FUEGO Y HIELO
Me desperté y miré el reloj, era casi mediodía. No me extrañaba, la caminata del día anterior me había dejado agotado.
Me levanté, me puse una camiseta y un pantalón y fui hasta la cocina descalzo para desayunar algo.
Las baldosas resultaban frías al contacto.
Cuando llegué a la cocina, Paty ya estaba sentada en la mesa con un vaso delante de ella mediado con un líquido oscuro en él. Aquello me dejó estupefacto un momento.
—No sabía que estabas desayunando.
Paty se encogió de hombros.
—Las cosas son así. Es parte de mí, deberías acostumbrarte si vas a pasar tiempo con nosotras.
—Ya, es que me ha pillado con el pie cambiado. No me lo esperaba. No has madrugado mucho.
—Tú tampoco.
—Por lo que os había oído necesitáis dormir menos.
—Sí, pero por las mañanas no trabajo. Así que me las tomo con calma.
—¿Y Helena?
—Trabajando, hoy le toca por el día.
Iba a prepararme algo para comer, pero no había nada para hacerme. Yo no tenía nada, y en aquella casa, menos.
—En fin, supongo que es hora de marcharme, Me muero de hambre.
—Te acompaño a la puerta —Paty se levantó.
Como estaba sentada no la había visto de cuerpo entero. Al igual que el otro día solamente llevaba la camiseta y la parte inferior de la ropa interior. Sin embargo, hoy su aspecto era mucho mejor.
—Te gusta estar cómoda en casa —observé con cierto tono gracioso.
—Es mi casa. ¿Algún problema?
—En absoluto. No tengo complejos con eso.
En ese momento reparé en su pelo negro alborotado y en sus ojos azules celestes que destacaban en aquella maraña negra.
La camiseta le quedaba holgada y, sin embargo, la figura de sus pechos destacaba en su torso.
No debía llevar nada debajo de la prenda, ya que se le marcaban pitones.
Aquello le hacia un busto precioso para mi gusto.
Quizás era el largo tiempo de soltería, o que aquella mañana yo estaba especialmente receptivo. Pero verla así hizo que me diera un vuelco el corazón y el pulso se me aceleró. Sabía perfectamente que Paty podía percibir todo lo que se me pasaba por la cabeza, aquello hizo que me ruborizara.
Entonces reparé en sus torneadas y estilizadas piernas, la curvatura de su cadera y sus pies descalzos.
Aquella imagen, para mí, resultaba muy sensual.
Me di la vuelta para marcharme, aquello me resultaba embarazoso y no quería molestarla.
Sin embargo, por el extraño vínculo que nos unía, en lo más profundo de su ser, en Paty se había despertado una emoción nueva.
Nunca la había percibido en ella, no era agresiva como la otra vez que había sentido aquella emoción tan intensa proveniente de ella cuando me había cortado en la mano.
Éste era un deseo carnal y desenfrenado, era posesivo, un deseo erótico de anhelo de contacto físico.
Como un trueno repentino en medio de la noche seguido de un vendaval, en mi mente se coló su deseo y se mezcló con el mío, realimentándose el uno al otro y haciéndose más potentes hasta que eran incontrolables y desbocados.
Me giré hacia ella, en ese momento mi timidez y mis reservas se tornaron deseo de abrazarla y de acariciarla, de sentir el roce de su piel con la mía, de notar el contacto de su cuerpo contra mi cuerpo.
Me acerqué con paso suave hacia donde estaba ella.
Pero Paty no esperó a que llegara. Con movimientos rápidos se abalanzó sobre mí y rodeó mi cuello con sus brazos fríos haciendo que un escalofrío recorriera mi espalda desde el cuello hasta la zona lumbar.
Yo cogí su cintura firmemente y, en ese momento nos fundimos, en un beso largo y apasionado.
Nos besamos, nos acariciamos y recorrimos con delicadeza nuestras anatomías mientras nuestra excitación continuaba creciendo como una hoguera sin control que nos consumía y nos quemaba por dentro.
La fusión de nuestras mentes nos permitía sentir lo que el otro sentía, sumando a nuestro propio deseo y placer el deleite del placer del otro, haciendo que el deseo y la lujuria fueran cada vez mayores.
Separamos un momento nuestros labios sin soltar la maraña de brazos que habíamos formado y, en ese momento, vi claramente como sus ojos azules se habían tornado violetas. Aquello resultaba curioso y llamativo a la vez que le daba un toque tan exótico que me hacía perder la cabeza.
—Esa es la prueba de que lo que percibes es real —murmuró Paty con voz casi inaudible con un tono íntimo y tierno.
Fuimos hasta la habitación de Paty sin soltarnos ni dejar de acariciarnos y besarnos. Cuando llegamos nos subimos a la cama y empezamos a desnudarnos mutuamente.
Le saqué la camiseta y en el momento que se desprendió de su cabeza nos juntamos otra vez, la acerqué hacia mí, sus pechos desnudos y firmes se apoyaron contra mi pecho.
Sentía su presión a la vez que acariciaba su piel tersa e increíblemente suave.
Me separé un poco para, sin deja de besarla, acariciar suavemente sus aureolas, aquello resultó en una explosión de gozo proveniente de ella que impactó en mi ser como un jarro de agua lanzado en mi cara.
Entonces Paty tomó la iniciativa. Cogió mi camiseta por la parte inferior y, tal como había hecho yo con ella, me la sacó por la cabeza y la lanzo hacia el lado.
En ese momento, de un empujón suave, me tumbó en la cama y puso una mano tibia sobre mi pecho.
Comenzó a acariciar y a besar mi pecho. Mi corazón botaba desbocado.
Yo mismo podía percibir sus golpes rítmicos y acelerados, por la presión en mi pecho, cuello y cara.
Entonces puso la mano sobre mi pectoral izquierdo y la mantuvo ahí un momento, haciendo pequeños movimientos que acariciaban mi pecho.
Podía notar como mi calidez y el latir de mi corazón le resultaban increíblemente estimulantes y le hacían recuperar la alegría y el deseo de la propia vida.
Me miró a los ojos, ahora sus iris eran de un color escarlata intenso y vibrante, como dos rubíes claros, haciéndose más notable por la baja iluminación de la habitación, dándole una belleza fiera, salvaje y provocadora.
Aquellos ojos deberían resultarme aterradores. Pero en aquel momento, solo me invitaban a dar rienda suelta a mi lujuria y desenfreno.
Nuestra libidinosidad estaba alcanzado su punto álgido.
Comenzamos a desnudarnos ambas partes inferiores de nuestros cuerpos.
Mientras perdíamos la razón y solo obedecíamos a los deseos más primarios dictados por el instinto y que pedían el contacto íntimo.
La presión que yo sentía en mis zonas íntimas era casi dolorosa, solo ligeramente aliviada cuando me liberé de la tela que me retenía.
Mientras que a mí me llegaban las propias sensaciones, extrañas para mí como hombre, de las zonas íntimas de Paty.
Nuestras sensaciones continuaban mezclándose y reforzando las del otro mientras Paty se tumbaba encima de mí.
Mis manos no dejaban de recorrer sus piernas y, ascendiendo, pasaban por sus caderas, su espalda y sus pechos hasta llegar a su cuello, repitiendo el camino una y otra vez.
Mientras ella, sin dejar de besarme comenzaba a hacer contacto entre nuestros pubis en una suerte de caricias excitantes y que aumentaban cada vez más nuestra voluntad de fundirnos en uno solo mientras comenzaba a sentir su humedad en mí.
Finalmente, con un movimiento curvo y suave de su cadera, me atrapó dentro de ella. Comencé a notar una ligera presión en mí mientras poco a poco ella iba descendiendo. Comenzó entonces a hacer movimientos repetitivos de vaivén que me solían hacer perder la cabeza.
Pero su cuerpo frío, en ese momento, fue demasiado. El sentirla en mis zonas íntimas tan fría hizo que se bloqueara la excitación y se aclarara mi nublamiento mental por el éxtasis de los momentos anteriores.
Hasta ese momento había subestimado la conexión con Paty. Pero ese corte en seco le afectó a ella también que se paró y me preguntó.
—¿Qué te pasa?
—Es una tontería.
—En serio.
—Es…
—Ya veo… lo entiendo…
En ese momento Paty lo comprendió y se detuvo un momento.
Yo había perdido el ritmo y, ahora menos cegado por el frenesí sexual, comenzaba a notarla fría por todos lados.
Paty se levantó suavemente y se liberó de mí.
Me incorporé contra el cabecero de la cama y me senté.
Paty se puso a mi lado y nos quedamos sentados uno al lado del otro en la cama.
—Es mi primera vez —me dijo—. No sé qué decir.
—No entiendo —dije extrañado, no sabía muy bien que había querido decir.
—Que me acuesto con un mortal.
—¡Ah! Si te sirve de consuelo, también es la mía con… Ya me entiendes. No sé muy bien qué hacer ni qué decir. —Me detuve a pensar como formularle la siguiente pregunta—. Entonces tu nunca…
—¿Desde mi transformación? No.
—Vaya. —Hice una pausa—. El problema es la diferencia de temperatura. En la intimidad, es demasiada.
Paty coincidió conmigo.
—Hay un truco… Se lo oí a Helena.
—¿Cuál?
—Bueno… Ahora ya es igual.
—¿Tiene relaciones con humanos? —Aquello me impactó mucho.
—No… Bueno, es un tema complicado. No debo decirte nada sin su permiso, es un asunto muy personal. La cuestión es que yo puedo aumentar mi temperatura.
—Quizás voy a decir una tontería. Pero a Helena le dijiste que no estabas enamorada de mí.
—¿Nos estabas escuchando?
—Estaba medio dormido cuando hablabais de transformarme, y me enteré de eso. —La miré a los ojos, ahora habían recuperado su tono azul característico.
Paty se quedó en silencio. Parecía incómoda porque yo hubiera escuchado aquello.
—Es que Helena… Las reglas… Ya sabes.
—Sí, bueno. Eso no es lo importante, no te sientas mal por eso. Lo que quería decir es que no sé muy bien lo que ha pasado ahora mismo entre nosotros.
—La explicación más sencilla sería un “calentón”.
—La más sencilla, desde luego, pero quizás no la más precisa. El poder tener este vínculo con alguien es extraordinario, para lo bueno y para lo malo. Tú pudiste sentirlo como yo, no es solo atracción física… es sintonía emocional.
—¿Te estás enamorando de mí?