Sálvame de tiempo. EL REGALO
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EL REGALO

El jueves se acercaba pronto y yo no sabía que podía regalarle a Paty. Así que me decidí por dar una vuelta y ver escaparates, a ver si me venía la inspiración. Caminé durante un buen rato mirando comercios hasta que me empecé a cansar.

Como ya no tenía trabajo me había borrado del Do-jo y de la academia de inglés y, con el poco ánimo que tenía en este momento, ya no salía a correr y se notaba.

Mi resistencia había mermado mucho. Ya lo notaba cuando hacía una caminata con Paty y Helena.

Cada vez me costaba más seguirles el ritmo, para su frustración.

Debería volver a empezar a hacer algo de deporte. Me estoy atocinando.

Finalmente, luego de pasar por delante de tiendas de ropa, comercios de regalos, joyerías y bazares, llegué a un mercadillo donde un puesto de bisutería me llamó la atención. Me acerqué a la mesa que tenía de expositor a curiosear entre las baratijas ofertadas.

Los precios eran realmente asequibles y la elaboración, ciertamente artesanal. Los engarces eran refinados aunque, en general, todos los adornos eran bastante sobrios.

Me gustaba ese estilo sencillo y trabajado al mismo tiempo. Sin embargo, no había nada que me llamara especialmente la atención. Y me sentía un poco mal comprando algo tan barato. No me iba a gastar una millonada, pero tampoco llevarme lo primero que viese.

Me di la vuelta para marcharme cuando la tendera me llamó.

—¿No hay nada que te guste, corazón? —me preguntó—. Mira, tengo aquí pendientes, colgantes, pulseras… Todos preciosos, elaborados por mí, con piedrecitas que voy encontrando por los caminos y arroyos.

Aquella situación me resultaba algo embarazosa. Como decirle que no me gustaba nada, o que quería algo de más “categoría”. Tomé aire y me di la vuelta para responder mientras pensaba como decir aquello.

—Pues… —Me quedé en blanco.

La mujer que tenía delante no era la tendera que había visto.

Ella estaba atendiendo a otra clienta. ¿De dónde había salido esta mujer?

No la había visto al llegar. Era increíblemente bella, con unas facciones muy finas y proporcionadas, una amplia sonrisa y una cara que transmitía bondad.

En su pelo negro llevaba una tiara reluciente con pequeñas incrustaciones de piedrecitas translúcidas.

Su atuendo era algo extraño para estos días, llevaba una blusa blanca con un generoso escote adornado con un collar que tenía una joya violeta con un patrón cristalino pentagonal que yo nunca había visto, situada en medio de una estrella pentagonal, la cual, en sus puntas, también tenía piedrecitas de distintos colores.

Combinaba su atuendo con una falda con un patrón a bandas y unos botines de tacón con unos calcetines bajos.

Además llevaba una pulsera de abalorios en sendas muñecas.

—Dime. ¿No encuentras lo que buscas? —insistió.

—No, bueno. Es que es para un regalo y no estoy seguro de acertar. —No sabía muy bien como salir de esa situación.

—Mmm… ya veo. —Entonces la chica clavó sus ojos en los míos.

Entonces yo me enfoqué en los suyos. Había algo que me llamaba la atención.

Sus iris tenían patrones extraños. Como algo parecido a cenefas y su color tampoco era muy común.

Además la tonalidad era distinta en cada uno aunque a juego con el color del colgante.

Por otro lado, sus pupilas daba la impresión de que eran ligeramente ovaladas en dirección vertical, formando una elipse.

Estaba ensimismado en mis observaciones cuando, en un momento, mi visión hizo un efecto túnel.

Como cuando uno está muy cansado y ve todo muy lejano y pierde atención a los detalles de lo que hay al lado.

Entonces noté como si estuviera cayendo hacia delante para caer dentro sus ojos.

De un respingo me incorporé, rompí el contacto visual, y todo volvió a la normalidad.

—Eres detallista y observador. —La mujer seguía mirándome como si nada hubiera pasado.

Yo, en silencio, volví a mirarla a los ojos. No me había imaginado nada. Sin embargo, ahora estaba todo bien y la visión ya estaba normal. Aunque si notaba un cierto peso en la zona frontal.

—Échales otro vistazo. Seguro que hay algo que te gusta —insistió.

Obedecí por hacer el paripé. Pero ya lo había visto todo y nada me convencía.

—Tenemos pulseras de tela también, y cintas lindas para el pelo —seguía diciendo.

Miré hacia donde señalaba la chica. Efectivamente se veían bandas de distintos colores y cintas del pelo muy bonitas con distintos patrones y colores hermosos. Algunos que parecía que nunca los había visto antes.

Me acerqué a mirar y noté como el nublamiento mental iba remitiendo de a poco. Y entonces, una idea se me empezó a pasar por la cabeza. No era la primera vez que me pasaba algo parecido.

¿Había sido casualidad?

Volví a mirar a la chica. Estaba quieta delante de la mesa. Sin embargo, algo no cuadraba. La gente iba y venía y la otra tendera atendía a los clientes que llegaban. No obstante, ningún cliente nuevo parecía dirigirse a esta tendera estrafalaria y parecían ignorarme completamente a mí también.

Aquello me asustó. Decidí que debía marcharme. Allí estaba sucediendo algo que no me acaba de cuadrar y escapaba a mi compresión. Necesitaba alejarme y comprobar algunas cosas. No iba a dirigirme a alguien sin más y preguntarle “Disculpe, ¿puede verme usted?”.

—Creo que no hay nada que me acabe de convencer —me excusé y me dispuse a dar la vuelta.

—¡Espera! —saltó la chica con una urgencia que me dejó paralizado—. Mira éste, a ver si te gusta.

Dirigí la vista hacia ella y vi un colgante que tenía en su mano.

Era muy parecido al que ella llevaba puesto, solo que la estrella era de ocho puntas.

En el centro, la piedra que llevaba era color celeste y, en las puntas de la estrella, el patrón de piedras de colores era el mismo, formando los colores del arcoíris.

Solo que, en este caso, la cristalización de las piedras era octogonal. Entonces pregunté:

—Nunca había visto un sistema de cristalización pentagonal u octogonal como el de estos dos colgantes. —Hice un movimiento con la cabeza hacia el de su pecho—. Pensé que era imposible. ¿De dónde han salido?

La chica sonrió levemente y masculló.

—Muy observador… —entonces siguió en voz más alta—. Si te interesa, puedes llevártelo y descubrirlo por ti mismo. Desde luego es una joya única, a tu amiga le encantará.

—¿Quién dijo que era para una amiga? —pregunté desconfiado, frunciendo el ceño.

—Vamos, vamos. Lo has dicho tú. —Hizo una pausa—. Es decir, no verbalmente pero, ¿quién se esmera tanto en rebuscar un regalo y más, un colgante, para alguien que le importa relativamente poco? No me tomes por tonta.

Volví a mirar la joya y luego a su cara. Su rostro seguía siendo dulce y amigable. Pero, con lo que había visto últimamente, ya tenía la mosca detrás de la oreja. Entonces, volví a mirar a sus ojos.

En ese momento, otra sensación me invadió, esta vez de vértigo.

Como el que asoma la cabeza y se pone a medio cuerpo por una ventana de la última planta de un rascacielos mientras mira al vacío.

Pero en vez de mirar al vacío y tener vértigo por la altura, era como asomar la cabeza al vacío y la inmensidad del cosmos.

Era como contemplar todo el vasto universo y lo que hay en él por aquella ventana, a través de los ojos de aquella mujer.

Todo él accesible, aunque imposible de asimilar.

Era como si todo estuviera dentro de su cabeza y sus ojos fueran el portal.

—Y bien, ¿te lo llevas? —me inquirió—. Puedes mirarlo si quieres, no te va a morder —continuó divertida.

Aquello me sacó de mi ensimismamiento. Pero yo ya no sabía que hacer. Detrás de aquella cara angelical e inofensiva había algo más. No quería estar allí, pero no quería irme sin saber algo más.

—A ver, déjame ver. —Tenía un plan.

La chica extendió la mano con la palma hacia arriba, el colgante pendiendo y la cadena, la cuál prendía con el pulgar, en su mano.

Yo acerqué la mía para coger el colgante y, en el momento de agarrarlo, extendí mis dedos más de la cuenta intencionadamente y rocé el dorso de los suyos por la parte de abajo.

Su mano estaba caliente, a la misma temperatura que la mía.

No era una vampiresa, desde luego. O sabía como disimular su temperatura.

Entonces reparé en el colgante. Era extremadamente ligero teniendo en cuenta su tamaño y los materiales. Como si fuera de algodón.

Levanté la vista hacia la chica y esta vez tenía una sonrisa todavía más amplia.

—¿No te fías de mí? —preguntó divertida—. No te voy a comer y el colgante es de fiar.

—¿Y por qué no iba a ser de fiar un colgante? Lo único si es robado. Pero si es cierto que los haces tú… —respondí haciéndome el tonto para ver si sacaba más información.

—Por eso.

Era evidente que la chica no iba a dar más detalles y lo cierto era que era una pieza realmente rara y seguramente valiosa. Pero yo no las tenía todas conmigo. Seguía siendo todo muy raro. Seguía sintiéndome ajeno al lugar. Con la gente ajena a mí y a la misteriosa tendera.

Volví a mirar a la chica que seguía con su tierna sonrisa.

—¿Cuánto cuesta? —me interesé.

Entonces la chica volvió a mostrar su sonrisa más espectacular.

—Muy pocos podrían pagarlo realmente —se rió—.

Y la verdad es que tampoco llegaría todo el dinero del mundo para dárselo a cualquier energúmeno.

—Hizo una pausa y se puso seria—. Pero la realidad es que este collar debe ir a parar a la persona que quieres dárselo. Y tú y yo solo somos los portadores.

Aquellas palabras y su cambio de actitud me hicieron preocuparme más. Pero tampoco quería precipitarme, decir algo inapropiado o una sandez.

—¿Qué quieres decir? Me está resultando todo muy raro desde hace un rato.

—Normal —dijo con total naturalidad—. Dejémonos de máscaras. Ninguno de nosotros somos gente común. Y este colla. —siguió mientras recogía el collar de mis manos y lo examinaba a contraluz—. Hay muy pocas personas que pueden portarlo sin que les provoque un dolor insufrible.

—Eso no tiene sentido. Y si fuera cierto. ¿Por qué me lo has dado a mí sin conocerme de nada?

—El collar puede reconocer a los portadores. Aligera su peso cuando uno está cerca y… —se detuvo un momento como dudando de decir lo siguiente—. Y yo tengo mis métodos.

—Ya —dije con tono cortante.

—El tema es que tienes que llevárselo a esa persona. Ella es quién debe tenerlo. Ya entenderás por qué.

—No me fio. Hay demasiadas cosas raras.

—No puedo contarte todo. Ni yo lo sé todo. Pero debes hacerlo. Por el bien de mucha gente.

—¿Y qué es? ¿Un amuleto? ¿Objeto maldito? —Hice un gesto de incredulidad—. No me creo nada y todo esto es muy raro.

—Puedes creer lo que quieras. Pero has visto ya cosas suficientes como para tomarte en serio algunos asuntos.

El tono de la chica seguía con un cariz mucho más serio. Parecía que su amabilidad ya no era tan dominante en su carácter.

—¿Y qué debo hacer? ¿Dárselo a esa persona?

—Sí. Ella lo reconocerá y sabrá que hacer con él —dijo tendiendo la mano hacia mí con el collar.

—Pero todavía no sé cuanto cuesta —repliqué mientras lo recogía de su mano—. No tengo mucho dinero.

—No me he explicado bien —dijo volviendo a lucir su sonrisa de siempre—. El collar no tiene precio y debe ir a dónde debe ir. Solo debes hacer eso. Llévatelo.

—Pero… —empecé a decir mientras lo examinaba de nuevo. No daba crédito a que me lo diera así sin más—. Me lo das para que me lo lleve, sin más.

—Eso es. Tú simplemente haz eso y ya está. —Entonces la chica se giro con gracilidad. Su pelo y sus ropas se agitaron por la velocidad del giro.

—Espera —la llamé extendiendo una mano.

Entonces la chica giró la cabeza y dijo con cara alegre.

—Tranquilo, está todo bien, no te preocupes. —Entonces me dedicó otra tierna sonrisa y remató—. Nos volveremos a ver. —Me guiño un ojo y se fue hacia la multitud, donde pronto la perdí de vista.

Me quedé así un momento con la mano extendida hacia la misteriosa chica, que ya sabía que no era tendera, sin saber que hacer.

—¡Eh! —alguien gritó—. ¿Tú que quieres?

Miré al lado. Era la otra tendera que estaba hablando conmigo.

—No… Yo… —no sabía que decir.

—Ah, no, no, no. ¡Esa joya no es de aquí, no te la puedo cambiar ni devolverte el dinero! —dijo la mujer señalando el colgante que tenía en mis manos.

—¡Ah! Disculpe, me he confundido entonces de puesto —dije chamullando sin saber como salir de aquella situación.

La mujer se giró para atender a otro cliente mientras yo estaba pensativo mirando el colgante.

Ahora, con más tiempo, podía ver como las piedras parecían emitir un cierto brillo tenue y su interior parecía líquido que se arremolinaba.

Me quedé un rato observando. ¿Qué demonios era aquello?

¿Quién era aquella chica misteriosa? ¿Y por qué me había dado aquello a mí e insistía tanto en que se lo diera a Paty?

—Disculpe, ¿me permite? —Un señor estaba parado a mi lado, pidiendo permiso para poder ver la sección de sortijas que estaba delante de mí.

—Perdón, pase. Yo ya me voy.

La gente ya volvía a interactuar conmigo.

¡Qué raro todo!

Me di la vuelta y empecé a andar hacia casa mientras notaba como el collar en mi mano cada vez iba pesando más. Lo metí en el bolsillo y seguí caminando.

Cuando llegué a casa casi me sorprendí. Ni había sido consciente del camino. Venía perdido en mis cavilaciones sobre qué había pasado esa tarde, la importancia que realmente tenía, cómo me afectaba a mí y dónde me estaba metiendo.