Sálvame de tiempo. CAMBIO DE RUMBO
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CAMBIO DE RUMBO

Fueron pasando los días hasta que llegó el jueves. Me había levantado y ya había recogido mis cosas. No había mucho, dos maletas. Para las once ya tenía todo listo así que me senté a esperar. A las doce había quedado con la casera para devolverle las llaves y aún faltaba algo.

El cielo llevaba oscuro desde que me había levantado. Entonces empezó a oscurecerse más y comenzó a llover. El viento rugía en las ventanas y las gotas se estrellaban contra el cristal. Cuando me cansé de estar sentado me levanté y fui hasta la ventana.

Las gotas repiqueteaban contra el cristal.

Más allá se podía ver el vasto Madrid. Sin embargo, con la luz de la habitación y el contraste de oscuridad de las nubes, mi imagen también podía verse contra aquel fondo oscuro y, al fijarme en el reflejo del cristal, podía ver mi cara casi irreconocible.

Las ojeras eran notables y los pómulos se marcaban cada vez más según me iba demacrando.

Arturo Ferreira pronto será historia.

Ding-dong. El timbre sonó. Miré el reloj. Eran las doce menos cuarto. La casera vendría por las llaves como acordamos. Dejé la ventana atrás y me encaminé con paso pesado hacia la puerta. Cada vez me costaba más moverme con agilidad.

—Ya voy, anuncié con voz pesada.

Llegué hasta la puerta y abrí. Lo que vi casi me hace caer de espaldas. Allí, parada en la puerta, toda empapada y con el pelo mojado, estaba Helena.

—¿Tú que haces aquí? —pregunté—. En unas horas me voy.

—No, tú no te vas a ningún lado. Coge tus cosas que te vienes conmigo.

—¿A dónde? No entiendo.

—No me da la gana de dejarte morir así por las buenas.

Me da igual lo que diga Paty o las consecuencias que tenga.

Si tú lo tienes claro a mí me basta. Soy su hermana mayor y a veces hay que hacer cosas que pueden ir en contra de su voluntad por su bien.

Si te pierde, acabará perdiendo también las ganas de vivir ella.

Aunque no quiera aceptarlo, le haces más falta de la que crees y de la que ella quiere reconocer y perder a su espejo la hundirá.

Yo no sabía que hacer. Aquello era algo con lo que no contaba. Me quedé paralizado.

—¡Venga! ¿A que esperas? Te he dicho que cojas tus cosas.

—Sí, pero, ¿para qué? ¿A dónde vamos?

—Eso ya te lo explicaré. No tenemos mucho tiempo. Me vine aquí faltando al trabajo y aprovechando que Paty no está. Pero no tardará en llegar y si sospecha que no estoy nos puede pillar.

Yo seguía quieto.

—¡Ay! ¡Qué lento eres! ¡Date prisa!

Entonces medio arrastrado por la situación, sin saber muy bien que hacer, cogí las maletas que ya tenía hechas y empecé a caminar hacia la puerta.

Salí afuera y Helena cerró la puerta. Empezamos a bajar las escaleras. Yo iba lento. Apenas tenía fuerzas y las maletas pesaban. No quería caerme.

—Trae aquí —dijo Helena agarrando una maleta.

Le di las maletas a ella que las cargó como si estuvieran llenas de algodón.

—Vamos.

Continuamos bajando las escaleras y llegamos al portal.

—Espera —la paré—. Quedé con la casera para devolverle las llaves de la casa.

—¿Las tienes aquí?

—¿El qué?

—Las llaves, ¿qué va a ser? —dijo Helena impaciente.

—Sí —dije sacando las llaves del bolsillo.

—¿Y la casera tiene copia de la del buzón?

—Supongo…

Entonces, rápida como un rayo, Helena soltó una maleta, me cogió las llaves de la mano, se fue hasta los buzones y cuando encontró el mío las tiró adentro.

—Ya está —y se volvió a agarrar la maleta que había dejado—. En marcha.

—Pero habíamos quedado en casa.

—Mándale un mensaje y dile que tuviste que irte antes y que se las dejaste en el buzón.

—Pero es que…

—¿Tú tienes otra copia de la llave del buzón?

Negué con la cabeza.

—Pues ya no puedes hacer nada. Nos vamos.

Se puso a andar y salió del edificio, giró a la izquierda y enseguida se paró delante del coche de Paty. Seguía lloviendo a mares. Abrió el maletero del coche, metió las maletas dentro y cerró

—Sube que nos vamos.

Obedecí y me subí en el asiento del copiloto.

Helena arrancó y comenzamos nuestro camino.

Estuvimos circulando un rato. El tráfico era lento y circulaba con pesadez a esa hora.

Con el sopor del tráfico, sin otra distracción, mi mente empezó a divagar y a ser consciente de la situación.

No estaba entendiendo muy bien que pasaba allí ni qué quería Helena para presentarse así en mi casa.

Por sus palabras podía intuir algo pero necesitaba confirmarlo por todo lo que había pasado.

—¿Puedo saber a dónde me llevas y para qué?

Helena me miró con cierta extrañeza.

—Que no sepas a dónde, es normal. ¿Para qué? Ya no tanto. Te creía más listo.

—Prefiero que me digas a elucubrar en este momento.

—Te llevo a una casa que tenemos en las montañas para estar tranquilos. Lo otro es evidente.

Hizo una pausa, entonces clavó los ojos en mí y continuó.

—Te llevo allí para tu conversión, si estás decidido y seguro como decías el otro día. —Volvió a hacer otra pausa y, sin apartar la mirada, preguntó—. ¿Lo tienes claro? ¿Es eso lo que quieres?

La confirmación de mis sospechas me paralizó un instante.

Helena estaba decidida a transformarme ella misma y era cierto que la última vez que nos habíamos visto había sido yo el que lo había pedido.

Sin embargo, ahora que no era yo el que tenía la posición de poder y que me sentía arrastrado, me entró el vértigo.

—¿Sí o no? —insistió Helena.

—No sé, supongo. No contaba con ello, ahora me pilla de sorpresa.

Helena no dijo nada unos instantes hasta que sentenció.

—Piénsalo de camino. Cuando lleguemos allí será la hora de la verdad.

Aquel ultimátum que me hacía ver un horizonte cercano en el que tenía que tomar una decisión irreversible me creó una tensión que me hizo un nudo en el estómago.

Ya no tenía ganas de hablar. Solo estaba atormentado en mis pensamientos con el dilema y la angustia de tener que tomar una decisión definitiva real y palpable.

Pero sin saber realmente cuál iba a ser el verdadero resultado si optaba por tomar el ofrecimiento de Helena.

A partir de ese momento estuvimos viajando en silencio durante más de dos horas.

Comenzó a salir de la cuidad, cogió la autopista y se desvió por una carretera secundaria hacia las montañas.

Estuvimos casi otra hora circulando por esa vía.

Luego por una carretera de montaña y, finalmente, por un camino que discurría por medio de un bosque y nos llevó hasta una casa antigua de piedra que se hallaba en un claro de los árboles.

Helena detuvo el coche y lo apagó.

—Es aquí.

Bajamos del coche y Helena fue por mis cosas al maletero, las cargó y se encaminó hacia la puerta.

—Sígueme —ordenó.

Caminé detrás de ella en silencio hasta que llegamos delante de la puerta. Por suerte, la lluvia se había apaciguado un poco. Introdujo la llave en la cerradura y entramos.

En la penumbra de la casa apenas podía distinguir nada así que me detuve en cuanto la luz de la puerta paraba de iluminar.

Sin embargo, a Helena no parecía importarle.

Sentía sus pasos por la casa de un lado para otro, una puerta que se abría, el sonido de las maletas cayendo en una cama y los pasos de vuelta.

—¿Qué haces ahí? Entra —ordenó Helena.

—Es que no veo.

—¡Ah! Perdona, se me había olvidado.

Helena se encaminó hacia mí, pasó por mi lado, accionó el interruptor y la luz se encendió.

Estaba en un salón muy bien decorado. Del techo colgaba una lámpara muy ornamentada que emitía una luz cálida.

Debajo de ella había una mesa de centro redonda y, rodeándola, dos sofás y dos sillones.

En las paredes de la estancia había puertas distribuidas a lo que intuí, serían las otras habitaciones de la casa.

Por un costado había unas escaleras que subían a la segunda planta.

Tenía una distribución peculiar aquella casa.

—¿Y esta casa? —pregunté mientras empezaba a caminar hacia la mesa de centro.

—Nos pertenece a los cuatro. La compramos hace unos años para poder venir aquí a descansar o alejarnos un tiempo antes de cambiar de sitio.

—Está muy bien conservada.

—Sí, ahora sí. Cuando la compramos estaba semiderruida. Era una lástima ver una casa con tantas posibilidades así. Así que la restauramos y quedó muy bien.

Me quedé de pie al lado de la mesa de centro. Helena recogió un par de tazas de porcelana vacías que había encima y se las llevó a un mueble. Cuando regresó volvió a preguntar.

—¿Y bien? Es el momento. Tienes tu destino en tus manos. Es mucho más de lo que muchos tienen en sus vidas.

Yo todavía había decidido nada. Una cosa era pensar las cosas y creer que uno puede hacerlas y otra, llegado el momento, hacerlas.

Entonces Helena levantó las manos a la altura de los hombros como si estuviera sosteniendo encima de cada una de sus palmas una bolsa imaginaria.

Y así, con las palmas hacia arriba y los dedos apuntando hacia sus laterales dijo con voz suave.

—Tienes dos opciones. Más tiempo, aunque con sacrificio —dijo levantando un poco una mano—. O no hacer nada, no complicarte, pero pagar con tu vida —dijo bajando la mano anterior y levantando ahora la otra. Tú decides —terminó.

Me quedé un rato meditativo.

—¿Por qué lo haces?

—Creía que había quedado claro —contestó Helena extrañada—. Paty en estos momentos no rige. Está rota de dolor, aunque no te lo creas. El otro día fuiste demasiado duro. —Iba a cortarla cuando levantó un dedo y continuó—. Puedo entender tu situación. Pero ella sufre más de lo que te imaginas.

Hizo una pausa y tomó aire.

—Así que ella tendría que hacerlo. Pero como se ha obcecado, no lo hará y con el tiempo le pesará y le entristecerá todavía más.

Y no me da la gana de que se arruine la vida por una mala decisión.

—Entonces hizo otra pausa como para pensar en lo que iba a decir y continuó—.

Y en cuanto a mí. No me gustaría que te murieras así.

Creo te mereces vivir. Y tu felicidad con Paty y la de Paty contigo también serán mi felicidad. Quiero lo mejor para ella. Se lo debo.

Entonces los recuerdos con Paty se me empezaron a agolpar.

No podía negar que su negativa a hacerme caso y su aparente desdén por mi situación me molestaban.

Pero en ese momento todo eso quedaba sepultado por lo que sentía por ella.

La fascinación que me producía como ser, lo a gusto que me sentí desde el primer momento que nos conocimos y la conexión que teníamos, que me hacía sentir conectado a ella y con una complicidad como nunca había tenido con nadie.

Estuve unos instantes recordando todo, hasta que el pensamiento machacón que había tenido todas la últimas semanas volvió a aparecer en mi cabeza.

Me voy a morir.

—Está bien. Hagámoslo —dije en un acto de rebelión contra la realidad, más que por valentía.

—¿Seguro? —preguntó Helena.

—No me lo preguntes más veces. No sé cuánto tiempo podré estar convencido.

—Está bien. Túmbate en la mesa.

La miré extrañado.

—Si prefieres el suelo… —dijo con ironía—. No te voy a cazar. Ese no es el objetivo. Vamos a hacerlo fácil.

Todo aquello era surrealista. Me tumbé en la mesa y me quedé mirando la lámpara que alumbraba encima de mí.

—Bien —dijo Helena poniéndose a horcajadas de mí sentada en mi vientre—. Esto te va a doler. Pero piensa que es la única forma.

Entonces puso sus manos en mis hombros y me inmovilizó. Era increíble la fuerza que tenía.

—No te muevas, si no, es peor —me advirtió.

Sin embargo, en ese momento el instinto de supervivencia afloró. Verme sujeto, sin poder defenderme, me hizo entrar en pánico e intenté sacudírmela sin éxito.

—Tranquilo… —dijo Helena mientra me miraba fijamente—. Ahí está…

Entonces comenzó a abrir la boca de una forma completamente imposible para un humano. Abrió tanto que podía abarcar un cuello fácilmente y sus colmillos empezaron a destacar de entre el resto de sus dientes, afilados como agujas.

Entre el pánico por la situación de no poder huir, el miedo y el arrepentimiento por lo que iba a hacer y la necesidad de querer vivir, yo ya no sabía como reaccionar. Así que cerré los ojos mientras Helena se estaba acercando con aquellos dientes terribles a mi cuello.