado de la cama con una bandeja con vendas.
Paty se paró unos instantes a unos centímetros de mi cara.
Sus ojos azules se clavaron en los míos mientras nuestras mentes entraban en sincronía como dos notas tocadas en un instrumento que se están afinando hasta alcanzar la misma frecuencia.
Nuestra conexión actuaba con un resonador que amplificaba todo.
La sensación de calma y liberación de Paty me inundaba a mí, haciendo desaparecer parcialmente mi miedo, lo que hacía que pensamientos de esperanza y voluntad de hacerlo aparecieran.
Nos quedamos así un instante hasta que llegamos al punto que los dos éramos casi uno.
Nuestras mentes casi conectadas por completo buscaban el mismo fin.
Paty abrió su boca y pude ver por primera vez esa apariencia en ella.
Su mandíbula se abrió tanto como la de Helena.
Sin embargo, sus colmillos parecían algo más afilados y largos que los suyos.
Entonces, con un movimiento suave y ágil se acabó de reclinar sobre mí.
Percibí su aliento en mi cuello, justo antes de que un dolor lacerante se extendiera como un latigazo desde la nuca hasta la cadera, a través del costado, haciéndome gritar de dolor.
Instantes después de ese momento, fui consciente de la humedad y la frialdad de su boca.
Justo antes de notar una pequeña succión y como mi sangre caliente mojaba mi cuello, al lado de la zona que notaba el frío, al salirse de la boca de Paty.
Noté esa sensación durante unos segundos que parecieron horas.
Entonces la presión de Paty cedió y se retiró.
Noté como sus colmillos salían de mi carne, haciéndome gritar de nuevo.
En cuanto se separó noté como la sangre salía de mi cuello y corría por mí hasta caer en la manta, calentándome el hombro y la espalda.
Entonces Paty, sin salir de encima de mí, cogió unas gasas de la bandeja que tenía Helena. Las abrió con los dientes, manchando todo el envoltorio de sangre, y me la puso con una mano en la herida.
—Sujétate esto aquí —me dijo con el aire fugándosele entre los colmillos.
Pude ver como su boca todavía era anormalmente grande. Por las comisuras de sus labios bajaban dos hilillos rojos que goteaban por veces en su pechera y vi como su dentadura estaba ensangrentada mientras rasgaba otro envoltorio.
Me puso otra gasa por encima.
—Aplica presión con una mano y siéntate en la cama para frenar la hemorragia. —ordenó.
Se bajó de encima de mí y me ayudó a levantarme.
En el momento que me incorporé mi visión se oscureció hasta volverse negra y, justo antes de parar de escuchar, una voz dijo.
—¡Cuidado, que se cae!