Sálvame de tiempo. UN GIRO INESPERADO
65%

UN GIRO INESPERADO

Me fui a casa al día siguiente. La situación parecía algo menos agobiante, pero el problema seguía siendo igual de grande e intrincado.

Pasaron los días, las semanas y los meses, y yo comenzaba a sentirme atrapado en una monotonía tóxica.

Veía a Paty y Helena de vez en cuando, hacíamos alguna escapada y teníamos charlas entretenidas.

No obstante, el tema más espinoso nunca salía en conversación aunque pululaba en el ambiente como una sombra difuminada.

Por otro lado, la investigación sobre el suceso del laboratorio no se resolvía; estaba estancada, y el equipo, a pesar de las reuniones, estábamos cada vez más hastiados. La sensación de que estábamos desperdiciando el tiempo era cada vez mayor.

Además, el dinero comenzaba a escasear. Luego del pago del primer mes, la empresa nos daba una pequeña asignación que poco más permitía que para pagar el alquiler, de forma que tenía que recurrir a los ahorros.

La situación de los demás debía de ser parecida, por sus comentarios.

Por último, últimamente no me sentía demasiado bien, con episodios de malestar regulares.

Por suerte, había noticias. Se nos había convocado para tener una reunión dónde se nos explicaría la situación y, con algo de suerte, retomar la actividad.

Finalmente, el día de la reunión llegó y los cuatro miembros principales del programa, junto con los demás departamentos involucrados, nos presentamos puntuales a la cita en la sala de reuniones.

En la tribuna había cinco miembros, incluido el señor Hoffmann en un lateral. Los otros integrantes eran desconocidos para mí. Vasilli, Katerina y yo nos sentamos juntos y, una vez llegada la hora de inicio, con la sala casi completa, comenzó la conferencia.

Empezó hablando el miembro central. Se presentó como el delegado del ministerio de industria y jefe de investigación, Roberto Aymerich. Era un hombre fornido, con un poblado bigote, gafas y pelo cano muy cuidado. Su tono era serio y, sin muchos rodeos, abordó el tema a tratar.

La investigación no había dado, por el momento, resultados concluyentes.

No se habían establecido de forma inequívoca las causas del incidente por lo que no se podía evaluar con rigor el plan de seguridad de la empresa.

De este modo, temporalmente, quedaba suspendido el proyecto hasta nuevo aviso.

Se debería esclarecer si el plan se seguridad de la empresa era adecuado y de no ser así, la empresa debería de elaborar uno nuevo para ser estudiado por una comisión que tendría que dar su aprobación.

Había otra opción que parecía poco prometedora, y era que la empresa planteara ya un plan de seguridad para agilizar todos los trámites. Y si este nuevo plan se adecuaba a los resultados de las conclusiones de la investigación, el desbloqueo ya sería inmediato.

La disertación fue breve y se pasó al turno de preguntas.

La mayoría de los asistentes estaban interesados en saber una horquilla de tiempo hasta la obtención de alguna respuesta concreta.

Sin embargo, Aymerich no quiso acotar en un intervalo de tiempo, sus respuestas fueron vagas, hablando de, probablemente, meses.

Sin embargo, en nuestro departamento las preocupaciones eran otras. Estábamos inactivos y esa incertidumbre nos dejaba en una situación precaria. Pero, antes de que ninguno verbalizara nuestra inquietud, tomo la palabra Hoffmann.

—Los miembros del departamento de investigación deberán dirigirse luego de esta charla al despacho ciento cuatro, donde se tratarán asuntos concernientes a su situación particular.

Pocos minutos después se levantó la sesión, con pocas respuestas y un horizonte incierto. Cada uno de los asistentes volvió a sus tareas excepto nosotros tres que, tal y como se nos indicó, nos dirigimos al despacho.

Una vez llegamos, llamamos a la puerta y entramos. Dentro ya estaba Hoffmann y, en frente de su mesa, había tres sillas.

—Bienvenidos —saludó.

Correspondimos al saludo y nos sentamos siguiendo la indicación de su gesto.

—Les he llamado por lo especial de su situación.

El proyecto queda suspendido, tal y como han oído.

Y por ahora, con la actual situación, no se prevé recolocarlos en otro departamento.

De forma que, por el momento, se procederá a una suspensión temporal de sus tareas y se comenzará con un proceso de regulación de plantilla.

—¿Eso qué significa? —preguntó Vasilii.

—Que por ahora se prescinde de ustedes. En caso de reanudarse el proyecto cualquiera de ustedes tendrá preferencia.

Pero, por el momento, están ustedes en situación de desempleo.

No es agradable para mí decirles esto, pero es la verdad.

—El gesto de Hoffmann era serio como de costumbre.

Sin embargo, esta vez sí que parecía disgustado.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Katerina.

—Poco, la verdad. Estamos a merced del dictamen del ministerio y hasta entonces, todo estará en suspenso. Deberán valorar sus opciones. Por nuestra parte nos pondremos en contacto con ustedes, si fuera el caso, en el momento que tengamos noticias. Y dicho esto, no se si puedo ayudarles en algo más.

Nos miramos pero nadie dijo nada, entonces Hoffmann volvió hablar.

—Ahora deberán pasar por administración para regular su situación. Esperemos que esto se resuelva pronto. Les deseo la mejor de las suertes. Han sido un buen equipo.

Era la primera vez que Hoffmann hablaba en ese tono y con esa cercanía, haciendo cumplidos expresos. Y no era el único en pensarlo. Vasilli y Katerina tenían la misma expresión de sorpresa.

Nos despedimos de Hoffmann, expresando nuestro deseo de que todo se resolviera y, sin más dilación, nos dirigimos a administración. Allí nos dieron los formularios para tramitar la rescisión de contrato. Una pequeña contribución de la empresa por el despido y un acuerdo de confidencialidad.

Cada uno firmamos los documentos correspondientes y abandonamos las instalaciones estupefactos.

Fuimos a un parque cercano y nos sentamos en un banco, avanzaba la primavera y el tiempo era muy agradable.

Se estaba bien allí. La gente pasaba por las inmediaciones, todo el mundo absorto en sus propias preocupaciones y ajeno a las de los demás.

Entonces fui yo el que rompió el silencio.

—¿Y ahora qué?

Se hizo un silencio que pareció durar siglos.

—Yo me quedo de momento —empezó Vasilii—. Por ahora no voy a volver a Polonia. Trataré de conseguir otro trabajo hasta ver qué pasa. ¿Y tú?

—También lo intentaré y si no, me volveré a casa —respondí.

—¿Y tú? Katerina —preguntó Vasilii de nuevo.

Katerina no había dicho nada, tenía la cabeza baja y la mirada perdida.

—No lo sé.

Su voz parecía triste y grave. Se le notaba la preocupación, algo le pasaba. Yo, por mi parte, decidí no atosigar y Vasilii hizo lo mismo. Nos quedamos en silencio un buen rato. Hasta que Vasilli volvió a intervenir.

—Yo tengo que irme. Espero que nos sigamos viendo, por lo menos hasta ver que decidimos cada uno.

—Por mi parte sí —respondí—. Hasta que decida si me marcho, al menos.

—Sí… —Katerina seguía ausente y parecía que iba a remolque en la conversación.

—Vale, pues ya nos iremos comunicando. Hasta luego —Vasilii se despidió y emprendió su marcha dejándonos solos a Katerina y a mí,

—¿Nos vamos nosotros también no? —le dije.

—Sí, vámonos.

Emprendimos la marcha juntos, en silencio. No sabía si decir algo o permanecer en silencio. Me preocupaba incomodarla y, al mismo tiempo, le tenía aprecio y me preocupaba verla así.

—Katerina —me decidí al final a romper el silencio—. Si necesitas ayuda en algo, y está en mi mano, no dudes en pedírmela.

—No… Tranquilo. —Sus ojos se humedecieron.

—Como quieras. Sabes que lo hago de buen gusto.

En ese momento se derrumbó y comenzó a llorar de forma desconsolada.

—Es que…

—Katerina, tranquila. —La abracé—. Cuéntame si te puedo ayudar.

—No, no puedes. ¡Nadie puede! —Su voz salía constreñida por el llanto.

—¿Tan grave es? Si es por el alquiler o algo así puedo echarte una mano…

—No, no es eso —me cortó—. Es que… —Se detuvo un momento—.

Mi hermana cuando estalló la guerra se quedó en Ucrania.

Me ayudó a cruzar la frontera y se volvió para tratar de recoger nuestras cosas y venir con nuestros padres.

Yo la esperaría aquí. Me conseguí asentar y encontrar un trabajo.

Sin embargo, cada vez era más difícil cruzar la frontera y trató de recurrir a unos facilitadores.

Cayó en manos de una mafia que le prometió un paso seguro para ella y nuestros padres.

Sin embargo, una vez estuvo con ellos solamente la llevaron a ella y ahora la tienen explotada en prostíbulos.

Yo estaba recaudando dinero para pagar su deuda… —Su voz se apagó en este momento.

En ese momento sentí cierto arrepentimiento. No sabía si había actuado bien o mal inmiscuyéndome de esa forma.

—No… No se que decir. —Aquello superaba cualquier idea que se me hubiera pasado por la cabeza—. ¿Has hablado con la policía?

—No puedo. —Estaba muy agitada—. Están mis padres amenazados en Ucrania. Me lo recuerdan cada semana.

Entonces se quedó en silencio, sollozando ligeramente y estremeciéndose mientras una lágrima solitaria le caía en la pechera de la camiseta.

En ese momento fui consciente de que, por las aceras, estaba pasando gente y me sentí muy incómodo. Katerina estaba completamente abatida. Yo no sabía como consolarla y la escena era, hasta cierto punto, dantesca. Sin saber que hacer por ella traté de animarla.

—Bueno, encontraremos alguna solución. Si solo es cuestión de dinero ya aparecerá otro trabajo y podrás liberarla.

—No lo entiendes. —Había parado de llorar pero su voz estaba ronca y oscura—. Con el tiempo, la deuda se incrementa; le aplican intereses absurdos. Si empieza a no poder pagarles no tardará en volver a ser tan alta como al principio.

Entonces negó con la cabeza y miró al cielo.

—Nunca conseguiré liberarla, la he perdido.

En ese momento bajó la cabeza, se echó las manos a la cara y comenzó a llorar otra vez.

Yo me quedé en silencio, de pie, a su lado, sin saber que hacer.

Aquello era indignante. Quería ir a la policía a denunciarlo, pero sabía que eso sería algo temerario, pondría a la familia de Katerina y a ella misma en problemas.

Tampoco sabía que podía hacer para ayudarla o animarla algo.

En ese momento, como si Katerina pudiera leerme la mente me dijo.

—Ni se te ocurra ir a la policía, ¿vale? Nos conocemos, y esto, debo y quiero resolverlo yo sola y a mi manera.

Parecía mucho más recompuesta y había adquirido un tono duro que nunca lo había oído en ella.

—Pero… —empecé.

—Ni pero ni pera. He hablado. No te metas en mis asuntos, ¿vale?

No entendía nada. Había un momento, me había contado su problema y ahora, me echaba a un lado de malas maneras.

—No entiendo, yo solo quiero ayudar.

—No tienes nada que entender. Las cosas son así y no hay nada que puedas hacer. —Entonces se giró para emprender la marcha—. Por favor, no le digas nada de esto a nadie.

Entones se giró otra vez hacia mí con los ojos rojos de llorar, pero con una expresión adusta.

—Hasta luego.

—Adiós —me despedí.

Katerina se volvió a girar y se echo a andar sola. Yo me quedé parado en medio de la acera como un bobo sin saber que hacer ni como reaccionar. Todo aquello había sido muy raro y, por supuesto, algo que no le pasaba a todo el mundo.

Desde luego, ¿estas cosas me las busco me encuentran ellas a mí? —pensé y me puse en marcha hacia casa.