Sálvame de tiempo. REGRESO
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REGRESO

La mañana siguiente, cuando me desperté y salí de la tienda, vi como Helena seguía pintando con Paty a su lado, como la tarde anterior.

Fui discretamente a observar los resultados de su progreso.

La imagen ya había cogido forma, de hecho, era increíble el grado de realismo.

La observé un rato mientras daba ligeros retoques en distintos lugares hasta que sentenció.

—¡Ya está!

—¿Acabado?

—Acabado.

—¿Y ahora?

—Ahora nos vamos para casa.

Observé un momento el bloc. Representaba con increíble detalle el atardecer del día anterior, con los campos en penumbra y las nubes iluminadas por debajo con una luz rojiza.

—¿Cómo has conseguido representar tan bien el atardecer si solo has pintado unas horas con ese escenario?

—Organización —y ante mi expresión curiosa, continuó—. Primero hice la situación y para los colores esperé al atardecer, y hoy me levanté temprano para aprovechar el amanecer que da una luz parecida. Lo demás, memoria y práctica.

—¿Hace mucho que pintas?

—Unos años, el tener tanto tiempo libre da para mucho —eso mismo me había dicho Paty el día anterior.

—Lo más importante es que te guste. Como todo.

—No está mal, pero hay más motivos. Me permite cultivar mi autocontrol, aprender a dominar mi fuerza y perfeccionar mi coordinación.

—Y además lo has terminado en unas horas.

—Sí —se rió—. Soy más rápida que los pintores comunes.

—Y ahora, el lienzo, ¿a dónde irá?

—Lo donaré a algún local social, entidad benéfica o a alguien que le pueda ser útil. A mí no me hace falta.

—Venga —interrumpió Paty—. No podemos pararnos, necesitamos el día para volver.

Nos pusimos en marcha hacia las tiendas y recogimos todo. Yo desayuné y Paty y Helena tomaron otros tragos del termo.

Cargamos las mochilas y nos pusimos en marcha por el sendero de vuelta.

Caminamos todo el día, haciendo unas breves paradas cada unas horas por mi culpa, que no era capaz de seguir el ritmo.

Llegamos al anochecer de vuelta junto al coche de Paty. Nos subimos y fuimos hasta la casa suya y de Helena. Me bajé con intención que coger el autobús de vuelta.

—Puedes quedarte a dormir si quieres —dijo Paty.

La verdad es que lo menos que me apetecía era pegarme otra caminata hasta la parada del autobús y luego el viaje de vuelta para llegar a casa y tener todo manga por hombro.

—De acuerdo —acepté.

Subimos a su casa y dejamos las mochilas en el recibidor. La puerta del armario de la limpieza todavía estaba rota.

—Deberías darte una ducha, hueles a chotuno —dijo Helena bromista—. Ahí tienes el baño.

Asentí con la cabeza con una sonrisa. Realmente necesitaba un baño en condiciones.

Me metí en el baño y me desnudé. Me di una buena ducha que me sentó de maravilla. Salí envuelto en una toalla, cogí la poca ropa que me quedaba limpia en la mochila y me fui para la habitación del otro día a vestirme.

—Ahora me toca a mí —dijo Helena y se metió en el cuarto de baño.

Ya vestido fui hasta la cocina, donde estaba Paty. Estaba sentada en la mesa que tenían en el centro de la cocina.

—Si tienes hambre tendrás que comprarte algo, aquí no tenemos comida para ti.

—Tranquila, creo que me queda algo en la mochila.

Fui hasta la mochila, cogí lo último que me quedaba y volví a la cocina. Dejé las cosas encima de la mesa y me dispuse a cocinar algo.

—¿Puedo? —pregunté señalado la cocina de gas.

—Toda tuya. Ni siquiera sé si funciona.

Encendí la cocina y me preparé un poco de bacon envasado que me quedaba. Cogí uno de los dos platos sanos que habían quedado del otro día y me senté. Acompañé la comida con un poco pan reseco que me quedaba y, al acabar, me comí un botecito de melocotón en conserva.

Mientras comía Paty tenía la vista fija en mí. Percibía en ella cierta nostalgia. Al final rompió su silencio.

—Eso es de las cosas que más echo de menos. Los sabores de la comida, la fruta, la carne, las verduras, los dulces…

Mientras enunciaba cada cosa parecía que se filtraba en mí un cierto apetito por cada uno de aquellos alimentos.

—Puedes probar, si quieres —le dije—. Si no lo has hecho no sabes si te sienta mal.

—Mejor no probar, si puedo evitarlo. De momento me basta con notar los sabores a través de ti.

Me di cuenta entonces de lo importante que pueden ser en la vida de alguien cosas simples. Cosas que, por cotidianas y comunes, no les damos importancia y que una vez nos faltan las añoramos enormemente. Sin ellas, la vida no tiene el mismo color.

—Pero. —No estaba seguro de si lo que iba a decir era muy adecuado—. La sangre os alimenta y os sacia y, con lo que percibí a través de ti, os resulta muy sabrosa y suculenta.

—Sí, para nosotros resulta un manjar y es muy estimulante beberla. Pero con el paso de los años, por mucho que te guste y te resulte deliciosa, añoras la gran variedad de sabores y experiencias de la comida común.

Nos quedamos en silencio un momento. En momentos así Paty parecía realmente abatida. Parecía añorar todo lo que había perdido. Pero una vida larga también tendría sus cosas buenas. No sabía que pensar después de todo lo que estaba descubriendo.

En ese momento se oyó abrirse la puerta, y unos pasos por el pasillo.

—Me toca —dijo Paty mientras se levantaba.

La chica se fue y me dejó solo en la cocina. Al poco llegó Helena en pijama.

—¿No te acuestas? —me preguntó.

—Esperaré a que acabe Paty y luego sí, estoy molido.

—Ha sido una buena caminata. La verdad es que no esperaba que la aguantaras. —Helena soltó un risa.

—La verdad es que no fue fácil. Tenéis un ritmo infernal y sé perfectamente de que os he hecho ir lentas. Vuestro ritmo es mayor.

—Con tanta carga, no te creas. Podemos avanzar más, pero no mucho. También nos cansamos. —Entonces cambio de tema—. Pero lo importante es si te gustó la excursión.

—Sí, claro. Llevo aquí unos meses y apenas he visto más que edificios y cemento. Salir a tomar el aire al campo me gusta y me sienta bien. Me relaja y me despeja la cabeza.

Seguimos charlando un poco hasta que la puerta sonó otra vez y, al poco tiempo, entró Paty en la cocina.

—¿Todavía no te has acostado? —preguntó Paty extrañada.

—Estaba esperando por ti. ¿No es para comérselo? —respondió Helena con doble sentido haciendo gala de su particular sentido del humor.

—Sí, pero ahora me acostaré. —Hice una pausa—. Antes de que me comáis —rematé con sorna.

—Le vas cogiendo el truco. Me caes bien —replicó Helena sonriente.

—Venga, déjalo. Que él necesita más horas de sueño y tiene que acostarse —le apremió Paty mientras me cogía de una mano.

—¡Ah!

—¿Qué te pasa?

—¡Estás helada!

—¡Oh! Se me había olvidado, perdona.

—No entiendo nada. ¿Qué se te olvidó?

—Que nuestras temperaturas son distintas.

—¡Y tan distintas! ¿Cuántos grados son normales en vosotras?

—Sobre unos veinte.

—¿Sois de sangre fría?

Entonces intervino Helena.

—Estrictamente no. Tenemos nuestro propio sistema de generación de calor, pero nuestra temperatura basal baja para ahorrar energía.

—Y si hay más de veinte grados en el exterior, ¿sudáis?

—No, nuestro cuerpo conserva la capacidad soportar bien temperaturas de hasta unos treinta y siete grados, que es la temperatura de un humano corriente. A partir de ahí, sí que es peligroso.

—Y si hace más frío.

—Nuestro sistema de generación de calor intenta mantener la temperatura basal. Tal y como te pasa a ti.

Y con aquella última lección me fui a dormir.