DAR VIDA
Pasó el domingo y comenzó una nueva semana; por las mañanas, reordenaba lo ordenado.
Tener las mañanas libres de todo me había servido para poner orden en el caos habitual que tenía en casa.
Sin embargo, ahora ya estaba todo en su sitio y me aburría a veces.
Por las tardes seguía con mis rutinas de academia, gimnasio y correr luego de quedar con Vasilii y Katerina cuando tocaba.
Pero a primeras horasew estaba bastante inactivo.
Pasó un día, y dos de la nueva semana. En esta ocasión revivir los mejores momentos de nuestra noche loca con Vasilii y Katerina se había convertido en un tema nuevo que salía de vez en cuando en nuestras reuniones y se convirtió en fuente de muchas risas.
Llegamos al viernes. Estábamos en nuestra tertulia habitual, tomando unas consumiciones en una terraza y hablado de los desafíos que se habían de afrontar con el cambio de paradigma mundial; con los problemas de origen climático y de las dificultades que tenían los gobiernos para tomar decisiones ante una opinión pública que deseaba escuchar que había un plan, que todo iría bien y que nadie sufriría las consecuencias del nuevo escenario.
Eso era algo que nos enervaba a los tres, la falta de información honesta y veraz y la ceguera voluntaria de mucha gente a los nuevos problemas, aferrándose a viejas creencias y con nostalgia de tiempos que ya no volverían. Para bien o para mal.
En ese momento me sonó el teléfono, era Paty. Aquello me pilló por sorpresa, hasta ahora nunca me había llamado.
—Disculpad —me excusé de mis compañeros. Me desvié un poco y cogí el teléfono—. Hola Paty.
—No soy Paty, soy Helena. —Su voz sonaba acelerada.
Aquello me sorprendió todavía más. ¿Por qué me llamaba Helena?
—Hola Helena. ¿Qué pasa?
—¡Te necesito! Tienes que venir inmediatamente al hospital.
—¿Por qué, qué ha pasado?
—Hemos tenido un accidente y Paty está muy mal —decía con voz muy agitada.
—Pero se recuperará, ¿no? Ya sabes a lo que me refiero. —No quería dar muchos detalles por teléfono y en público.
—No, está muy mal. Tienes que venir ahora mismo. —Por momentos se le quebraba la voz. Lo que hubiera pasado debía ser grave.
—De acuerdo, iré ahora mismo pero, ¿qué puedo hacer yo? No soy médico ni nada. —En este momento estaba ya muy preocupado.
—Ahora no hay tiempo para eso, ya te lo explicaré. No pierdas tiempo y ven inmediatamente. Cuando llegues llámame para decirte dónde estamos —terminó.
—Voy para allá. —Y colgué.
Volví hasta junto de mis compañeros.
—Lo siento, me tengo que ir. Me ha surgido una urgencia.
—¿Es grave? —preguntó Katerina.
—Espero que no. —Intentaba tranquilizarme más a mí mismo que a ellos—. Hasta otro día. —Y me fui.
Eché a correr hasta la parada de taxis. El hospital quedaba lejos y no quería perder tiempo. El asunto parecía grave. No lo entendía, se suponía que Paty podría curarse fácil y rápido.
Llegó un taxi y se paró.
—Al hospital Doctor Rovira. Vaya lo rápido que pueda. —El taxista arrancó.
Comenzamos nuestro camino, el taxista parecía hacer todo lo posible por ir rápido. Sin embargo, yo apenas estaba prestando atención a lo que pasaba, estaba preocupado. Helena no me había dado detalles y, por lo que yo sabía, ni a Paty ni a Helena podían ponerlas en peligro un accidente mundano.
En el taxi iba puesta la radio, eso me recordó el primer día que había conocido a Paty. Pero en este caso, el volumen era suficiente para oír la emisión.
“…Y ahora, noticias de última hora. Nos informan de un accidente múltiple en la autovía A-4. Hay implicados varios camiones de transporte pesado y gran cantidad de turismos. Según las últimas informaciones hay trece fallecidos y gran cantidad de heridos. Las autoridades y los servicios sanitarios están trabajando a la máxima capacidad para poder dar asistencia a todos los afectados…”
Debía ser el accidente que había dicho Helena. Si era ese, desde luego era un gran incidente. Había mucha gente muerta y se hablaba de muchos heridos. ¿Qué habría pasado para suceder semejante suceso?
El taxista parecía conocer muy bien el camino, evitaba las calles principales y concurridas, deslizándose por calles menos transitadas de forma que evitaba la congestión del tráfico.
Llegó un momento en que, de tanto callejear, ya no sabía dónde estaba. Hasta que, por fin, salió a una avenida más amplia. Entonces ya pude vislumbrar el hospital.
Por la entrada de urgencias había varias ambulancias con las luces encendidas esperando para entrar.
—Hemos llegado —anunció parando frente a la entrada de personas.
—Muchas gracias. ¿Cuánto es? —El hombre me cobró y yo me bajé y me puse en marcha hacia el interior.
Llamé a Helena mientras entraba.
—¿Dónde estáis?
—Ven al box cinco.
—Voy.
Al entrar me crucé con una enfermera y le pregunté.
—Disculpe. ¿El box cinco?
Me señaló hacia la derecha y se fue a toda prisa. Caminé en la dirección que me había indicado y ya pude ver los indicadores de los cubículos. Llegué frente al box cinco y, preparándome para lo que pudiera encontrar, aparté la cortina y entré.
En la camilla estaba Paty, tumbada e inmóvil, su tez estaba grisácea. A su lado, de pie, estaba Helena, reclinada encima de ella con una mano suya agarrada. Sin ver más detalles, aparentemente, no había nada grave.
—¿Cómo está? —pregunté.
—Ven —ordenó Helena—. No tenemos tiempo. Ponte esto alrededor del brazo.
Me dio un cordón de una de sus zapatillas e hice lo que me mandó.
—Apriétalo.
—¿Para qué? —No estaba entendiendo nada.
—Paty necesita sangre —dijo con un susurro—. Apriétalo más. —ordenó.
—¿Por qué, que le pasa? —pregunté mientras apretaba más el cordón.
Helena destapó a Paty hasta la cintura y descubrió su abdomen.
Lo que vi en ese momento casi hizo que me cayera de la impresión.
En un costado, Paty tenía clavado un hierro que la traspasaba y sobresalía unos centímetros por cada lado.
La carne alrededor de la herida estaba negruzca y violácea, con sangre coagulada haciendo costra.
Mientras observaba esa imagen, consternado, Helena cogió una aguja que había en la mesa que había al lado de la camilla y se dirigió hacia mí.
—En el accidente un hierro se le clavó y la atrapó.
Yo me quedé inconsciente y no le pude ayudar.
Cuando me recuperé la liberé, pero perdió mucha sangre y su sistema de regeneración está exhausto, no puede curarse en este estado.
Si le saco el hierro ahora, se desangrará y morirá.
No tiene fuerzas para aguantarlo, no se podrá regenerar lo suficientemente rápido —Helena me iba explicando todo mientras me agarraba el brazo del cordón por el antebrazo—.
Ahora necesita sangre para reactivarse y recuperar fuerzas.
—Pero, ¿cuánta necesitas? —dije aprehensivo. Quería salvar a Paty, pero también me preocupaba mi vida.
—No te preocupes. Con poco más de un cuarto de litro llegará.
—Estamos en un hospital, te sería fácil conseguirla.
—No, las transfusiones necesitan justificación. No se puede pedir una bolsa de sangre sin más. Y el tiempo juega…
—¡Ay! —Helena me pinchó en una vena que tenía abultada en el dorso de la mano. Intenté escapar de puro reflejo. Sin embargo sus manos eran como tenazas y su fuerza irresistible, no me dejó moverme.
—…en nuestra contra. En cualquier momento puede venir un médico, querrá medirle las constantes y verá que no son normales, ni temperatura, ni pulso, ni tensión; si le quieren hacer analíticas tampoco serán normales y si le ven la herida estará todo perdido.
Nos descubrirán y entonces el revuelo que se montará será imposible de controlar.
Mi obligación en este estado sería acabar de matarla para eliminar pruebas, y ni puedo ni quiero hacer eso.
—Helena me había puesto un esparadrapo sujetando al aguja—. Agárrate la aguja y tapa la salida.
Hice lo que me mandaba mientras ella me sacaba el cordón del brazo para que la sangre fluyera.
—Paty… Paty… —Intentó despertarla Helena dándole unas palmadas en la cara.
—… —Paty parecía reaccionar, la percibía, pero muy débil. No podía distinguir emoción alguna en ella.
—Destapa la aguja y echa el chorro en la boca. —Helena se situó por el otro lado y le abrió la boca a Paty.
Hice lo que me mandaba. Con el pulgar de la otra mano sujeté la aguja intentando no hacerme daño y destapé el otro extremo que tenía tapado con el dedo índice. Acerqué la aguja a la boca de Paty
Comenzó a salir un pequeño chorro de sangre oscilante con los latidos de mi corazón que iba cayendo dentro de la boca de Paty. La chica parecía no reaccionar hasta que, en un momento, tragó.
Seguimos así unos minutos que parecían interminables, con la tensión de que alguien pudiera entrar en cualquier momento. Durante todo el rato Paty seguía quieta, solamente tragaba la sangre a intervalos regulares.
—¿No hay otro modo más rápido? —pregunté.
—A no ser que te haga un corte grande… —respondió Helena.
Estuvimos así un poco más. Entonces comencé a sentirme débil y mareado. Helena lo notó, se pasó por mi lado y me sujetó.
—Ya está. Sácate la aguja, espero que sea suficiente.
Me senté en una silla a lado de la camilla. Miré a Paty otra vez, en ese momento vi que su cara había recuperado cierto color, estaba más blanquecina y sonrosada.
—Paty —volvió a llamar Helena.
La chica abrió los ojos desorientada. Ahora la podía percibir con más intensidad, aunque muy tenue todavía. Pero yo estaba muy débil, y tenía un gran malestar, apenas prestaba atención.
—Te voy a sacar esto. —Helena cogió unas gasas de la mesita de la que había cogido la aguja y las puso abiertas a su lado.
Miré hacia la herida. Ahora, alrededor de la herida, la carne estaba enrojecida; había recuperado su color.
Entonces Helena cogió el hierro y tiró de él, con un sonido viscoso y desagradable comenzó a salir. La expresión de Paty se deformó por el dolor y emitió un grito ahogado mientras Helena seguía tirando. Aquel dolor parecía transmitirse a mí mismo como una sensación sorda en el costado.
Helena acabó de sacar el hierro y lo puso aparte. Ladeó a Paty y le puso las gasas en la espalda, la sangre escurría por ella. La volvió a poner boca arriba manteniendo presión en la espalda con una mano, situándola por debajo de su cuerpo.
Ahora estando boca arriba examinó la herida de la parte anterior el cuerpo con ojo crítico.
—La regeneración vuelve a estar activa —se volvió hacia mí y me preguntó—. ¿Podrías darle un poco más?
Estaba muy débil, hice una expresión de duda e intenté levantarme. Me levanté y me tuve que volver sentar, se me nublaba la vista.
—Déjalo, esperaremos un poco. —Helena cogió otra gasa con la otra mano y la puso en el abdomen de Paty y se mantuvo así un poco.
Unos pasos apresurados parecían aminorar el ritmo al acercarse a nuestro box. Con rapidez Helena tapó a Paty y escondió el hierro.
Helena cogió la aguja que me había sacado para esconderla. Sin embargo, antes de tirarla, de un movimiento rápido se la llevo a la boca para sorberla. En ese momento no pude evitar reparar que sus ojos se volvían enrojecer para recuperar rápidamente su color habitual.
Entró el médico.
—¿Cómo está? —preguntó el doctor.
—Ha recuperado la consciencia —respondió Helena—. Solo se queja del cuello. —mintió.
—Bien. —Hl médico sacó una luz e iluminó los ojos de Paty, movió un dedo delante de ella para que lo siguiera con los ojos—.
No parece grave, le haremos un par de radiografías para descartar lesiones y, si está todo bien, le pondremos un collarín que deberá llevar unos días.
También le daremos algo de medicación para aliviar la inflamación y para mitigar la conmoción.
—El hombre se dio media vuelta y se dirigió hacia el exterior—.
Me tengo que ir, tenemos muchos pacientes a causa del accidente, enseguida vendrá alguien para proporcionarle todo y tramitar el alta.
Helena asintió y el médico salió del box.
—¿Conmoción?
—Eso les dije. No podía enseñarles la herida.
No hice más preguntas, estaba muy descolocado.
—Debes beber —sentenció Helena.
Helena se fue por una botella de agua de la que bebí con avidez. En ese momento me di cuenta de lo sediento que estaba.