REVELACIONES #3
Aunque yo no podía escuchar los pensamientos de Paty, era evidente que se sentía atormentada por lo que le había pasado a aquella gente, por su responsabilidad en lo que había sucedido. Miré para ella y vi como unas lágrimas corrían por sus mejillas.
—¿Y tu familia? —pregunté—. ¿Estás aquí sola?
—Vivo con mi hermana.
—¿Ella también puede escuchar pensamientos?
—No, ella no.
—¿Solo tienes tú ese don en tu familia? ¿No hay ninguno más que tenga alguna habilidad extraordinaria?
—Sí, pero no todos. Mi hermana tiene un don de protección hacia la familia.
—¿Y los demás?
—Que yo sepa no.
Aquella respuesta me extraño.
¿Que ella supiera? ¿No hablaban de ello entre ellos?
—Mi familia está muy dispersa y, por ejemplo, mi madre no ha manifestado ninguna habilidad sobrenatural.
—¿Y tu padre?
—No lo llegué a conocer.
Estaba disfrutando con aquella conversación. Cuánto más conocía a Paty, más quería saber. Era una persona llena de misterios. Me resultaba apasionante cada cosa nueva que sabía de ella.
—¿Cómo descubriste tu don? ¿Sabes cómo pudiste adquirirlo?
—Es una larga historia. La dejaremos para otro día. Simplemente digamos que un día comencé a percibir lo que los demás pensaban. Cada vez con más intensidad, hasta de descubrí que además podía adentrarme más en sus mentes.
—Deduzco que no es un don innato.
Paty asintió con la cabeza sin decir nada.
—Solo una última pregunta. —Ya estábamos llegando—. ¿Cuándo te adentras en la mente de alguien no se da cuenta?
Paty volvió a negar con la cabeza.
—Es que si andas entre los recuerdos y pensamientos de alguien de forma que se puedan alterar, lo normal parece que sería que algo se percibiera. No sé…
Entonces, como si una bolsa de agua caliente se apoyara sombre mi cabeza y comenzara a envolverla, comencé a notar una presión suave.
Luego, como una ráfaga de viento caliente solano en verano que parecía que me dificultaba la respiración.
¿Qué era eso? Me asusté, era una sensación que nunca había sentido.
Entonces, antes de que pudiera decir nada, encontré una parte de mí que sentía curiosidad y, al mismo tiempo, cierto miedo y cuidado. ¿Por qué sentía yo eso si lo menos que me importaba ahora a mí eran el cuidado y la curiosidad? Me podía estar dando algún tipo de ataque y ni sabía de qué.
—¿De qué te has asustado? —se dio cuenta Paty.
En ese momento la presión remitió.
—¿Es que no lo has visto en mí? He tenido una sensación desagradable. No sé cómo definirlo, de otra consciencia. Sensaciones que no deberían estar ahí. Parecía como si se me hubiera dividido la personalidad.
—Percibí tus pensamientos de preocupación, pero no sé por qué.
De nuevo la presión cálida volvió a aparecer.
—Está pasando de nuevo.
—Ya lo noto.
Volvió a remitir.
—No puede ser. Nunca había visto esto.
—¿Qué pasa? —pregunté entre asustado y expectante.
—Puedes percibir si intento adentrarme en tu mente.
—¿Y por qué lo haces si dijiste que era peligroso? —Ahora sí que estaba asustado, y más después de oír la historia de aquella familia.
—Para buscar algo reciente que te pasara y que vieras que no se podía percibir si entraba en tu mente. No pretendo hacerte daño.
—Pues sí que puedo percibirlo.
—Eso es lo extraño.
—Entonces, ¿lo has hecho más veces?
—Sí, en casos puntuales. Con recuerdos recientes y sin adentrarme mucho. —Me miró—. Sé lo que estás pensando. Pero no tuve elección y nadie salió perjudicado en esas ocasiones.
No sabía si sentir alivio. Ahora parecía muy segura. Como si ya dominara la técnica.
—He perfeccionado mis habilidades y, como te dije, los recuerdos recientes son menos problemáticos.
Si solo observo uno y no me adentro, apenas hay perturbaciones.
El efecto de mi presencia es prácticamente inexistente.
Aunque no se debe hacer a la ligera, el alcance es difícil de calcular.
—Se detuvo un momento—. Quizás me dejé llevar por la emoción, no debí hacer eso. Lo siento.
Yo no sabía que decir. Que estuviera tan segura parecía que me tranquilizaba pero, por otro lado, que me hablara antes de lo peligroso que podía llegar a ser me producía cierto desasosiego.
Quizás debería darle un voto de confianza. Al fin y al cabo es la que sabe de esto, si considera que no fue peligroso… Pero mejor que no lo haga a la ligera —pensé sabiendo que ella lo percibía. Entonces sentí como me sentía más aliviado, la tensión se relajaba.
—Ya le vas cogiendo el truco a esto —dijo divertida y continuó—. Ya hemos llegado.
Detuvo el coche al borde de la acera y, como todos los días, nos despedimos y me fui a casa. Hoy ya no iba a correr, estaba agotado completamente. El cansancio, el accidente, Paty… Eran demasiadas emociones para un día.
Me encaminé a casa de nuevo con la maldita sensación de que se me olvidaba algo.
¿Ahora también me iba a atosigar antes de acostarme?
Sin embargo, la sensación fue amainando y, para cuando acabé de cenar, ya había desaparecido. Me acosté luego de realizar las últimas tareas para mañana, aunque las hice de mala gana. No tenía ganas de hacer nada después de todo lo que había pasado.
En cuanto me metí en la cama me sentí relajado y…