CRIATURAS EXTRAORDINARIAS #2
Paty se llevó la mano a la cabeza y se sentó en el sofá. Me senté a su lado y le pregunté, preocupado por la sensación de malestar que percibía en ella.
—¿Estás bien? ¿Te pasa algo?
—No.
—No sabía que los vampiros vomitarais.
—Me he indigestado.
—¿Y eso por qué?
—Porque anoche no quedé saciada, pero no quiero atacar a nadie. Así que llegué a casa y arrasé la nevera de la ansiedad, como viste. Me pasé y ya está, me empaché.
Aquello me pilló descuidado.
¿Indigestada? ¿Y qué se supone que hace un vampiro indigestado? ¿Tomar sal de frutas? —Aquella ocurrencia casi me hace gracia a mí mismo.
Paty soltó un bufido divertido y una carcajada.
—Desde luego. Tienes cada cosa… Hasta en los peores momentos se te ocurre alguna gracia absurda.
Los dos nos echamos a reír a pesar de lo disparatado de la situación, relajando el ambiente.
—Ahora en serio. ¿En qué te puedo ayudar? ¿Qué quieres para la indigestión?
—Nada, tengo que bajar a la farmacia.
—Explícame eso mejor, porque no creo que en la farmacia vendan productos específicos para indigestiones vampíricas.
—No, pero cualquier anticoagulante ayuda.
—Pero eso va con receta.
—Hay productos que tienen efectos anticoagulantes que no la requieren y son de consumo habitual.
—Ácido acetilsalicílico…
—Exacto. Veo que no estás dormido del todo. Además me vendrá bien para el dolor de cabeza —Se levantó—. Espérame aquí un momento que bajo y enseguida vuelvo.
—Pero vístete —le dije al ver que iba dispuesta hacia la puerta.
—A eso voy, relájate.
Según iba caminando descalza de espaldas no pude resistir la tentación de mirar sus muslos y después un poco más arriba.
La camiseta le cubría casi hasta el fondo de los glúteos, dejando entrever sus braguitas y el pliegue que hacía su piel en el fondo de las nalgas.
Aquella visión me resultaba muy sensual y me paré un momento a contemplarla.
—Esos ojos, que se nos van.
Aquel comentario me dejó cortado e hizo que me ruborizara.
Se me olvidaba a menudo que Paty percibía lo que se me pasaba por la cabeza.
Me sentía avergonzado y aparté la mirada.
Sin embargo, a ella también se le debía olvidar de vez en cuando que yo podía percibir sus emociones, porque no hacía nada por ocultarlas y, en ese momento, no la percibía para nada molesta.
Más bien divertida y complacida por sentirse atractiva y deseada.
Al poco rato volvió con unos pantalones y una chaqueta con la capucha puesta.
—Pero dúchate, si vas así parece que vas a atracar la farmacia y te pueden descubrir toda enfoscada de sangre.
—Es un momento, nadie notará nada.
Yo seguía sin estar para nada seguro. Aquello era muy arriesgado.
—Enseguida vuelvo. —No parecía dispuesta a esmerarse más en disimular. Estaba bastante seca y cortante.
—Espera. ¿Dónde tienes las cosas de limpiar? A la cocina no le vendría mal una pasada.
—Déjalo, es igual.
—En lo que vuelves, para hacer más corta la espera.
Paty dudó un momento.
—En ese armario de ahí —dijo señalando un armario que había enfrente de la puerta de la cocina, al otro lado del pasillo.
La acompañé hasta la puerta, ella se fue y yo abrí el armario. Cogí una fregona, un cubo y una bayeta. Ya veríamos si me hacía falta algo más.
Abrí la puerta de la cocina, el olor era asqueroso.
Fui hasta la ventana y la abrí. Entonces empecé por ir al baño y coger agua en el cubo para empapar la sangre del suelo.
Luego recogí las bolsas y, finalmente, con agua limpia, repasé lo que quedaba.
Antes de la pasada final me puse con la bayeta a limpiar las salpicaduras que veía en los muebles, la nevera y las patas de una mesa que había en el centro de la cocina.
Durante este tiempo la presencia de Paty se iba desvaneciendo hasta que llegó un punto que ya no se atenuaba más. Debía haber llegado a la farmacia ya. Era cierto que no estaba muy lejos. Me iba a dar tiempo de limpiarlo todo antes de que regresara.
Tiré las bolsas de sangre a la basura y di la última pasada al suelo. Limpié los utensilios y volví a guardar todo en el armario. Paty se acercaba, ya debía de haber acabado.
En ese momento que estaba cerrando el armario, una llave se introdujo en la cerradura y, con un chasquido al saltar el picaporte, se abrió la puerta. Detrás de ella apareció una muchacha de unos veintipocos años, calculaba yo a ojo. Llevaba ropa de calle y una pequeña mochila a la espalda.
Era algo más alta que Paty y su fisionomía era igual de menuda. Sus rasgos faciales eran similares, únicamente que ésta tenía el pelo castaño claro y sus ojos eran de color avellana.
En ese momento me quedé paralizado por el miedo. Podría ser su hermana Helena y si era una vampiresa como Paty, cosa que sospechaba por sus rasgos, y no sabía nada de mi existencia, podría acabar convirtiéndome en su desayuno.
La chica se quedó parada sin flanquear la puerta, tan sorprendida como yo. Pero ella se recompuso antes.
—¿Tú quién eres? —preguntó.
Amontonado por la situación apenas balbuceé.
—Soy… un amigo… de Paty.
—¡Ah! Se ha traído el desayuno a casa —dijo esbozando una sonrisa macabra y perversa.
—No, te equivocas… Nos conocemos de hace tiempo… —Empecé a recular, creía saber perfectamente lo que eso significaba.
A través de mi conexión con Paty vi como ella sentía lo que estaba pasando, y venía a toda prisa presa de un ataque de pánico. Pero estaba demasiado lejos para ayudarme en ese momento.
—Tranquilo. Le dejaré algo a ella también.
Comenzó a caminar hacia mí y se sacó la mochila de la espalda. Yo seguía caminando de espaldas hacia la cocina con intención de coger un cuchillo y mantenerla a raya hasta que Paty llegara.
Pero mi plan tenia lagunas, muchas lagunas.
Entonces la cara de aquella joven se hizo más aterradora si cabe. Sus ojos castaños iban adquiriendo un color casi anaranjado que seguía mutando hasta que se tornaron rojos y sus labios se curvaron para hacer una amplia sonrisa que dejaba ver en ese momento sus colmillos.
No había visto nada así en mi vida. Había visto películas de vampiros, pero no tenían demasiado que ver, su longitud se asemejaba a la que se veía en muchas representaciones, pero eran increíblemente afilados en la punta, nada que ver con esas prótesis romas empleadas en los filmes.
Su boca se empezó a abrir de una forma antinatural.
Nadie en la tierra era capaz de abrir tanto la boca, suficiente para abarcar medio cuello.
—¡Collons! —No sabía por qué. Pero maldecir en catalán fue lo primero que se me pasó por la cabeza.
—¿Català? —dijo torciendo la cabeza levemente y, como si ese fuera el pistoletazo de salida, se abalanzó sobre mí.
Su velocidad era increíble y yo, que había visto en primera persona el ataque de Paty la noche anterior, me protegí como si este fuera a ser igual.
Para mi suerte lo fue. Con un gesto circular de mano derecha aparté la mano que veía directa hacia mi cara y crucé el brazo izquierdo delante del pecho con el codo apuntando al frente.
La defensa tuvo efecto. La furibunda atacante se desequilibró al fallar el objetivo de su mano izquierda y se topó con su cuello contra mi codo de forma que no podía llegar con la boca al mío.
Pegó un chasquido con los dientes en el aire de pura frustración.
Sin embargo, mi plan no era tan bueno como pudiera parecer.
Calculé mal el impacto y me derribó de espaldas por su pura violencia a causa de la velocidad.
Al notar que me caía me agaché sin sacar el brazo izquierdo que nos separaba y, sin soltar su brazo izquierdo aprisionado con mi brazo derecho, coloqué las rodillas entre los dos.
Justo en el instante que toqué el suelo, mientras ella seguía intentando darme bocados, rabiosa.
La impulsé con las piernas y la lancé por encima de mí.
Tumbado en el suelo vi como la chica iba por el aire, cruzando por encima de la mesa en una postura extraña para caer con un tropel infernal sobre el escurreplatos.
El sonido de la loza y los cristales rotos llenó el ambiente. Me levanté a toda prisa decidido a huir. Pero ella era más rápida, ya estaba de pie.
—Eres peleón, ¿eh? Eso lo hace mucho más divertido —Ya estaba lista para volver a la carga. En ese momento vi un cuchillo encima de la mesa y, sin pensarlo, se lo lancé.
Di en el blanco. Había practicado lanzando cuchillos desde hacía tiempo y había logrado cierta habilidad.
Con un sonido sordo, el cuchillo se clavó hasta la empuñadura al lado de su hombro derecho.
Eso la paralizó por un momento, en su cara se podía intuir la sorpresa.
Pero mi alivio duró poco. Su expresión se recompuso y adoptó una actitud más sádica.
—Te voy a dejar disfrutar de cómo me bebo hasta la última gota de tu sangre, te lo has ganado. —Ahora su tono era grave y con un matiz realmente sádico y cruel.
Ahora sí que ya estaba en pánico total. Apenas era consciente de lo que me rodeaba. Eché a correr hacia la puerta con la esperanza de que me diera tiempo a salir y gritar a ver si no se atrevía a atacarme en un lugar dónde la podría ver cualquiera.
Iba a toda velocidad hacia la puerta escuchando sus veloces pasos detrás de mí.
En teoría no debería darle la espalda, pero no tenía tiempo para andar con tácticas.
Estaba llegando a la puerta y a punto de cruzarla cuando, por la izquierda, emergió una figura oscura y desdibujada por su rapidez.
Venía hacia mí y, sin apenas dejarme tiempo a reaccionar y apartarme, me apartó ella lanzándome contra el armario de la limpieza.
Las puertas crujieron y se partieron por mi impacto y yo me quedé sin aliento por el mismo motivo.
Me quedé medio aturdido y los oídos me pitaban.
Sobre ese pitido escuché unos gritos y unos aullidos parecidos a los de los gatos peleándose.
Me levanté a duras penas y, al girarme, vi como Paty y aquella chica peleaban dando vueltas una sobre la otra por el suelo del pasillo.
Sus movimientos eran fieros y borrosos por su rapidez.
—Déjalo —ordenó Paty.