PASEO POR EL BOSQUE
La siguiente semana fue una más dentro de la nueva realidad del equipo de trabajo. Katerina seguía deprimida y ante mi pregunta de si le apetecía hablar de algo, simplemente negó con la cabeza. Estaba cerrada en sí misma con sus preocupaciones.
La semana transcurrió rápido y el jueves realicé una nueva llamada a Paty, que esta vez, sí contestó. Acordamos una nueva escapada. Pero esta vez con intención de cruzar el bosque como me había dicho en nuestro primer paseo.
—Vamos a acampar. Ven preparado, las tiendas las llevamos nosotras —me dijo cuando le mostré mi escepticismo sobre lograr hacerlo en un día. Acordamos salir al día siguiente temprano por la tarde para aprovechar el tiempo al máximo.
El viernes por la tarde, ya con toda la equipación, volví a la parada donde habíamos quedado el primer día. Allí estaba Paty, esperando, nos saludamos y me indicó el camino hacia el coche.
Al llegar junto al coche metí mis cosas en el maletero y, cuando iba a entrar, vi que Helena estaba en el asiento del copiloto. Así que entré en la parte trasera.
Me senté y la saludé.
—Al final vienes con nosotros —dije.
—Más bien vienes tú con nosotras —dijo girándose con una sonrisa amable en la cara. No acaba de acostumbrarme a aquella cara dulce y su expresión suave después de nuestro primer encuentro.
Paty también entró y nos pusimos en marcha. Fuimos hasta el mismo lugar que la otra vez que había ido con Paty. Nos bajamos y nos pusimos en marcha.
Paty y Helena llevaban unas mochilas voluminosas comparadas con la mía. Sin embargo, a pesar de lo pesadas que parecían, seguía sin ser capaz de aguantarles el ritmo.
Enseguida nos desviamos de la ruta que habíamos seguido el otro día.
Este sendero era más estrecho y tortuoso.
Por suerte para mí, ellas iban delante y ahora iban algo más lentas, así que ya me era más fácil seguirlas.
Caminamos durante horas, hasta que, cuando el día empezaba a oscurecer, Paty detuvo la marcha.
—Debemos parar —Helena parecía sorprendida—. Es casi de noche y Arturo necesita descansar. —Aclaró.
—Sí, la verdad es que lo agradezco. —Estaba agotado y tenía ganas de parar un poco.
Nos apartamos del camino hasta un a zona donde los árboles estaban algo más distanciados aunque, aún así, no se veía el cielo. Las copas se juntaban cubriendo todo. Parecía un lugar reservado y acogedor después de todo.
Descargamos las mochilas y Paty y Helena sacaron las tiendas mientras yo adecentaba un poco el suelo.
Cuando acabé las montaron y yo me descalcé.
Tenía ganas de librarme de las botas por un momento y que me diera el aire en los pies.
Al principio notaba el suelo frío pero enseguida me acostumbré.
Más tarde me volví a calzar aunque, con la hierba pequeña y las hojas del otoño anterior, el suelo estaba mullido y casi no hacía daño.
Di una vuelta explorando un poco mejor la zona y el entorno, era un bosque muy tupido y no se podía ver a grandes distancias a causa de los árboles. Me volví a nuestro campamento improvisado. Paty y Helena estaban al lado de las tiendas, también descalzas.
—Tú dormirás aquí —dijo Paty señalando una de las tiendas—. Y nosotras dormiremos juntas.
—De acuerdo.
Entonces abrí mi mochila buscando algo de comer. Decidí que me asaría un poco de bacon y me haría una ensalada, necesitaba reponer fuerzas. Así que fui buscar una poca leña para encender un fuego. Además, estaba seguro de que más entrada la noche lo necesitaría.
Regresé con la leña y preparé un sitio para hacer una pequeña fogata, me busqué un palo para pinchar la panceta y asarla y encendí el fuego. En ese momento Paty y Helena que estaban merodeando por allí se dirigieron hacia mí.
—Nosotras nos vamos a cazar —dijo Helena.
A lo que Paty aclaró, ante lo que estaba seguro que era mi cara de estupefacción y mis pensamientos aprehensivos:
—Tranquilo, aquí hay muchos animales salvajes. No vamos a por humanos.
Entonces se dieron la vuelta y con una velocidad pasmosa y, casi sin hacer ruido, desaparecieron entre los árboles. Era increíble lo silenciosos que eran sus pasos.
Yo seguí pendiente de mi cena. Me preparé la ensalada y cuando el fuego amainó un poco, me puse con el asado.
Mientras tanto notaba como la presencia de Paty en mi cabeza se iba diluyendo hasta hacerse prácticamente imperceptible.
Según iba asando iba colocando los trozos en un tupper que tenía al lado.
Acabé y eché unos troncos más a las brasas, eso hizo que comenzara a salir humo que me picaba en los ojos.
Por suerte escogí troncos secos que se prendieron enseguida.
La verdad es que en ese momento con la oscuridad ya casi necesitaba la luz del fuego para ver.
Me puse a comer y, en un momento, noté cierto nivel de alerta y de impaciencia, esperé unos instantes a ver qué pasaba.
Entonces a lo lejos se escuchó un berrido.
Paty y Helena debían haberse cobrado su presa, poco a poco recuperé mi estado de ánimo habitual.
A pesar de que no percibirla las emociones más intensas de Paty, parecía que se colaban en mi mente a mayor distancia de la normal.
Entonces, en aquel momento, solo y en la oscuridad pensando que pasaría la noche con las dos, comenzaba a creer que no era demasiada buena idea.
Esperemos que vengan saciadas y no se interesen en mí.
Acabé de comer, limpié los cacharros y los guardé. Cuando terminé me senté en el suelo arrimado a una varilla de la tienda a esperar por ellas. Solo y en silencio, comencé a dormitar.
Una de las veces que desperté miré para el fuego.
Ya casi se había extinguido. Así que me incorporé para agarrar más troncos y echárselos.
Entonces en ese momento, entre los árboles, con las últimas llamas del fuego, brillaron un par de ojos.
Aquello me llamó la atención. Paty y Helena debían haber llegado, pero entonces me di cuenta de otra cosa.
Podría ser Helena, pero Paty, no; la sentía lejos todavía.
Sería un animal salvaje entonces pero, ¿cuál? Los ojos estaban muy juntos y a gran altura, lobo o ciervo no era. Podría ser un oso puesto de pie, pero para eso quizás era demasiado bajo y no hacía tanto ruido como para serlo.
En ese momento estaba inmóvil, con la vista fijada en aquellos ojos que relumbraban como dos faroles en la distancia cuando, de repente, la cabeza se giró y desaparecieron.
Todo aquello no me gustaba, el animal tenía la vista a gran altura y apenas hacía ruido.
Podría ser quizás una lechuza. Entonces pensé que quizás podía acercarme más a ver.
Me separé del fuego y cogí el cuchillo que tenía al lado y una linterna.
Me tenía que haber traído algo más útil para defenderme —pensé.
Me mantuve en las sombras con la linterna apagada. Si estaba cerca de una fuente de luz o encendía la linterna sería muy visible para lo que estuviera agazapado en la oscuridad. Además, así mis ojos se adaptarían a la penumbra y vería mejor.
Paty notó mi intranquilidad. Noté como se preocupaba y aceleraba el paso.
Cada vez estaba más cerca, se aproximaba a gran velocidad.
Entonces, un ruido suave y, por un borde del claro, aparecieron otros cuatro ojos relucientes.
Me puse de espaldas contra la tienda en guardia con el cuchillo en ristre. Los ojos dieron paso a dos figuras.
—¿Qué te pasa? —preguntó una de ellas. Era Paty.
Respiré aliviado. En ese momento reparé que a ellas también les relumbraban los ojos por el fuego.
—Vuestros ojos…
—¿Qué les pasa? —ahora la que hablaba era Helena.
—Relucen al darles la luz, como los de los animales nocturnos.
—Sí, claro, es el mismo mecanismo. Para poder ver mejor en la oscuridad.
—Helena. ¿Te has acercado por aquí antes que Paty? —pregunté.
—No, hemos estado todo el tiempo juntas.
—Entonces… —Pero Paty no me dejó acabar la frase.
—¿Qué has visto? —Parecía preocupada—. No consigo distinguirlo.
—Es que yo tampoco lo distinguí en la oscuridad. Y por la altura y la proximidad de los ojos estoy empezando a pensar que era… —entonces susurré—. Un vampiro.
—Eso no es muy probable. Esta zona es nuestra y por aquí no suelen venir, ni siquiera los de nuestra zona —dijo Helena.
—A no ser que sea un merodeador —replicó Paty—. Arturo ha visto algo, lo puedo percibir, pero su vista no es demasiado buena y no sé lo que es. ¿Por dónde lo viste?
Señalé con la mano hacía donde había unos instantes había visto los ojos.
Fuimos todos hacia allí, yo flanqueado por las dos chicas, hasta que llegamos junto al árbol. Entonces, las dos chicas empezaron a olfatear el aire y luego el árbol para acabar agachándose y oliendo la tierra.
—Efectivamente, aquí estuvo alguien —sentenció Helena.
—Sí, pero por el olor era humano —añadió Paty.
—¡Imposible! Sus ojos reflejaban la luz. No podía ser humano —dije.
—El olor es humano —insistió Paty.
—¿Seguro? ¿No podría ser otra cosa?
—No, a no ser que esté sembrando olor humano a posta… Esto podría ser peligroso. Volvamos a las tiendas, nosotras haremos guardia a relevo. Yo hago la primera —dijo Paty.
—Yo no percibo amenaza ninguna de momento —dijo Helena.
—Espero que tu sexto sentido funcione conmigo. —Todo aquello me resultaba extraño y no tenía demasiada confianza.
—¡Cuidado! —Helena me pegó un empujón que casi me tira.
—Sí que funciona —sentenció Paty mientras su puño pasaba rozándome. Había intentado darme un golpe en la cara sin que Helena ni yo la viéramos.
—Pues sí, sí que funciona. Pude sentir como estabas en peligro. Mi suposición de que también tenía vínculo de protección contigo era cierta.
—¿Y no había otra forma de averiguarlo? —pregunté mientras me recomponía.
Paty se encogió de hombros.
—Esta era más rápida.
Helena sonrió, parecía que todo aquello la divertía.
—¿Y tú no percibes nada? —pregunté a Paty. Sus dones serían efectivos en ese momento.
La chica se paró con la cabeza erguida y cerró los ojos mientras inspiraba por la nariz. Se quedó así unos instantes hasta que respondió.
—Si había algo por aquí aparte de nosotros, que no fuera un animal, ya está demasiado lejos para notar su presencia —entonces expiró, miró a los lados y concluyó—. Decidido, haremos guardia por si acaso.
—Pero también tendréis que dormir, ¿no?
—Tranquilo, a nosotras no nos hace falta dormir tanto.
Volvimos a las tiendas y al llegar tiré otros pocos troncos al fuego. Se encendió otra vez y con la luz vi que Helena y Paty volvían a tener las comisuras de la boca y la barbilla manchadas de sangre.
—Deberías limpiaros la cara.
—Es cierto.
Se fueron por un poco de agua para limpiarse y cuando acabaron les dije bromista.
—Ahora ya dais menos miedo. Espero que no os hayáis quedado con hambre.
Helena se rio.
—Tranquilo fue buena caza.
Paty estaba en silencio, pensativa.
—Sí, pero tuvimos que andar bastante. Normalmente hay más abundancia por aquí.
—Eso es cierto —coincidió Helena—. Tardamos en coger un rastro y no encontramos muchos más.
Entonces me metí en la tienda, Helena hizo lo mismo en la suya y me puse a dormir. No pude conciliar un sueño muy profundo y me desperté varias veces durante la noche.