Sálvame de tiempo. TOMAR LAS RIENDAS
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TOMAR LAS RIENDAS

—¡Alto! ¡Detente! —gritó una voz desde el exterior.

Era Paty. Sin embargo, no había podido detectarla cuando llegaba. Entonces la puerta se abrió y apareció ella, toda empapada por la lluvia. Con la tensión de la situación no me había fijado que había vuelto a empezar a llover con mucha fuerza. Incluso a lo lejos se escuchaban algunos truenos.

—¡Quieta! Te prohíbo que le hagas nada.

Aunque no lograba percibir a Paty en este momento, su voz y su expresión eran de una furia terrible. Sin embargo, sus ojos estaban encendidos como otras veces que se había enfadado. Aquel detalle me extrañó y captó mi atención.

Entonces Helena se levantó de encima de mí, se bajó de la mesa y se encaró con Paty.

—¡No puede morirse! ¡Tú lo sabes! En el fondo lo sabes, aunque no quieras reconocerlo —Helena hablaba como si tuviera comida en la boca y me costaba comprender lo que decía.

No entendía nada—. Es tu espejo. No podemos dejarlo a su suerte.

Os necesitáis, y el podrá adaptarse como hicimos los demás.

Lo que le espera sino, no es mejor —dijo girándose y mirándome para señalarme con una mano.

Ahora entendía porque su voz sonaba extraña.

Los colmillos le estorbaban para vocalizar.

—Si tú no quieres hacerlo, lo haré yo. Asumo la responsabilidad. Pero tu no vas a tirar a la basura la oportunidad de oro que te dio el destino para poder llevar una existencia que merezca la pena —remató Helena y comenzó a andar hacia mí, acercándose de nuevo.

—¡No! —dijo Paty con voz seria y firme. Su rostro era completamente rígido y adusto—. Tú no le harás nada. No te incumbe —continuó mientras entraba en el salón y cerraba la puerta. Entonces, luego de una pausa terminó—. Lo haré yo.

Aquellas palabras cortaron el aire de la habitación como un cuchillo. Yo me quedé de piedra y Helena se paró en seco como si se hubiera convertido en una estatua. Entonces se recompuso y se giró sobre la punta de un pie y el talón de otro para mirar a Paty.

—¿Qué has dicho? —preguntó lentamente.

—Que te apartes de ahí. Yo lo haré. Es mi espejo y nadie más tiene el derecho a hacerlo.

Helena, al oír aquellas palabras, no dijo nada más. Pasó por el lado de Paty y se puso detrás de ella, siguiéndola.

Entonces Paty comenzó a caminar hacia mí. Se reclinó hasta quedar encima de mí y preguntó.

—¿En serio es esto lo que quieres?

—Otra —dije un poco cansado—. No, no sé si es lo que quiero. Pero, ¿tengo opciones?

—Sí.

—¿Opciones reales de salir de ésta? —Se hizo un silencio—. Pues eso. No lo sé ni quiero pensar mucho en ello. Así que, venga. No quiero seguir con esta tensión.

—Levántate —dijo Paty.

—¿Para qué? Helena me dijo que me tumbara.

—Sí, pero vente a una cama. ¿Qué es la mesa de centro? ¿Un altar de sacrificios rituales? —dijo mirando a Helena, que hizo una mueca.

—Mira que se le va a ocurrir ahora —soltó la otra chica.

—Vamos —dijo Paty ofreciéndome su mano, la cual acepté—. Sígueme —ordenó encaminándose a una puerta.

La seguí de cerca, con Helena a la par mía. Paty entró en la habitación y encendió la luz. La lámpara de techo iluminó el interior. El mobiliario era sencillo. Un par de mesillas, una cama de matrimonio con ropas sencillas y un armario.

Paty entró, despojó la cama de toda la ropa y sacó del armario una manta que tendió encima.

—Puedes tumbarte si quieres. Esperaremos a Mina y João que están por llegar. Los necesitamos a ellos, por si acaso —dijo Paty.

—¿Quién los avisó? —preguntó Helena.

—Yo —respondió escueta Paty.

—¿Y cómo sabías que estaba aquí?

—¿En serio? Puedo ver pensamientos de otros y, ¿no sabes como lo adiviné? —Hizo una pausa—. Pensaste muy fuerte en ello.

—Y entonces, ¿por qué no me lo impediste? —preguntó Helena extrañada.

—Simple —respondió Paty, encogiéndose de hombros—. Porque si te lo dijera, cambiarías de plan sobre la marcha cuando yo estuviera lejos. Así sabía que lo mantendrías y os encontraría aquí.

Helena parecía satisfecha con la respuesta y daba la impresión de que ya le cuadraba todo.

—Pero, ¿y por qué yo no te pude percibir cuando venías y ni puedo hacerlo ahora? —Ahora era yo el que buscaba respuestas. No entendía nada. ¿Por qué en aquel momento no podía percibir a Paty? Era la primera vez que no podía hacerlo en su presencia desde que se había formado nuestra conexión.

Entonces, como una ráfaga de viento en mi cara, las emociones de Paty comenzaron a llegarme de nuevo. Sin embargo, ahora parecía calmada, incluso contenta.

—Porque ya te dije que no tenías ni idea de mis dones, hasta donde llegan y el control que tengo sobre ellos. Si quiero, puedo encapsular mi mente y que no la percibas. Aunque es bastante cansado.

Nos quedamos en silencio. Helena de pie, yo sentado en la cama y Paty sentada a mi lado. Estuvimos un momento así hasta que Paty anunció.

—Están entrando en el jardín ya.