Sálvame de tiempo. REUNIÓN FAMILIAR
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REUNIÓN FAMILIAR

Eran ya casi las nueve cuando llegamos a casa.

Yo cada vez estaba más nervioso. Iba a conocer nada más y nada menos que a otros dos vampiros.

Cada vez que lo pensaba comenzaba a dudar de si había sido buena idea o si había acertado en dejarme guiar tanto por la curiosidad.

Había llegado a un punto en la vida que había descubierto cosas extraordinarias.

Pero los peligros ya no sabía si compensaban.

Helena aparcó el coche en la calle. Nos bajamos y nos dirigimos al portal de la casa.

Notaba como Paty, aunque sin ser invasiva, estaba prestando atención a todo lo que se me pasaba por la cabeza.

Las sensaciones que me llegaban desde ella iban desde una ligera preocupación, pasando por cierta diversión y una cierta empatía y ganas de protección.

Entonces, mientras íbamos caminando, se acercó a mí y me agarro mi mano con su mano fría. Aquel contacto me sorprendió, pero no lo solté. Miré hacia ella y me dijo tratando de tranquilizarme.

—No tienes de que preocuparte. Son muy agradables y seguro que les caerás muy bien. Tienen muchas ganas de conocerte.

Tenía que admitir que, aunque una cierta sensación de inquietud seguía en mi interior, su gesto y sus palabras, de algún modo, me aliviaron mucho.

Subimos las escaleras hasta que llegamos a la puerta de casa. Entonces Paty sacó las llaves, abrió y anunció.

—Ya estamos en casa.

—Pasad, pasad —dijo una voz femenina joven desde el interior—. Os estábamos esperando.

Llegamos a la cocina y allí, de pie, estaban dos personas. Una mujer y un hombre.

La mujer era esbelta y alta. Vestía unos vaqueros ajustados con un estilo muy noventero.

Los combinaba con una camisa blanca verdosa y llevaba el pelo recogido en un moño.

De sus orejas pendían unos pendientes de aro grande y calzaba unas deportivas blancas.

Sus cabellos eran castaños claros y sus ojos verdes.

Parecía de la edad de Paty, más o menos.

El hombre era más fornido, de su misma estatura. Con unas entradas marcadas y alguna cana ya, tez morena y ojos oscuros. Vestía una camisa de cuadros y unos vaqueros también. Sus zapatos eran de piel.

—Bueno. Creo que os tengo que presentar —anunció Helena—. Arturo, éstos son João y Mina, nuestra madre.

Entonces dirigiéndose a ellos me presentó.

—Y João, mamá. Este es Arturo, el chico del que os hablé.

Me acerqué a ellos, di dos besos a Mina y estreché la mano a João. Ambos estaban igual de fríos que Paty y Helena.

—Encantado —les dije.

—Igualmente —dijo João.

—Y sorprendido, supongo —dijo Mina bromeando.

—Desde luego —respondí con voz nerviosa.

Ambos me dedicaron una sonrisa amable. Aunque por la expresividad, Mina parecía una persona más desenfadada que João. Él se veía una persona más recta y seria.

—Bueno, vamos a cenar —anunció Mina con alegría—. Hace un porrón que no cocino. Pero hoy me puse a practicar viejos hábitos en tu honor. Espero que haya recordado bien la receta y el guiso me haya salido como antaño.

Entonces fue João el que se acercó al horno, lo abrió y saco una olla pequeña y echó su contenido en una bandeja igualmente pequeña para luego traerla a la mesa. Luego regresó por una fuente de ensalada que tenía preparada ya en la encimera. Mientras, Mina ponía servicios para cinco personas.

En aquel momento a mí me asaltaban un montón de dudas.

¿No era que los vampiros no comía porque les podía sentar mal?

Y desde luego allí no había comida para cinco personas.

Paty se empezó a reír cada vez más fuerte hasta que casi ya lo hacía a carcajadas.

—¿Qué te pasa? —preguntó Helena.

—Nada —respondió con voz entrecortada—. Es que Arturo cree que es poca comida para cinco. Pero como sabe que como nosotros no comemos comida normal, no sabe para que ponemos los platos y los cubiertos.

Entonces todos comenzaron a reír. Yo me sentí algo incómodo y me ruboricé. Quizás había pensado una tontería, pero que Paty lo verbalizara me hizo sentir ridículo. Entonces la que habló fue Mina.

—Tranquilo, en poca cantidad podemos comer varias cosas y hay algunas que si que podemos comer en cantidades normales.

No muchas, pero sí que no nos sientan mal.

—Se giró y abrió un armario—. Como ésta.

—Y se volvió a dar la vuelta con una tarta de lo que parecía gelatina con unas velas formando un ochenta y uno clavadas en ella.

Entonces, trajo la tarta a la mesa. La gelatina temblaba a sus pasos y se quedó en movimiento al dejarla sobre la mesa.

—¿Gelatina? —pregunté extrañado.

—¡Sí! —dijo divertida Mina.

Entonces, por primera vez desde que llegué, fue João el que tomó la iniciativa en la conversación.

—Sí. La gelatina es, en su mayoría, agua y proteínas. Nos es muy fácil de asimilar. Así que podemos comerla sin problemas y, además, está muy rica. —Y soltó una pequeña risa con tono grave y profundo.

—Eso es. Así que, aunque sea un poco al revés, vamos a empezar por que la protagonista sople las velas y ya luego comemos todos.

Entonces Helena arrancó a cantar el cumpleaños feliz mientras todos la seguíamos y Mina encendía las velas.

Paty parecía un poco cohibida, aunque realmente se la notaba feliz.

Acabamos la canción y Paty sopló las velas.

—¡Pide un deseo! —dijo Helena.

Las velas soltaban un pequeño hilo de humo mientras Mina las retiraba para luego anunciar.

—¡A comer!

Entonces empezaron cada uno por cortarse un trozo de la tarta de gelatina, mientras yo dudaba que hacer. Mina viendo mis dudas se dirigió a mí.

—Tú come el guiso que se te va a enfriar. Te dejaremos un trocito para el postre. —Y me guiñó un ojo.

Entonces comencé a echarme de la bandeja el guiso que me había preparado acompañado de patatas y verduras y me puse a comer.

La escena era realmente extraña, yo comiendo el guiso y, los otros cuatro, un trozo generoso de gelatina.

Acabé el guiso, me comí un poco de ensalada y, finalmente, un trozo pequeño de la porción de gelatina que me habían dejado.

Acabé casi al mismo tiempo que los otros, más que nada, porque yo estuve callado mientras ellos se ponían al día de lo que habían hecho y por dónde habían estado los últimos cinco años.

Cuando acabamos, João se levantó y recogió la mesa. Helena también se levantó y preguntó.

—¿Alguien quiere algo de beber? ¿Tú, Arturo?

—Sí, si tienes algún refresco por ahí.

—Sí. Ponnos algo también a nosotros —dijo Paty.

Al poco tiempo, Helena llegó con 4 vasos llenos y los dejó en la mesa y dijo.

—Ahora te traigo lo tuyo.

Enseguida apareció con una lata de refresco para mí y otro vaso. Entonces, se sentaron João y luego ella, que acercó un vaso de los que ya venían llenos con un líquido negruzco dentro. Entonces la que habló fue Mina, sorprendida.

—Pero, ¿a Arturo no le importa que bebamos sangre aquí delante de él? —Y giró la cabeza hacia mí.

Yo no sabía que responder. Aquello me resultaba cada vez más extraño.

—No… bueno. Ya vi a Paty una vez, tampoco es para tanto —dije dubitativo.

Entonces Mina se encogió de hombros.

—Como quieras. —Y se puso el vaso en los labios.

Bebió unos tragos y lo volvió a poner encima de la mesa. Sus labios quedaron marcados con una tintura carmesí que limpió discretamente con la lengua. Mis otros extraños compañeros, la siguieron.

—Te preguntarás por qué estas aquí —empezó Mina de nuevo.

—La verdad es que sí que es una situación… poco común —respondí.

—¡Y que lo digas! —dijo Mina riéndose. Entre los dientes se podía ver teñido de un color rojizo—.

La verdad es que es un poco surrealista.

Pero también es cierto que, en el fondo, somos humanos y nos gusta la interacción social.

Y como nuestros círculos son muy pequeños, pues es algo extraordinario encontrar a un humano con el que podamos interactuar con cierta normalidad, sin disimular.

—Sí. Cuando Paty nos contó como te había conocido y lo bien que te habías tomado nuestra condición nos dieron realmente ganas de conocerte. Supongo que sabes las reglas, ¿no? —Ahora era João el que tomó el turno de palabra

Aquello me asustó. Después de lo que sabía por lo que había contado Helena.

—Sí…

—Tranquilo. No tienes que preocuparte. Con nosotros no tienes problema, nadie tiene que saber lo que tú sabes realmente y nosotros también lo mantendremos en secreto.

—Y además, fue una buena excusa para reunirnos todos y hacerle una fiesta a la pequeñaja —dijo Helena graciosa mirando a Paty.

—Sí. No solemos celebrar cumpleaños y nosotros, que somos un clan pequeño, pues tampoco es que invitemos a gente de otros clanes a celebraciones familiares —prosiguió Mina—.

Y la verdad es que nos alegramos mucho de que os hayáis conocido y también de conocerte.

La vida con buena compañía se hace más llevadera.

Esperamos que podáis disfrutar de mucho tiempo juntos y de muchos buenos momentos.

Paty asintió. Era la más callada de la reunión, y aún así parecía la más feliz, nunca la había notado tan a gusto y tan tranquila.

—Gracias João y gracias mamá —dijo al fin.

A Mina se le asomaron unas lágrimas en los ojos.

Probablemente eran como las hijas que nunca tuvo y significaba mucho para ella verlas felices —pensé.

—Además, con la conexión que compartís, seguro os lográis entender muy bien y hacer buen equipo.

—Aquellas palabras de João me hicieron dar un respingo—.

Tranquilo, lo sabemos todo y respetamos la decisión que toméis.

Al fin y al cabo la decisión es solamente vuestra.

El tema de los espejos es algo muy delicado.

A Mina se le volvieron asomar unas lágrimas, pero se contuvo.

Nos quedamos callados unos instantes, como asimilando las palabras de João, hasta que Helena rompió el silencio.

—Bueno, pues sería un buen momento para dar los regalos, ¿no?

Todos asintieron. Entonces recordé, me había dejado mi regalo en el coche.

—Yo me lo dejé en el coche —dije con cierta vergüenza.

Todos se rieron.

—Coge las llaves del mueble de la entrada y ve a por él. Te esperamos aquí —dijo Helena con cara sonriente.