Sálvame de tiempo. EL ÚLTIMO RECURSO
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EL ÚLTIMO RECURSO

De vuelta a casa una idea fue tomando forma en mi cabeza en medio de todo el revuelo que me había causado a nivel mental la cancelación del proyecto.

Si Paty no me contestaba quizás podría intentar encontrarla.

Madrid era muy grande. Pero nuestra misteriosa conexión me haría detectarla a distancia.

Sabía que trabajaba de noche. Solo debería deambular por zonas aleatorias hasta percibirla.

Era una cuestión estadística, en algún momento tendríamos que pasar cerca el uno del otro y entonces la podría localizar.

Necesitaba hablar con ella. Que me aclarara todo aquello y no cortar el contacto de una forma tan abrupta.

Luego, si me decía que no quería verme más, habría que aceptarlo, respetar su voluntad y cada uno por su camino.

Sin embargo, aquella idea me dolía profundamente.

¿Cómo podía haberme vinculado tan profundamente a nivel emocional con ella si apenas hacía unas semanas que la había conocido?

El día fue transcurriendo lentamente. Me quedé en casa pensando sin rumbo en una especie de meditación en la que no le ponía barreras ni restricciones a mis pensamientos.

De vez en cuando lo hacía, me resultaba revelador dejar divagar mi mente y que los pensamientos peregrinos circularan por ella.

A veces me ayudaba a comprender mejor mis estados de ánimo.

Llegó la hora de ir a la academia de Inglés.

Al salir, decidí llamar a Paty. Pero seguía sin responder.

Había dos opciones, o no quería hablar conmigo por alguna razón o le había pasado algo.

Así que, como hasta la cena el rato de correr lo seguía teniendo libre, decidí poner en marcha mi plan.

Era básico y funcionaba por fuerza bruta.

Pero lo importante era que fuese efectivo.

Me puse a correr y tomar calles que me llevaran en línea recta para peinar cuidadosamente la zona.

En realidad, como Paty podía pasar por cualquier lugar y no tenía una ruta fija, no tenía mucho sentido el concepto de “peinar la zona”.

Si me topaba con ella desde luego la responsable era la casualidad, pero era un principio y una forma de organizar ideas.

Volví de correr a casa exhausto y no había percibido rastro alguno de Paty y, aunque tenía que reconocer que era bastante evidente que ese era el resultado más probable, sí que sentía una punzada de decepción.

Los días comenzaron a pasar y, salvo por las reuniones con mis compañeros de trabajo, eran una réplica del día de la marmota.

Hasta yo mismo me sentía aletargado. Solo despejaba la mente cuando estaba con Vasilii y Katerina.

Con ellos me sentía más vital. Me encantaba escuchar sus ideas, sus planes y las anécdotas de su vida; tanto las buenas como las malas experiencias.

Me resultaba enriquecedor y me ayudaba a comprenderlos mejor y empatizar con ellos.

Al fin y al cabo, crecimos en distintos lugares, pero las ilusiones y las peripecias de los niños eran bastante universales.

Pasó así un mes; de la investigación todavía no había noticias.

Vasilli nos comentó que había hablado con Hoffmann y que estaban con peritaciones e informes.

Pero que era todo secreto y que no podía darnos más información.

Yo por las mañanas estaba bastante inactivo.

Me estaba planteando aprender a tocar un instrumento para hacer algo productivo y placentero esas horas.

Sin embargo, por otro lado, pensaba que si se reanudaba el trabajo, luego quedaría aparcado por ahí y sería un traste más ocupando sitio por falta de tiempo. Y, total, de músico no iba a vivir.

Por las tardes seguíamos viéndonos los compañeros de trabajo.

Lo más llamativo seguía siendo el estado de ánimo de Katerina.

Aunque no parecía tan afligida como el primer día, seguía alicaída y apenas había rastro de su alegría y afabilidad características.

Luego yo seguía yendo a la academia o al Do-jo, según tocara y, por las tardes, a correr.

Seguía con mi plan a pesar de sus escasos frutos.

Era un plan burdo pero, hasta tener alguna idea mejor o ya dejarlo por imposible y pasar página, decidí persistir.

Había llamado otro par de veces a Paty a lo largo del mes, pero seguía sin cogerme el teléfono.

Después de la llamada del segundo día decidí comportarme con algo más de sentido común y no agobiar.

Sin embargo, seguía sin responderme y yo no entendía el motivo de tal distanciamiento.

No era capaz de ver si había hecho algo malo para que me apartara así de su vida.

Por otra parte, a pesar del tiempo que había pasado, seguía con las mismas ganas de verla.

No podía entenderlo, normalmente el tiempo y la distancia diluían las relaciones personales, y más siendo algo tan corto en el tiempo.

Pero en este caso, un mes no había servido para nada.

Volvía de regreso de correr por una nueva ruta.

Nunca había pasado por aquella zona. Lo bueno de esto era que estaba conociendo bastante bien al menos una buena zona a la redonda de donde yo vivía.

Me alejaba entre dos y tres kilómetros y luego volvía por un sitio distinto.

Ya casi había cerrado un círculo alrededor de mi casa.

Esta vez volvía por una zona de edificios más antiguos y bajos. La iluminación no era tan abundante. Y casi se agradecía, las ciudades estaban sobreiluminadas, a mi parecer.

Volvía corriendo en línea recta hacia casa, o al menos eso me parecía.

Tenía buen sentido de la orientación, pero a veces me desviaba y tenía que echar mano del GPS.

La calle por la que iba desembocaba a una transversal y luego continuaba.

Sin embargo, ésta era más estrecha y solo se permitía la circulación en un sentido.

Yendo yo concentrado y absorto en mantener el ritmo, solo pude ver que, como un relámpago, una figura salió de un portal.

Me echó una mano al brazo y me golpeó en la cara dejándome aturdido.

Caí al suelo y rodé por él. Casi incapacitado por el dolor me incorporé.

Entonces una mano me agarro por la pechera y una voz ronca me dijo:

—Dame todo lo que tengas.

A penas pude enfocar la cara. Delante de mí tenía un hombre mal encarado, de cara ancha y con arrugas por la edad, con barba y pelo negros.

Sus ojos hundidos y oscuros resultaban amenazadores en aquella cara ajada.

Entonces, deduje que estaba agazapado en el portal esperando a su víctima. Fui yo como podría ser cualquiera.

—¿No me has oído? ¡Dame todo lo que tengas!´

En ese momento noté una presión en el vientre, justo bajo el costado izquierdo. Tenía una navaja puesta contra mí.

Todavía medio aturdido, reaccioné, medio por instinto, medio recordando las enseñanzas del Do-jo y le di una patada en la entrepierna mientras con las manos controlaba su mano del arma y, girando hacia mi izquierda y agachándome algo puse sus brazos sobre mis hombros y lo proyecté por encima de mí hacia el suelo.

El hombre cayó con un golpe sordo sobre su espalda y yo asesté un último golpe en su estómago.

Entonces la mano de la pechera se soltó y yo eché a correr.

El hombre quedó tendido en el suelo hecho un ovillo.

Corrí un buen rato hasta que empecé a notar frío en el muslo izquierdo.

Entonces paré y me di cuenta de que, dónde aquel individuo había puesto la navaja, sentía un dolor lacerante.

Levanté la ropa y miré. Mis técnicas de defensa personal dejaban mucho que desear.

En la ropa no se veía nada. Pero la punta de la navaja había penetrado en la ropa y, con el giro, se había deslizado me había hecho un corte que sangraba profusamente.

No era profundo, pero sí largo. El frío que notaba era a causa de la humedad de la sangre en el pantalón.

Al ver aquella imagen me quedé en shock.

Comencé a notar una presión en la cabeza y la vista y el oído comenzaron a difuminarse, así que me agaché.

Me había pasado eso antes y si seguía de pié, me desmayaría.

Al momento de agacharme comencé a restablecerme.

Respiré hondo y traté de tranquilizarme.

Llamé a emergencias y me senté haciendo presión en la herida.

En unos minutos llegó una ambulancia. Me atendieron en el sitio.

Me pusieron unas gasas y me echaron en una camilla a pesar de mi insistencia de que podía caminar.

Me mandaron hacer presión sobre la herida y me llevaron al centro médico.

Cuando me bajaron en la camilla pude reconocerlo.

Era el mismo centro médico donde habíamos estado Paty y yo con aquella mujer y su hijo el día que casi los atropellamos.

Me llevaron adentro y me atendieron enseguida.

Me dieron cinco puntos de sutura que me dolieron bastante.

Al parecer la herida no era para aplicar anestesia.

La doctora aplicó una crema sobre la herida y la cubrió con un parche.

Si no tenía molestias debería ir al centro médico más cercano dentro de dos días para controlar que no hubiera infección y luego ya me dirían.

Me observaron también el golpe de la cara.

Tenía el pómulo dolorido e inflamado, pero nada más.

A continuación me preguntaron si quería poner denuncia.

La verdad es que me daba igual. Apenas podía describir a mi agresor y solo sabía el nombre de la calle porque tuve que mirarlo para pedir ayuda.

Sin embargo, ante la insistencia del doctor, al final puse una denuncia dando los máximos detalles que pude, aunque estaba empezando a irritarme y se me acababa la paciencia.

Solo quería acabar cuanto antes e irme de allí.

Me preguntaron si podía volver solo a casa y, ante mi afirmación, me dejaron marcharme.

A la salida esperé un momento para poder coger un taxi.

Comenzaba a sentir frío, estábamos en mayo y por las noches refrescaba.

Además, luego de estar corriendo llevaba poca ropa de abrigo y sentía más el fresco.

No estaba lejos de casa, pero lo último que tenía eran ganas de andar, y menos tener otro altercado.

Mi enfado iba aumentando y cada vez estaba más furioso.

Y la verdad, no sabía por qué, no tenía sentido enfadarse por lo que ya había pasado.

Me había librado, a pesar de mi imprudencia, y eso debería ser lo importante, Sin embargo mi ira iba creciendo poco a poco.

Llegué a casa, tomé un analgésico que me habían recetado y me acosté casi sin cenar. No me apetecía hacer nada de comer. Solo dormir y olvidar aquellas últimas horas funestas.

Estaba tan iracundo que me costaba conciliar el sueño, y el dolor de la herida y la cara no ayudaban. Intenté tranquilizarme y dormir un poco, di media vuelta tratando de relajarme.