ESPEJOS
Me desperté luego de lo que estimé no era más de una hora. De algún lugar de la casa se oían murmullos indescifrables. Solamente escuchaba una cacofonía ahogada por los tabiques.
Me despejé un poco más y entonces un sentimiento de cierta alarma me llegó de Paty y, casi instantáneamente, los murmullos cesaron. Aquello hizo que me enervara un poco.
Me levanté con pereza y lentitud y fui hasta el salón. Allí estaban Paty y Helena, calladas. Encima de la mesa había una bolsa de sangre de las que tenían en la nevera.
—Si estabais hablando de mí podéis seguir. Me interesa saber que está pasando —dije con cierto tono malhumorado.
—No estábamos hablando de ti. No sé a qué te refieres —replicó Paty.
—¿En serio? ¿Y por qué os habéis callado cuando me desperté?
Helena permanecía en silencio, atendiendo como espectadora en la discusión mientras cambiaba la vista de uno a otro según hablábamos.
—No estábamos hablando de ti —repitió Paty.
—¿Y tiene que ver conmigo? —Quería llegar al fondo del asunto.
—No.
—Entonces, ¿por qué tanta prisa por acabar la conversación?
En el hospital pasó lo mismo, ibas a decir algo, te diste cuenta de que ibas a hablar más de la cuenta y te callaste.
Y ahora igual. En cuanto me desperté y me percibiste, te alarmaste, te pusiste tensa y os callasteis.
¿Cuál es el problema porque te diera mi sangre?
Sé que no te hace ninguna gracia y no entiendo el porqué ¿Acaso deberíamos dejarte morir?
—No es eso, y te estoy agradecida por tu ayuda.
—Pero hay algo más, ¿verdad? ¿Tan grave es que no puedo saberlo?
—Espera —intervino Helena—. ¿Cómo puedes saber, estando en otra habitación, que cuando te despertaste ella se tensó y se puso en alerta?
—¡NO! —exclamó Paty claramente agitada al mismo tiempo que yo respondía.
—Puedo sentir sus estados de ánimo.
Helena se quedó estupefacta, en estado totalmente de shock. Se recostó en el sillón en una postura extraña, con una mueca silenciosa y sin articular palabra, hasta que se recompuso.
—¡ASÍ QUE ERA ESO! —saltó finalmente Helena como con los ojos completamente abiertos y cara de sorpresa.
Como si de repente todas las piezas encajaran—.
Ahora entiendo tus estados de ánimo alterados, tus problemas para dormir, por qué lo proteges tanto y por qué ese instinto de protección se extiende a mí. Ya es parte del clan.
—¿Puede alguien explicarme de una maldita vez que está pasando aquí conmigo? —pregunté elevando el tono por la irritación—. Todo el mundo sabe lo que pasa menos yo.
—Sois espejos —respondió Helena escuetamente.
—¡¿Por qué se lo has dicho?! ¡No tenías ningún derecho! —Paty parecía completamente sobrepasada por la situación.
—Lo tengo todo para decírselo. Y él, lo tiene todo para saberlo. Si tú no se lo dices, alguien lo tendrá que hacer. No puede estar por aquí, ignorante, sin que sepa lo que lo está atando y por qué le están pasando estas cosas. Su destino está marcado.
—Su destino no está decidido.
—Sabes perfectamente lo que pasará y las opciones que tenéis.
Se hizo un silencio en la estancia, hasta que recordé lo de los espejos, a mí aquello no me decía nada.
—¿Qué es eso de los espejos?
—Hay muchos nombres para referirse a ello —Helena tomó aire y se dispuso a arrojar luz sobre el tema—.
Almas gemelas, personalidades compatibles…
Si le quitas el romanticismo, básicamente, estamos hablando de que Paty y tú tenéis caracteres muy compatibles.
Como pasaría con humanos normales. Sin embargo, al ser ella vampiresa, cuando se encuentra con su espejo surge la manifestación de tus dones y la sincronización con los suyos.
—Pero yo tengo ningún don. No percibo sus pensamientos ni los de nadie, solo sus estados de ánimo.
—Puede estar latente. Tampoco tenéis porque compartir dones, pueden ser complementarios. Lo mismo que los caracteres, no tienen porqué ser iguales, lo importante es que sean altamente compatibles y se puedan unir a un nivel profundo.
—Pero la primera vez que la vi no noté nada.
Helena se encogió de hombros.
—Pues no sé que pudo pasar. Esto es lo que dicen nuestras leyendas. Los espejos son muy raros, apenas se conocen unos cuantos casos.
—Fue por mi intromisión en tu mente —arrancó Paty con la cabeza baja y tono serio—. El día que descubriste mi don yo interactué activamente con tu mente, eso produjo la unión y el efecto del espejo se desencadenó.
—Helena también dijo que dormías mal y tenías el ánimo alterado. —Aquello me recordaba mis dificultades para dormir los primeros días después de nuestro primer encuentro.
—Era por el espejo. El vínculo no se había forjado, pero el habernos encontrado hacía que sintiéramos la necesidad de estar cerca del otro.
Eso hace que tarde o temprano el vínculo se acabe formando.
Por eso, una vez que nuestras mentes se unieron, pudimos descansar y volver a nuestro estado anímico habitual.
—Nunca había oído nada de eso..
—Evidentemente. Solo se da entre vampiros. Hay elementos parecidos en otras criaturas pero no son iguales y, en cualquier caso, se necesita de una criatura con dones especiales, al menos por una parte y, aún así, el humano siente el espejo de forma más débil.
—Entonces, ¿para ti qué significa esto?
—Te siento como una extensión mía. Me gusta estar contigo, tenerte cerca e interactuar. Pero en mi caso lo siento con más fuerza que tú.
—¿Por eso aceptas mi compañía sin hacerme daño? —Paty asintió—. ¿Y por eso te vengaste de aquel hombre? —Paty volvió a asentir—. ¿Y todo esto qué tiene que ver con que te bebieras mi sangre?
Ahora quién hablo fue Helena.
—Según la creencia, el vínculo del espejo “solo se completa cuando se unen los dos reflejos”. Básicamente, eso significa que ambos miembros del vínculo han de beber sangre del otro para que se complete la unión. Y claro, Paty lo acaba de hacer. ¿Sientes algo? —dijo mirando ahora a Paty.
—Nada destacable —respondió Paty con gesto indiferente.
—Pues ya está, no hay de qué preocuparse. Si son leyendas…
—Yo no estoy tan segura. Y si las leyendas son ciertas, una vez unidos el vínculo es indisoluble e irrevocable. Al menos, hasta que uno o ambos cambien tanto que ya no sean espejos.
Entonces fue Helena la que tomó de nuevo la palabra.
—Ahora lo que debemos es planear tu transformación y ponerle fecha.
Aquello me pilló totalmente por sorpresa. Y me hizo sentir realmente incómodo y hasta atemorizado.
—¿Mi transformación?
—Sí. Desde luego, siendo espejos debéis poder compartir características. Pero, sobre todo, inmortalidad.
—No, no se transformará. —Paty parecía disgustada con la idea.
—Debes hacerlo, por varios motivos.
—No, es joven y tiene una vida plena. No pienso arruinársela y condenarlo a este tormento.
—Que hable él. ¿Acaso no te gusta la idea de la inmortalidad?
Estuve un momento en silencio, no sabía muy bien cómo manejar aquella situación.
—Dicho así suena bien, cualquiera diría que sí. Pero también he visto algo más, y la idea de cazar personas y beber sangre me resulta, cuanto menos, sobrecogedora.
—Te olvidas de muchas cosas —intervino Paty agitada—.
Si eres inmortal verás morir a todos tus seres queridos; amigos, padres, hermanos, hijos, nietos.
Verás como el tiempo lentamente los va arrastrando, como envejecen, como se decrepitan y se extinguen hasta su inevitable final.
Desaparecerán de tu vida, y tú, llegará el momento que has de desaparecer de la suya.
A ti el tiempo no te afecta y no podrás disimular para siempre.
Tendrás que soportar el dolor de abandonar todo lo que quieres y por lo que has luchado.
El sentimiento de soledad será inmenso. Recuerda, la población de vampiros se controla con rigor y no se permiten transformaciones de familias completas.
No podrás convertirlos para tenerlos contigo.
Y, por si fuera poco, entrarás en un mundo en el que las reglas son muy distintas y estrictas, y la gente también.
Vivirás oculto, con aversión al sol y cambiando de sitio cada poco.
Nunca podrás echar raíces, aunque acabes volviendo.
Te convertirás en una amenaza para los humanos y, si deseas estar entre ellos para sentirte mínimamente vivo, deberás aprender a controlarte para que no te descubran y no hacerles daño.
Y todo, para al final, incluso acabar envidiándolos y deseando tener algún sueño, alguna sensación de paso del tiempo y de vida.
Y eso es solo una pequeña muestra de a lo que te enfrentas.
—¿Y qué pasa contigo? —ahora era Helena la que se disponía a hacer su alegato—. ¿Qué pasará cuando él muera? ¿Ya no te acuerdas de lo que le pasó a Mina?
—Podré soportarlo.
—¿Qué le pasará? —pregunté intrigado.