Sálvame de tiempo. EN LA HORA MÁS OSCURA
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EN LA HORA MÁS OSCURA

Pasaron unos días en los que apenas salí de casa. Lo que había pasado y la advertencia de Paty me tenían descolocado. ¿En dónde me había metido yo?

Entonces recordé una frase que mi madre siempre me decía que le decía a ella mi abuelo. “Quién ama el peligro, perece en él”.

Era por la mañana y estaba desayunando cuando me llegó un mensaje al móvil. Era del servicio de salud. “Los resultados de sus análisis ya están listos. Tiene cita mañana a las doce de la mañana para conocerlos”. A continuación se detallaba el centro de salud y la consulta.

Durante el resto del día los nervios y la ansiedad me acompañaron. Me sentía muy nervioso por conocer los resultados de los análisis.

Al día siguiente me dirigí a la consulta y esperé mi turno en la sala de espera. Habría esperado como quince minutos cuando mi turno salió en el monitor de la sala. Me levanté y accedí a la consulta.

—Buenos días —saludó la doctora.

—Buenos días —respondí.

—Arturo, ¿verdad?

—Sí.

—Siéntese —dijo la doctora señalando la silla delante de su mesa—. Tengo a aquí su informe, vamos a echarle un vistazo.

Se puso a escrutar el informe con calma, avanzando y retrocediendo las páginas.

—Bien. Tengo aquí que usted reportó que notaba cansancio y se fatigaba pronto con poco esfuerzo físico, ¿cierto?

—Sí —confirmé.

Se quedó otro rato en silencio ojeando el informe.

Entonces lo dejó a un lado, se sacó las gafas para restregarse los ojos con las yemas de los dedos y dejó los brazos encima de la mesa hacia mí.

Con los antebrazos apoyados y una mano agarrando la otra que formaba un puño. Tomó aire y volvió a hablar.

—Tenemos un problema en su analítica.

Aquella sola frase me golpeó con una maza en el pecho.

Se me bloqueó la respiración y la impresión y el peso de aquellas palabras hicieron que notara calor en la cara y una sensación de taponamiento en los oídos, aunque podía oír perfectamente.

El corazón se me empezó a acelerar. Notaba sus botes en el pecho y la presión de la sangre.

—¿Qué problema? —pregunté con un hilo de voz ronca.

—De acuerdo a los resultados, padece usted una enfermedad realmente infrecuente conocida como síndrome de Robie-Häger.

—¿Y es grave? ¿Qué debo hacer?

—La enfermedad consiste en una mutación mitocondrial.

No hay mucha investigación al respecto puesto que los casos son muy escasos y generalmente se manifiesta muy tarde, ya que los síntomas más notorios aparecen en etapas avanzadas y apenas hubo tiempo para la investigación.

Realmente es increíble que usted haya venido tan pronto.

—Bueno, tuve un pálpito —dije todavía con el corazón acelerado.

La doctora asintió.

—Aún así, debe saber que la mutación es irreversible y provocará que cada vez más células de su cuerpo empiecen a funcionar de forma deficiente. —Hizo una pausa—. Lo lamento don Arturo. No se conoce remedio para esta enfermedad. Su cuerpo acabará fallando con el tiempo.

Aquel segundo golpe me dejó completamente aturdido. No podía creerlo, me negaba a creerlo.

—Pero si… —me detuve, no me salían las palabras—. Pero si no me noto tan mal.

—El desarrollo es exponencial. Muy lento e imperceptible al principio. Por eso los síntomas son tan leves y no se detecta en etapas tempranas. No obstante, su extensión se acelera rápidamente según se va desarrollando.

—¿Cuánto me queda? —pregunté al borde del llanto.

—No voy a mentirle. La realidad es que es difícil saberlo en este momento. Podrían ser dos meses o más de un año. Solo se puede saber con más certeza con un seguimiento a lo largo del tiempo.

Nos quedamos en silencio unos segundos hasta que la doctora concluyó.

—Lamento mucho no poder darle mejores noticias.

Pero me temo que la única opción es seguir un tratamiento que retrase el avance en lo posible y le ayude a sobrellevar los síntomas.

—Hizo una pausa—. Mi recomendación es que no se obsesione con el tema y trate de llevar una vida lo más tranquila que pueda.

Nosotros le haremos un seguimiento para que todo vaya lo mejor posible.

Nos volvimos a quedar en silencio. Yo me hundí en la silla en un estado de desesperación absoluta, a punto de llorar. No me lo podía creer, estaba en un callejón sin salida, sin esperanza ni opciones.

—Me podría dar el informe —dije al fin, casi sin apenas poder controlar la voz.

—¿Lo prefiere en formato físico o electrónico? —preguntó la doctora.

—Físico, por favor.

La doctora asintió e imprimió una copia que luego grapó y me alcanzó.

—¿Me puedo ir ya?

La doctora volvió a asentir.

—Sí. Pero antes, si usted lo desea, se le asignará un psicólogo que le acompañará durante el proceso. Puede cubrir ya el formulario.

No sabía que responder.

—¿Lo puedo pensar?

—Por supuesto. Tómese su tiempo. Si lo necesita, solo tiene que llamar al centro y se le asignará a la mayor brevedad posible.

Asentí y me puse de pie. La doctora hizo lo mismo.

—Le acompaño a la puerta. Ya le mando las recetas a la farmacia para que pueda comenzar con el tratamiento cuanto antes.

Fuimos caminando hasta la puerta de la consulta y le echó la mano a la manilla. Entonces, se detuvo justo antes de abrirla.

—Recuerde que estamos aquí para lo que le haga falta. No dude en acudir a nosotros siempre que lo necesite.

Asentí nuevamente, ella abrió la puerta y salí de la consulta. Giré y salí del centro de salud.

Fui hasta la parada del autobús para volver a casa.

Apenas era consciente de lo que sucedía a mi alrededor.

Mi vista parecía no percibir lo que me rodeaba y mis oídos no reaccionaban al sonido.

Cruzando una calle un coche casi me atropella.

Solo fui consciente en el segundo bocinazo.

Seguí andando mientras el conductor gesticulaba iracundo dentro del habitáculo.

Llegué a la parada del bus, subí y me fui al último asiento a la esquina contra la ventanilla.

Durante el viaje saqué el informe y lo leí. Apenas pude entender “Síndrome de Robie-Häger” y “Terminal”. En la sección de tratamiento se detallaban una serie de medicinas recomendadas, eran tres.

Guardé el informe otra vez y miré por la ventanilla. Por la calle se veía a la gente con sus rutinas diarias o yendo a sus destinos. Cada uno con sus problemas e ilusiones, unos con cara feliz, otros con cara triste o preocupados.

Entonces me olvidé del autobús y me sentí fuera de mi cuerpo.

En ese momento comencé a sentirme como un fantasma.

Era como un muerto caminando entre vivos, mis días estaban contados.

Todo aquello que veía, para mí, ya era absurdo.

¿Qué sentido tenía ya una vida normal para mí?

¿Para qué quería yo nada si mi tiempo se estaba acabando y mi futuro no existía?

¿A qué aspiraba yo en aquel momento y para qué había servido todo lo que había hecho hasta entonces?

En mis pensamientos, los sacrificios, todo el esfuerzo, las pérdidas y las tristezas pesaban y se tornaban en estupideces fútiles del pasado que no habían servido para nada. Al final, en el fondo, no había sido totalmente feliz nunca y ahora, cuando parecía que podía serlo, todo llegaba a su fin.

Entonces los remordimientos se apoderaron de mí.

El miedo, la presión social por ser un “chico bien”, el que dirán, habían hecho que me privara de muchas cosas.

Había renunciado a cosas que realmente me había apetecido hacer por miedo a la crítica.

No había dicho “te quiero” todas las veces que debería haberlo hecho por timidez.

No había declarado mi amor a Laura hace años por miedo a que no sintiera lo mismo y ahora, la duda de lo que podría haber pasado me reconcomía.

Todo aquello que no me había atrevido a hacer y todas las etapas que no había disfrutado pesaban mil veces más que todos los errores y todo lo que me había salido mal luego de intentarlo.

En ese momento me bloqueé e implosioné sobre mí mismo. No podía soportar más toda aquella avalancha de pensamientos en mí cabeza. Pegué la cabeza a la ventanilla mientra las lágrimas corrían por mis mejillas silenciosamente.

Llegué a casa como un zombi. Aún era mediodía, pero me metí en la cama y allí me quedé hasta el día siguiente.

Dormí a intervalos, cuando me despertaba todo parecía haber sido un sueño, hasta que recordaba todo y era consciente de nuevo.

Luego lloraba un rato hasta que me volvía a dormir y así hasta el amanecer del otro día.