Sálvame de tiempo. REVELACIONES #2
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REVELACIONES #2

En seguida, la manilla de la puerta giró y la puerta de la consulta se abrió. La mujer y el chico salieron por ella; el niño delante y la madre detrás con las manos en sus hombros. Ambos tenían una expresión más relajada.

—¿Qué tal está? —preguntó Paty primero.

—Bien, muchas gracias por traernos —respondió la madre.

—Era lo mínimo que podíamos hacer. Os llevaremos a casa —se ofreció Paty.

—No, no es necesario. Vosotros también os tendréis que marchar. Sois pareja, ¿no?

—No, no, somos… amigos —respondió Paty con cierto rubor. Eso hizo que yo también notara calor en las mejillas—. Pero, insisto, me gustaría llevarlos a casa, ya es tarde.

Entonces, la mujer aceptó y nos pusimos en marcha. Esta vez tomé yo la iniciativa de la conversación.

—No nos hemos presentado. Ella es Paty y yo soy Arturo.

—Yo soy Natalia…

—Y yo Roberto —dijo el pequeño que parecía más tranquilo.

—Hola Roberto, eres un chico valiente, ¿eh? ¿Ya se te ha pasado el susto?

—Sí, señor.

Me sorprendió que me llamaran señor otra vez. ¿Tan mayor me veían?

—¡Así me gusta! —dije con tono triunfal.

El chico adoptó una expresión más divertida y comenzó a caminar más elocuentemente.

Salimos al exterior. Ya casi no había gente por los alrededores, nos dirigimos al coche y nos montamos. Roberto y Natalia en el asiento trasero y Paty y yo en los delanteros.

—¿Donde vivís? —preguntó Paty.

—En la calle Torre de Marfil.

Eso era dos calles antes de donde vivía yo.

—Yo también vivo por ahí —les comenté—. En la calle Rosales. Somos casi vecinos.

Nos pusimos en marcha. Ya no estábamos muy lejos. Cuando casi tuvimos el accidente ya faltaba poco y el centro médico también estaba cerca.

—Entonces a ver si coincidimos algún día —dijo Natalia.

Asentí. No tenía muchos amigos por allí, tener algún conocido en las cercanías no sonaba mal. Aunque las circunstancias en las que nos habíamos conocido eran un poco extrañas.

Fuimos la mayor parte del camino en silencio. Paty y yo estábamos cansados y Natalia y Roberto habían estado sometidos a mucha tensión. Ahora daba la impresión de que querían relajarse un poco.

Pronto llegamos a la calle donde vivían ellos. Paty rechazó cobrarles el viaje a pesar de la insistencia de la mujer. Finalmente nos despedimos deseándonos volver a vernos.

Paty y yo comenzamos de nuevo nuestro camino hasta la calle donde yo vivía. Nos pusimos en marcha en silencio. Mientras, en mi mente retumbaba una pregunta.

¿De qué se puede hablar con alguien que puede saber lo que piensas?

—De cualquier cosa —Paty rompió el silencio.

La miré un poco sorprendido.

—No sé por qué te sorprendes —continuó—. Ahora ya lo sabes y yo ya no tengo que disimular. —Parecía aliviada de no tener que medir tanto sus acciones.

—Tendría que ser interesante poder hablar con alguien por telepatía, pero ambas direcciones, ahora solamente me escuchas tú a mí. —Tenía curiosidad por saber cómo sería eso.

—No es tan bonito como parece. Recuerda lo que te dije ayer sobre percibir los pensamientos de otros. Al final, es un cansancio, muchas veces percibes cosas que no te interesan lo más mínimo y otras, cosas que incluso te resultan desagradables u ofensivas.

—¿No puedes evitarlo?

Paty negó con la cabeza y continuó.

—Si me concentro, sí. Pero es complicado, así que normalmente solo intento ignorarlo, como cuando alguien habla y no le prestas atención, o como cuando andas distraído que no te enteras de lo que te dicen. Pero sigues oyéndolo y a veces se hace molesto.

Entonces se me pasó una idea fugaz por la mente al sacar a colación lo que me había dicho el día anterior.

Lo mismo es la hija del profesor Xavier o la mismísima Jean Grey. Una X-men taxista. —Tenía su gracia.

Paty se río.

—La hija del profesor X, taxista —dijo mientras seguía riéndose—. Tienes cada cosa…

Su risa se me contagió. Era extraño, todavía resultaba impactante que alguien pudiera tener tal nivel de interacción conmigo.

—¿Cómo sabes que no se debe acceder a los recuerdos de alguien? ¿Lo has hecho alguna vez?

Paty asintió, pero permaneció en silencio. Decidí no insistir a pesar de mi curiosidad.

—Fue hace años —dijo al fin—. Nuestra familia tenía problemas con otra y a mí, pensando que podía saber el origen y la motivación de su hostilidad hacia nosotros, se me ocurrió que, usando mi “capacidad”, podría resolver la situación.

Decidí indagar en la mente de la madre y del padre, que eran los mayores.

Exploré sus recuerdos y sus experiencias, sus reflexiones, no sabía el alcance de lo que estaba haciendo y nadie me pudo guiar.

Tuve poco cuidado. —Entonces su voz se quebró—.

Descubrí el origen del conflicto. Pero algo salió mal.

A partir de entonces los problemas familiares entre ellos aumentaron.

Hasta que un día, la mujer mató a sus dos hijos y al marido.

Luego desapareció del lugar y, a los pocos meses, la encontraron ahorcada en un bosque cercano.