Sálvame de tiempo. EL MUNDO ONÍRICO
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EL MUNDO ONÍRICO

De repente estaba en medio de un campo rodeado de árboles y, sin previo aviso, se empezó a escuchar un ruido retumbante. No se veía nada con los árboles. Sin embargo el ruido se acrecentaba y se aproximaba. Pronto comprendí que se trataba de una horda de animales al galope que se dirigían hacia mí.

Me eché a correr hacia el borde boscoso que había en dirección contraria para subirme a un árbol.

Entonces, de la zona de donde procedía el ruido, empezaron a emerger animales en estampida; elefantes, ñús, cebras.

Su velocidad era superior a la mía y me recortaban distancia, el pánico se apoderaba de mí. No llegaría a los árboles del borde.

Ya casi me habían alcanzado cuando vi una rama y pegué un salto.

El impulso fue tan grande que me elevé una altura de unos diez metros; tanto como para subir por encima de las copas de los árboles.

En ese momento, hice un esfuerzo y me mantuve en el aire.

Ahora me daba cuenta de que estaba soñando así que decidí tomar el control y disfrutar de mi sueño lúcido.

Ya me había pasado más veces, era capaz de volar.

Aunque luego llegaba un punto en el que me era muy difícil controlar la altura o esquivar los obstáculos y generalmente acababa despertándome por la tensión de tratar evitar algún choque o de caerme.

Así que decidí no hacer nada y disfrutar de las vistas.

A mis pies se extendía un bosque inmenso que se perdía en el horizonte con claros repartidos entre los árboles.

La estampida de animales se alejaba espantando bandadas de pájaros a su paso que salían de entre las ramas de los árboles en tropel.

Me di la vuelta para ver lo que había a mi espalda.

En el claro en el que estaba yo antes ya no se veía nada, de hecho, el claro había desparecido.

Ahora, en esa dirección, el bosque daba paso rápidamente a una montaña altísima.

Era un muro de roca desnuda que parecía una columna del cielo.

No se veía la cumbre a causa de las nubes, pero la base era imponente.

Tenía veinte kilómetros de ancho al menos. Entonces un ¡Zum!

Y otra vez ¡Zum! De entre las nubes se escuchaba ese zumbido repetitivo hasta que de repente un dragón emergió de entre la niebla.

Ahora sabía por qué huían los animales. Dentro de mi sueño intenté pararlo con algún tipo de poder sobrenatural.

Sin embargo, era demasiado para mí. Así que me lancé en picado hacia los árboles.

Entre las ramas yo sería más rápido que él.

Todo iba bien, iba por entre los árboles mientras el dragón volaba por encima. Cambié de dirección para despistarlo y mi finta surtió efecto. La criatura siguió volando en línea recta en la dirección que llevaba, mientras yo trataba de alejarme en silencio entre la masa frondosa.

Cuando ya no lo veía me elevé otra vez por encima de las copas.

El sol me daba en la cara. ¿Cómo era posible?

Si se estaba poniendo a mi espalda. Giré la cabeza y, efectivamente, a mi espalda un sol se ponía en el crepúsculo mientras a mi frente otro salía, pero no lo hacía solo.

A su lado se divisaban dos siluetas, una verdosa de un tamaño parecido a la luna y otra pálida de un cuarto de su tamaño.

Era una estampa absolutamente bella y cautivadora.

Puede que fueran planetas gemelos al que estaba yo u otros de aquel curioso mundo.

Seguí volando hasta que aquel bosque, que parecía infinito hacia el horizonte, se cortaba abruptamente en un barranco.

A tal altura me ocurrió lo mismo que otras veces, me resultaba imposible mantener mi capacidad de levitación y empecé a caer hacia el bosque que había en el fondo.

Intenté con todas mis fuerzas retomar el control de mi sueño y volver a ascender.

No obstante, mi caída hacia las ramas era imparable.

Cuando estaba llegando a las copas de los árboles, me encogí para el impacto y entonces...

Había caído de pie en una calle, en la acera, en una ciudad desconocida para mí.

No reconocía el lugar. Era de noche, y apenas había gente en la calle.

El ambiente era templado, soplaba una pequeña brisa que notaba tibia en la cara.

Tenía el pelo más largo, una media melena que me llegaba al hombro y mi percepción del color estaba alterada.

Los colores en el espectro del rojo se destacaban mucho mientras que los demás se atenuaban.

Sin embargo, podría ver colores y matices que nunca había imaginado, tonos más diferenciados, violetas extraños y muy brillantes o rojos realmente oscuros.

A mayores podía ver con gran detalle y, en zonas oscuras como la entrada de los garajes, podía distinguir lo que había en la penumbra, aunque en una gama de grises. Con poca luz no percibía el color.

Estaba caminando a paso rápido y liviano, guiado por un olor que resultaba familiar y característico.

Estaba tremendamente furioso. Miraba a los lados con nerviosismo, temeroso de que me vieran.

Seguía andando por la calle, pero entonces el olor se disipaba, me había pasado.

Retrocedí y me paré ante la fachada de un edificio.

Allí era dónde estaba lo que yo quería, aunque todavía no sabía lo que era. Pero no había dudas, el olor parecía manar de una ventana del cuarto piso, su intensidad se hacía más fuerte en esa dirección y era más penetrante.

Lancé una nueva mirada furtiva a la calle y, viendo que no pasaba nadie, di varios pasos atrás hasta el centro de la carretera, cogí carrera y, aprovechando el bordillo de la acera para coger impulso pequé un salto como en el sueño anterior.

Pero esta vez no volé ni me alcé diez metros, apenas fui capaz de alcanzar el balcón del primer piso.

Me agarré y trepé por la barandilla con gran facilidad y agilidad.

Parecía que mi cuerpo pesara solo diez kilos.

Desde ese balcón di otro salto para subir al segundo piso y así otras dos veces más para llegar al cuarto piso.

Una vez que estaba en el balcón del cuarto piso, pude sentir como aquel olor, efectivamente, provenía del interior.

Deseaba entrar con todas mis ganas y mi intención era hacerlo sin hacer ruido pero, ¿cómo? La puerta estaba cerrada.

Mi ansiedad se hacía más fuerte mientras el corazón se me aceleraba. Entonces tuve una idea, lo más fácil era despertar la curiosidad del que estuviera dentro para que abriera y entonces, podría entrar y descargar toda mi ira.

En medio de esto, una leve disociación de personalidad. Tenía sentimientos encontrados.

¿Por qué quería yo entrar allí y por qué hacer daño a nadie?

Entonces, de un salto ágil me pegué a la pared, con un pie en el borde del balcón y una mano apoyada en una canalización cercana que bajaba por la fachada. Así quedaba oculto tras la pared y llegaba con la otra mano para golpear el cristal.

Comencé a dar toquecitos de forma rítmica y con cierta cadencia. Estuve golpeando un rato hasta que noté que había captado la atención del inquilino y éste se disponía a abrir para saber lo que pasaba.

Notaba como se acercaba. Hasta que, en un momento, escuché como se abría la puerta.

Justo en ese momento me impulsé, salté la barandilla del balcón y caí en frente de él.

Su cara estaba desencajada por la sorpresa, era evidente.

Entonces le di un empujón violento que lo desvió dos metros, cayendo pesadamente sobre su espalda, sin resuello por el impacto.

En ese momento, mi raciocinio se nubló, me lancé sobre él poseído por un espíritu asesino dispuesto a hacerlo trizas.

Ya no me preguntaba por qué, solo quería hacerlo, conseguir mi objetivo, mi trofeo, mi venganza.

Con una mano lo sujeté por la cara tapándole la boca y girándole la cabeza y con la otra lo inmovilicé por un brazo.

Era un hombre fornido y, sin embargo, parecía un muñeco de trapo entre mis brazos y bajo mi fuerza.

En ese momento el frenesí y el éxtasis eran máximos, sabía lo que quería hacer, mi avidez era extrema.

Entonces me lancé a su cuello. Mis dientes rompieron su piel y perforaron su carne con facilidad mientras su sangre comenzaba a colarse en mi boca, aquel sabor característico era algo de lo más placentero y satisfactorio.

Su calidez me proporcionaba un placer supremo.

Seguí succionando mientras mi desventurada presa se retorcía y emitía gemidos ahogados por mi mano.

Pronto dejó de moverse, mientras, yo extraía hasta la última gota y, cuando ya no pude sacar más, me levanté y observé.

El hombre, que yacía inerte en el suelo, era un hombre de tez morena, con pelo y barba oscuras, sus ojos negros tenían la mirada perdida.

En ese momento tuve otro un pequeño episodio de disociación, como si mi mente se separara en dos.

Me sentía satisfecho y al mismo tiempo, arrepentido y horrorizado por lo que acababa de hacer.

Pero estaba demasiado preocupado porque no me detectara nadie.

La habitación estaba en penumbra, solo había encendida una pequeña lámpara en la mesita.

La apagué y me asomé por la ventana, en la calle no se veía nadie. Entonces, salté por la ventana.

Caí en la acera con suavidad extrema, o eso me pareció a mí.

Bajo mis pies las baldosas se partieron y se agrietaron en pequeños trozos, haciendo dos pequeños cráteres en el sitio donde había aterrizado.

Me cerré la cremallera de la chaqueta y me eché a correr.

Iba a una velocidad de vértigo, seguía ávido y deseoso de más sangre.

Pero una cierta culpabilidad iba surgiendo en mí así que, haciendo un gran esfuerzo de autocontrol, intenté reprimirme y volver a casa.

No conocía el lugar y sin embargo sabía el camino. Mi ruta estaba clara. Me desplacé por calles estrechas y poco transitadas, hasta que salí a una más amplia, ya cerca de mi destino.

Iba caminando por una calle cuidada. A mi izquierda se hallaba un parque vallado con una verja de hierro.

Pasé el parque vallado que tenía una casita cerca de la esquina con una pasarela que llevaba a su puerta cruzando un estanque que la rodaba y seguí caminando otro kilómetro por las calles hasta que llegué a mi destino.

Me paré y observé que nadie me siguiera.

Aunque en aquel momento no me hubiera importado, no buscaba hacerlo, pero si fuera una amenaza lo habría eliminado también.

Mi sobreexcitación y mi estado de exacerbación apenas habían disminuido.

Pero en el fondo sabía que debía controlarme, había cometido un acto temerario y sentía cierta culpa.

Llegué a un cruce donde tomé una calle lateral hasta que llegué a un portal con una puerta antigua de madera, bien trabajada, pero deslucida por el tiempo. Eché otro vistazo, metí la llave y entré.

Subí por las escaleras hasta el tercer piso y allí me dirigí a la primera puerta a la derecha en el rellano, introduje la llave y entré.

Seguía con ansiedad y deseaba más sangre.

Entré en la casa y me dirigí a la primera puerta a la derecha del recibidor, donde estaba la cocina.

Abrí la nevera, allí estaban, bolsas con un líquido negruzco con etiquetas con descripciones que no me paré a leer por mi impaciencia.

Cogí una y la rasgué con los dientes. Nuevamente el líquido, esta vez fresco, se deslizó por mi garganta placenteramente. Su sabor era prácticamente el mismo que la sangre de aquel hombre. En ese momento tuve una nueva especie de disociación, un arrebato de horror, un espasmo y...