Sálvame de tiempo. DESEO #3
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DESEO #3

Mientras seguíamos con nuestro baile íntimo, nos dábamos besos apasionados en su boca, cuello y pechos.

También acariciaba su espalda, sus glúteos y sus pechos con suavidad, disfrutando también de sus sensaciones.

El poder sentirla hacía que pudiera saber la intensidad y la zona idóneas en cada momento.

Entonces notamos que nos apetecía cambiar.

—Ahora me toca a mí —dije.

E invertimos los roles. Sin despegarnos, el que se puso encima ahora, fui yo. Entonces ella me abrazó con sus piernas y sus brazos mientras yo me tendía encima de ella y empezábamos a movernos de nuevo.

En ese momento ella empezó a suspirar suavemente y, mediante nuestra conexión, comencé a notar como se concentraba una especie energía en su vientre y en su sexo.

Nos abrazamos más íntimamente entrelazando nuestros brazos.

Nos besamos con más ímpetu mientras acelerábamos el ritmo.

En ese instante, ella empezó a curvar sus caderas y acompasarlas con mis embestidas para hacer un contacto más fuerte y tener una profundidad mayor.

Ya no podíamos aguantar más de tanta excitación y entonces…

Los dos estallamos de placer en un intenso orgasmo compartido. Gemimos de placer durante unos segundos, extasiados. No había más nada en el mundo en ese momento que nuestro placer compartido que nos hacía estremecer y contraer todo nuestro cuerpo de forma involuntaria.

Poco a poco, las sensaciones se fueron calmando.

Mientras, todavía teníamos alguna contracción.

Podía notar las suyas en nuestras partes y en sus muslos, tanto por mis sentidos como por dentro de mi mente.

Nos quedamos así un momento, sin separarnos, mientras nos seguíamos acariciando y besando, disfrutando de toda aquella ola de placer y de la maraña de sensaciones.

Entonces comenzamos a separarnos poco a poco. Podía notar la sensación agridulce en su sexo sensibilizado mientras yo iba saliendo lentamente. Una vez salí, me tumbé a su lado. Nos quedamos inmóviles y ligeramente sudorosos. Nunca había experimentado nada igual y, por lo visto, ella tampoco.

—Ha sido… increíble —dije en voz baja.

—Sí, yo nunca había experimentado nada igual tampoco.

—Pero…

—Sí, puedo percibir lo que piensa el otro. Pero las sensaciones corporales no. Es la primera vez que me pasa. —Entonces me miró y me dijo con una sonrisa—. Estás hecho un fiera, eh. Para ser tan joven te desenvuelves bien.

Aquel cumplido hizo que me ruborizara.

—Gracias —entonces yo, con más confianza ya, dije mi cumplido—. Tú también eres una amante increíble. En la vida me había sentido así.

Nos quedamos mirándonos y sonriendo. Sus ojos ahora se habían tornado de un violeta intenso. Luego del clímax ya nos estábamos relajando.

—Bueno, yo no me voy a ir a casa ahora si me lo permites. No estoy para eso —dije en tono bromista.

—No —contestó Paty soltando una risa suave—. Ni para abandonar esta cama.

Aquello me pilló desprevenido, y ante mi extrañeza se volvió a reír. Entonces en tono más serio, pero muy tierno, dijo:

—Me gustaría que te quedaras y durmieras aquí conmigo, juntos.

Me volví a sorprender. Y después de lo que habíamos hablado luego del conato de relación la vez anterior, aquello me parecía un cambio de paradigma.

—No te líes. Sigo creyendo que una relación es precipitarse y no sé hasta que punto, viable. Pero es evidente que tenemos algo más que amistad y, luego del momento que hemos tenido, me parece que podemos tener una noche tierna y disfrutar de la compañía mutua y la intimidad.

—Sí.

La verdad es que a mí también me apetecía pasar la noche con ella. Me sentía bien a su lado y, que hubiera esa reciprocidad y ella también lo verbalizara, me producía una sensación muy agradable.

—Ven aquí, anda.

Me acerqué un poco y ella echo un brazo sobre mi abdomen mientras dejaba reposar su cabeza sobre mi hombro y pecho.

Nos acariciamos nuevamente, ella mi brazo, y luego, mi costado y pectoral y yo, su pelo suave y su cuello por la parte trasera y la base de la cabeza, dándole y un suave masaje con las yemas de los dedos.

Nuevamente, ambos percibíamos las sensaciones del otro y disfrutamos de ese momento.

Entonces, Paty se levantó un poco y pude ver en su cuello, ahora que tenía el pelo recogido, dos marcas circulares más blancas que la piel circundante, a unos tres centímetros de distancia. Me imaginaba lo que eran, pero ella me lo confirmó.

—Sí, es lo que piensas. Son de Helena, pero ya hace bastante de eso, y es una larga historia para contarla ahora. —Entonces, giró la cabeza, me miró a los ojos y dijo con cara tierna—. ¿Vamos a dormir ya?

—Sí, estoy muerto.

Entonces a Paty le dio un ataque de risa.

—Eso, técnicamente, no es cierto.

—Es una forma de hablar.

—Ya lo sé. —Se seguía riendo—. La ironía es que, literalmente, la medio muerta soy yo.

—Vaya humor macabro que nos gastamos a estas horas —repliqué riéndome también ahora que había entendido el chiste.

—Pues sí, ventajas de ser como soy. —Y me sacó la lengua, divertida.

Su alegría se me contagiaba y su carácter alegre me hacía sentir muy bien. Parecía mucho más cercana que cuando nos conocimos.

—Venga, a dormir.

Nos acercamos y nos dimos un último beso antes de apagar la luz y quedarnos en silencio con las piernas entrelazadas.