Sálvame de tiempo. FELICIDAD
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FELICIDAD

Me desperté sin saber muy bien dónde estaba. Entorné los ojos por la luz que entraba por la ventana, miré al techo y a los pies de la cama. No estaba en mi casa. Entonces recordé la noche anterior y ya me relajé. Giré la cabeza a mi derecha y allí estaba.

Paty estaba tumbada de lado, con un codo apoyado en la cama y la cabeza reposando sobre su mano. Estaba ya despierta, mirándome. Su expresión rebosaba ternura y tenía una amplia sonrisa que dejaba ver unos dientes realmente blancos.

—Buenos días —saludó mientras se estiraba ágilmente y me daba un beso furtivo.

—Buenos días —respondí y, aunque con menos gracilidad que ella, también me lancé a rodearla con mi brazo para darle besos en su cuello, mejilla y rematar con uno en sus labios.

—¡Ay! ¡Estás juguetón! —replicó sonriente y dio un saltito hacia atrás mientras lazaba una mano para hacerme cosquillas.

Le atrapé su mano, y nos quedamos así un rato mirándonos con una sonrisa boba que se realimentaba y amplificaba por nuestras mentes enlazadas. Entonces, fui consciente de que había recuperado su temperatura habitual.

Aquella sensación viajó por el lazo que unía nuestras mentes hasta Paty.

Entonces, noté como su sensación de bienestar mudaba a una actitud defensiva, tímida y de cierta culpabilidad y, en ese momento, trató de retirar su mano.

Mientras percibía todo eso, las piezas encajaron en mi cabeza y creía que sabía lo que estaba pasando.

—Eh. Ni se te ocurra. Tú no tienes la culpa, es una circunstancia. No cambia nada. —Sostuve su mano con la mía y se la pegué a mi pecho—. ¿De acuerdo? No pasa nada

Entonces noté, que de las profundidades de su ser, emergía otro sentimiento que se mezclaba con los anteriores.

Éste no era de autocensura como los previos, sino que era de nostalgia y añoranza.

Entonces entendí la condena de Paty y los sentimientos que le producía.

Era inmortal, pero apenas podía sentir la vida y le resultaba prácticamente imposible hacer contacto con aquellos que le podían recordar los tiempos que tanto echaba de menos.

Por eso me estimaba tanto. Yo era su conexión con el mundo de los vivos y su vía de oxígeno hasta un mundo fuera de una existencia que la asfixiaba.

Entonces ahora, ella tiró de mi mano con la suya y se la puso en su pecho frío. Sostuvo mi mano allí durante unos segundos en los que percibí la frialdad de su cuerpo y, por alguna razón, fui consciente de que su corazón apenas latía.

—Ahora entiendes —susurró—. Me haces recordar y sentir cosas que realmente añoro y deseo; ya apenas recuerdo cuando fue la última vez que las sentí. Por eso eres tan importante para mí.

Me acerqué a ella y la abracé. Luego cuando nos separamos también le di un beso en la frente.

—Sabes que te digo la verdad. Para mí, eso no cambia nada, no tengo nada que objetar. Es tu naturaleza, yo te conocí así y no cambiaría nada de ti.

Paty asintió. Parecía más calmada. Nos quedamos así un momento hasta que anunció.

—Viene Helena.

—¿Y qué hacemos?

—Yo no voy hacer nada.

—Pero si nos ve…

—No te preocupes por eso. No pasa nada. Lo que pasó, pasó, y ya está. No cambia nada.

—Ya, pero volverá a a salir el tema de los espejos y que debería transformarme.

—¿Quieres tranquilizarte? Eso solo nos incumbe a nosotros. Tu eres mi espejo y yo el tuyo. Nadie tiene nada por qué meter las narices.

El tono y la actitud de Paty eran más duros. Pero también pude percibir de que su actitud era más ofensiva que la vez anterior que había discutido con Helena. En aquella ocasión su actitud era más defensiva y reactiva. Ahora estaba mucho más agresiva y activa defendiendo sus ideas.

Pensé que a lo mejor habían tenido alguna discusión por aquello.

Entonces Paty se giró en la cama y me dio la espalda, visiblemente molesta, cosa que tampoco podía esconderme a mí. La sentía claramente.

De nuevo se giró y se quedo boca arriba.

—Esto tiene también sus desventajas. No estaba acostumbrada a que alguien viera a través de mí. —Giró la cabeza y me miró—. Aunque solo lo hagas de una forma básica. Pero contigo no te puedo esconder como me siento.

—Perdón.

—No te disculpes. Yo también te acepto así, solo que es algo nuevo para mí. —Su expresión se suavizó—. Tranquilo, está todo bien.

Entonces se oyeron unas llaves en la cerradura y la puerta se abrió con un chasquido. Seguidamente unos pasos por el pasillo.

—¿Paty? —Hizo una pausa—. Ya estoy en casa.

Volvió a hacer otra pausa mientras esperaba una respuesta e iba mirando por la casa.

—¿Paty? —Otra pausa—. ¿Dónde se habrá metido esta chica?

—Estoy aquí —respondió al final Paty.

Entonces los pasos se acercaron a la puerta, la manilla se giró y se abrió la puerta.

—¿Qué hacías? ¿Por qué no respond…? —Se paró al vernos.

—¡Aaaah! —dijo con entonación descendente—. Mira tú por qué. Tenías un buen motivo.

Entonces se dibujó una sonrisa divertida en su cara.

—Bueno tortolitos, no quería interrumpir. Os dejo por si os animáis al mañanero, si aún no ha caído. —Cerró la puerta y se fue riendo por el pasillo.

—¿Ves? Te dije que no pasa nada. —Entonces se incorporó en la cama—. Vamos, yo me voy a levantar ya.

Se puso de pie, completamente desnuda. Yo disfrutaba de la vista de su cuerpo y su silueta. Entonces, los pensamiento se me volvían agolpar en la cabeza.

—Ahora no. Con Helena me da cosa. —Hizo una pausa—. Sí, sé que a ella parece darle igual. Pero a mí no.

No tenía nada que objetar a eso, así que no replique. Simplemente seguí mirando como se vestía. Entonces agarró mi camiseta y me la tiró a la cara.

—Te vas a quedar bizco de tanto mirar —dijo divertida.

—No hago nada malo. Las bellezas del mundo son para admirar —respondí también con humor.

Paty recibió bien el piropo. Me dedicó una última sonrisa antes de salir del cuarto.

Yo también me vestí y la seguí hasta la cocina. Allí estaba Helena desayunando.

—Vaya, vaya. Así que la chiquitina ayer también triunfó. —El comentario era gracioso pero la gran sonrisa que tenía dejaba ver sus dientes rojizos y resultaba macabro.

Paty no respondió. Pasó a su lado y le puso una mano en el hombro.

—Mmm. Eso es que bien. —Entonces me miró a mi y me guiñó un ojo—. Eres una caja de sorpresas.

No sabía que decir.

—Yo no puedo leer mentes. Pero sí se lo que estás pensando y te puedo decir que sí. En ochenta años da tiempo a aprender muchas cosas y ya una no se conforma con cualquier cosa. —Entonces soltó otra risa y apuró el vaso que tenía delante.

—Déjalo tranquilo. No seamos viejas verdes —dijo Paty bromista.

—Uuuh. No es solo bien. Es muy bien, por lo que veo.

Paty la miró de reojo con una sonrisa en la cara que pude ver fugazmente porque estaba lavándose las manos de espaldas a mí.

—Vale, vale, ya me callo —Helena echó una última risa y se quedó en silencio.

Paty acabó, se giró, y sacudió las manos hacia ella, lanzándole gotitas de agua.

—¡Ay! —dijo Helena entre risas.

Entonces Paty habló al fin.

—No ibas a ser tú la única.

—Claro. Me alegra mucho que mi hermanita se divierta.

Se las veía a las dos de muy buen humor. No acababa de encajarme todo luego de como reaccionó Paty en el cuarto. Pero no le di más vueltas, Paty estaba allí percibiendo todo y no era el momento. Además tenía un hambre voraz.

—Yo creo que me iré. Aquí creo que no tenéis menú para mí —dije con cierta sorna.

Helena tomó aire para decir algo. Pero Paty la miró rápidamente y se paró en seco con la boca abierta. Suspiró y la cerró. ¿Qué iría a decir que fuera tan grave? Era evidente que todavía había ocultamientos y cosas que me concernían y no sabía.

—Me temo que no —atajó Paty—. Te llevo a casa.

—Vale.

—Espérame aquí, que me voy a calzar y ya vuelvo. —Y salió por la puerta.

Nos quedamos solos yo y Helena. La situación se había tornado extraña. La conversación había quedado como cortada sin tema para continuar. Estuvimos en silencio. Hasta que Paty asomó de nuevo por la puerta.

—Nos vamos.

Me levanté y me despedí de Helena.

—Ciao.

—Ciao, pescao —se despidió con gracia y expresión sonriente.

Bajamos a la calle. Entonces recordamos, habíamos dejado el coche en el bar de anoche.

—¡Maldita sea! Tengo la cabeza en las nubes —maldijo Paty.

—Deja, es igual. Llamo a un taxi.

Saqué el teléfono y pedí uno.

—Me espero aquí contigo.

—De acuerdo.

Entonces se me vino a la cabeza lo que había pasado en la cocina apenas unos instantes antes. Estaba dudando de preguntar. Cosa absolutamente absurda. Era imposible ocultarle nada a Paty, que estaba quieta, mirándome.

—No te molestes. Antes de que digas nada, ya sé que te extrañó lo que pasó. Pero no es nada grave, es que Helena es muy bestia con algunas bromas e iba a decir algo un poco pasado de vueltas.

—Bueno, si tú lo dices —acepté, y opté por dejarlo así. Todavía tenía alguna duda, pero tampoco quería hacer problema por aquello.

Esperamos un rato más hasta que el coche que habíamos llamado apreció y se detuvo delante de nosotros.

Me acerqué para abrir la puerta.

—Buenos días —saludé.

—Buenos días —respondió el conductor girando la cabeza para mirarme.

Era un hombre de unos casi sesenta años, en apariencia, aunque la piel de la cara tenía muchos surcos y líneas de expresión marcadas. Su voz era bastante profunda y destacaba un tono amarillento entre los dientes que, supuse, sería por fumar, aunque no noté ningún olor.

—Buenos días —saludó también Paty—. Al final seremos dos en el viaje.

La miré extrañado mientras se metía a continuación de mí en el coche.

—De acuerdo —respondió el hombre.

El conductor puso las manos encima del volante y arrancó. Tenía unas manos bastante toscas y unos dedos fuertes.