ALGO INEXPLICABLE
Entonces volví a ser consciente de Paty. Estaba intranquila y en alerta. Sus sentimientos se me contagiaban.
Nos pusimos en marcha. Fuimos un rato en silencio.
La inquietud de Paty iba en aumento mientras el hombre miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor.
Aquella situación me estaba tensando bastante, al punto de hacerme cerrar los puños e incorporarme ligeramente.
Paty al notar mi alerta me agarró por un antebrazo y tiró hacia atrás para tranquilizarme.
—Está un bonito día —el conductor rompió el silencio con calma.
—Sí, la verdad es que sí —contestó Paty.
—A ver si se mantiene y nos deja ver bien el eclipse dentro de diez días —prosiguió el hombre.
—Sí, no todos los días hay eclipse.
—La verdad es que sí. Nosotros nos vamos toda la familia al norte. Tenemos allí unos parientes y queremos verlo todos juntos. Allí será total.
—Sí, eso oí —metí baza yo en ese momento—. Aquí en la capital creo que también es total pero dura poco.
—Justo en la capital creo que no. Pero yéndose a la sierra creo que ya sí —me corrigió.
—Puede ser. Estoy hablando de memoria ahora —concedí.
Nos quedamos en silencio otro rato. No acaba de entender que pasaba allí. Paty seguía tensa, pero el hombre parecía la persona más tranquila que uno se podía encontrar.
Al poco tiempo ya llegamos a nuestro destino.
—Adiós. Y usad gafas de protección para el eclipse —se despidió el hombre con humor.
—Adiós, gracias —me despedí yo.
—Adiós —dijo Paty.
El coche se fue perdiendo en el horizonte. Sin embargo, Paty no se movía y seguía con la vista puesta en la dirección que se había ido. Seguía notándola preocupada, aunque ya estaba algo más relajada.
—Bueno, yo creo que voy a ir subiendo. ¿Tú cómo vas a volver?
No hubo respuesta.
—Paty —le llamé la atención—. ¿Qué pasa? Llevas todo el tiempo muy rara. ¿Hay algo malo con ese hombre? Y, ¿por qué razón viniste conmigo?
En ese momento Paty, sin desviar la mirada y con la cara rígida por la preocupación, rompió su silencio.
—No me gusta.
—¿El qué?
—Ese hombre.
—¿Por qué lo dices? A mí me pareció una persona de lo más normal. ¿Qué notaste?
—No tiene mente.
Aquello me pilló desprevenido.
—¿Cómo que no tiene mente? —No entendía nada—. ¿Es un robot?
Entonces clavó la vista en mí.
—No. Simplemente es como si fuera un cuerpo vacío. Es capaz de hablar y razonar. Pero el control está en otro lugar, fuera de él.
Yo seguía sin dar crédito.
—Pero eso no tiene sentido.
—Sí y no.
La miré extrañado.
—Resulta que hay seres capaces de reanimar cuerpos. Solo escuché rumores y nunca me había encontrado con nada así. Pero, si mis cálculos no fallan, éste encaja con la definición de reanimado.
—¿Se puede resucitar? —dije en voz más alta de lo normal.
—¡Shhh! —me chistó Paty—. Habla más bajo.
Miró a los lados y negó con la cabeza antes de proseguir.
—No. No se puede resucitar. Pero yo no he dicho eso, es un reanimado, que es otra cosa muy distinta.
—No entiendo.
—Vamos adentro y te lo cuento en casa.
Asentí con la cabeza. Entramos, subimos por las escaleras y llegamos a mi estudio. Accedimos a la estancia, cerré la puerta, encendí la luz y nos sentamos en cada una de las sillas a cada lado de la diminuta mesa.
—Entonces, ¿dices que no pudiste notar su mente?
Paty negó con la cabeza.
—Por un lado, tenía como un velo alrededor. Pero aún así, es como mirar en un jarrón vacío, no sientes nada. Aunque haya protecciones, se debería notar la presencia de una consciencia.
—¿Y qué son los reanimados esos?
—Son seres que murieron y, con algún tipo de poder, se les mantiene el cuerpo físicamente funcional. Pero su mente o ya no está o esta corrompida o deteriorada.
—¿Pero como pueden hacer entonces ninguna actividad?
—Son títeres de sus creadores. Hay algunos que están bajo el control directo de sus creadores o siguiendo instrucciones predeterminadas.
Y a otros, por diversión, o cuando ya no les son útiles, los dejan liberados.
Suelen durar poco así. Apenas conservan algún instinto de preservación básico y siguen pequeñas normas y pautas que les enseñaron.
—Entonces éste, si estaba conduciendo…
—¡Exacto! Su creador lo estaba controlando todavía. Lo que me preocupa es por qué. ¿Qué pretende alguien exponiendo a un reanimado de este modo? Es muy peligroso.
—¿Y no puedes adentrarte en su mente y saber algo del creador?
Paty volvió a negar con la cabeza.
—Creo que es peligroso. Su mente es como adentrarse en la niebla, me da miedo. Es como si te absorbiera y te separara de tu cuerpo. Temo perder la razón si me adentro.
Asentí en silencio.
—¿Por eso viniste conmigo? ¿Notaste que algo no iba bien?
Paty asintió.
Entonces otra pregunta se me vino a la cabeza.
—Una cosa. Dijiste que cuando los dejan liberados apenas son capaces de sostenerse ellos mismos. ¿Cómo es que nunca se detectó ninguno? Llamarían mucho la atención.
—Realmente son muy, pero que muy raros. Además, a la mayoría, cuando acaban su función, o antes de que llamen la atención, los desactivan. Y, si se da el caso, a veces un accidente de una persona sin identificar se pasa por alguien al margen de la sociedad.
—¿Y qué significa todo esto?
Paty se encogió de hombros.
—Ni idea. Pero desde luego voy a avisar a los otros. Esto es muy extraño. No pasan estas cosas así porque sí. Algo se cuece y hay que andar con mil ojos.
Entonces fijó la vista en mí.
—¿Entendido?
—Sí, está bien. —Hice una pausa—. Pero yo, ¿cómo puedo identificarlos cuando ando por fuera de casa?
Paty se quedó pensativa un momento.
—De momento no andes de noche solo, y si necesitas ir a algún lado y no puedes ir en transporte público, yo te llevaré.
—¿No es un poco exagerado?
—Por si acaso. Esto no es de tu mundo y el contacto con nosotras te puede involucrar en algo peligroso.
—Me estás asustando.
—Yo ya lo llevo desde hace un rato.
La verdad es que Paty parecía asustada de verdad. Nunca había sentido ese nivel de miedo en ella. De hecho parecía que le temblaban ligeramente las manos encima de la mesa. No debía tomarme a la ligera su aviso.
—Bueno. Yo me voy a ir ya —anunció levantándose de la mesa.
—Te acompaño.
Salimos y bajamos hasta el portal. Allí, cuando iba a abrir la puerta, me sujetó de un brazo y me paró. Ella hizo lo mismo y se quedó en silencio. Notaba como estaba en alerta. Entonces, pasados unos segundos, me soltó. Abrí la puerta y salimos.
—Estaba escrutando el terreno.
Asentí.
—¿Y cómo te vas a ir? El coche está en el quinto pino.
—Tranquilo. Ubícate. Estoy más cerca del coche que de casa.
Me paré a pensar un momento y tenía razón. La ubicación de los tres lugares hacía un triángulo, pero el coche estaba más cerca de mi casa que de la suya.
Entonces la miré y me sonrió por primera vez desde que salimos de su casa.
—Me iré hasta el coche y ya luego a casa.
Entonces le agarré las manos y me acerqué a ella. Ella hizo lo mismo y nos despedimos con un beso y unas ligeras caricias en mi hombro y su costado.
—Recuerda lo que te dije. Ten cuidado —dijo antes de echarse a andar por la calle.