Sálvame de tiempo. LA MUERTE DE UNA ESPERANZA
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LA MUERTE DE UNA ESPERANZA

Paty se quedó sentada en el banco un momento viendo como Arturo se alejaba cabizbajo. Podía notar como los pensamientos del chico eran realmente descorazonadores. No tenía esperanza y estaba sumido en una espiral de fatalismo.

Esperó allí un rato luego de que el chico se perdiera en la distancia. Lo percibía alejándose en dirección a la parada de autobús.

Entonces se levantó. Estaba decidida a tener unas palabras con João y que éste le aclarara unas cuantas cosas.

Caminó lentamente hacia su casa con paso pesado y sumida en sus pensamientos y su tristeza.

Había encontrado, luego de muchos años, a una persona con la que se entendía bien, atenta, inteligente y divertida, que le hacía recordar su juventud y la revitalizaba.

Le daba ganas de disfrutar de la existencia y la hacía sentir viva otra vez.

Y de repente, todo se esfumaba. Aquel pequeño hilo de esperanza se iba a romper y quedaría otra vez atrapada en el tiempo, sin rumbo ni propósito, solo viendo pasar los días.

Subió por las escaleras hasta la puerta de casa y entró.

Dentro de la cocina estaban todos sentados.

Nadie dijo nada al verla entrar. Paty, con su don podía percibir como todos guardaban silencio por respeto a su dolor aunque, en realidad, se los comía la curiosidad de saber que habían hablado ella y Arturo.

—Me gustaría preguntarte algo —Paty tomó la iniciativa dirigiéndose a João.

—Me imagino que es, pero adelante, dime.

Paty asintió.

—¿Qué le pasa?

João tomó aire.

—Es una enfermedad muy rara, de tipo celular.

No se saben muy bien las causas ni si será posible encontrar un remedio.

Sus células sufren una pequeña mutación en las mitocondrias que empieza sutilmente y se va agravando con el tiempo.

Aparte, cada vez afecta más células según estas se reproducen hasta que, finalmente, el organismo en conjunto, falla.

Paty seguía los pensamientos y las palabras de João para absorber todos los detalles.

—¿No hay nada que se pueda hacer? Aunque solo sea frenarlo y cronificarlo. Que pueda convivir con ello.

João negó con la cabeza.

—Hay algunos tratamientos experimentales. Pero no son capaces siquiera de frenar el síndrome y no responden igual en todos los pacientes.

—Pero no puede ser. Algo se te tiene que ocurrir. Tú eres un gran médico. Tienes un don, puedes usarlo para encontrar la raíz del problema y atacarla.

João volvió a negar

—Con todos mis dones y mi conocimiento no soy capaz de vislumbrar el origen primero y entender el mecanismo para poder hacer nada.

Apenas soy capaz de detectar e identificar los síntomas si la etapa es temprana.

—Hizo una pausa—. Lo siento Paty, se marchitará poco a poco. La agonía será lenta y penosa.

Aquellas palabras golpearon fuerte a la chica que se volvió a derrumbar.

—Lo siento, no quería ser tan brusco.

João dudó un instante antes de seguir hablando y cuando iba a abrir la boca Paty lo cortó.

—Sí, lo sé. Pero no quiero hacerlo. No puedo condenarlo a eso.

—Sé que es una decisión complicada. Pero en este momento es la única opción viable que soy capaz de vislumbrar para no perderlo.

— Lo sé, pero si lo hago y luego no es capaz de aceptar su nueva existencia me acabará odiando por siempe. En lugar de su cariño tendré su odio y eso será una fuente de dolor que estará manando detro de mi ser hasta que desaparezca.

João puso una mano encima del hombro de Paty antes de responder.

—Decidas lo que decidas, nosotros estaremos a tu lado.

Paty asintió sin decir nada más. Entonces, se levantó y se fue al cuarto. Entró y se tumbó boca abajo en la cama, con las manos en la cara y dejando fluir las lágrimas en silencio.

Los pensamientos la atormentaban. Se veía entre la espada y la pared.

Las últimas décadas se había sentido muy sola.

A pesar de poder estar con Helena y contar con Mina y João, que eran como sus padres, su vida social había desparecido totalmente.

Habían tenido que abandonar su hogar y habían dejado atrás a sus amigos.

En cualquier caso ya la mayoría habrían muerto y los pocos que quedaran con vida las recordarían como a la que cuidaba a la loca y la que se escapaba a los caminos —pensó.

Todo lo que conocían y habían querido había quedado abandonado tras ellas en el camino. Ya era todo un recuerdo lejano y el futuro era incierto y sin expectativas, aparte de una existencia vacía cambiando de lugar y sin poder echar raíces en ningún sitio.

No quiero una vida así para él. Lo estaría condenando a una existencia miserable y yo sería la responsable. Si luego me odiara no podría soportarlo.

Sin embargo, en el fondo de su ser yacía otro pensamiento. Arturo era su espejo, la hacía sentir bien y quería estar con él todo el tiempo que le fuera posible. Dejarlo escapar por inacción, la reconcomía por dentro.

¿Por qué lo tengo que perder ahora? ¿Qué clase de broma macabra es ésta? Si no puedo tenerlo, ¿por qué o quién lo ha puesto en mi camino?

Todos aquellos pensamientos y contradicciones minaban el ser de la chica al punto de provocarle un nudo en el estómago que le incitaba a tener arcadas.

No voy a poder soportar perderlo, pero tampoco podría vivr con su odio eterno.

Fue su último pensamiento antes de dejarse languidecer. Sin fuerzas ni voluntad para nada que no fuera regodearse en su dolor y lamentarse del destino de su alma gemela y suyo.