HISTORIAS DE AYER Y DE HOY
Llegué de nuevo hasta cerca de la parada del autobús donde me recogería Paty, como los anteriores días y esperé unos minutos a que llegara.
De repente, otra vez la sensación de que se me olvidaba algo.
Aquella intuición se hacía más fuerte hasta que comenzó a volverse una emoción de alegría y entusiasmo.
La sensación se hacía más intensa hasta que, por instinto, miré hacia la curva por donde veía venir a Paty todos los días.
La sensación se hacía más fuerte hasta que vi aparecer su coche.
Algo raro estaba pasando. ¿Por qué estas sensaciones?
Parecía que podía sentir a Paty cuando estaba cerca.
Paty llegó y paró a mi altura. Mi sensación de alegría seguía acompañándome. Abrí la puerta trasera para entrar.
—Siéntate aquí —dijo señalando el asiento del copiloto.
Dudé un momento, cerré la puerta y entré en el asiento delantero. Me senté y empecé a darle vueltas al asunto de percibir a Paty. No tenía mucho sentido, era ella la que podía percibir los pensamientos. Yo era alguien completamente convencional.
—¿En serio?
El entusiasmo cambió a preocupación. Cada vez resultaba más inquietante. No había forma de comprobarlo de forma fehaciente. Pero los indicios eran significativos.
—No puede ser posible. No conozco a nadie que pudiera adquirir una capacidad así sin más, de la nada.
—Me dijiste que tú no tenías la tuya, que te surgió con el tiempo.
—Mi caso es distinto.
—¿Por qué? —No entendía nada.
Silencio.
—Sigues ocultándome cosas.
Paty seguía callada. Pero ahora la preocupación se mezclaba con incomodidad. Parecía que no le hacía gracia ocultarme cosas, y menos, que yo le insistiera.
—Ahora sabes que no es que disfrute ocultándote cosas. Pero es que hay cosas que no son fáciles de contar.
Me quedé en silencio. Era evidente que se reservaba información y yo quería saber de qué se trataba. Pero percibir como le afectaba me hacía dudar. No quería incomodarla insistiendo más.
—No te preocupes —me dijo.
—Vaya forma de empezar hoy la conversación.
—Sí, es cierto, ni siquiera nos saludamos.
—Eso iba a decir.
Nos quedamos en silencio. Entonces recordé que el primer día le había dicho que le contaría las historias de Galicia que tanta curiosidad tenía por saber.
—El primer día…
—¡Es cierto! —exclamó—. Todavía no me has contado ninguna historia de tu tierra.
—¿Por dónde quieres que empiece?
—Da igual, la primera que se te ocurra.
—Bueno… Seres que lean mentes no tenemos —pensé un momento. Una historia típica era la santa compaña.
—¡Esa! ¡Háblame de la santa compaña! ¿Qué es? —Sentía a Paty entusiasmada y curiosa otra vez.
Entonces empecé a contarle la historia de las almas en pena que vagaban por las noches gallegas encabezadas por un vivo portando una cruz. Paty escuchaba con atención y con mi nuevo “sentido” podía notar como la historia la absorbía. Sin embargo, no parecía totalmente sorprendida.
Continué mi relato describiendo como aquel que se encuentre con la santa compaña formará parte del grupo sustituyendo al vivo y asumiendo su condena.
—Hay historias parecidas en otros lugares. No son exactamente iguales, pero tienen la misma base.
—¿Ya habías oído esto entonces? —dije un poco decepcionado.
—No es exactamente lo mismo, pero parece que hay un origen común.
—No lo sabía.
—Cuéntame otra —Parecía con ganas de más.
—Bueno… ¿Has oído hablar de Santo André de Teixido?
—No.
—En Santo André de Teixido hay una ermita y, cuenta la leyenda, que irá siete veces de muerto quien no haya ido de vivo.
—¿En serio?
—Eso dice.
Podía percibir como a Paty le hacía cierta gracia la historia. Pero también percibía cierta ironía y amargura.
—¿Tienes miedo a tener que ir siete veces? —pregunté divertido.
—Sí. No se pueden dejar las cosas para el último día —respondió con ironía.
—Es una leyenda. ¿Hay algo en ella que te preocupa?
—No, tranquilo, no es eso. ¡Cuéntame más!
—Los cruceiros. En los cruces de caminos en Galicia, en muchos de ellos, hay monumentos de piedra que consisten en una base, una columna y un crucifijo en el alto para velar por los viajantes y protegerlos de males.
—Tenéis muchas leyendas de muerte y peligros, ¿no?
—Sí. Pero no creo que sea muy distinto a otros lugares, ¿no?
Paty negó con la cabeza.
—Parece que la muerte y los peligros sobrenaturales están muy presentes en tu pueblo. Otros hablan más de historias fantásticas y preciosas y no se centran tanto en lo negativo.
—No sé. No soy experto en folclore. Pero tú, por lo que hablas, sí debes conocer leyendas de otros lugares, ¿no?
—Viajé por varios sitios y siempre se escuchan cosas.
Entonces me di cuenta de que no sabía de dónde era originaria Paty.
—De Macedonia —dijo adelantándose a mi pregunta.
—¿Y cómo llegaste hasta aquí?
—La vida allí no era fácil. Mi padre era un egiptólogo que estaba mucho tiempo fuera.
De hecho, mi nombre completo es Hipatya.
Me lo puso mi padre por su pasión por Egipto.
Luego, cuando yo tenía diez años, murió por una mordedura de serpiente en una expedición por el Nilo.
Nos quedamos solas, nuestra madre y nosotras, pero cuando tenía quince años y mi hermana veinte, fue cuando nuestra madre murió de un accidente.
Nos quedamos solas. Vivimos algún tiempo allí, pero apenas podíamos subsistir.
Según me iba contando la historia podía sentir una tristeza enorme en Paty. Tanto que las lágrimas se me vinieron a los ojos. Miré para ella y vi como sus ojos brillaban con las luces de la ciudad y del tráfico mientras una lágrima solitaria se deslizaba por su mejilla hasta la comisura de su boca.
—Luego decidimos irnos y, en el camino, entre penurias de todo tipo, encontramos a la que fue nuestra madre adoptiva.
No tenía hijos ni familia y formamos entre todas nuestra pequeña familia.
Nos mudamos a Ámsterdam a la casa de un amigo que no estaba en ese momento.
Gracias a ella pudimos sobrevivir y formarnos académicamente.
Luego, cuando cumplí los veintidós, nos mudamos un tiempo a Castellón como ya te había contado.
Pasamos unos años allí y después, cuando nos marchamos, pasamos por varios sitios, Italia, Grecia, Rusia, Turquía, Inglaterra, Francia, y, hace unos años, nos asentamos aquí mi hermana y yo.
Nuestra madre de acogida siguió viajando y ahora está en Egipto, precisamente.
—Vaya, tienes una historia fascinante —Paty me dedicó una mirada furtiva y esbozó una sonrisa.
—Siento lo de tus padres. La verdad es que no tengo palabras.
—Hay mucha gente huérfana. Nosotras, después de todo, tuvimos la suerte de encontrar a una buena persona que nos ayudara.
Guardamos silencio un rato, dejando reposar la historia.
—¿Y tu hermana a qué se dedica?
—Es doctora en el hospital Doctor Rovira. Trabaja en la sección de hematología, en transfusiones.
—¿Cómo se llama?
—Helena.
—Debe ser una persona brillante.
—Lo es.
—¿Y tú?
—¿Yo qué? —preguntó extrañada.
—¿Cómo es que te dedicas a conducir? Tu formación es buena, me lo demostrarse hace unos días. ¿Cuál es tu campo de estudio?
—Arqueología —dijo escuetamente
—¿Y para eso tanto misterio? ¿Tan terrible es ser arqueólogo?
Paty se rió. Yo estaba desconcertado.
—Es verdad. Los primeros días tanto ocultamiento para resultar que eres arqueóloga.
Paty seguía riéndose. Aunque yo la percibía un poco nerviosa.
—¿O hay algo más? ¿Cómo es que no te dedicas a ello profesionalmente?
—Quiero tomármelo con calma. Mírate a ti, estás un poco agobiado con tu trabajo.
—Touchée.
Era cierto, estaba un poco agobiado con avanzar en el proyecto que teníamos entre manos. La carrera entre desarrolladores era feroz y el primero se llevaría todo el mérito.
—Pues eso. Disfruta de la vida.
—Hablando de eso. La semana que viene ya se habrán acabado las obras en mi calle y ya podré ir en autobús como siempre…
—Y…
—Bueno, puedes verlo en mis pensamientos, ¿no?
—Sí, pero quiero que me lo digas. No seas cobarde.
Ahora notaba como sus emociones cambiaban entre ansiedad y cierto enfado.
—Me gustaría que nos siguiéramos viendo. Mañana quería dar una vuelta por la ciudad. Quizás ir a las afueras o al cine, desconectar un poco y me encantaría que me acompañaras.
Paty se lo pensó un poco. Mientras tanto yo contuve la respiración. Entonces sus emociones se empezaron a aclarar. Percibía felicidad, claramente.
—De acuerdo. ¿A qué hora?
—¿Te parece bien las dos de la tarde? Di tú el lugar.
—¿En la calle donde te dejo todos los días? Hay un cine cerca y hace tiempo que no voy.
—Por mí, bien.
—Perfecto. Así entonces.
Seguimos circulando por la ciudad. La sensación era extrañísima.
Las emociones de Paty se colaban en mi mente y a veces se confundían con las mías.
Eso influía en mis pensamientos, los cuales ella percibía, lo que influía de vuelta en sus emociones, entrando en bucles realimentados que teníamos que parar a veces para no acabar riendo o llorando.
—Esto me lo tienes que explicar —le dije una de las veces que tuve que centrarme en un semáforo para no acabar insultando al coche de delante que se había parado en seco.
—Poco hay que explicar. Es la primera vez que me pasa esto con alguien —dijo con seriedad y cierta preocupación.
—Esperemos que esto no empiece a ser habitual en mí, si no, se me va a poner la cabeza como un bombo —dije controlando la preocupación que me llegaba de Paty para no sumarla a la mía—. A ver si eres tú que, sin querer, me mandas tus emociones.
—No es posible. Con mi hermana no me pasa y estamos muchas horas juntas.
Seguimos circulando hasta el punto donde bajaba todos los días.
—Te veo mañana —le recordé a Paty.
Ella dibujó una sonrisa en su exótica cara y contestó.
—Aquí estaré.
Cerré la puerta y se fue. Mientras se alejaba sus emociones se iban desvaneciendo y el silencio volvía a mi cabeza. Era algo muy curioso y pude percibir tenuemente como a Paty también le resultaba llamativo.
¡Qué alivio! —No es que me molestara, era toda una experiencia. Pero el revuelo que me provocaba era agotador.
Subí a casa con mis cosas, cené y me acosté. Mañana sería un día de ajetreo, tendría que hacer la colada, ir al Do-jo y luego por la tarde, tenía plan. Desde hace unos meses no salía con nadie a dar un paseo.