Sálvame de tiempo. UN GRITO DESESPERADO
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UN GRITO DESESPERADO

Esperé con la mayor calma del mundo en la cocina, mientras notaba como se acercaba Paty. Ella también me había sentido y se la notaba con cierta preocupación.

—Es una tontería, solo quiero decirte una cosa —pensé con intención de calmarla. Fracasé estrepitosamente. La notaba cada vez más preocupada y parecía acercarse con más rapidez.

Enseguida se oyeron pasos y las llaves en la puerta. Luego la puerta se cerró y Paty entró en la cocina. Se sacó la chaqueta y la dejó encima de una encimera.

—No sabía que venías hoy. ¿Qué ha pasado?

Preguntó Paty extrañada por la imprevisibilidad de la visita. No por mi presencia allí, que ya había detectado en la distancia.

Entonces todos los pensamientos se me agolparon en la cabeza disparados por su pregunta.

Empecé a organizar mis ideas para decir las cosas con tacto y exponer mi punto de vista de una forma firme y razonada.

Para que mi petición, que se me había ocurrido esa mañana, no pareciera demasiado desesperada y egoísta.

Pero los pensamientos momentáneos para Paty eran fáciles de percibir y ya me cortó antes siquiera de pudiera esbozar una idea de pregunta en mi cabeza.

—No, no… —dijo con un hilo de voz—. Sabes que no puedo hacerlo.

—Por favor, Paty, eres mi última esperanza. Sabes que no te miento. Si tuviera otra opción no te lo pediría.

—No, Arturo. No puedo —dijo desviando la mirada.

Entonces me levanté, fui hasta ella y agarre sus manos frías.

—Por favor…

—No me hagas esto…

—Sé que es una petición egoísta, pero estoy aterrorizado y desesperado. Ya ni sé quién soy. Todo mi mundo, mis sueños, lo que yo creía sobre mí mismo deja de tener sentido y parece absurdo.

Entonces me arrodillé delante de ella con la cabeza baja, desesperado y entre lágrimas, a punto de romper en llanto, le hice mi petición desesperada con un hilo de voz.

—Sálvame del tiempo.

Toda la estancia se quedó en silencio. Mina y Helena observaban calladas. En ese momento, Paty se arrodilló conmigo, me agarró la cara con las manos y me la irguió hasta que nuestros ojos quedaron a la misma altura.

—Lo siento, Arturo, no puedo hacerlo. No me lo perdonaría.

—¿Por qué? Me estoy muriendo. Se me acaba el tiempo y no tengo opciones. No lo entiendo.

—Lo que yo puedo darte no es la panacea. Entrarías en un mundo realmente duro y cruel. Solo has arañado la superficie. Lo que hay debajo no es bonito ni agradable. Eso sin contar con el trauma a nivel físico y mental.

—No quieres hacerlo —dije bajando la mirada de nuevo.

—Mírame.

Levanté la vista. Ahora ella también tenía lágrimas en los ojos.

—¿Tú crees que es fácil para mí? Llevo décadas en soledad.

Solo con la compañía de Helena, Mina y João.

Sin apenas relaciones profundas de amistad o sentimentales con nadie más.

En este mundo todo es complejo y las relaciones fuera de él ya sabes no deben violar las reglas.

Y aún así, al final, hay que alejarse de cualquier persona a la que le cojas cariño.

El mundo mortal y el inmortal no son capaces de convivir juntos.

Estarás atrapado y tendrás que alejarte de tus amigos y seres queridos.

Verás como los años los vuelven irreconocibles y al final acaban desapareciendo.

Era prácticamente lo mismo que me había dicho Mina unos instantes antes.

—Y, finalmente, ¿para qué? —retomó Paty—.

Los años te van dando recuerdos que se acumulan y van sepultando los anteriores.

Mis recuerdos de la infancia y juventud están cada vez más borrosos y algunos ya se han perdido en la marea de vivencias que he ido acumulando.

Con el tiempo te irás olvidando hasta de quién eres.

Acabarás convertido en un espectro errante que vaga por el mundo apenas sabiendo de dónde viene.

—Pero podríamos tener un futuro juntos.

Paty negó con la cabeza.

—Sabes que eso no es posible. Lo que teníamos, hablamos que no era a largo plazo. Tú un día tendrías que hacer tu vida y yo no podría retenerte. El tiempo para ti pasa y yo no puedo atarte a mí hasta que sea demasiado tarde.

—Eso no tiene sentido. Todo ha cambiado. Yo ya no tengo un plan de vida. ¡No tengo nada! —grité desesperado.

—Aún así, no puedo hacerlo. No quiero dejarte ir. Pero nunca me perdonaría condenarte a una existencia miserable y que me acabaras odiando por ello. Hacerte un daño que durara hasta el fin de tus días sería más doloroso incluso que perderte. Me maldeciría a mí misma por siempre.

—No me vas a ayudar entonces.

—No es eso, es que… —Soltó un bufido—. Sabes perfectamente lo que quiero decir.

—Entonces, ¿por qué Helena te convirtió a ti?

—Somos hermanas y apenas sabíamos lo que hacíamos. Y aún así, ¿te crees que fue fácil? ¿Sabes el terror que me producía? ¿Te has puesto en la piel de Helena y sabes lo que piensa ella de aquella decisión?

Entonces miró a Helena. Yo me giré también y vi como Helena parecía que se emocionaba.

—Y además, Mina tenía también sus motivos para convencernos.

Esto último lo dijo con un tono mucho más duro mirando a Mina. La mujer parecía incómoda.

—Sabes que fue lo mejor para todas. Todas ganamos, no fue algo completamente egoísta —se defendió Mina.

Sentí como Paty tenía sentimientos encontrados en ese momento. Cierto agradecimiento mezclado con un ligero rencor.

—Entonces, si tú no lo haces, que lo haga una de ellas —dije mirando sucesivamente a Mina y Helena.

—No. Ellas no harán nada —dijo Paty tajante.

—Eso lo decidirán ellas. Se lo estoy pidiendo yo.

Las dos mujeres permanecieron en silencio. Esperé unos segundos que parecieron eternos mientras el silencio reinó en aquella anodina cocina.

—Lo siento. Pero yo no lo haré —dijo al final Mina.

—¿Y tú? —pregunté mirando a Helena.

—Yo tampoco —respondió Helena.

Luego, viendo mi cara de decepción y mi angustia, añadió.

—No es una decisión caprichosa. Paty tiene razón en lo que te dijo y yo no me voy a poner por delante de ella. Es mi hermana y tú su espejo. No tengo ningún derecho a entrometerme e invalidar sus decisiones.

Aquellas palabras cayeron sobre mí como una losa insoportable. Estaba rodeado de gente que podía darme una segunda oportunidad y todos se negaban en el momento que más lo necesitaba.

Me quedé un rato abatido, con la cabeza baja, sin saber que decir o hacer. Estaba en shock y desahuciado. No era capaz de recuperarme de mi estado de abatimiento.

Entonces, Paty me levantó la cara nuevamente con una mano. Aparté su mano, dolido y desvié la mirada.

—Arturo…

—Déjame. Estoy ante el abismo y nadie de los que podéis quiere hacer nada. No os molesto más.

—No es eso. No seas infantil.

—¿Infantil? ¿Crees que es un juego para mí?

Aquellas palabras me dolieron. Pero ya no quería discutir más. Me levanté y me acomodé la ropa.

—Despediros de João por mí y dadle las gracias por haberme avisado.

—No, pero no te vayas así —dijo Paty con voz casi de súplica.

—¿Y que me queda por hacer aquí? Creo que es el momento de despedirnos.

El jueves a las cuatro cogeré el tren a casa, a morir en la tierra que me vio nacer.

Donde están mis padres enterrados y aquellos a quién conocí de pequeño.

A este ritmo no tardaré en reunirme con ellos. Sea ahí arriba o ahí abajo.

—No, pero no podemos despedirnos así.

De Paty venía un sentimiento de tristeza horrible que me revolvía las tripas.

Aquella marea de sentimientos era casi insoportable.

Y, sin embargo, aquello casi me irritaba más.

Si tanta pena le daba, ¿por qué me dejaba solo, a mi suerte?

¿Y por qué sentía esa pena ahora, que ya me iba sin esperanzas ni ningún tipo de ilusión?

—Adiós a todos. No se me ocurre otra forma de hacerlo más suave.

Dí unos pasos hacia la puerta. Entonces, me sentí un poco culpable y con remordimientos por ser así de duro. Así que para tratar de rebajar la tensión, me giré y miré a las tres mujeres que estaban de pie al lado de la mesa.

—Perdonad por la dureza, pero no estoy en mi mejor momento. No quiero ser desagradable. Y a pesar de todo, os estoy agradecido por como me tratasteis. —Hice una pausa—. Gracias.

Entonces emprendí mi marcha hacia la puerta.

—Espera… —dijo Paty.

Yo salí al pasillo con la cabeza baja. Por el rabillo del ojo vi como Helena sujetaba a Paty por un brazo mientras ella tenía el otro extendido hacia mí. Me detuve un momento, entonces levanté el brazo para despedirme y dije de nuevo.

—Adiós.