LA EXCURSIÓN
Comenzó la semana y Katerina y yo seguimos analizando los datos. Hoffmann y Vasilii comenzaron a trabajar con los ingenieros del departamento de ingeniería de fluidos para ultimar los detalles del diseño de los conductos en los que habían estado trabajando.
Esta semana al menos estaba durmiendo bien y podía ir descansado al trabajo.
Aunque con los datos que estábamos trabajando no avanzábamos demasiado.
Además, eran datos antiguos que podrían no resultar relevantes con el nuevo diseño.
Sin embargo, Hoffmann había dejado claro que había que analizarlos y entregar un informe con los resultados para saber en que presentaba fallos el anterior modelo y poder anticiparlos en el nuevo.
Puede que tuviera razón. En mi caso no sabía que decir y a Katerina le pasaba lo mismo. Pero eran órdenes y había que hacerlo.
La semana fue pasando y los avances eran pequeños. Los únicos resultados que estábamos obteniendo eran las fuerzas descompensadas y los encendidos irregulares. Pero era imposible conseguir determinar sus causas.
Llegó el jueves, y al llegar a casa decidí llamar a Paty. No había hablado en toda la semana con ella y me apetecía escuchar su voz y poder salir otro día por la ciudad con ella.
—Hola.
—Hola Paty. Soy Arturo.
—Ya pensaba que no me llamarías.
—Puedes estar segura de que iba a hacerlo.
Se produjo un silencio.
—¿Y bien? —preguntó.
—Bueno, quería hablar contigo. ¿Qué tal ha ido tu semana?
—Bien, normal. Nada extraordinario, viajes para un lado y otro, la vida de taxista —dijo con una ligera risa—. ¿Qué tal tú?
Me sentía un poco ridículo no sacando un tema más interesante. Pero con algo había que romper el hielo y empezar la conversación.
—Pues monótono. Poco nuevo, un porrón de trabajo, pocos progresos. Sin novedad, vamos —dije con cierta desgana.
—Y, a parte de penas. ¿Me cuentas algo más? —replicó Paty con su humor ácido. Esto hizo que se me escapara una risa. A lo que repliqué.
—¡Ah! Sí, quería decirte, si te apetecía que nos viéramos el sábado.
—Vale, pero esta vez propongo yo el plan.
—Por mí, perfecto. ¿Qué propones?
—Tráete ropa y calzado de campo —dijo con gran seguridad. Ahora que no la tenía cerca y acostumbrado a percibir sus estados de ánimo me resultaba raro interpretarla sin información extra.
—¿En serio? —pregunté extrañado.
—Sí, nos vamos de ruta por el campo.
—¿Por dónde?
—A las afueras, cerca de la sierra.
—¡Anda! Tenía yo ganas de ir a la sierra un día.
—Bueno, pues ya vas a ir.
—Sí, aunque también me faltan bastantes cosas por ver por la ciudad.
—Otro día. El sábado, ruta.
—De acuerdo. —Parecía muy segura de ello y a mí no me importaba volver otro día con ella por el centro—. ¿A qué hora quedamos y donde?
—¿Conoces algo por Moncloa?
—Sí.
—¿A ti dónde te viene mejor?
—En el intercambiador, mismamente. Por Princesa.
—De acuerdo. Allí te espero. ¿Te parece bien a las tres?
—Sin problema.
—Perfecto. ¿Hasta el sábado entonces?
—Hasta el sábado.
Nos despedimos con nuestra cita concertada y volví a mis quehaceres.
El viernes por la tarde me fui a comprar a la ropa para el sábado a una tienda de deportes cercana.
El sábado por la mañana como todos los sábados hice la colada pero no fui al Do-jo ya iba a hacer bastante ejercico. A la vuelta puse otra lavadora, comí, metí la ropa para la ruta en una bolsa de deporte y salí.
Durante el trayecto fui distraído, observando por la ventanilla del bus las calles y las gentes de Madrid.
Faltaba todavía un poco para la parada, y otra vez apareció aquella sensación, extraña, pero cada vez más familiar en lo más profundo de mi ser, Paty debía estar esperando.
Pero si ya estaba en la parada, daba la impresión de que cada vez podía percibirla a mayor distancia.
El incremento era lento, pero después de varios días la distancia se había incrementado bastante.
Calculaba que debía faltar sobre medio kilómetro.
Los primeros días, cuando me empecé a dar cuenta de mi particular habilidad, apenas empezaba a sentirla a cincuenta metros.
La sensación paulatinamente se fue haciendo más intensa hasta que, llegando a la parada, podía percibirla como de costumbre cuando estábamos cerca.
El autobús se detuvo y me levanté para bajar.
Podía percibir ya la felicidad de Paty. Al bajar empecé a buscarla en medio de la multitud que bajaba del autobús.
Sin embargo, yo con mi metro setenta, en medio de la multitud apenas podía ver nada.
A mayores, ella era un poco más baja que yo, así que me era imposible localizarla así.
Anduve un poco, rodeé la entrada al intercambiador y giré sobre mí mismo a ver si veía algo. Paty estaba cerca, podía sentirlo, pero no la veía. Lo que sí que sentía era como ella comenzaba a divertirse con mi desorientación.
Seguro que ella me está viendo —pensé.
Ahora la sensación de diversión iba en aumento. Era evidente que me veía. Entonces, entre su sensación de diversión y lo extraño de la situación, yo también comenzaba a sentirme divertido.
Di otra vuelta y entonces la vi, haciéndome señas desde unos diez metros, a la sombra de un árbol.
Comencé a caminar hacia ella.
¿No podía esperarme más cerca? —pensé divertido.
—Hola —saludé.
—Hola. —Hizo una pausa—. Sí, pero no me gustan las aglomeraciones. —dijo respondiendo a mi pregunta sonriente—. ¿Vas a ir al campo con esa ropa?
Entonces me fijé, Paty ya llevaba la ropa de senderismo, unos pantalones holgados, una sudadera y una chaqueta en el brazo, botas altas y, a la espalda, una mochila.
—No. —Levanté la bolsa que llevaba en la mano—. Traigo aquí la otra.
—¿Y dónde te vas a cambiar, Superman, en una cabina? —bromeó Paty.
—Malo será que no haya un sitio por ahí.
—En medio de campo, sí. —Cada vez parecía divertirse más.
—Pues eso. —Se hizo un silencio en el que Paty se me quedó mirando, hasta que rematé—. Es que no quería venir con pintas de Rambo cruzando medio Madrid.
A Paty se le escapó una risa.
—En marcha entonces.
—¿A dónde vamos?
—A las afueras.
—Pero todavía hay un rato.
—Tengo aquí el coche —dijo señalando hacia una calle cercana.
Entonces nos pusimos a andar en la dirección que ella había indicado. Al llegar junto al vehículo lo abrió.
—Mete la bolsa en el maletero.
Nos subimos y nos pusimos en marcha. Al cabo de diez minutos los edificios comenzaron a dar paso a un paisaje más agreste y a pequeños grupos de árboles.
Seguimos nuestro camino hasta una zona más boscosa.
La carretera hacia allí era más estrecha.
Nos echamos fuera hacia una zona entre los árboles y paramos.
—¿Aquí?
—Aquí, ya te puedes cambiar.
—Me voy a aquel matorral. Si viene alguien igual le extraña ver a alguien en paños menores.
—¿Crees que me voy a asustar si te veo en ropa interior? —preguntó Paty con cierta ironía.
—No lo creo y a mí no me importa. Pero igual resulta violento.
—Venga, cambia la ropa en el coche. Yo hago como que no te veo. —Ahora el tono sí era burlón.
—No mires, eh —respondí con el mismo recochineo.
Aquello parecía divertirla mucho. Salió del coche y se puso de espaldas contra la puerta del conductor. Yo cogí la bolsa del maletero y entré de nuevo en el coche. Me puse la ropa de campo y salí.
—Cuando quieras. —Cogí de la bolsa una pequeña mochila que también habría traído yo con agua, algo de comer, algo con lo que cortar y un mechero para hacer fuego. Me gustaba ir mínimamente prevenido.
—En marcha. —Y se puso a andar.
Seguía llamándome la atención su forma de andar tan liviana. Caminamos un buen rato hasta que yo comenzaba a cansarme. Era increíble la resistencia que tenía, llevaba un paso muy rápido y apenas parecía cansada.
—Espera un momento, vamos a descansar o ir más despacio. Tienes mucho más fondo que yo.
—Es que quería enseñarte una cosa y quería llegar pronto.
—Bueno. Pero vamos un poco más lentos que si no, no sé si podré volver.
Entonces redujo el paso. El ritmo se volvió más cómodo y podía aguantarlo mejor. Sin embargo, ahora notaba la prisa de Paty. Seguramente a ella le parecería que íbamos muy lentos.
—Sí, es que estoy acostumbrada a caminar más deprisa.
—Ya, pero es que corres mucho para poder aguantar yo. ¿Cómo lo haces? ¿Hay alguien que te dé seguido el ritmo?
—Nunca lo comprobé. Pero no hago nada fuera de lo habitual que no sea correr algo por las tardes.
—Yo también corro, y no puedo entender ni tu resistencia ni tu fuerza.
—Serán cualidades innatas —dijo encogiéndose de hombros.
—Serán… ¿Falta mucho?
—A este ritmo… media hora, calculo. —Notaba cierta frustración en ella, intuía que a causa de mi lentitud en comparación con su velocidad.
Apuré un poco más el paso y caminamos durante otros veinte minutos.
El sendero bajo los árboles entonces llegaba a un pequeño claro del que emergía una pequeña colina.
Cuando llegamos a la base de la colina, pude ver un peñasco solitario que se levantaba en su cerro.
Paty me miró y señaló el peñasco. Me temía lo peor.
—Subiremos ahí. Ya verás qué vista —dijo con entusiasmo. Sin embargo yo, luego de la caminata, no tenía la moral tan alta.
Comenzamos a ascender por la colina hasta la base de la roca y luego, empezamos a trepar por los salientes.
No era difícil, y la escalada me gusta, pero estaba ya un poco cansado y sudoroso.
Mi ritmo era lento. Pero Paty, al igual que durante todo el trayecto, no mostraba signos de cansancio. Trepaba a buen ritmo y con agilidad.
Gracias a mi percepción de su ánimo, podía sentir como estaba entusiasmada, pero yo no quería dejarme llevar y agotarme demasiado, todavía había que volver.
Llegamos a la cima. Yo jadeaba, pero ella nuevamente apenas tenía a respiración un poco acelerada.
—Mira. —Levantó un brazo y señaló hacia un lateral.
Ciertamente, la vista era impresionante. Aquella elevación en medio de la llanura daba lugar a una vista panorámica vastísima. Se perdía la vista en el horizonte sin llegar a divisar un límite.