ORÍGENES #2
—Y lo siguen siendo, fíjate bien. —Entonces Helena abrió ligeramente la boca para separar los dientes superiores e inferiores.
A pesar de que la luz ya era tenue, con el contraste de los dientes blancos contra el fondo negro de la boca, al fijarse, si que se apreciaba lo afilados que eran, aunque ahora no destacaban porque no sobresalían respecto de los demás dientes y pasaban desapercibidos.
—Dan el pego muy bien.
—Esa es la idea, pasar desapercibidos —apostilló Paty.
—¿Y es voluntario o solamente salen cuando los necesitáis?
—Depende. Hay quién los puede controlar, otros solamente los pueden usar cuando les hacen falta, por un acto reflejo.
—¿Y vosotras?
Entonces Helena se paró y se encaró conmigo sonriendo otra vez, con la boca entreabierta.
En ese momento vi como lentamente sus colmillos empezaban a crecer mientras se acercaba a mí, hasta que alcanzaron el tamaño que recordaba.
Di un paso atrás de la propia impresión.
Eso les hizo mucha gracia a las dos, que se rieron con ganas.
En el caso de Helena, verla riéndose con aquellos dientes, parecía hasta estrafalario.
Desde luego Helena era la más impulsiva de las dos y tenía un humor ácido y no apto para todos los públicos.
—¿Alguna cosa más que quieras saber? —preguntó Helena con cierto tono burlón.
—Por supuesto —respondí en un acto de valentía, mitad fingida para impresionar y mitad real.
A Helena aquella respuesta parecía haberla pillado un poco por sorpresa.
Parecía que esperaba que me callara después de haberme llevado aquella impresión.
Por el contrario, Paty iba caminando en silencio con una sonrisa disimulada.
Llegamos hasta las mochilas y empezamos a montar las tiendas como la noche anterior.
—Vuestros ojos.
—¿Qué les pasa?
—Dos cosas, cambian de color y parecen tener brillo propio.
—Quimioluminiscencia —soltó Paty del tirón.
—¿Y cuál es la utilidad?
—Comunicarnos entre nosotros. La luz es un signo de unos vampiros a otros y el cambio de color comunica estado de ánimo.
—Y el rojo es…
—En general, excitación. Por lo que sea, no solo en el plano sexual; que ya veo por dónde vas, aunque también.
En ese momento tenía una pregunta rondando en la cabeza, pero no sabía como formularla sin ser grosero.
—Entonces, por vuestros dientes, vosotras tenéis menos de quinientos años…
Se quedaron calladas.
—Ya sabéis a lo que me refiero, en especial Paty.
—Yo ochenta y cinco —dijo Helena.
—Yo ochenta —respondió Paty.
No sabía que decir. De hecho, en ese momento, no estaba seguro de que les hubiera sentado bien que les preguntara por su edad.
—Vamos, que ahora el pipiolo soy yo pero, ¿cómo es posible que Helena aparente ser más joven?
—Porque me transformé antes.
—¿Cómo ocurrió? Si quieres hablar de ello.
Entonces fue Paty la que habló.
—Ya sabes que somos de Macedonia y que nuestra madre murió hace años.
Asentí con la cabeza. Aquella historia ya me la había contado.
—Lo que no sabes es que a nuestra madre la mató un Errante.
—El mismo que me mordió a mí —dijo Helena enseñando el cuello por un lateral—.
Entró en nuestra casa y me atacó. Nuestra madre, al sentir el ruido, vino a nuestra habitación y, cuando vio aquello, se abalanzó sobre el vampiro para salvarme.
La distracción fue suficiente para que, aunque herida, pudiese ir a por Paty y pudiésemos huir. Pero nuestra madre no sobrevivió.
—Nos acogieron en una casa del pueblo y a Helena la atendió el médico, que no creía que una persona la hubiera mordido. Su obsesión era que la había atacado un animal que le había contagiado la rabia y por eso tenía fiebre.
—Un día yo ya no podía más y, para no matar a nadie, me escapé al bosque y cacé un viajero. Fue mi primera presa.
—Yo la seguí y no podía creer lo que estaba viendo.
Se comportaba igual que aquel individuo que entró en nuestra casa.
No quería dejarla sola e intenté hacerla entrar en razón, pero su sed de sangre era enorme y mis esfuerzos eran inútiles.
Vagamos por los montes y los caminos durante tiempo, malviviendo, eran tiempos duros y en aquella situación, peor.
—Estaba destinada a convertirme en una Errante, pero la suerte me acompañó. Una viajera había oído historias de un animal salvaje que atacaba a los viajeros, un espíritu sediento de sangre y muchas más historias que salen de la histeria colectiva.
Entonces continuó Paty.
—Esta viajera sabía distinguir la realidad de la ficción en los relatos y se pasó por la zona por dónde estábamos.
Helena la atacó pero, para sorpresa de las dos, apenas logró rozarla.
La viajera era tan rápida y fuerte como ella.
Además tenía un dominio y un control superiores.
Logró reducirla enseguida. Era Mina Harker.
—Sí. Gracias a ella pude encontrar un clan que me acogiera. Me dio un hogar y formación para llevar una vida plena y en paz.
—Yo las acompañé y conviví con ellas veintidós años hasta que nos descubrieron.
Entonces entraron en juego las famosas reglas y, como yo no quería que me mataran, solo tenía la salida de convertirme.
Helena lo hizo, yo tenía treinta y cinco años, por eso, a pesar de ser más joven, aparento ser mayor.
—Y la historia puede repetirse… —dijo Helena casi inaudible.
Ya habíamos montado las tiendas cuando acabaron de contarme su historia, cené en silencio con ellas dos mirando y al acabar me acosté, estaba agotado. Paty y Helena se metieron también en su tienda.