CRIATURAS EXTRAORDINARIAS
Entonces, toqué el timbre. No hubo respuesta.
Volví a tocarlo… Sin respuesta otra vez.
Estaba a punto de abandonar cuando, por si acaso, pulsé el botón otra vez.
Entonces, como un cojín que se cae sobre a cabeza, una sensación familiar se presentó en mi percepción.
Era Paty, sin duda, pero su estado de ánimo era totalmente apático, disperso y desganado.
Apenas parecía dispuesta ni de hacer caso a nada.
Traté de guardar la calma y mantener la mente en blanco en un intento porque no me descubriera.
—Ya va, ya va… —dijo con pereza y una voz cansada y parsimoniosa—. Helena, a ver si te acuerdas de llevarte las llaves. Me tienes frita. —Se escuchó desde dentro.
Entonces se quedó todo en silencio otra vez. Al poco rato se oyeron unos pasos lejanos. Parecían pies desnudos y, de repente, la puerta se abrió. No me lo esperaba, el ir descalza me hizo pensar que estaba más lejos.
Detrás de la puerta, efectivamente, estaba Paty. Su aspecto era terrorífico, dantesco y, hasta cierto punto, lamentable.
Tenía el pelo enmarañado y aplastado en algunos lugares y solamente llevaba puesta una camiseta con las mangas rojas y unas letras en la pechera, de cintura para abajo solo llevaba su ropa interior.
Hasta ahí nada demasiado raro, excepto por si pudiera parecer un estilismo poco apropiado para abrir la puerta a alguien si no sabes quién es.
Pero al fin y al cabo era su casa y podía andar como ella quisiera.
Los detalles escabrosos eran que sus mangas iban a juego con unas manchas rojas extensas en el pecho y sobre el vientre.
Sin embargo, lo más impactante y estremecedor eran las costras de sangre reseca que tenía en las comisuras de la boca y en la barbilla, así como los plastones de sangre endurecida que pegaban su melena en rosetas.
Aquella imagen me dejo paralizado y horrorizado, casi boquiabierto.
Entonces mi vínculo con ella me desveló que su apatía y estado resacoso disminuía, dando lugar a una sorpresa.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado? —preguntó con evidente extrañeza e incredulidad.
No contesté e intenté mantener mi mente en blanco como había hecho en el parque. Me lancé hacia el interior de la casa en un acto temerario y poco respetuoso.
—¡Ah! —Se me escapó un grito ahogado. Me había echado una mano al brazo y me hacía un daño terrible. Intenté liberarme pero solo me hacía más daño. Su fuerza era increíble.
—¿A dónde vas?
Seguí sin contestar y, ante su aparente negativa de liberar la presa, me giré y eché su brazo al hombro como había hecho la noche anterior con el atracador y cargué a Paty a la espalda. A ella no tenía intención de lanzarla. Al menos, no de momento.
Paty parecía sorprendida ante mi reacción y se encaramó a mi espalda echándome el otro brazo por encima del otro hombro hasta el pecho sin soltar en ningún momento el brazo que me tenía agarrado haciéndome todavía daño.
Se quedó a caballito en mi espalda mientras yo, con paso decidido, estaba dispuesto a ir a su cocina.
En ese momento su brazo izquierdo, que lo había situado a la altura de mi pecho ascendió hasta llegar a mi cuello y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo como si un viento helado de invierno me hubiera azotado sin apenas ropa.
Su brazo estaba frío. Sin embargo, era un frío particular.
Era como si un jarro de agua ligeramente tibia por estar al sol hubiera caído sobre mi cuello.
Aquella distracción no me detuvo y Paty parecía no querer hacerme más daño, si no, lo tenía muy fácil, tenía mi cuello a su disposición. Como técnica, mi acción de cargarla a mi espalda era totalmente estúpida.
—Para. ¿A dónde crees que vas? —insistió.
Entré en la cocina a paso firme, en el suelo había desparramadas bolsitas de sirope de fresa.
No me distraje con ellas, mi objetivo era la nevera.
La abrí y allí estaban como confirmación final.
Las bolsas con aquel líquido negruzco y con sus inscripciones.
No había duda. Eran bolsas de transfusión de sangre.
La pregunta de qué hacían allí parecía un poco redundante después de todo lo que había visto.
—¡Has sido tú! —exclamé.
Entonces sentí una náusea y una arcada, Paty se soltó y se bajó de mi espalda y se escuchó el sonido de un líquido cayendo al suelo.
Me giré y, a pesar de sentir la náusea y sufrir una arcada, quién había vomitado era Paty.
En el suelo había un charco rojo oscuro cubriendo las baldosas y algunas de las bolsitas; que ahora me había dado cuenta de que no eran de sirope de fresa a pesar de su color.
Un olor hediondo y nauseabundo de sangre macerada inundó el ambiente. Había olido eso en otra ocasión y era un olor que no había podido borrar de mi mente.
—Vámonos de aquí o acabaré vomitando yo también —le dije.
Salimos de allí cerrando la puerta detrás de nosotros y nos pusimos a caminar por el pasillo hacia el salón.
—¿Por qué lo has hecho? —pregunté con cierto enfado.
Paty se limpió la boca con el reverso de la mano.
—¿El qué?
—Matar a ese hombre.
—Yo no maté a nadie.
—¡No me mientas! Lo vi todo anoche.
—¿Qué dices? ¿Qué has visto?
—Vi como entrabas en su casa por la ventana y te… —Hice una pausa, recordarlo me resultaba duro—. Y te bebías su sangre.
Paty se quedó en silencio, por mi mente se sucedían las imágenes que recordaba de había unas horas.
—Sé que puedes ver lo que pasa por mi cabeza y yo, por increíble que me pueda parecer, sé que es real.
—¿Cómo has hecho para ver eso?
—No lo sé, fue un sueño. Estaba durmiendo y de repente todo se coló en mi cabeza.
—Has visto todo como si fuera a través de mis ojos… No sabía que eso fuera posible.
—No solo vi lo que tú veías. También sentía lo que tú sentías, solamente tuve unos momentos como si mi mente se dividiera y recuperara la cordura por un momento para luego volver a verme envuelto en tu frenesí.
—Me quedé en silencio un momento ante un pensamiento intruso que se me había colado—.
¿Y cómo que no sabías que eso era posible? ¿Qué pasa aquí?
Se quedó en silencio. Su preocupación era máxima. Comenzó a dar pequeños paseos en el salón.
—Esto no tenía que haber pasado —murmuraba—. ¿Qué puedo hacer ahora?
—No hagas nada y dime algo que esclarezca toda la situación. Por si no lo sabías, ayer lo denuncié. Si ahora lo encuentran muerto y degollado luego de haberme atacado, puedo ser el principal sospechoso.
—No te relacionarán. Además, tenía problemas con bandas. Lo más probable es que se resuelva como un ajuste de cuentas.
—¿Y lo dices tan tranquila? —Yo no estaba tan seguro como ella—. Podría acabar metido en problemas graves. ¿Por qué lo hiciste?
—¡Por venganza!
—¿Venganza?
—Te atacó y se la devolví.
Yo estaba estupefacto.
—¿Qué tiene que ver? ¿Cómo lo sabes y por qué te afectó tanto?
—Eso no viene al caso. ¿Y tú qué? ¿Por qué lo has hecho? —respondió Paty claramente molesta, sentimiento que corroboré por lo que percibía de ella.
—¿El qué?
—Enfrentarte a él. Casi te abre en canal. ¿Y todo por qué? Por hacerte el héroe y dártelas de Bruce Lee. —Al hablar podía ver restos de sangre entre los dientes, algo que le daba un aspecto fiero y aterrador.
—No fue para tanto.
—¿En serio? —Y con un rápido movimiento me golpeó ligeramente con un dedo en la herida de la navaja.
—¡Ay! —Me torcí hacia el lado de la herida y me encorvé por el dolor.
—Y mírate la cara.
—¿Me estabas vigilando? —Se me había ocurrido esa nueva posibilidad.
—No.
—Entones, ¿cómo supiste todo? Yo a ti no te percibí en ningún momento.
—Idiota… —Se detuvo un instante—. Aunque tengas un poco más de percepción que el resto de la gente, sigues siendo un simple humano. Tu sentido está mucho menos desarrollado que el mío y tu alcance no es comparable ni de lejos al que yo tengo. Y menos en este caso.
—¿Qué caso? ¿Qué quieres decir? —Entonces reparé en otro detalle—. ¿Soy un simple humano? ¿Qué eres tú y por qué dices que soy un simple humano?
—Eso ya lo sabes, ¿no?
—Quiero que me lo digas tú.
—¡Soy una vampiresa! ¡Sí! ¿Estás contento?
—¿Y qué quieres decir con que tu alcance no es comparable al mío en este caso?
—Eres humano y tus sentidos no están tan desarrollados.
—Pero hay más… ¿No? No veo humanos por ahí con telepatía. ¿Por qué la mía se despertó luego de que tu mente entrara en contacto activo con la mía?
—Empieza a ser molesta tu capacidad para percibir detalles, atar cabos y hacer conjeturas. —Parecía irritada—. Siempre encuentras la pregunta incómoda o imposible de responder.
Se hizo un silencio, pero yo no iba a darme por vencido aún.
—¿Y bien? Creo que necesito una respuesta. Después de todo me afecta a mí directamente.
—¿Y tenías que peinar todo Madrid para encontrarlas? ¿Sabes lo que me costó esquivarte algún día? Aún encima rutas aleatorias, por si ya eras poco previsible.
—Te buscaba a ti. Cortaste la comunicación y no sé por qué.
—Sí que lo sabes. Ahora, con todo lo que has descubierto piensa un poco y dímelo tú. No eres ningún mentecato.
Estuve en silencio un instante. La respuesta parecía evidente y ya lo había pensado.
—Porque cuando me corté el día de la excursión mi sangre te tentó y casi me degüellas delante de todo el mundo.
— No era tan difícil, ¿verdad?
—Pero hasta aquel día no pasó nada. Aquello fue una casualidad.
—Que podría repetirse… Ya has visto lo que le hice a ese hombre.
—Sí, pero te podrías controlar.
—Sabes que es peligroso. Acabas de decir que percibiste mi deseo y mi excitación ante tu sangre. ¿A qué clase de animal le perdona la vida un depredador natural y él vuelve a buscarlo?
—Uno muy tonto, o curioso. —Me encogí de hombros, aquella respuesta sonaba cada vez más absurda, hasta que se me ocurrió otra cosa—. Quizás nuestra relación no es una relación depredador-presa normal.
Paty se calló y un impulso de alarma surgió de ella. Empezaba a pensar que había tocado alguna tecla importante y eso parecía no hacerle demasiada gracia. ¿Qué estaba pasando aquí?