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VISITA AL PARQUE

Al día siguiente me levanté tarde e hice las tareas que tenía descuidadas en la casa, una buena limpieza le venía bien. Llegada la tarde, llevaba el trabajo adelantado, así que decidí dar un paseo por Madrid. Cogí un autobús hacia el centro de la ciudad. Apenas había visitado aquella zona.

Los domingos me gustaba tomar una ruta al azar y conocer Madrid, o irme hasta las afueras y observar la naturaleza.

Siempre me había gustado la libertad del campo.

La sensación de tener una infinidad de caminos a escoger me resultaba relajante, al contrario que en la ciudad que las rutas eran fijas y definidas.

En medio del campo la libertad era total.

Nadie me decía por donde debía ir y yo era el responsable de lo que hacía.

Disfrutaba observando el curso de la vida, los pájaros con sus sinfonías, las hormigas trabajado duro o las plantas interactuando entre ellas.

Era algo a lo que creía que había que prestar más atención.

Las plantas también interactuaban con el medio.

No tendrían cerebro o sistema nervioso, pero no eran objetos inanimados o seres estúpidos.

Peleaban entre ellas por la luz, el agua y el alimento; sanaban y cicatrizaban sus heridas como cualquier ser y no emprendían acciones sin sentido.

Nunca se verá un árbol torcerse o echar ramas hacia otro o hacia una zona de sombra.

Mucha gente no apreciaba eso. Las plantas también eran seres vivos, pero con una forma se sentir e interactuar con el mundo completamente diferente. Aunque parecía algo difícil de comprender.

El antropocentrismo nos hace ver todo a través de la lente de lo humano. Medimos todo en función de nuestra propia escala humana. Quizás por eso nos cuesta empatizar con todo aquello que nos resulta distinto o no podemos asimilar con nuestra propia escala. Sea persona, animal o cosa.

En medio de estas reflexiones llegué a la parada dónde me quería bajar.

Me quedé parado en la acera y eché un vistazo alrededor.

Estaba en cruce de caminos por la zona de Sol.

En las esquinas había indicadores anunciando los destinos de cada dirección, cogí una al azar y me puse a caminar observando la zona y los edificios.

Iba andando por una calle amplia a pesar de que parecía antigua.

Los edificios eran de estilo señorial, con arquitectura típica de años pasados.

Seguí caminando hacia el norte hasta que, luego de una caminata, llegué a un parque vallado.

Debía ser el parque del Retiro. Así que busqué la puerta y entré.

Entré y empecé a pasear por parsimonia hasta que ya empezaba a atardecer. Entonces decidí volver hasta a estación, pero ahora por una ruta distinta. Me había gustado el parque y volvería en más ocasiones, eso seguro.

Por el camino de vuelta pasé por delante de la puerta de Alcalá, allí vi una cafetería que me llamó la atención, así que paré para merendar algo.

Era un local acogedor, me senté en la terraza para poder ver el bullicio del barrio y, en cuanto acabé de merendar, me levanté para volver hasta la parada del autobús y volver a mi estudio antes del anochecer.

Tenía que preparar algunas cosas para volver mañana al trabajo.