Sálvame de tiempo. LA EXCURSIÓN #2
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LA EXCURSIÓN #2

A nuestros pies se hallaba la colina y a su alrededor el bosque que habíamos cruzado.

Más allá del bosque, los árboles no estaban tan apretujados y comenzaban a aparecer las primeras tierras de cultivos y praderas por dónde habíamos pasado.

Y luego, empezaba Madrid. Desde aquella posición se podía ver su inmensidad, la ciudad entera.

Una isla enorme de edificaciones en medio de la llanura.

A la derecha, el sol comenzaba a descender. Pero todavía quedaban un par de horas de luz.

—¿Te gusta?

Asentí con la cabeza y me senté en un saliente de la roca mirando alrededor para ver qué más se podía divisar desde aquel lugar. Cogí mi botella de agua y bebí. Paty hizo lo mismo con la suya.

En otras direcciones se podía ver más bosque y a lo lejos pueblos más pequeños en medio de claros o, aparentemente, encastrados entre los árboles. Probablemente su pequeño tamaño o la distancia hicieran de diera esa impresión.

—No sabía de este lugar.

—No viene mucha gente, “hay mucho que andar” —dijo poniendo una mueca—. Por eso es bastante desconocido.

—Es cierto que hay bastante que andar.

—Pero merece la pena —sentenció.

Sonreí con disimulo. Aunque con ella era imposible disimular lo simpático que me parecía su obstinación con la belleza de aquel lugar.

—¿Qué pasa? A ti también te gusta.

—Sí, pero me hace gracia la defensa férrea que haces de lo bonito que es esto.

—Porque lo es.

—Tranquila, no soy yo quién te lo vaya a negar.

—Un día tenemos que cruzar el bosque.

—¡Sí hombre! —salté—. ¡Con lo que tardamos en llegar hasta aquí nos llevará una eternidad!

—Es que vas lento. ¿No te gusta la idea?

—No, si bonito suena, pero la caminata es larga. Y a lo mejor no es que yo sea lento, es que tú vas muy rápido.

Paty giró la cabeza hacia mí con una sonrisa dibujada en sus labios.

—Tienes que trabajar ese fondo.

—Es que creo que nunca alcanzaré tu nivel. Deberías dedicarte al deporte, con tus capacidades serías muy buena. —Entonces descolgué la mochila y me senté en la roca. La abrí y saqué algo de comer, el paseo me había dado hambre.

—No deberías comer mucho, te sentirás pesado para volver.

Negué con la cabeza.

—Solo un poco, para matar el gusanillo. ¿Quieres?

Ahora era Paty la que negó con la cabeza.

Me puse a comer medio bocadillo que me había preparado, el cual acabé pronto, bebí, guardé todo y me puse en pie de nuevo.

—¿Y ahora?

—Si quieres seguimos la ruta, pero va a anochecer e igual no quieres dormir al raso. ¿No?

—No me dijiste nada de eso y no me traje nada para dormir.

—Entonces será mejor volvernos.

—¿Tu te has traído algo para dormir?

—No, pero no me importa dormir a intemperie.

—Pues yo me acatarro —dije entre risas.

—Volvamos entonces. Pronto se pondrá el sol.

Bajamos de la roca y comenzamos la caminata de vuelta.

A mitad de camino la oscuridad ya se apoderaba del ambiente y bajo los árboles casi no se veía nada.

Ahora me daba cuenta de que tenía que haber traído una linterna.

A menudo me pasaban cosas por el estilo, me centraba tanto en algo que se me olvidaban cosas que luego me complicaban la situación.

En este caso estaba tan concentrado en lo que me tenía preparado Paty que ni había pensado en que nos podía pillar la noche por el camino.

Estaba acostumbrado a caminar de noche y en lugares poco iluminados.

En Galicia salía a caminar a menudo por el crepúsculo y muchas veces se me hacía de noche.

Sin embargo, si había algo de luna, no necesitaba tener mucha luz para desempeñarme bien.

Pero hoy la luna apenas estaba iluminada y, bajo los árboles, tenía que ir con prudencia para no tropezarme con nada.

En cambio, Paty, aunque no me dejaba atrás, parecía no tener problemas. Es más, por nuestra particular conexión no percibía ningún tipo de incomodidad por caminar con tan poca visibilidad.

El tramo final del camino casi me guié más por el sonido de sus pasos que por lo que yo veía. Por suerte, el camino no era muy pedregoso. Llegamos junto al coche con total oscuridad. Entramos y volvimos a la ciudad.

Cuando llegamos otra vez cerca de la parada del autobús Paty aparcó y, mirándome, me preguntó.

—¿Te gustó la excursión?

—Sí, pero para la próxima deberíamos ir más temprano, que a la vuelta no veía tres en un burro —dije bromista—. Y nada de cruzar el bosque entero de una vez, estoy agotado.

En ese momento me percaté en la penumbra de que sus ojos, tal y como había visto el primer día, parecían emitir un tenue brillo azulado.

Como una piedra aguamarina. Ahora sí estaba seguro de que no había luz que le iluminara que se los iluminara indirectamente.

Cada nueva revelación de aquella chica me fascinaba más.

—Así dormirás mejor —replicó Paty con humor.

—A saber lo que me reservarás para el próximo día —dije medio distraído.

—¿Qué te apetece?

—No sé, quizás algo más de treintañeros, una disco, una copa y unos bailes.

—Mucho ruido. —Podía percibir como la idea le desagradaba.

—Bueno, tampoco hace falta ponerse delante del altavoz. O mejor, un karaoke.—Seguía pareciendo que no le gustaba la idea—. ¡Qué rara eres!

—¿Qué pasa? ¿Ahora puedes sentir mis pensamientos?

—No, pero ya sabes que sí puedo percibir tus estados de ánimo y tus emociones, y sé si algo no te entusiasma.

—No me acabo de acostumbrar. —Parecía que le descolocaba que alguien por una vez pudiera anticiparse a ella.

—Entonces, ¿plan campestre otra vez?

—¿A ti qué te parece?

—Que me tendré que comprar una linterna.

Paty se rió.

—Efectivamente —dijo entre carcajadas—. Venga, no refunfuñes. Si en el fondo también te gusta—. Continuó mientras comenzaba a darme con las puntas de los dedos en el costado como para hacerme cosquillas.

Ahora también me reía yo.

—Bueno, será mejor que me vaya. Ya es tarde.

—¿Nos vemos el próximo sábado?

—Claro. Te llamo.

Abrí la puerta obnubilado por tanta risa y buen ambiente entre los dos y, al echar el pié a la acera, no presté atención y pisé en la esquina del bordillo, resbalando sobre el vértice.

El pie bajó hasta la carretera y me caí al fallar el pié de apoyo y tropezarme contra el propio bordillo al intentar avanzar para evitar la caída.

Eché la mano para evitar el golpe y, entonces, noté un dolor punzante en la palma de la mano.

En la acera había un trozo pequeño de cristal curvado, parecido al de un vaso.

—¡Ah! —exclamé.

—¿Estás bien? —preguntó Paty. Podía percibir, proveniente de ella, preocupación, susto y sorpresa mezcladas.

—Sí, solamente que me he cortado algo en la mano. ¿Qué demonios hace un trozo de cristal aquí?

Me levanté y me examiné la mano, el cristal estaba clavado en la pulpa del dedo pulgar.

Tiré de él y lo saqué con cuidado para que no se rompiera.

En cuanto se desprendió, hice una mueca de dolor y la herida comenzó a sangrar ligeramente.

Me la limpié al pantalón para sacar el polvo que todavía quedaba en la mano y me examiné el corte con más cuidado a la luz del alumbrado.

La herida no era ni muy profunda ni muy grande.

Entonces, en ese momento, una tensión me recorrió como una descarga eléctrica. Se me tensaron todos los músculos y una ansiedad y agitación terribles me invadieron. Aunque esas emociones no eran mías.

—¿Qué te pasa? Solo es un corte, estoy bien. —La ansiedad seguía aumentando y una sensación de tensión me invadía el pecho y me tensaba el abdomen—. ¿Paty?

Paty permanecía en silencio.

—¿Paty? ¿Estás bien? —Una pequeña gota de sangre se había formado en la herida y empezaba a escurrir por la mano. Me la llevé a la boca y la chupé. Era una costumbre que tenía.

Ahora la tensión se hacía insoportable y un impulso primario y salvaje llegó como una avalancha hasta mi conciencia llevándome a un estado de éxtasis depredador.

Un ansia salvaje y agresiva que me hacía estar dispuesto a atacar como un animal de presa en plena caza.

Entonces una idea se me pasó por la cabeza.

La consideraría disparatada en condiciones normales y, hace un mes, yo mismo me reiría de mí solo por pensarlo, todo aquello era surrealista.

Sin embargo, mi vida se había adentrado en el terreno de lo inverosímil y ya nada era descartable de antemano.

Paty en sí era algo fuera de lo normal, algo que nadie creería que podía existir.

—¿Paty? —Apenas podía contener la voz para no gritar del estado de excitación extrema en el que estaba—. Paty, ¿qué te pasa?

—Creo… que… ya… lo sabes. —dijo Paty con una voz bronca y entrecortada.