Sálvame de tiempo. UNA BUENA VELADA #2
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UNA BUENA VELADA #2

—No es habitual —dijo también en voz baja—.

Y mucho menos algo de dominio público. Hay muy pocos seres que tengan capacidades que se puedan denominar “sobrenaturales” y por eso se denominan así.

Aunque, estrictamente hablando, la naturaleza las produce.

De forma que son totalmente naturales, solo que infrecuentes.

—No sé si eso resuelve mis dudas.

—Quizás con el tiempo…

—¿Qué?

—Lleguemos a saber algo más.

—Pero tú parece que conoces a más gente que posee capacidades extraordinarias.

—Sí, y sé algo de las mías. Pero tu capacidad para percibir mis estados de ánimo y mis emociones es desconcertante. Dices que nunca has tenido ninguna capacidad extraordinaria y de repente conmigo te surge.

—Has dicho que había más personas que las tenían, tu hermana mismo. ¿Sois un grupo? ¿Qué sois? ¿Cómo las habéis adquirido?

—No puedo responder a eso.

—¿Por qué?

—Hay ciertas reglas. De hecho el que tú hayas descubierto esto es una situación delicada para los dos.

—¿Debo pensar que aceptas tenerme cerca para controlarme?

—En parte sí. Pero no eres una persona del montón. Al menos, tienes la cabeza a pájaros y una mentalidad flexible y cuesta menos que aceptes algo o no te asustes ante algo extraordinario. Pero tampoco vas por ahí hablando de unicornios y seres fantásticos. Al menos sabes mantener la discreción.

—Y…

—Y es agradable estar con alguien con el que no tengas que estar todo el tiempo en guardia y te acepte como eres. Al menos hasta donde esa persona sabe de ti.

—Es decir. Todavía guardas sorpresas —dije con una sonrisa pícara, aunque ese “hasta donde esa persona sabe de ti” me preocupó un poco. No sabía si lo que me faltaba por saber me iba a gustar o si me estaba advirtiendo.

—Sí.

—Sorpresas que no desvelarás todavía.

—En efecto.

—¿Y debo temerlas?

—Quizás. Pero no deberías darle muchas vueltas a eso.

—¿Y quieres que no se la dé si me respondes con un quizás?

Ahora fue Paty la que sonrío.

—Te preocupas demasiado.

—Como para no hacerlo…

Hablar de estos temas hacía que Paty se pusiera algo tensa.

¿Qué sería lo que guardaba?

Seguimos en silencio hasta el parque. Yo con la mente casi en blanco, absorto.

Pero de fondo, sabía que inconscientemente mi cerebro seguía trabajando y especulando con la información que tenía.

Más adelante seguro que, de la nada, me aparecía una hipótesis o una idea que ni siquiera era consciente de que la estaba pensando.

Lo que resultaba más perturbador era que sabía que Paty podía seguir todo el proceso.

¿O quizás los pensamientos menos conscientes no podría?

—No, no puedo. Ya sabes que solo percibo lo que se piensa en el instante.

La miré un poco sorprendido.

—De hecho hace un instante parecías un mar en calma en una noche de verano. Podía intuir movimiento pero era incapaz de ver y percibir nada, solo una superficie lisa, suave y oscura. ¿Cómo hiciste para calmar tus pensamientos de esa forma?

—Lo hace mucha gente. Cuando actúa de forma automática.

—No. Siempre aparece algo que ver. Lo tuyo solo lo vi en personas meditando.

Me encogí de hombros.

—No sé. Simplemente, hay veces que dejo mi mente fluir libremente sin afectarla y que siga su propio curso.

—¿Y puedes pasar de la jaula de grillos que tienes normalmente en tu cabeza a esto tan rápido?

—No me lo propongo. A veces pasa sin más.

Habíamos llegado al parque. Caminamos por los senderos que había y decidimos sentarnos en banco a la sombra de un abedul a observar a la gente.

—Podríamos hacer una cosa… —empecé a decir pensando en que ella podría decirme lo que pensaba cada persona mientras yo estudiaba su comportamiento externo para ver si había alguna relación causas entre el comportamiento y los pensamientos.

—No, es invadir la intimidad de la gente sin motivo. Y además, no hay relación aparente en muchos casos. Te gusta saberlo todo, ¿no?

—Todo lo que me ayude a entender el mundo.

—Sigo diciendo. Te preocupas demasiado. Dedícate tiempo para ti, disfruta, preocúpate menos de los demás.

—¿En qué sentido?

—En todos. Deja que vivan sus vidas, bien o mal. Y no consagres la tuya a otros si no es por un buen motivo.

Decidí dejarlo así, me costaba entender a la gente muchas veces y me encantaría saber más sobre cada persona, entender los porqués de sus acciones, sus razonamientos y las angustias que las llevaban a actuar de cada forma, tal y como me pasaba a mí.

Sin embargo, Paty tenía razón. Debía respetar la intimidad de cada uno y quizás me preocupaba más de comprender a los demás para poder actuar de forma que no los molestara que intentar ser yo mismo y ser feliz, sin importarme tanto lo que los demás pensaran o como les afectara.

Pero también hay que encontrar el equilibrio en el que mi libertad no afecte negativamente a otros.

Obrar con ética pero, ¿quién dictamina y mide la afectación negativa o positiva de una acción sobre otros?

¿Y quién las normas de mi ética? Los demás pueden encontrar aberrante algo que para mí es común, o sentir como algo negativo algo que para mí es baladí… ¿En qué estaba yo pensando?

—Básicamente, en lo que está bien y lo que está mal —dijo Paty sin apartar la vista de unos niños que estaban en los columpios—.

Empezaste porque te preocupas demasiado de complacer a los demás y te da miedo que, si actúas como deseas, los puedas perjudicar y, al mismo tiempo, no estás seguro de saber juzgar justamente tus acciones.

Lo que te lleva al punto de partida de lo que está bien o mal.

Parece que vives en un bucle permanente de preguntas sin respuestas.

Te pasas mucho tiempo pensando y tratando de entender todo y acabas andando en círculos.

Paty me había descrito a la perfección. Muchas veces intentaba responder a preguntas que me atormentaban.

Intentaba ser justo en un mundo de hipocresía, cinismo e interés propio.

Estaba harto de gente pidiendo valores en los demás mientras actuaba solo por su propio interés y no correspondía igualmente. Y eso me sumía en el desasosiego.

A veces me preguntaba si era el único loco que intentaba contra viento y marea ser ecuánime y resistir los envites de la vida sin sucumbir a la tentación de tomar el camino fácil en el que no me importaría a quién me llevara por delante.

A lo mejor debería ser más práctico y hacer como todos los que decían lo de “¿De qué sirve que yo actúe correctamente si los demás no lo hacen? No voy a ser yo el último tonto.”

Pero por otro lado me preguntaba si esta visión era, en realidad, una visión distorsionada de mí mismo en la que me veía a mí como el justo y el que se molestaba por actuar correctamente mientras veía defectos en los demás cuando, en realidad, era al revés.

Yo era el que actuaba de forma cómoda y los demás eran los que actuaban correctamente.

Necesitaba alguien que diera su propia visión de forma externa pero, como a todo el mundo, había personas que me veían con buenos ojos y personas que no.

Seguía empantanado en el mismo sitio después de mucho pensar en ello.