ORÍGENES
Al día siguiente por la mañana, Paty me despertó.
—Venga, tenemos que ponernos en marcha.
Me levanté y desayuné, Paty y Helena recogieron las tiendas y yo mis pertenencias. Al acabar, cargamos las mochilas y bebimos, yo agua, y mis dos compañeras bebieron de un termo que llevaba Helena. Creía saber lo que había en él.
Nos pusimos en marcha otra vez a través de los árboles, esta vez no volvimos al sendero.
Ya era casi mediodía cuando habíamos dejado atrás el bosque más espeso y los árboles comenzaban a estar dispersos.
Al final salimos a terreno despejado, entonces viramos y continuamos bordeando la zona de árboles y nos dirigimos hacia una loma donde pequeños peñascos emergían de entre los arbustos.
Helena y Paty iban buscando las sombras de los árboles del límite del bosque, evitando lo máximo posible las zonas soleadas. Ascendimos por un sendero tortuoso hasta la cima. Allí se encontraba una pequeña mata de árboles frondosos.
Cuando llegamos, el sudor corría por mi frente y mi cara. Tiré la mochila y me senté con la espalda contra un árbol, a la sombra. Paty y Helena se sentaron también a la sombra. Nos quedamos un rato descansando, por primeraa vez parecía que ellas empezaban a mostrar signos de cansancio.
Bebí nuevamente y cuando me repuse algo, empecé a disfrutar de las vistas.
Desde aquel punto elevado se podían contemplar los valles y las colinas hacia el norte y hacia el sur la vasta llanura y unas montañas difuminadas al fondo.
Hacia el oeste se veían campos sembrados.
Los distintos tonos de cada cultivo, verdes más claros y oscuros, amarillentos en algunos casos por la época del año, creaban un enorme mosaico que se podía apreciar con claridad desde la altura.
Diseminadas entre los sembrados se encontraban algunas casas, empequeñecidas por la distancia y el tamaño en comparación con la extensión de la tierra que las rodeaba.
El lugar estaba silencioso y tranquilo, solamente se oían los pájaros y el rumor del viento en las copas de la mata arbolada. Me levanté y me desperecé. Pero me volví a sentar, estaba molido luego de semejante caminata.
Descansé otro poco y entonces me di cuenta de que tenía un hambre voraz. Encendí nuevamente un fuego, desempaqueté los víveres de mi mochila y me puse a cocinar algo. Me apetecía algo caliente. Mientras comía me fijé que Paty y Helena seguían sentadas a la sombra.
—¿Vosotras no coméis?
—No, no nos hace falta alimentarnos todos los días.
Resultaba bastante evidente de que mi curiosidad no estaba todavía saciada, así que Paty prosiguió:
—Podemos pasar una semana sin ingerir nada excepto agua después de un día provechoso como el de ayer. Solo unos tragos de vez en cuando nos bastan para mantenernos satisfechas.
Asentí conforme, ahora las cosas cuadraban mejor.
Cuando acabé de comer, con el cansancio y la pesadez, me dispuse a dormir una pequeña siesta, estaba rendido.
Al despertar, Paty y Helena ya no estaban donde estaban antes. Paty se encontraba al lado de una roca escribiendo. Helena, en cambio, se había llevado un bloc y estaba pintando el paisaje.
Me desperecé y me acerqué a Helena a observar su trabajo. Todavía era pronto para vislumbrar algo completamente reconocible.
—¿Qué estás pintando?
—El paisaje.
—Y qué tal vas? Es que yo de pintura no entiendo.
Helena sonrió.
—Más o menos. Ya se verá cuando esté acabado.
No quería molestarla en su trabajo, así que me fui hasta junto de Paty.
—¿Puedo? —pregunté.
—Sí.
Me asomé por encima del hombro y observé que estaba escribiendo unos versos. Deduje que la poesía que había encontrado en su salón era de ella.
—Veo que os gustan las artes. A mí no es que se me den demasiado bien.
—El tener mucho tiempo te permite cultivarte en muchos campos y hacer muchas de las cosas que te gustan y, ya se sabe, la práctica hace al maestro.
—Encontré un poema tuyo en una hoja suelta el otro día en el salón.
—¿Cuál era?
Entonces le repetí algunos versos de los que me acordaba.
—No es mío.
—Pensé que sería tuyo, como ahora estás escribiendo…
—Es de mi madre. Pensé que lo había perdido, se lo había dejado en una visita y se lo estaba guardando.
—¿Tu madre adoptiva?
—Sí.
—¿Viene mucho a veros?
—De vez en cuando.
—¿Y es…?
—Sí, también es vampiresa. ¿Sabes quién es Mina Harker?
—Me suena el nombre. ¿No era del libro Drácula de Bram Stoker?
—Esa misma.
—¿Es real? —Aquello sí que me había pillado por sorpresa.
—Desde luego. La historia está distorsionada, pero ella existe.
—Entonces tendrá cerca de ciento cincuenta años.
—Más o menos.
—Pero recuerdo que la historia dice que cuando Van Helsing, Jonathan y Mina matan a Drácula la maldición se revirtió y Mina volvió a su estado original.
Paty negó con la cabeza.
—No es una maldición, ya te lo dije, y no hay vuelta atrás. Cuando matan a Drácula, Mina sigue como vampiresa y así ha sido hasta hoy en día.
—¿Y por qué la historia es distinta?
—Para Jonathan fue muy duro que su esposa Mina acabara convirtiéndose en vampiresa. Nunca pudo aceptarlo. Así que Stoker contó la historia con el final que ambos deseaban.
—¿Se conocían él y Stoker?
—Van Helsing es el nombre en clave de Stoker en la novela. Ambos eran amigos y Stoker contó la historia.
—Entonces Stoker cazaba vampiros.
—Sí, era bastante temido; y luego él y Jonathan fueron especialmente notables luego de matar a la Condesa.
—¿Condesa?
—Sí, eso he dicho. —Ante mi extrañeza Paty se detuvo un momento hasta que vio lo que pasaba—. ¡Ah! Ya veo lo que te pasa. Drácula no era un hombre sino una mujer, la condesa de Drácula.
—Pero entonces, ¿por qué en la historia aparece como un hombre?
Paty cogió aire, daba la impresión de que la historia iba a ser larga.
—Empecemos desde el principio. La condesa era vampiresa y lesbiana.
Se encaprichó de Mina y se propuso convertirla y enamorarla.
Para eso hizo un ritual antiguo. Le dio a beber a Mina su propia sangre, creyendo que así Mina se enamoraría de ella por un proceso que se cree que existe en los vampiros.
La cuestión es que no funcionó y cuando Jonathan se dio cuenta contactó con Van Helsing para que le ayudara.
Ambos, creyendo en otra antigua leyenda, se propusieron matar a la condesa.
Según la leyenda, todos los convertidos por ella volverían a su estado original.
Sin embargo, tampoco funcionó. Mataron a la condesa, sí; pero Mina siguió como vampiresa hasta nuestros días, y así seguirá hasta su muerte.
Pero Jonathan no pudo aceptar aquello. Nunca quiso convertirse a pesar de la insistencia de Mina.
Él siempre rechazó a los vampiros y, finalmente, murió de viejo.
Por otro lado, Stoker se decidió a contar la historia, con ciertos matices para que fuera aceptada por la sociedad y las clases gobernantes de la época.
Eran otros tiempos y una historia de una vampiresa lesbiana le podría buscar problemas.
Así que la salida más fácil era convertir a la condesa en conde y, para que fuera mejor aceptada, le puso un final que él consideró feliz.
Me quedé un rato asimilando todo aquello. Mientras, Paty seguía escribiendo con fuerzas renovadas. Entonces decidí no molestarla más, notando como ella agradecía ese gesto. Lo que no sabía muy bien era lo que podía hacer con el tiempo que tenía.
Me desvié un poco y me propuse explorar la zona, sería entretenido. No tenía muchas ganas de caminar luego de todo lo que habíamos andado las últimas veinticuatro horas pero, aún así, decidí dar un paseo por los alrededores. Sin mochila me cansaría menos.
Caminé unas horas, haciendo descansos, observando el entorno.
La loma por la parte de atrás era menos empinada y las vetas de los peñascos seguían la pendiente de forma que no eran tan prominentes y formaban pequeñas isletas de roca desnuda entre la vegetación.
Al fondo comenzaban otra vez los campos.
Se seguían pudiendo ver las casas y los almacenes de los agricultores.
Por este lado en el horizonte no se veían ya montañas, la llanura era enorme.
En el cielo, donde se separaban cielo y tierra, unas pocas nubes se teñían de un tono rojizo por la parte de abajo.
El sol se estaba poniendo en el ocaso y la luz incidía en ellas por su lado inferior.
Estuve observando la puesta de sol hasta que los últimos rayos desaparecieron. Entonces me puse de pie y volví al campamento. Cuando llegué, Helena seguía pintando y Paty estaba a su lado.
—Ya has vuelto —dijo Paty—. ¿Te ha gustado el sitio?
—No está mal.
Helena seguía enfaenada.
—¿Cómo vas? Con tan poca luz te va a salir mal.
—¡Ya está! —anunció Helena.
—¿Ya has acabado? —pregunté extrañado.
—No, por hoy no quiero pintar más —dijo con tono jovial y se giró con una gran sonrisa.
—Una cosa que llevo dándole vueltas desde el otro día. O yo vi mal, o tenías unos colmillos imponentes, pero hoy no veo nada.
Paty y Helena se rieron.
—¿Qué pasa? ¿Te asustaron? —se burló Helena.
Podía notar como a Paty aquello le hacía gracia.
—Son retráctiles —aclaró al fin.
—Pensé que estaban siempre en “posición de ataque”.
—En realidad esta es una habilidad reciente —aclaró Helena.
—¿Cómo que reciente?
—Hace unos quinientos años que se adquirió y empezaron a aparecer casos. Hoy en día casi todo el mundo los tiene así. Pero los que tienen más años siempre los tienen salidos.
—Sí, a los de dientes retráctiles se nos reconoce nuestra juventud por eso. Somos “jovenzuelos impulsivos” —dijo Paty con su característico tono sarcástico.
—Quinientos años no son pocos.
—Míralo en perspectiva, comparados con cinco mil, somos unos pipiolos.
Nos pusimos a andar hacia las mochilas. Y yo retomé el tema.
—Pero el otro día eran muy afilados.