Sálvame de tiempo. REUNIÓN FAMILIAR #2
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REUNIÓN FAMILIAR #2

Me levanté y me dirigí a la salida. Entonces vi el armario de la limpieza, que ya tenía las puertas arregladas. Bajé por las escaleras, fui hasta el coche, cogí el regalo y volví. Llegué a la casa resollando. Definitivamente tenía que ponerme a hacer deporte con urgencia.

Cuando llegué detrás de la puerta me di cuenta de que me había ido sin llaves de la casa. Entonces noté la diversión de Paty. Seguro que ya me había percibido. Esperé sin tocar al timbre y, efectivamente, pronto noté sus pasos y me abrió la puerta.

—Pasa, anda —dijo con una amplia sonrisa.

Fuimos hasta la cocina de nuevo.

—Aquí lo tengo —dije levantando la bolsa.

—Bien, a desempaquetarlos entonces —dijo Mina.

Los regalos de los otros tres ya estaban encima de la mesa que habían librado mientras yo bajaba al coche.

Yo puse el mío encima también y Paty empezó a abrirlos.

Yo pensaba que Paty sabría ya lo que le habríamos regalado.

A fin de cuentas podía saber lo que teníamos en la cabeza.

Entonces Paty se giró y me miró divertida.

—No voy a averiguarlo —se rió—. Simplemente ignoro vuestras mentes. Es mejor llevarse la sorpresa.

Todos me miraron.

—¿Qué? Era algo perfectamente posible —me justifiqué.

Y se rieron con tropel.

Entonces se puso a abrirlos. El primero era el de Mina. Tenía un tamaño parecido al de un ladrillo. Paty lo desembaló y dentro había un libro de poesías.

—Gracias mamá —dijo Paty.

—Lo he escrito yo. Espero que te guste —respondió Mina mientras se daban un abrazo.

El siguiente era el de João, era más voluminoso. Cuando lo abrió, resulta que era una cazadora negra con unas bandas azules.

—Me acordé que dijiste que te gustaba, el año pasado, cuando vinisteis a Lisboa —dijo João con una sonrisa.

—Gracias. Me encanta —respondió Paty mientras le daba otro abrazo.

—Ahora abre el mío —dijo Helena.

El de Helena parecía una caja cuadrada y bastante pesada. Cuando lo desenvolvió, resulta que era una vajilla pequeña.

—Quería disculparme por el destrozo que hice aquel día. —Entonces se giró hacia mí—. Bueno, que hicimos. Ya te diré cuánto es tu parte —dijo seria, pero con clara intención de broma.

El comentario provocó la risa de todos. Paty parecía que era a la que más gracia le hacía.

—¡Pero si no usamos los platos! —dijo entre carcajadas—. Muchas gracias, hermana —terminó mientras le daba un largo abrazo

—Ya, pero las tazas sí —replicó Helena, divertida—. ¡A ver si te crees que yo no pienso en todo!

Entonces fue a por el mío. Abrió la bolsa y sacó el pequeño envoltorio.

—¡Qué ligero!

Entonces recordé las palabras de la vendedora y un sentimiento de peligro se apoderó de mí.

—¡Para, no lo abras! —exclamé.

Todos se extrañaron y me miraron, menos Paty, que estaba inmóvil mirando el paquete. Entonces un sentimiento de cautela emergió de Paty y noté como empezaba a examinar mis pensamientos en ese momento, por la presión que notaba en la cabeza. Hasta que dijo.

—Entiendo. No voy a adentrarme más. Cuéntanos todo.

Entonces nos sentamos y empecé a relatarles la historia del mercadillo. Como me había encontrado con aquella extraña mujer y todas las sensaciones raras que me producía, así como la sensación de que éramos invisibles para las demás personas hasta que ella se fue.

Me detuve luego en sus palabras, acerca de que ella y yo éramos portadores del collar que había en el paquete y cómo me había insistido que Paty debería ser la que lo portara porque era la indicada; que ella sabría lo que era y qué debería hacer con él, y como al final se había despedido con un “Nos volveremos a ver”.

—¡Qué raro! —dijo Mina—. ¿Tú habías escuchado algo así alguna vez? —dijo dirigiéndose a João.

João negó con la cabeza.

—Y cuando cogiste el collar, ¿notaste algo raro? —dijo Mina dirigiéndose ahora a mí.

—No, solo que era muy ligero y recuperó un peso más normal cuando ella se alejó —respondí.

—Mmm… Ya veo. Vuelve a cogerlo.

Agarré el paquete de Paty, acabé de desenvolverlo y agarré el collar. Era igual de ligero que siempre. Pero esta vez estaba muy caliente. Apenas podía sostenerlo en la mano.

—Quema —dije

Entonces Mina se estiró y lo tocó con la punta del dedo.

—¡Ah! —exclamó—. ¿Cómo puedes sostenerlo? Abrasa en las manos.

—Bueno, está caliente, pero no es para tan…

—¡Ah! —ahora la que se había estirado era Helena—. Es insoportable.

Entonces recordé.

—Dijo que los únicos que podían tocarlo eran los portadores. A los demás les produciría un dolor terrible.

Entonces Paty dejó que la curiosidad la dominara y también lo tocó.

—A mi no me quema —sentenció—. De hecho, está a la temperatura de la mano de Arturo, más o menos.

Las otras dos mujeres la miraron extrañadas.

—¿En serio? —dijeron al unísono.

Entonces Helena volvió a intentarlo.

—¡Es imposible! ¡Está ardiendo!

—No, yo puedo sostenerlo… —Entonces se quedó callada un momento—. Ya veo…

—¿Qué pasa? —pregunté.

Hubo un silencio.

—Este collar está conectado a algo. Noto sus vibraciones. Es como si fuera una mente durmiente.

—A ver si va a ser peligroso —advertí con temor.

—No… No… No es un ente consciente. Es como un portal para acceder a algo más amplio. Como una red que puede conectar mentes —dijo Paty mientras pasaba una mano por encima—. De momento lo voy a dejar ahí. Si tiene alguna utilidad ya lo veremos.

Entonces se dirigió a un armario y lo dejó en una estantería.

—No estoy segura de si es buena idea quedárselo —dijo Helena.

—Por ahora no veo peligro. Veremos como se comporta.

—Quédatelo —por fin João habló—. No sé lo que es. Pero si se lo ha dado una saltaespacio no conviene ignorarlo.

—¿Cómo que saltaespacio? Dijiste que no sabías nada —le espetó Mina.

—Nunca había visto un collar como ese y no sabía que los saltaespacios daban cosas así. Pero por lo que ha dicho, quién se lo ha dado es una saltaespacio y esos sí se que existen.

—¿Qué son? Yo nunca oí hablar de ellos —dijo Mina extrañada.

—No se manifiestan a menudo y si lo hacen, suelen pasar desapercibidos. Como nosotros. Solo una telépata como Paty u otro saltaespacio puede reconocerlos con cierta facilidad. También los nigromantes, pero no les es fácil.

—Ya, pero, ¿qué son? —insistió Mina.

—Son seres físicamente tridimensionales.

Sin embargo, su existencia y consciencia es tetradimensional y habitan en un espacio de cuatro dimensiones espaciales, de forma que se pueden mover por él y entrar y salir de nuestra realidad a otra paralela a voluntad para volver a aparecer en la nuestra en un sitio completamente distinto de la nada.

—No entiendo nada —dijo Helena.

—Yo creo que sí… —Creía que había entendido el concepto.

Todos me miraron extrañados.

—Trabajo con la física y estas cosas son teóricamente posibles —dije mientras me encogía de hombros.

Todos seguían mirándome extrañados así que traté de poner un ejemplo de cómo yo lo veía.

—A ver. Imaginemos un videojuego de consola.

Los personajes están atrapados en la pantalla, pueden ir adelante, atrás, arriba y abajo.

¿Hasta ahí todo bien? —Todos asintieron—.

Bien, esos personajes somos nosotros, solo podemos movernos en esa pantalla y solo vemos lo que hay en la lámina que forma la pantalla.

No podemos ver ni ser conscientes de lo que hay fuera de ella, a pesar de que ahí hay un espacio que realmente existe.

—Todos volvieron a asentir y yo continué—.

Entonces, el tema es que hay un ser que, aunque es un dibujo plano como los de la pantalla, es capaz de salirse fuera de ella al espacio que hay alrededor y volver a la pantalla cuando quiera en otro punto distinto al que salió.

Si entendí bien un saltaespacio es eso, sale a un plano paralelo al de la pantalla y luego puede volver a ella.

Para los que están en la pantalla es brujería.

Desaparecería y volvería aparecer sin más y sin saber a dónde se ha ido.

—Vaale, creo que lo entiendo —dijo Paty.

—Pero nosotros no estamos en una pantalla —dijo Helena.

—No, pero el tema es que el personaje de la pantalla se sale a otro plano de dos dimensiones paralelo al de la pantalla.

Lo hace desplazándose por la dimensión extra que tiene el espacio de tres dimensiones.

Los planos es como si fueran las hojas de un libro.

El personaje puede saltar de una hoja a otra por un camino que otorga la tercera dimensión en la dirección perpendicular a las hojas del libro.

Lo otros personajes que no se pueden desplazar están atrapados en sus hojas correspondientes y solo son conscientes y pueden ver lo que hay en las hojas que habitan.

Entonces, el saltaespacio hace lo mismo pero en un espacio de tres dimensiones.

Salta a otro espacio de tres dimensiones, desplazándose por la dimensión extra que da el espacio de cuatro dimensiones y une los espacios de tres dimensiones.

Como el que uniría las hojas del libro. —Traté de aclarar.

—Me va a estallar la cabeza —se quejó Mina.

—Yo sigo sin acabar de entenderlo bien —dijo Helena.

—Arturo entendió el punto —apuntó João—.

El tema es que rara vez se manifiestan revelando su identidad y con Arturo lo hizo.

Que la gente te ignorara no es casualidad.

Seguramente estabas en un limbo en el que ninguno de los dos estabais en un espacio definido.

Te llevó a ese espacio para darte el colgante sin que nadie notara nada.

No conviene ignorar el mensaje. —Ahora de dirigió a Paty—.

Por ahora guárdalo. No sabemos cuándo lo necesitaremos, para qué, ni cuál es su función.

—Entonces, ¿qué? Nos toca esperar por algo que no sabemos y en un momento que no conocemos —preguntó Mina—. Pues bueno, ya se verá lo que pasa —dijo encogiéndose de hombros.

João asintió.

—¿Y qué podría querer de nosotros una saltaespacio? —preguntó Helena.

—No sé, la verdad. Puede que tengan algún problema con otra clase de criaturas, necesiten nuestra ayuda para algo o, simplemente, quieran ser amables y tener mayor contacto. ¿Quién sabe? —respondió João.