Sálvame de tiempo. UNA BUENA VELADA
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UNA BUENA VELADA

Estaba corriendo por una calle, era de noche, todos los locales estaban cerrados.

No conocía para nada aquel lugar, jamás había estado allí.

Tenía una sed horrible, entonces rebajé el paso y miré alrededor buscando un lugar donde poder beber algo.

Seguí caminando por la calle, al final se veía una plaza, llegué a ella y giré sobre mí mismo para ver lo que había entorno a mí.

Estaba en una plaza cuadrada en la que en el centro había una zona cercada de baldosas negras dibujando un círculo.

Siguiendo la línea de las baldosas había dos hileras de bancos, una a cada lado de la línea con los respaldos enfrentados.

La poca gente que circulaba por la plaza parecía totalmente ajena a mi presencia.

En el centro de la plaza había una fuente, me sentí aliviado. Podría beber al fin. Me acerqué, abrí el agua y me puse a beber con ganas. Llevaba un rato bebiendo pero la sed no se calmaba. El agua seguía saliendo mientras yo continuaba bebiendo. Por mucho que bebía la sed seguía sin calmarse.

Entones desperté, había tenido un sueño típico a causa de la sed. Me levanté y me fui a la cocina por un vaso de agua. Esta vez sí se desapareció la aridez de la boca. Bebí con ganas y, sin embargo, a pesar de sentirme encharcado de agua parecía que seguía con algo de sed.

Me volví a la cama, quizás debería controlar la sal en la comida. No era normal la sed que estaba teniendo últimamente. Lo extraño es que comía más o menos como siempre y, pensando en esto, me volví a dormir.

Abrí los ojos y miré el reloj. Los fines de semana no ponía el despertador, eran las nueve de la mañana. Desayuné algo rápido, puse la lavadora y salí para ir al gimnasio. Los viernes me venía bien. Pero los sábados era una lata tener que ir cerca del trabajo para ir al gimnasio.

Llegué, me vestí y seguimos practicando.

Desplazamientos, agarres, golpeos, proyecciones e inmovilizaciones.

A las once y media estaba saliendo para volver a casa.

Esta vez llevaba toda la ropa de entrenamiento en la bolsa de deporte.

Al llegar tendería la que se había estado lavando y podría a lavar otra, como hacía todos los fines de semana.

Una vez hecho todo, preparé la comida y disfruté de mi pequeño capricho, arroz con chipirones. Me encantaba ese plato.

Me duché y me arreglé un poco más de lo normal para acudir a mi cita con Paty. Un poco de laca de vez en cuando no mataba a nadie. Ya casi eran las dos cuando acabé, así que bajé hasta la calle.

Caminé por mi calle hasta salir a la avenida en la que Paty me dejaba todos los días. Cuando estaba llegando al final de la vía, ya pude empezar a sentir la sensación en lo más profundo de mi mente. Paty estaba cerca.

En cuanto doblé la esquina, la vi a lo lejos.

Estaba esperando en donde me dejaba todos los días, pegada a su coche.

Llevaba el pelo suelto y un abrigo negro que le llegaba casi hasta la rodilla.

Por debajo un jersey de pico verde y una blusa blanca.

También vestía una falda negra, medias y unos botines de tacón bajo.

Cruzando en bandolera, un bolso pequeño azul marino. Su figura resultaba muy estilizada.

Al verla, ella también giró la cabeza y se fijó en mí. Pude notar su alegría en verme. Apuré el paso hasta llegar junto a ella.

—¡Vaya! Estás muy guapa —saludé haciendo un cumplido.

—Tú tampoco vienes tan desaliñado como de costumbre —respondió con cierta picardía.

—La ocasión lo merece.

Me dedicó una amplia sonrisa.

—¿Te apetece cine entonces?

—Sí, estaría bien.

—¿Tienes algo en mente? A mí me vale casi de todo, el terror quizás menos.

—¿No te gusta el cine de terror?

—Más que nada porque me desquicia. Parece que se me va a saltar el corazón de pecho. —Podía percibir como aquello la divertía mucho—. ¿A ti te gusta?

—Sí, de vez en cuando veo algo. ¿Qué pasa? ¿Te da miedo?

—Es que soy una persona de acción. Ante una amenaza solo concibo huir o luchar y estar clavado en una silla de espectador me pone de los nervios.

Paty se rió.

—Y dime, hombre de acción. ¿Qué quieres ver entonces?

—No sé. ¿Por qué no miramos la cartelera?

—En marcha entonces —Y, sin más, se puso a andar.

Comencé a caminar yo también hasta ponerme a su lado. Nunca me había fijado, la última vez que la había visto andar era de noche, pero ahora, a plena luz del día, parecía que apenas pesaba, sus pasos eran ligeros y ágiles.

—Soy una dama. No esperarías que anduviera apisonando la tierra como tú.

—Te divierte mucho soltarme pullitas, ¿eh? —dije percibiendo todo lo que sentía.

Me miró fugazmente y con una sonrisa dibujada en los labios.

—Parece que te las tomas bien.

—Tengo sentido del humor y, como lo dices tan natural, parece que es evidente.

—Es que realmente haces ruido al andar.

—Más o menos como todo el mundo, supongo.

—Realmente, menos que la mayoría. Tienes un paso bastante ligero y silencioso. Pero aún así, haces ruido.

—Es que tú parece que te deslizas.

Aquello parecía que también le hacía gracia.

¡Qué chica más rara!

—Pensé que ya te habías dado cuenta. Relájate y disfruta, que te veo muy preocupado.

Llegamos al cine y miramos la cartelera. No había nada que terminara de entusiasmarnos a los dos. Por un lado, yo rehuía del terror y ella, decía que por un tiempo estaba saturada de ciencia-ficción.

—¿Drama o comedia? —me preguntó.

—Depende de si me quieres ver reír o llorar.

—¿Qué te parece ésta? —dijo señalando el póster que ponía “Sueños rotos”.

—El título es sugerente, desde luego —parecía que tenía buena pinta.

—Entonces ésta.

Era una película de cine independiente. Nada de superproducciones, nos lanzábamos a la aventura. Compramos las entradas, y yo un refresco. Paty no quiso, dijo que no le gustaba beberlos a menudo. Nos acomodamos en la sala y esperamos a que empezara la película.

Era una buena cinta para mi gusto. La historia de un soldado que soñaba con defender a su país y a su familia.

Luego de años en el frente, luchando y exponiéndose a la muerte, recibiendo heridas y sufriendo todo tipo de penurias.

Para luego, cuando regresó a casa se dio cuenta de que su sacrificio había servido para muchos menos para él.

Había pasado los mejores años de su vida poniendo todo lo mejor de él al servicio de otros y, cuando creía que le tocaba su recompensa, se había perdido la infancia de sus hijos y no era capaz de integrarse de nuevo en su familia.

En hombre no sabía qué hacer, se encontraba totalmente perdido en un mundo del que no sabía las reglas.

O peor aún, se le habían olvidado y ya no sabía cómo volver a adaptarse.

Y lo más descorazonador para Herman, que así se llamaba el protagonista, era que la guerra le había dejado secuelas psicológicas profundas; terrores y un continuo estado de alerta que nadie parecía comprender. Lo había dado todo y no tenía nada. Se había quedado solo, herido e incomprendido.

Al borde del suicidio, un día deambulando por una calle, Herman ve entonces a una mujer.

Parecía vagar sin rumbo, como él y acaban conectando sentados frente a la barra de un bar.

Ahí comenzó una nueva historia para Herman y Olga, que así se llamaba la otra protagonista.

A ambos los unen sus heridas y sus traumas.

Ambos empatizan y se entienden mejor de lo que nadie los ha entendido jamás.

Sin embargo, sus respectivos traumas y la culpabilidad de Herman por abandonar su familia complican su relación.

Hasta que, finalmente Herman decide apostar por un nuevo rumbo en su vida.

Puede que haga daño a aquellos que se supone que debería querer, en realidad tampoco lo sabe.

Pero la cruda realidad es que, para él, luego de tantos años, son unos completos desconocidos.

La historia finaliza con Herman y Olga dándose una oportunidad para intentar ser felices a pesar de las complicaciones causadas por sus personalidades marcadas por su pasado traumático y sus problemas familiares.

La película había sido todo un maremoto emocional para mí.

Pero también para Paty. Nuestros pensamientos y sus emociones se colaban en la cabeza del otro amplificándose y provocándonos un estado emocional exacerbado.

Ambos estábamos llorando a moco tendido en los episodios más duros de la película y luego, ante escenas violentas, mis reacciones hicieron que Paty, con su increíble fuerza, rompiera un reposabrazos.

Al menos eso pensaba yo por el crujido que escuché.

La conexión entre los dos era muy íntima. Pero eso a mí también me preocupaba. Nunca había oído nada sobre algo semejante y no sabía hasta que punto eso nos podría desequilibrar a los dos o llevarnos a un estado en el que se diluyeran nuestras personalidades.

Paty, luego de la experiencia de la película también se tomaba el asunto muy en serio.

Parecía preocupada por cómo nos afectábamos el uno al otro.

Su expresión era taciturna. Nos levantamos y salimos del cine en silencio.

Al llegar a la calle y sentir el aire fresco y recibir los rayos de sol en la cara la sensación perturbadora se fue diluyendo.

—¿Te apetece si vamos al parque? —le pregunté.

Paty asintió con la cabeza, ahora la notaba mucho más relajada.

Nos pusimos a caminar por la calle. Me moría de ganas de preguntarle por lo que había pasado.

Pero dudaba. No sabía si ella lo sabría o si, simplemente, no me querría contestar.

De lo que sí estaba seguro, era de que ella podía saber lo que se me estaba pasando por la cabeza.

Si quería contestarme, ya sabía que era lo que me preocupaba.

—No puedes dejarlo pasar sin más, ¿no? —Parecía resignada.

—No es que no pueda. Es que es algo extraño y afecta a mi vida. ¿Cómo se puede explicar nada de esto? Personas que… —entonces susurré—. Leen los pensamientos, conexiones emocionales directas con otra persona. Nunca había visto u oído nada así.