DESEO
Me levanté tarde al día siguiente. Había tardado en dormir y luego había tenido un sueño ligero hasta que ya casi amanecía. Luego me dormí más profundamente así que, cuando me levanté, eran las doce ya.
Lo primero que hice fue comer algo e, inmediatamente, llamar al centro de salud. Era algo que me tenia en vilo y tenía que sacármelo de delante cuanto antes. No convenía ignorar las palabras de João.
Les expliqué mis síntomas, incluso exageré algo, y me dieron cita para la siguiente semana para una analítica y un chequeo físico.
Los días hasta entonces fueron bastante anodinos, la rutina de siempre dentro de mi nueva realidad.
El viernes por la tarde nos reunimos los tres miembros del equipo.
Vasilii ya había encontrado trabajo, se había ido a otra empresa, estaba en la sección de producción y parecía que estaba disfrutado del cambio de aires.
Katerina también tenía una entrevista para la semana que viene, en otra que se dedicaba a la fabricación de generadores eléctricos, con el equipo de I+D+I.
Parecía que yo era el único que se había estancado y no me estaba saliendo nada.
—Tranquilo —me consoló Katerina—. Seguro que en cualquier momento te llaman de algún sitio.
—Sí, eres muy bueno. A veces esto son rachas, pasas un tiempo en dique seco y luego te llegan a pares sin más ni más —apostilló Vasilii.
Sonreí y asentí. Realmente lo que decían tenía mucho sentido, ya me había pasado antes. Unas veces, parecía que uno fuera invisible y nadie le prestaba atención, y otras, sin previo aviso, aparecían opciones de sobra para elegir. La vida, que es una cosa loca.
Sin embargo, en mi estado de ánimo pesaba más otra cosa.
Las palabras de João resonaban en mi subconsciente y me mantenían en un estado de ansiedad y alerta en el subsuelo de mi mente consciente.
No los sentía de una forma explícita y palpable.
Pero era una marea de fondo que afectaba a mi humor y mi estado de ánimo.
El día del chequeo llegó. Fui hasta el centro de salud, me sacaron sangre, me hicieron un electrocardiograma, revisaron capacidad pulmonar, reflejos y fuerza.
—Físicamente está usted bien —me dijo la doctora—. Puede irse, le avisaremos cuando tengamos todos los resultados.
Volví a casa algo más tranquilo, al menos lo más obvio parecía que estaba bien.
Los días continuaban pasando. Paty, Helena y yo nos reunimos otra vez a pasar otro fin de semana de tarde de película y tertulia post-cine.
Luego, esta vez, se animaron a ir a un bar de copas.
La verdad aquello me sorprendió, nunca las había visto dispuestas a juntarse en un sitio de tanta gente, con ruido y música a disfrutar de la noche.
Siempre había pensado que les gustaba estar en un segundo plano más discreto y, teniendo en cuenta el tenue brillo en los ojos, en la oscuridad era fácil destacar.
—¿No os da miedo que alguien sospeche? Vuestros ojos…
—Decimos que llevamos lentillas fluorescentes —dijo Helena sin pensárselo.
Yo me paré en la acera en seco, estupefacto. Y las dos chicas se giraron para mirarme.
—Es verdad. No nos mires así —volvió a decir Helena presa de un ataque de risa—. Venga, vamos, deja de perder el tiempo.
Entramos en un bar que no había mucha gente, pero el ambiente era bueno y decidimos quedarnos.
Entonces, empezó la noche. Comenzamos a beber, charlar, una copa, dos, tres… Por en medio algún baile, que ya una vez animados, nos lanzamos a la pista. Paty y Helena tenían mucho estilo y enseguida captaron la atención de un par de chicos. Que se acercaron a hablarles.
Justo en ese momento me sentí raro. Paty y yo estábamos en un estado de indeterminación que no sabía como interpretar.
No sabía si yo allí ya sobraba o debería esperar alguna reacción por parte de Paty.
Entonces me invadió su sensación de incomodidad y recordé que ella podía percibir lo que yo pensaba.
El alcohol me estaba ralentizando demasiado.
La conversación entre Paty y Helena con los dos chicos que se les acercaron iba por caminos distintos. Mientras Helena lucía su mejor sonrisa y se reía, Paty parecía más seria y seca. Su expresión era amable, pero tenía los brazos cruzados y estaba ligeramente ladeada.
Finalmente, el pretendiente de Paty captó el mensaje. Se despidió de ella con dos besos, habló con su compañero y se volvió al grupo de amigos que estaban un poco más allá.
Helena por otro lado se acercó a nosotros y nos dijo.
—Cuando queráis podéis iros, por mí no esperéis —dijo con cara eufórica, nunca la había visto así. Tenía las mejillas coloradas y los ojos anaranjados otra vez.
—No hagas ninguna tontería —le advirtió Paty.
—Tranquila, ya me conoces —respondió sonriente.
Entonces dio media vuelta y se fue, dejándonos solos. Allí nos quedamos un rato, inmóviles. Entonces, Paty y yo nos miramos y le hable al oído por el volumen de la música, tratando de ser gracioso.
—Parece que se lo va a pasar bien.
—¡Bah! Lo hace bastante a menudo. Tiene mucho éxito —respondió Paty con una mueca.
—No sabía que salierais tan a menudo. Nunca os oí hablar de ello —dije extrañado.
Entonces Paty sonrió.
—No lo hacemos. Lo que pasa es que cinco o seis veces al año en la eternidad, dan para mucho, y ella no pierde el tiempo. —Se rió. Parecía que su humor mejoraba.
—Perdona si te chafé el plan. —No sabía muy bien si decir aquello. Pero al final, que más daba, lo iba a saber igual.
Paty no parecía incómoda o, al menos yo, no percibía eso. Aunque mi sexto sentido no estaba fino, parecía una radio vieja, unas veces captaba y otras apenas distinguía nada.
—No te preocupes, no era mi tipo.
No dije nada más. Sin embargo, en ese momento recordé algo.
—¿Y cómo van a hacer para…? Ya me entiendes. Lo que nos pasó aquella vez y tal.
—Hay un truco.
—Ya me lo dijiste en su momento. Pero no se me ocurre nada que pueda servir.
Entonces Paty parecía divertida.
—A ver si lo adivinas. Eres un cerebrito, a ver con qué ideas me sorprendes —dijo, riéndose.
—¿Me estás poniendo a prueba, a estas horas y con tres copas demás?
—pregunté entre incrédulo y divertido, medio riéndome por lo extraño de la situación—.
Anda que tengo yo ahora la cabeza buena para pensar como calentar a…
Ya sabes. Como si fuera arroz del día anterior que hay que ponerlo al baño ma…
Me pare justo ahí.
¿Sería posible?
Paty se rió con estruendo.
—¿Ves? No era tan difícil. ¡Y con la trompa que llevas! —Casi no alcanzaba aliento de la risa descontrolada que tenía.
Yo me quedé atónito por un momento y luego me empecé a reír también. No podía acabar de creérmelo. ¿En serio se ponía en agua caliente para sus encuentros con humanos? Pero entonces me entró otra duda.
—Pero eso tardará mucho en calentarse todo el cuerpo, ¿no?
Paty se volvió a reír.
—Puedes sacar al chico de los estudios científicos, pero no los estudios científicos del chico.
—Hizo una pausa mientras me observaba y me hizo esperar un poco más por la respuesta—.
No le des tantas vueltas a las cosas —decía todavía con risa—.
No lleva tanto tiempo. En unos cinco minutos, o poco más, con agua bastante caliente llega y…
Hizo otra pausa. Mientras yo notaba como su diversión tenía un pico pero al mismo tiempo parecía tímida de decir algo. Entonces se lanzó.
—Y a estas horas, y en ese momento, ¿tú crees que alguien nota una diferencia de unos grados ahí?
Y los hombres, menos, que os cegáis y ya no veis nada que no sea culminar en vuestra encomienda.
—Y volvió a reírse—. No todo el mundo es como tú, Arturo, que te estás fijando todo el rato en los detalles, haciendo conjeturas y observando el entorno tratando de entender.
Hay gente que va mucho más en piloto automático.
Pasa por el camino que ve más libre, sin mirar a los lados o dónde pisa.
Simplemente la intuición los lleva, siguen estelas de otros o se dejan arrastrar por la corriente.
A veces es mejor una cosa, a veces otra.
Entonces me miró a los ojos y me lanzó una sonrisa pícara.
—Pero bueno. Gracias a ser como eres descubriste lo que descubriste; mundos que la mayoría desconoce y sabes cosas que muchos ni son capaces de imaginar —sonrió y noté como dudaba un instante hasta que lo soltó—. Me descubriste a mí.
—Y tú a mí —respondí nervioso.
La sonrisa de Paty se volvió más amplia y su expresión transmitía ternura y atracción. Yo no sabía que decir. Paty estaba muy cerca y muy animada. Sus últimos halagos me cautivaban mucho y hablando de intimidad, a mi se me venían a la cabeza sus besos el último día cuando nos despedimos.
Nos separamos un poco. En ese momento yo ya sabía que ella estaba escrutando todo lo que me pasaba por la cabeza.
—Los besos del otro día…
Empecé a decir, pero no pude terminar. Paty puso su dedo índice en mis labios para frenarme.
—Te los di porque me gustas y me apeteció dártelos. —Hizo una pausa—. Nos los dimos. Tenemos una conexión intensa y me encanta como conectamos. Creo que podríamos dar un paso más.
—Ya sabes que por mí, sí. Siempre me has atraído mucho y el vínculo que tenemos es muy especial. Me siento muy cercano a ti, aunque no sé muy bien como definirlo.
Paty asintió.
—Lo iremos descubriendo, pero paso a paso y sin prisas.
Ahora fui yo el que asentí.
A partir de ese momento, parecía que la conversación ya no era necesaria. Sus emociones se filtraron en mi ser y pude percibir claramente su receptividad. Ella, por su parte, percibía claramente cada uno de mis pensamientos.
Nos acercamos de nuevo. Ella echó sus manos por detrás de mi cuello y yo las mías alrededor de la cintura.
Ya casi no éramos conscientes de nuestro entorno.
En nuestras mentes solo existía el deseo mutuo mientras nos fundíamos en un largo y apasionado beso.
Esta vez muy distinto al del otro día, su intensidad, pasión y duración no dejaban lugar a dudas de lo que queríamos los dos, y esta vez ya nos conocíamos más.
—Vámonos a casa —me dijo Paty.