Sálvame de tiempo. CRIATURAS EXTRAORDINARIAS #3
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CRIATURAS EXTRAORDINARIAS #3

—No seas avariciosa, llega para las dos.

—No le hagas daño.

Decían mientras forcejeaban. En esa situación y sin saber qué hacer vi una mesita pequeña de recibidor.

Le di la vuelta, le arranqué una pata y me dirigí con cautela hacia la pelea.

En ese momento Paty estaba por debajo de la otra chica y parecía que estaba en apuros.

Entonces, golpeé a su adversaria con todas mis fuerzas por la espalda, entre los hombros.

El impacto fue duro y la vibración se transmitió por la pata de la mesa hasta mis manos haciéndome daño en ellas y dejándomelas casi adormecidas.

La mujer aulló de dolor y con un giro rápido me soltó un zarpazo que me dio en el costado cerca de la herida.

Me caí al suelo otra vez, bajo un dolor insoportable.

A mi espalda los gritos seguían. Paty había aprovechado la distracción para tomar la posición dominante en la pelea.

A duras penas me levanté y vi que una señora iba caminando por el rellano.

Fui hasta la puerta como pude antes de que llegara y viera el espectáculo.

Llegué hasta el arco y, viendo que la mujer me miraba, le dije con voz entrecortada y mi mejor cara posible

—Los gatos… Ya se sabe…

Cerré la puerta y volví a la carga con lo poco que podía. Paty tenía sujeta a la joven, que estaba en el suelo con el pelo enmarañado y cara furiosa.

—¡Déjalo en paz, es amigo mío! ¡Te prohíbo hacerle daño!

Entonces levanté la pata de la mesa para asestar otro golpe, esta vez decidido a hacer un daño mortal, cuando Paty soltó una de las manos de la chica y agarró mi brazo haciéndome daño otra vez.

—¡Y tú, para quieto también! ¡Me habéis destrozado la casa!

Me soltó el brazo y se me escapó un quejido. Dejé caer la pata y me agarré el antebrazo con la otra mano por donde me había agarrado.

Paty se levantó, y la chica, más sosegada, hizo lo propio. Sus ojos recuperaban poco a poco su castaño normal.

—Perdona —se disculpó. Ya no había rastro de aquellos colmillos mortales—. Pensé que eras su comida. —Entonces miró a Paty—. ¿Cómo que amigo? ¿De qué va esto? No me habías dicho nada.

Paty entró en la cocina y esquivando los cacharros rotos cogió uno de los pocos vasos intactos que quedaban, lo llenó de agua y se tomó una pastilla de una caja que traía en el bolsillo de la chaqueta.

Luego salió y comenzó a andar hacia el salón, los dos la seguimos, yo el último.

No estaba muy seguro de lo que podría pasar allí.

—Deberías mirarte esa herida —dijo Paty. Yo pensé que era por la puñalada que le había dado a Helena pero, para mi sorpresa, tenía la blusa manchada de sangre, pero el cuchillo no estaba y la piel parecía, aunque muy enrojecida y con un costurón, sana de nuevo.

—Déjame ver —dijo la nueva chica dirigiéndose a mí—. No te voy a hacer nada. —Intentó tranquilizarme al ver que daba un paso atrás—. Soy médica.

—Es mi hermana Helena. Es doctora en el hospital —me tranquilizó Paty.

Entonces me di cuenta que la herida preocupante era la mía. En el jersey había una mancha roja del tamaño de una nuez. Levanté el jersey y en la camiseta era del tamaño de una pelota de tenis.

Me levanté la camiseta y vi como el parche que me había puesto el médico la noche anterior se había despegado y estaba empapado en sangre. No me había dado cuenta por la adrenalina, pero la herida debía haber vuelto a abrirse.

—Túmbate —ordenó Helena señalando el sofá.

Así lo hice, aunque sin mucha confianza.

Pegué un sorbo entre los dientes cuando sus manos frías rozaron mi piel. Retiró el parche y examinó la herida. Yo me incorporé un poco para mirarla también.

—No mires, a ver si te vas a desmayar —me advirtió Helena.

—No creo, estoy acostumbrado a verme mis heridas —repliqué.

Helena esbozó una sonrisa. Aquel cambio de actitud me resultaba chocante y artificioso. Era increíble que aquella chica tierna y esmerada fuera la misma que había desatado semejante tormenta de salvajismo hacía unos escasos minutos.

Helena examinó la herida y sentenció.

—No se te han soldado los puntos, solo uno en la esquina está un poco rasgado. Pero no hace falta coser de nuevo, lo arreglaremos con unas tiras de aproximación. Vuelvo enseguida. —Entonces se fue y regresó con una caja en la mano y utensilios de enfermería.

En una gasa impregnó un poco de antiséptico y me limpió la herida, la secó y colocó las tiras de aproximación en el borde donde la piel se había separado. Luego, con otra gasa y poco de esparadrapo la cubrió de nuevo.

—Ya está, de esta no te vas a morir.

—Perdona por lanzarte el cuchillo.

Helena se rió.

—No pasa nada —Entonces retiró la tela de la blusa hasta el hombro, su piel ya estaba más blanca y apenas se veía la cicatriz—. Tienes buena puntería, pero deberías mejorar para la próxima. Aunque no esperaba que tuvieras tanta determinación para defenderte.

Ahora dirigiéndose a Paty que estaba sentada en frente le preguntó.

—Y bien. ¿Me dirás ahora qué está pasando aquí? ¿Por qué hay un humano peleón con un corte en el costado en casa, por qué huele que apesta a sangre descompuesta y por qué estás tú embadurnada hasta las orejas.

—Me he indigestado —respondió Paty escueta.

—Eso explica la pastilla y el terrible olor, pero no el resto.

—Anoche salí de caza.

—Sabes que eso es peligroso. ¿Y éste? —dijo señalándome a mí.

—Le atacó mi presa.

—Y tú le defendiste.

Paty negó con la cabeza.

—Más bien me vengué.

Helena se quedó boquiabierta.

—¿Cómo que te vengaste? ¿Tú sabes lo arriesgado que es eso? Sabes perfectamente que no interferimos con nuestra naturaleza tomando parte en la relaciones entre humanos.

—Lo sé… Fue una excepción.

—Hace un tiempo que tenemos trato. —Intervine yo tratando de suavizar el ambiente.

Entonces un sentimiento de alarma me llegó desde Paty. Había hablado de más.

—¿Cómo desde hace un tiempo? ¿Lo sabía?

—No, lo descubrió anoche por casualidad —contestó Paty con aparente tranquilidad,

—¿Y cómo llegó hasta aquí?

—Otra casualidad.

—Me estás ocultando cosas otra vez, Paty. Espero que no nos pongan en riesgo. Sabes las normas y son muy claras.

Era evidente de que Paty no solo me ocultaba cosas a mí. Aquello me incomodaba, Paty sabía más de lo que decía y su información nos afectaba a todos presumiblemente. Pero ella se la reservaba.

Nos quedamos todos en silencio. Paty parecía mucho mejor, la sentía más animada y sin malestar. Así que decidí romper el silencio.

—En fin, quizás me debería ir.

—Ah, no, no, no. Tú no te vas a ninguna parte, al menos de momento —cortó Helena.

—Helena… —empezó Paty.

—¿Por qué? —pregunté extrañado.

—Solo hay dos formas de terminar un encuentro con un vampiro si descubres su secreto. —Hizo una pausa y me miró—. Muerto o transformado.

—No, Arturo no morirá ni se transformará —saltó Paty.

—No hay más opciones, recuerda las reglas. Podrían acusarnos de comportamiento impropio o, peor aún, de comportamiento negligente y de revelación de secretos. En el mejor de los casos nos encerrarían unas décadas.

—Hay más opciones.

—No, no las hay.

—No quiero matarlo ni transformarlo, está bien así.

—¿Y si revela nuestro secreto y deja a la comunidad expuesta? ¿Sabes lo que pasaría?

—Lo sé. Pero no lo ha hecho todo este tiempo y no lo hará, es… Un rarito, siente curiosidad y se preocupa por nosotras, no nos traicionará. Y yo no quiero hacerle daño.

—¿Por qué te preocupa tanto?

—¡Porque es el único que me ha hecho sentir viva y feliz en las últimas décadas!

—saltó Paty alterada, a punto de llorar.

Sus emociones me contagiaban a mí también y apenas podía contener las lágrimas también—.

Estoy harta de creídos y presuntuosos que solo saben hablar de lo buenos que son cazando o como chillan sus presas, de divas que solo se preocupan de si llevar diamantes en el collar porque hacen juego con los colmillos o rubíes porque combinan con los ojos.

Son todos unos fantoches que siempre hablan de lo mismo y estoy harta de tantas tonterías.

Quiero tener cerca de mí personas que hablen de la vida, de los misterios de la existencia, gente que me llene por dentro y me ayude a llevar los largos años, no loros de repetición contando la misma historia día tras día.

Se paró sollozando, las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Vale, de acuerdo. Espero que sepas lo que haces —cedió Helena.

Paty se secó las lágrimas y nos quedamos otra vez en silencio.

Quizás esa era la razón de la simpatía de Paty.

Se sentía sola y aislada en su mundo y necesitaba conectar con otras realidades para dejar a un lado esa saturación.

La entendía perfectamente. Algo así me pasaba a mí, necesitaba nuevos estímulos en mi vida, aire fresco, conocer nuevas realidades.

Aunque, tan peligrosas, quizás ya era pasarse de la raya.

Seguimos un momento en silencio y entonces me di cuenta de que tanto Paty como Helena tenían la ropa hecha girones de la pelea, estaba tan impactado por lo que había pasado que se me había pasado desapercibido.

—Quizás os deberíais cambiar de ropa, ¿no? —sugerí—. Y quizás una ducha. —Dije refiriéndome a Paty.

Las dos se miraron la ropa. Helena tenía el cuello del jersey rasgado y los botones superiores de la blusa desprendidos dejando ver su escote.

Paty en cambio tenía rasgado el pantalón y, al sacarse la chaqueta, vi que también tenía el lateral de la camiseta, por donde se asomaba un pecho al no llevar sostén.

Desde luego aquellas últimas horas habían sido las más extrañas de mi vida. Casi me habían matado dos veces, vi a un vampiro cazar en primera persona, a otros pelearse, casi me cazan a mí y todo aderezado con espectáculo erótico y todo.

—Es cierto, estamos hechas unos guiñapos —concedió Paty.

Ambas se levantaron y salieron del salón dejándome allí solo.