Sálvame de tiempo. REUNIÓN FAMILIAR #3
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REUNIÓN FAMILIAR #3

Nos quedamos un rato callados hasta que yo rompí el silencio.

—Bueno, yo creo que debo ir yéndome. Ya es tarde y tengo un trecho a casa.

—Yo te llevo, no te preocupes —dijo Paty.

Entonces empezamos a despedirnos.

—Nos alegramos mucho de haberte conocido. Espero que nos veamos por muchos y largos años —se despidió Mina con voz amable mientras nos dábamos dos besos.

—Ya nos veremos pronto.

—Sí —me despedí de Helena.

—Un placer conocerte —me dijo João dándome la mano otra vez.

Entonces noté como disimuladamente me olía.

Casi al instante una sensación de alarma y preocupación en Paty.

Me revolví inquieto. João todavía me tenía sujeta la mano y, aunque no me hacía daño, su mano era como una tenaza haciendo presa.

No podía soltarme. Entonces miré a Paty, nervioso, tenía mala cara.

Miré a João y éste dijo, dirigiéndose a Paty.

—¿Lo ha notado? —Paty asintió.

—Entonces creo que tengo que decirte esto. Debería decírtelo a solas, pero ya todos se han dado cuenta por la reacción de Paty, tuya y mía de que algo pasa y no sería justo que no supieran mi inquietud. —Hizo una pausa y continuó. —¿Cuánto hace que no te haces un chequeo médico?

Aquella pregunta me resultó de lo más extraña.

—Pues… No sé… Mucho, solo voy cuando me siento enfermo y es algo puntual. Chequeos completos en sí, no me hago normalmente.

—Y, ¿te encuentras últimamente como más fatigado, con menos energía o malestar sin saber por qué?

Aquella pregunta me dejó de piedra. Había descrito muchos de los síntomas que tenía últimamente.

—Sí.

—Entonces deberías ir y que te hagan uno. Cuando viniste no noté nada, pero ahora, quizás por el sudor, percibo algo que me resulta extraño. Hazlo por si acaso.

Entonces me soltó la mano mientras yo asentía.

—¿Nos vamos? —preguntó Paty.

—Vamos —dije mientras asentía con la cabeza.

Bajamos hasta el coche en silencio. Yo sabía que Paty estaba pendiente de lo que se me pasaba por la cabeza y también era consciente de como yo percibía su preocupación. Llegamos al coche y en cuanto cerramos las puertas se adelantó a hablar.

—No te pasa nada. Es solo que te notó algo raro y es por precaución.

—Vamos, Paty. Tú mejor que nadie sabes que él cree que hay algo más. Me dijisteis que es un gran médico. No creo que sea casualidad lo que ha notado y, viendo lo preocupada que estás, tampoco creo que piense que es algo baladí.

—Puede equivocarse.

—No estoy preguntado si puede equivocarse. Me preocupa lo que él cree que puedo tener.

Se hizo un silencio.

—¿Podrías decirme lo que él cree que me pasa? —pregunté.

Paty tomó aire.

—En realidad no lo sabe.

Yo la miré extrañado. No me lo acaba de creer. Entonces ella miró para mí y continuó.

—Es la verdad. Nadie lo percibimos excepto él e, incluso a él, le cuesta discernir qué puede ser. La sensación que tiene es que hay algo que no está funcionando correctamente en tu organismo. Cree que puedes necesitar un transplante.

—¿De qué?

—No lo sabe. Es como si tu aparato digestivo no estuviera funcionando bien, y hay muchos órganos involucrados. Entonces, cree eso, pero no sabe con certeza a qué puede ser debido.

Asentí en silencio. Aquella noticia era como un jarro de agua fría. No me lo esperaba y la enfermedad era algo que me daba mucho miedo.

Fuimos el resto del trayecto en silencio hasta llegar a mi casa. Paty paró el coche y yo me solté el cinturón para bajarme.

—No te preocupes, seguro que no es nada al final —intentó tranquilizarme poniendo su mano en mi antebrazo.

—Ya… Gracias. Es solo que estas cosas me dan respeto.

Paty asintió.

—Gracias por venir. Realmente me gustó mucho que estuvieras con nosotros.

—De nada, para mí fue una noche muy entretenida también —dije mientras nuestras miradas se cruzaban—. Bueno, me tengo que ir.

—Sí.

Dijimos mientras nos mirábamos. Entonces comenzamos a acercarnos para darnos dos besos.

Sin embargo, nuestras mentes iban ya por libre.

Conectadas como estaban, mi mente se focalizó en sus labios y su aura emitía una sensación de ternura y empatía mayor de lo habitual hacia mí.

Los dos notamos las vibraciones del otro y, sin desviar la cabeza, nos dimos un breve beso en los labios.

Nos detuvimos un instante y luego otro más largo.

Acabamos al final con otro más breve. Paty posó su fría mano izquierda sobre mi mejilla, lo que me hizo estremecer.

Yo puse mi mano derecha sobre el dorso de su mano.

Entonces la chica cerró los ojos y pude percibir como el calor le resultaba reconfortante y sanador.

Estuvo así unos instantes hasta que los abrió.

—No te preocupes —insistió—. Seguro que no es nada. Pronto estarás ya bien y volvemos a nuestras escapadas.

Asentí nuevamente en silencio. Sin embargo, en la oscuridad, el tenue resplandor de sus ojos se desviaba por la humedad en sus párpados.

—Gracias por todo, Paty.

Ahora fue ella la que asintió. Nos dimos otro beso fugaz y nos soltamos.

—Hasta pronto —me despedí.

—Hasta pronto —contestó con cara tierna.

Y se fue. El coche pronto se perdió en el tráfico mientras yo la notaba cada vez más tenuemente. Hasta que, finalmente, ya era una sensación inapreciable en mi ser. Subí a casa y me acosté. Había sido una noche agridulce, necesitaba el descanso.