DE VUELTA A CASA
—Arturo… Arturo.
Helena me llamaba.
—Nos tenemos que ir. Nos han dado el alta.
—¿Qué hora es?
—Ya es de noche. Has dormido unas cuatro horas.
Aunque hubiera dormido, yo seguía molido. Bebí más e intenté ponerme en pie. Las piernas me flaqueaban. Intenté mantenerme lúcido y miré a mi alrededor, Paty seguía tumbada, aparentemente, durmiendo.
—¿Cómo está?
—La herida ha mejorado mucho, los tejidos blandos y conectivos están casi cerrados. Solo está abierta superficialmente, al menos la última vez que la miré y le puse el vendaje. Pero no te preocupes, en cuanto lleguemos a casa e ingiera se recuperará enseguida.
Helena llamó a Paty, que tardó un momento en despertarse.
—¿Cómo te encuentras?
Paty hizo una mueca.
—Me duele mucho el costado. ¿Dónde estamos?
—En el hospital.
—¿El hospital? —preguntó extrañada—. ¿Y qué hacemos aquí?
—¿No te acuerdas de nada?
Paty negó con la cabeza.
—Tuvimos un accidente y sufriste una herida muy grave. Nos trajeron aquí y yo me ocupé de tu herida. Ahora ya nos han dado el alta, nos vamos para casa.
—¡Pero si era tan grave se habrán dado cuenta, debemos huir! —dijo Paty alborotada.
—Nadie ha visto nada. Les dije que tenías una conmoción.
Entonces, Paty se incorporó con cuidado en la camilla y observó la sala. Sus ojos se enfocaron en mí en cuanto entré en su campo visual.
—¿Qué hace aquí Arturo?
—Te lo contaré en casa. Vámonos.
Sin embargo, la historia no iba a esperar a que llegáramos a casa para ser desvelada.
Podía notar como Paty revisaba mi mente y la de Helena para descubrirlo.
Según pasaba el tiempo una mezcla de preocupación, enfado, culpa y gratitud la iban invadiendo.
Era casi imposible dirimir algo en aquella menestra de emociones.
—¿Cómo pudiste hacerlo? Él era ajeno a todo esto —dijo al fin Paty con un hilo de voz.
—No tenía opciones. Él es el único que sabe… esto. ¿De dónde iba a sacar a alguien para que ingirieras? Además, nadie lo obligó, accedió de buena voluntad a ayudarte.
—Conoces las reglas, sabes lo que deberías haber hecho.
—¡Ah! Ahora sí te preocupan las reglas. —Parecía que a Helena aquello no le había gustado—. Ni quiero ni te dejaré abandonada a tu suerte a la primera de cambio.
—Es que… —Paty se calló, era evidente que iba decir algo importante pero se reprimió. Lo pude notar por su sentimiento de alarma que surgió repentinamente.
—Es que… ¿Qué?
—Nada, mira lo pálido que está. Apenas puede mantenerse en pie —zanjó.
Entonces, según estaba sentada, se deslizó de la cama.
—Dame mi ropa —pidió a Helena.
Yo me levanté y esperé afuera mientras ella se vestía.
En unos instantes salió con un collarín, seguida de Helena.
—Nos vamos —dijo Paty ofuscada.
Comenzamos a andar por el pasillo. Mi paso era pesado y lento.
Sentía un cansancio terrible, como si hubiera pasado horas andando.
Me sentía muy débil y andaba sin ganas. Pero no era el único.
A mi lado, Paty había perdido la gracilidad habitual en ella al caminar.
Sus pasos, por primera vez, parecía que caían sobre el suelo con todo su peso, no había rastro de su andar ligero.
Caminamos por el pasillo cuando, por casualidad, pude ver un hombre de cabello muy rubio, casi blanco peinado hacia atrás; era alto y enjuto.
Caminaba a paso acelerado por un pasillo transversal al que llevaba hasta los boxes.
Pudimos verlo porque se paró y se puso a hablar con una enfermera justo en la desembocadura del pasillo por el que íbamos nosotros y salía al pasillo por el que él iba.
Hasta ahí no habría nada extraordinario para una persona común y corriente.
Sin embargo, mis recientes amistades me habían hecho prestar más atención a determinados rasgos y sobre todo, a los ojos.
Y ahí estaban, dos ojos relucientes de un color turquesa claro y pálido.
Aquello me resultaba incómodo. Si era un vampiro, como yo pensaba, estaba mezclado en medio de la gente como si nada.
Había visto a Paty y a Helena con gente, pero nunca me había encontrado con otro vampiro en un lugar aleatorio.
Paty, a través de nuestra conexión, percibió todos mis rápidos razonamientos y miró en la dirección que estaba aquel hombre. Lo observó un momento y entonces le dio un codazo a Helena.
Ambas se pararon a verlo un momento y se retiraron a disimular.
—¿Qué hace aquí Smith? —preguntó Paty.
—A lo mejor está en una misión diplomática.
—Con el ambiente actual no veo muy bien para qué, y en el hospital, menos.
—Podrías…
—No, me acabaría descubriendo y eso podría enfurecerlo. La situación ya es bastante delicada.
—¿Hay algún problema? Nunca había visto a ninguno más de los vuestros por ahí —intervine.
—De momento no se sabe. Ese es el líder de una facción en la que son conocidos por su violencia y sadismo. No es entendible que esté por aquí ni entre tantos humanos así porque sí, por las buenas.
Esperamos un momento. El hombre terminó de hablar y tanto él como la enfermera siguieron su curso.
Nosotros hicimos lo propio. Salimos al exterior y nos fuimos a la parada de taxis, donde pedimos uno y le indicamos la dirección de la casa de Paty y Helena.
Fuimos callados todo el trayecto. Pero yo sabía que Paty no estaba conforme con lo que había pasado, aunque se estaba reprimiendo.
Probablemente cuando llegáramos a casa se desataría la tormenta.
Aquello me abrumaba, estaba muy débil y Paty se estaba recuperando con rapidez.
Mi percepción de su carácter se iba haciendo más fuerte e intensa.
Llegamos a casa y subimos las escaleras, Helena nos ayudó a los dos, sujetándonos a cada uno por un lado. Daba la impresión de que podía llevarnos a ambos con facilidad pese a estar subiendo escaleras. Llegamos a su piso y entramos en silencio. Helena cerró la puerta.
—Deberías descansar. Ya sabes dónde está la habitación —dijo Helena.
Tenía la impresión de que Paty y Helena tenían pensado hablar de lo sucedido a mis espaldas. Pero en ese momento casi me daba igual. Estaba realmente cansado, así que me acosté sin discutir.