EL ÚLTIMO RECURSO
Pasó casi una semana y me empezaba a poner ansioso por despedirme de Paty y los suyos.
Tenía que hablar con ellos y concretar una hora.
Sin embargo, cada vez me costaba más todo y, paralelo a ello, mi miedo iba creciendo.
Mi ansiedad me nublaba la mente al punto de empezar a olvidarme cosas como el fuego de la cocina encendido o el agua del grifo abierta.
En mi cabeza las rumiaciones eran la constante y apenas era capaz de tener un razonamiento estructurado o pensamientos lúcidos como antaño.
Todo ello desembocó en un momento de pánico extremo que me desbordó el viernes por la mañana. Estaba desesperando y solo se me ocurrió una cosa que hacer.
Salí de casa con paso pesado. Mis fuerzas me fallaban. Sentía los golpes de mi corazón en el pecho y apenas era consciente de lo que sucedía a mi alrededor mientras trataba de controlar mi respiración y no tener un ataque en medio de la calle.
Llegué con esfuerzo a la casa de Paty y toqué el timbre. Paty no estaba o, si estaba, no podía percibirla. En lugar de abrirse la puerta respondió una voz por el interfono.
—¿Quién es? —Era Helena. Su tono era seco y serio.
—Soy yo, Arturo. Quería hablar con Paty.
—¡Ah! Arturo. Pasa, pasa. Paty no está, pero enseguida llegará. —Su voz se dulcificó al saber quién era.
El pestillo de la puerta saltó y entré. Subí hasta la casa y al llegar, la puerta ya estaba entreabierta. Entré y cerré detrás de mi. Me paré un momento, pues me costaba coger aliento solo de subir las escaleras. En cuanto recuperé algo el resuello me puse a caminar de nuevo y entré en la cocina.
Helena estaba recogiendo en la mesa un par de vasos y los estaba echando al fregadero.
—¿Que tal? —saludó.
—Bien, dentro de lo que cabe —respondí.
Helena asintió.
—Siéntate. Paty llegará en cualquier momento.
Obedecí. Mientras, ella limpiaba algo en la cocina. Cuando acabó se giró y me dijo:
—Yo voy a seguir limpiando por la casa. Tú ponte cómodo, enciende la tele si quieres o lo que sea. Como si estuvieras en tu casa —dijo con cara amable.
A pesar de todo, a mí me daba la impresión de que no quería estar mucho tiempo a solas conmigo.
Me quedé solo en la cocina, esperando. Por el resto de la casa se escuchaba de vez en cuando el ruido que hacía Helena al limpiar. Entonces se escuchó un sonido de llaves en la puerta. Sin embargo, yo no percibía nada.
El bombín giró y alguien entró. Desde la cocina yo no podía ver nada. Entonces, los pasos se fueron acercando por el pasillo y por la puerta, apareció Mina. Llevaba un jerseý fino. Ya era octubre y empezaba a refrescar.
—¡Anda! —exclamó al verme—. ¡Arturo, qué sorpresa verte aquí! No nos habías dicho que venías.
—No. La verdad fue un poco de imprevisto. Se me ocurrió venir esta mañana. Quería hablar con Paty.
Mina asintió de la misma forma que había hecho Helena. Pareciera que las dos pensaban lo mismo de mi presencia allí.
—Pues no sé cuando vendrá. Yo la verdad tampoco tenía previsto venir hoy.
—Dijo Helena que vendría pronto —respondí.
Mina volvió a asentir. Entonces dijo.
—Pues yo, con tu permiso. Voy a desayunar algo. Hace tres días que no como nada y luego me echaré una siesta.
Esta vez asentí yo y traté de hacer caso omiso de lo que iba a pasar.
Mina cogió un vaso, se fue a la nevera y lo puso por la mitad de sangre. Se lo bebió todo del tirón y le echó otro poco. Cerró la nevera y vino a la otra punta de la mesa.
—¿Te importa si…? —preguntó.
—No, me dijo Paty una vez que si estaba con ella me tendría que acostumbrar —dije esbozando una pequeña sonrisa al recordar el momento.
Mina levantó el vaso y dijo.
—Exacto. Pero, ¿sabes lo más importante? —Hizo una pausa—. Trata de no perder nunca el sentido del humor. Sé que no es muy apropiado ni muy buen consejo ahora mismo. Pero a veces es lo único que queda y, créeme, sé de lo que hablo.
Me quedé callado. Había una pregunta que me rondaba por la cabeza pero no me atrevía a hacerla. Mina pegó un sorbo y, al bajar el vaso, pareció notarlo. Levantó una ceja y dijo.
—Hay algo que anda por la cabeza. Dispara.
Entonces tomé aire y pregunté.
—¿Cómo fue perder a…? —no me atreví a pronunciar su nombre.
—¿A Jonathan? —remató Mina.
Asentí en silencio.
—Terrible. No te voy a engañar. Teníamos algo muy especial y luego, al convertirme, yo desarrollé ciertos dones.
Es verdad que fueron adquiridos de la Condesa —Hizo una mueca—.
Pero, al interactuar con el ser de Jonathan, descubrí que teníamos uno en común que nos conectaba.
Luego, cuando mató a la Condesa, mis dones heredados se fueron.
Pero sabía que teníamos unos comunes ocultos.
Traté de convencerlo, pero fue imposible.
Rechazaba en lo que me había convertido y nunca quiso que me acercara a él de nuevo.
Los ojos de Mina se llenaron de lágrimas. Entonces retomó la historia.
—Fue muy duro para los dos. Yo lo amaba con locura y su rechazo y su aversión me destrozaban por dentro.
Pero para él la condena no fue menor, también me amaba como a nadie en el mundo, pero lo que yo era le repulsaba y le producía un rechazo indescriptible.
Vivimos atrapados en ese bucle malsano. Nadie podía deshacer en lo que yo me había convertido.
Pero él tampoco accedió a convertirse y acabó muriendo solo, casi loco de dolor; consumido por el tiempo, el miedo y el auto odio por el rechazo que le producía amarme.
Nos quedamos en silencio en la cocina un momento. Hasta que Mina remató su relato.
—Nos separamos, y el resto de su vida no volví a molestarlo ni a presentarme en su día a día.
Pero siempre estuve cerca, esperando en la distancia una oportunidad, una señal para reencontrarnos y poder ser uno de nuevo y vivir una larga existencia juntos.
Sin embargo, al final, tuve que ver como poco a poco se volvía más solitario y se decrepitaba por el paso del tiempo hasta desaparecer y ser un recuerdo lejano y una esperanza rota de lo que pudo ser, mientras yo seguía imperturbable ante el paso de los años. Tuve que aceptar eso y vivir sola.
Entonces se quedó en silencio, con la mirada perdida negando ligeramente con la cabeza.
—Lo siento. —No quería incomodarla.
—Tranquilo, todos llevamos penas a la espalda. No es tu culpa y si no quisiera contártelo, no lo haría. No te preocupes por eso.
Entonces su expresión se relajó un poco y esbozó una ligera sonrisa antes de sacar un pañuelo para sonarse y secarse los ojos.
Nos quedamos otro ratito en silencio. Entonces Helena volvió a entrar en la cocina.
—Hola Mamá —saludó.
—Hola —respondió Mina.
—Bueno, por aquí ya acabé. Voy a sentarme un rato —dijo mientras separaba una silla de la mesa y se sentaba.
—¿Hoy no trabajas? —le pregunté.
—No. Hoy tengo turno de noche. Me pillaste de milagro. Si llega a ser ayer estaría la casa vacía.
Entonces en ese momento si la noté. En la distancia y acercándose, venía Paty.
—Ya viene —anuncié.