UN DÍA CUALQUIERA
Un pitido, era el despertador. Las siete, había dormido del tirón. Por fin, ahora me notaba con más energía. Volvía a recuperar la rutina.
Tal y como hacía de forma rutinaria todas las mañanas desayuné, me preparé para dirigirme al trabajo. Cogí el autobús y me fui.
Ya casi era la hora de entrar y ya se podía ver el edificio de HPower.
Sin embargo, iba andando distraído, totalmente absorto en mis pensamientos.
Había conocido a una persona extraordinaria y ahora sí ansiaba pasar más tiempo con ella para conocerla mejor.
Pero era jueves, la semana estaba terminando y, para la semana próxima, ya habrían acabado las obras en mi calle y ya podría volver en autobús normalmente.
Debería invitarla a algún plan el fin de semana —pensé.
Llegué a la puerta sin apenas ser consciente de lo que hacía. Entré, saludé al bedel como de costumbre y fiché. Katerina volvía estar en la planta baja.
—¡Vamos! —me dijo gesticulando con los brazos—. Hoy tenemos que acabar el trabajo de estos días.
Era cierto, estábamos acabando. Luego tocaba estudiar los datos y ver que sacábamos en claro.
—Por supuesto —respondí esbozando un sonrisa—. Hoy vienes muy entusiasmada.
—Sí, puede que estemos a punto de descubrir algo grande.
Asentí. Ya estaba a la par de ella y empezamos a subir las escaleras. Mientras, manteníamos una charla intrascendental, yo no estaba muy hablador hoy. Mi mente estaba en otro lugar, pesando en todas las posibilidades de seres extraordinarios que habría en el universo.
Entramos en la oficina, como siempre, Vasilii y Hoffmann ya estaban allí, generalmente entraban unos minutos antes para abrir; eran los que tenían acceso a las llaves.
Como el día anterior, Katerina y yo nos pusimos a hacer gráficos. Faltaban muy pocos y, para el descanso de las diez, casi los habíamos acabado; nos quedamos unos minutos más. Entonces Katerina dijo.
—¡Acabé!
La miré, a mi todavía me faltaban algunos.
—Me faltan un par de ellos.
Entonces acercó su silla a la mía y se puso a mirar mientras yo acababa también. A los pocos minutos yo también terminé.
—¿Ya está? —preguntó.
—Sí, vamos a parar un rato y a comer algo, que tengo un hambre que no veas.
Bajamos juntos a la cafetería. Al fin habíamos acabado. Era una tarea tediosa, pero una vez hechos los gráficos, era mucho más fácil saber por dónde había que empezar a buscar y hacerse una idea cualitativa de la dimension del problema al que nos enfrentábamos.
—¿Cuánto crees que nos llevará estudiar los datos? —pregunté a Katerina.
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Hasta que empecemos, poco podemos saber de lo que nos vamos a encontrar —y siguió—.
Según los iba haciendo, les eche un vistazo, y parece que el problema está muy concentrado en zona en la que paramos por precaución, y de ahí para arriba, empeora.
Si no, no habría saltado el otro día el tornillo.
Era cierto. Yo también me había fijado mientras hacía los gráficos y las fuerzas y las sacudidas se concentraban en un punto muy concreto. Pero de ahí a resolverlo… las interacciones y las dependencias entre factores eran complejas y podía ser difícil hallar una solución satisfactoria.
—Esperemos acabar antes de que Hoffman y Vasilii acaben con los conductos. Querrán saber algo antes de ponerse con el modelado y simulación.
Comimos algo en la cafetería, ambos lo mismo, un zumo y un cruasán. Cuando acabamos volvimos a subir.
Ya en la oficina otra vez, estábamos solos. Así que comenzamos con el análisis. Clasificamos los gráficos según las magnitudes que representaban y comenzamos el estudio. Pronto llegó Hoffmann.
—Señor Hoffmann —lo llamó Katerina—. Hemos acabado los gráficos y ya empezamos con el estudio.
—Muy bien. ¿Cuánto creen que les llevará?
—Es difícil saberlo. Pueden ser días o semanas. En cuanto avancemos más y veamos el ritmo que llevamos le podremos dar una respuesta más concreta.
Hoffmann parecía darse por satisfecho con las explicaciones.
Asintió con la cabeza para luego apartar la mirada y dirigirse a su sitio habitual a seguir trabajando con Vasilii, el cual llegó pronto y se sentó en el sitio contiguo a Hoffmann.
Ambos estaban trabajando en silencio mientras nosotros hacíamos lo propio.
Estudiamos durante horas en los gráficos que obtuvimos buscando correlaciones entre los datos.
Estaba resultando difícil encontrar una relación causal entre los distintos factores.
Era evidente que había un margen en el cual las fuerzas de sacudimiento y las fluctuaciones en el par de giro crecían de forma exponencial.
Sin embargo, era increíblemente difícil detectar la causa del problema.
Parecía que los distintos tipos de ajustes no solucionaban el problema, o que solo lo trasladaban de unos parámetros a otros.
Así estuvimos con el análisis hasta la hora de comer, para luego seguir toda la tarde. En mi mesa comenzaban a acumularse hojas con cálculos sencillos y algún que otro croquis
—Nos faltan datos en algunos aspectos —dije con cierta frustración.
Katerina levantó la vista y me miró, desplazó la silla y se acercó a mí y examinó con ojo crítico mi pantalla y los papeles que tenía escritos encima de la mesa.
—No tenemos nada sobre el efecto de los conductos —añadí.
Katerina siguió examinando mi trabajo en silencio hasta que finalmente dijo.
—Quizás todo esto nos sirva de poco después de todo. Si tu teoría sobre la influencia de los conductos es cierta, hasta que probemos con otras longitudes va a ser difícil saber su influencia.
—Aparentemente todo funciona bien hasta este punto —dije señalando la base se una colina en un gráfico que se mostraba en pantalla—. Y a partir de aquí todo comienza a descontrolarse sin motivo aparente.
Katerina asintió sin decir nada.
—No podemos diseñar un sistema de control si no sabemos qué es lo que hay que controlar.
Katerina volvió a asentir. Pero esta vez rompió el silencio.
—Hemos de seguir estudiando estos datos. Quizás encontremos algo revelador que nos ayude en diseños futuros.
La miré y esta vez fui yo en que asintió con la cabeza. Entonces ella desplazó su silla otra vez hasta su escritorio y siguió trabajando en sus datos.
Seguimos hasta la hora de salir. Al acabar los dos estábamos exhaustos; nos levantamos y salimos comentando los resultados sin mucho entusiasmo. No habíamos llegado a conclusión alguna. Aunque era el primer día y era de esperar que no hubiéramos sacado nada en claro todavía.
Salimos y nos despedimos. Yo me dirigí al Do-jo que tenía allí cerca. Me vendría bien algo de ejercicio para despejar la mente y liberar tensión.
Me vestí con la ropa de entrenamiento que llevaba en una bolsa de deporte y me fui a la zona de práctic.
Comenzamos por un calentamiento y estiramientos.
A continuación comenzamos la instrucción.
Practicamos nuevas técnicas, remarcando los esquemas.
Control, desplazamiento, golpeo, proyección y reducción.
El esquema básico era compartido por muchas técnicas.
Al poco tiempo ya estaba sudoroso. Seguimos así dos horas y, finalmente, la clase acabó. Me encontraba relajado y cansado. Deseaba volver ya a casa. Me di una ducha en el vestuario, recogí todo y me fui del gimnasio.