DOLOR
Amanecí muy temprano. Me levanté con hambre, llevaba más de doce horas sin comer y me puse a preparar algo de desayuno. Preparé la cantidad de siempre y apenas pude comer una cuarta parte. Tenía el estómago cerrado.
Me levanté y me volví a la cama. Sin embargo, no podía dormir, así que al rato volví a erguirme y bajé a la calle a dar un paseo en la mañana fresca.
Deambulé un rato por las calles sin rumbo. Apenas empezaba a clarear algo el cielo. Algunas personas ya comenzaban a ir al trabajo y la ciudad empezaba a bullir de vida. Pronto ver a gente me agobió y me volví a casa.
Comí parte de lo que me había sobrado, aunque aún no fui capaz de acabarlo, y me volví a meter en la cama.
Dormí otro rato hasta que una notificación en el teléfono y la vibración contra la mesilla me despertaron.
Lo miré; ya eran las once y el sol introducía sus rayos por las rendijas de la persiana.
El mensaje era de Paty.
—¿Qué tal te fue en el médico ayer? No me acordé de preguntarte.
Lo dejé un rato antes de contestar. No sabía que responder. No era capaz de asimilar lo que me estaba pasando.
Entonces pensé que debería decírselo a Paty y los otros, así que cogí el teléfono y respondí.
—¿Están João, Mina y Helena en casa contigo?
—Helena sí, pero João y Mina están fuera.
—¿Y podrían venir? Tengo algo que deciros a todos.
—¿Por qué? Pasó algo malo.
—No, bueno. Pero es algo importante y me gustaría decíroslo a todos juntos.
—Pero, ¿por qué no me lo cuentas?
No estaba de humor para tener una conversación así en ese momento y su insistencia me irritó un poco.
—Ya os lo diré a todos juntos. ¿Pueden estar ahí hoy o no?
—Vale, se lo diré. Cuando estén ya te aviso. Pero no entiendo por qué no me lo quieres decir.
No respondí nada más. No tenía energías para hacerlo. Entonces Paty insistió.
—¿Estás ahí?
—Sí, pero ya os lo diré luego a todos. No insistas, por favor.
—Vale.
La conversación se quedó ahí y el día fue pasando. Eran las cuatro de la tarde cuando el teléfono volvió a vibrar.
—Ya están aquí. ¿Te paso a buscar?
—No, ya voy yo.
—No entiendo. Estás muy raro. Sabes que puedes contarme lo que sea.
—Bueno, ya voy para ahí.
—¿Qué tiene que ver?
Volví a dejar la conversación ahí. Bajé hasta la parada del autobús y me subí.
Hice dos transbordos que me hacían falta para llegar a casa de Paty y, finalmente, llegué a la puerta.
Toqué el telefonillo sin saber muy bien por qué y esperé.
Notaba a Paty lejana. Su preocupación era evidente, aunque no estaba escrutando mis pensamientos.
La puerta hizo un chasquido y se abrió. Detrás estaba Paty.
—Sabes que no hace falta que toques el timbre. ¿Se puede saber que te pasa? —Estaba muy seria.
—No sé, ni me di cuenta.
—No me lo creo.
—Pues es la verdad.
—Estás muy raro, nunca te noté así.
Entonces noté cierta presión en mi mente. La miré y cesó.
—Vamos, os lo diré a todos juntos arriba. —Y entré.
—Pero, ¿es algo malo? ¿Por qué no me lo dices a mí?
Seguí subiendo las escaleras.
—Está bien. Mira que eres terco. Creo que no estás siendo justo conmigo.
Aquellas palabras me pesaban y herían mucho. Quería contarlo delante de todos. Que Paty no respetara mi deseo me enfadaba y, al mismo tiempo, notar que la hacía sentir mal y preocuparla me hacía sentir muy mal y culpable.
Llegamos arriba y entramos. Fuimos a la cocina y allí estaban todos con cara seria. Era evidente que Paty les había contado que algo raro me pasaba.
—Hola —saludé.
—Hola —respondieron todos.
—Paty nos ha contado que querías decirnos algo. —Mina tomó la iniciativa.
—Sí —respondí.
Entonces me acerqué a João mientras sacaba el informe del bolsillo y se lo daba.
El hombre lo cogió extrañado, lo abrió y se puso a leerlo. Estuvo un rato escrutándolo.
—¡NO! —Paty gritó detrás de mí—. ¡No puede ser!
—¿Qué pasa? —preguntaron Helena y Mina alarmadas.
Entonces João cerró el informe y suspiró con la cabeza baja. Pero no pudo responderles. Paty me agarro por los hombros y me giró. Por la conexión que nos unía noté su desesperación que se mezclaba con su enfado.
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Cómo me has hecho esto? He tenido que enterarme así. Pensé que era más importante para ti, que podía contar contigo y que algo así me lo dirías directamente y lo escucharía de tus labios.
Entonces cayó sobre mí con la cabeza sobre mi pecho, llorando. Mientras, golpeaba con su puño mi pecho y me hacía daño con sus golpes por no medir bien la fuerza.
El verla llorando de esa manera tan desconsolada hizo que yo tampoco pudiera reprimir mis lágrimas y me derrumbara. La abracé y nos quedamos sollozando los dos mientas ella repetía en susurros.
—No puede ser… No puede ser… No en este momento, no ahora.
Entonces una mano se me posó en mi hombro. Era João.
—Lo siento mucho. No sé que decir. Tiene que ser muy duro para ti.
Asentí y volví a girar la cabeza hacia Paty que seguíamos abrazados.
Entonces João se fue junto a Helena y Mina. Allí esperaron, respetándonos a Paty y a mí, dejándonos tiempo.
Estuvimos un rato más abrazados hasta que nos calmamos un poco. Entonces nos separamos. Paty tenía hipo y se le escapaba algún sollozo descontrolado cuando inspiraba. Yo apenas podía hablar de la tensión en la garganta. Entonces me giré y me dirigí a Mina y Helena.
—Resulta que tengo una extraña enfermedad que me está matando poco a poco. —Hice una pausa—. Se me acaba el tiempo.
Mina y Helena se quedaron estupefactas. Miraron a João, que asintió en silencio.
Nos quedamos todos en callados. Paty y yo éramos los más abatidos. Nuestra conexión reforzaba el sentimiento de los dos y lo hacía prácticamente insoportable.
Entonces Helena fue la que rompió el mutismo del momento.
—Creo que solo queda una opción.
Entonces el sentimiento de alarma que percibí de Paty casi me hace saltar. Y a continuación una furia terrible la inundó.
—¡NO! —gritó Paty hasta desgañitarse—. ¡Ni hablar! Ya te lo dije. Arturo no sufrirá esta condena. Me niego.
—Pero sabes que es su única opción en este momento.
—¡De eso nada! —Los ojos de Paty empezaban a cambiar de color.
—No seas cabezona. ¡Sabes que tienes que hacerlo! No vamos a dejarlo morirse así, abandonado como un perro. —Ahora los ojos de Helena también estaban empezando a tornarse más rojizos.
—No y no. El vivirá una vida normal. No se merece una condena eterna.
—¡Una vida normal! —exclamó Helena—. Tiene los días contados. ¿Qué vida es esa? Si no lo haces tú, lo haré yo.
En ese momento Paty estalló.
—¡NI SE TE OCURRA! ¡TE PROHÍBO QUE LE TOQUES NI UN PELO! —gritó levantando un dedo amenazador hacia Helena.
Su ira nublaba mi mente y me amedrentaba. Nunca la había visto tan enfadada. Sus iris eran de un rojo brillante en ese momento y parecía dispuesta a abalanzarse sobre cualquiera y destrozarlo. Tenía la mandíbula tensa y los puños cerrados. Los tendones se le marcaban en el cuello y los antebrazos.
—No seas estúpida. Es tu espejo y se está muriendo. No puedes dejarlo irse. Su tiempo se acaba. Ya no tiene nada que lo retenga en su mundo ni nada por lo que le merezca la pena luchar.
Mina pareció revolverse ante aquellas palabras y tanto su gesto como su cuerpo se tensaron.
—¡Ni hablar! Nadie le hará nada o se las verá conmigo y le pesará haberlo hecho —sentenció Paty.
Nos quedamos todos en silencio. El ambiente era realmente tenso. El silencio era tan rotundo que casi podía escuchar los latidos de mi corazón. Solo se veía interrumpido por los bufidos acelerados de la respiración de Paty.
A mi angustia vital se sumaba una punzada de irritación porque Paty y Helena estuvieran hablando de mí como si mi opinión no contara y un miedo cada vez mayor a lo que pudiera pasar allí.
Helena estaba muy decidida y volvía a mostrar su salvajismo.
Se repartían mi destino para un lado u otro de forma egoísta sin ni siquiera preguntarme.
Yo me sentía muy débil y comenzaba a temer un ataque inminente. Sabía como de brutal podía llegar a ser la pelea y las piernas comenzaron a flaquearme pensando en un desenlace incierto.
Mina y João no habían mostrado sus carta, así que no sabía cuáles eran sus intenciones.
Paty escrutaba lo que se me pasaba por la cabeza también y, agitada se encaró conmigo.
—No tienes que temer nada. A ti nadie va a tocarte un pelo.
Entonces, los bufidos fueron tornándose suspiros y comenzó a llorar lastimeramente otra vez. Su furia fue mutando a una pena tan grande que hacía que las lágrimas corrieran por mi cara otra vez.
—No puede ser —repetía en un susurro amargo mientras se iba hacia una silla y se sentaba cubriéndose la cara con las manos. Su pelo enmarañado le caía hacia delante.
Entonces traté de recomponerme y decir con la mayor entereza.
—En fin, creo que debo irme. Solo quería que lo supierais, creo que es lo justo.
Mina y João asintieron. Helena no dijo nada y Paty seguía con su llanto mudo.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Mina.
Me encogí de hombros.
—No sé. —Hice una pausa—. Hablaré con mis tíos y les contaré lo que pasa. Me vuelvo a casa, aquí ya no pinto nada. Y me despediré también de mis compañeros de trabajo.
—¿Vendrás a vernos antes de marcharte? —ahora fue Helena la que preguntó.
—Sí, tengo que arreglar unas cosas que me llevarán unas semanas. Pero antes de irme volveré a veros. Si queréis podemos vernos más veces antes también. Por mí no hay problema.
Asintieron todos.
—Estaremos en contacto —respondió Helena.
Yo asentí también y me di la vuelta para marchame. Paty seguía con la cabeza baja. Le puse una mano en el hombro y le dije.
—Me gustaría hablar contigo. ¿Me acompañas a dar una vuelta?
Paty levantó la cabeza. Tenía la expresión desencajada y los párpados hinchados. Entonces, se puso de pie, me abrazó y me susurró al oído con la voz rota y entrecortada por los suspiros de sus sollozos.
—No puede ser que te pierda ahora. No me dejes.
—No quiero dejarte. Sabes que no quiero hacerlo, pero no está en mi mano. No puedo hacer nada —entonces me separé un poco y le pregunté—. ¿Vamos?
Asintió y nos pusimos en marcha. Bajamos las escaleras en silencio, salimos a la calle y fuimos a sentarnos a un banco medio aislado en un parque.