Sálvame de tiempo. REVELACIONES
18%

REVELACIONES

Sentados en la sala de espera del centro médico, esperamos unos minutos hasta que salió el doctor a llamar a la mujer y al chico a la consulta.

Nos quedamos Paty y yo solos. En ese momento yo no podía aguantar más sin hacerle la pregunta.

—¿Cómo lo has hecho?

—¿El qué? —preguntó sin apartar la vista del infinito.

—Parar el coche.

—Pues normal, vi el chico y paré.

—Eso es imposible. Ibas mirando hacia la izquierda. Era imposible que lo vieras, estaba fuera de tu campo de visión y apenas pude avisarte. ¿Cómo lo hiciste?

Paty se mantuvo en silencio.

—¿No me vas a contestar a esto tampoco? —dije con irritación.

Entonces me acordé de algo, me levanté y fui hasta afuera.

—¿A dónde vas?

Ahora era yo el que no contestaba. Me dirigí al coche y me puse a mirar por la ventanilla del conductor.

—¿Qué haces? —preguntó Paty.

—Ábrelo.

—¿Por qué?

—Me temo que ya lo sabes.

Entonces abrió el coche, cosa que me sorprendió, dada la negatividad de la noche.

En ese momento observé el volante y pude ver las marcas de los dedos en él. Lo tanteé y lo apreté. Yo apenas podía deformar el tapizado, y menos dejar marcas de forma permanente. Paty tenía una fuerza brutal. Me giré y vi como me miraba con rostro inexpresivo.

—Te lo repito. ¿Cómo lo has hecho y qué está pasando aquí?

Paty seguía sin responder, entonces de lo profundo de mi mente surgieron unos recuerdos.

El primer día cuando subió la música sin yo haberlo pedido siquiera; luego, el día anterior, cuando parecía seguir perfectamente el hilo de mis pensamientos y dirigir la conversación hacia lo que a mí se me ocurría en el momento. Y ahora esto.

Entonces otra idea apareció en mi cabeza. Pero debía ser rápido o perdería su efecto. Así que, incluso antes de estar perfectamente perfilada, pregunté:

—Dime que es cierto que no puedes leer los pensamientos. —Mientras, al mismo tiempo, pensaba la misma frase en forma afirmativa—. Dime que es cierto que puedes leer los pensamientos.

Se quedó en silencio.

—¿Y bien? —insistí.

—¿Qué pregunta es esa? Nadie puede leer los pensamientos.

—Recuerda lo que dijiste de dimensiones que podrían permitir cosas extraordinarias. Responde sí o no.

Paty dudó.

—Eso era lo que quería saber. —Había obtenido lo que quería—. El sí o el no da lo mismo. Lo importante es que alguien que hubiera escuchado solo mi voz no dudaría en responder.

Paty se estaba dando cuenta de lo que pasaba, su expresión tensa la delataba.

—Pero en tu caso ha sido distinto —continué—.

Te has quedado bloqueada por la disonancia que te provocaron los dos mensajes contradictorios que te llegaban.

¿A qué responder? Hasta que analizaste completamente la situación y concluiste que solo debías responder a mi voz pasó tiempo suficiente como para delatarte.

La chica mostraba más nerviosismo, la celada había dado su resultado.

Y lo que más me estaba extrañando a mí es que mi idea disparatada fuera cierta.

A espera de que ella confirmara o desmintiera todo encajaba demasiado bien.

Incluso si lo negaba no me lo acabaría de creer. Eran demasiadas coincidencias.

—Eres un idiota —dijo malhumorada y se dio la vuelta para volver adentro del centro médico con paso rápido.

Te dejas el coche abierto —pensé.

Paty dio unos pasos más, se giró y lo cerró, no sin antes dedicarme una mirada fulminante.

Era evidente de que el que hubiera descubierto su secreto la molestaba enormemente.

Puede que incluso tuviera miedo. Yo en cambio, a pesar de la impresión que me produjo inicialmente, me estaba empezando a entusiasmar.

Había encontrado algo extraordinario, una maravilla, una aventura increíble.

¿Cuántos no desearían ver algo así en sus vidas?

Entonces me dirigí también adentro. La mujer y el chico podrían salir en cualquier momento y no era decoroso por nuestra parte el no estar allí.

Llegué al interior y me puse a buscar con la mirada a Paty. No se veía por ningún lado. Decidí irme cerca de la puerta de la consulta, tampoco estaba. Quería hablar con ella, tranquilizarla y quizás pedirle disculpas por mi actitud entrometida.

Estaba muy contento, había encontrado a alguien con una habilidad sobrenatural. ¿Cómo podía ser eso? Mi curiosidad era enorme, algo extraordinario sobre lo que descubrir más.

Paty no podía estar lejos. Primero, porque debería estar allí y, segundo, pero mucho más desconcertante, porque parecía que podía intuir que estaba por allí.

Entonces escuché unos pasos por el pasillo a mi derecha, levanté la vista y vi a Paty que venía hacia mí. En ese momento no sabía si esperarla o echarme a correr. Ella sabía mis intenciones, pero yo las suyas no y con la fuerza que tenía…

—Espera —dijo con tono seco.

Ya me había levantado y, aunque temeroso de lo que hiciera, esperé. Llegó al asiento contiguo al mío y se sentó. Cruzó las piernas y los brazos y se quedó mirando al frente. Dudé, y me senté también. Paty miró a los lados como para asegurarse que nadie escucharía y me dijo.

—Todavía les queda un poco. Pero parece que está todo bien.

Yo estaba sin palabras.

—¿Qué pasa? ¿Ahora se te han quitado las ganas de hablar? —dijo con tono mordaz.

—No… Es que no sabía cómo reaccionarías —dije con cierto temor.

—Eres el primero que lo descubre tan rápido y solo por sus medios. ¿Cómo lo supiste?

—Solo tienes que mirar en mis pensamientos para saberlo.

Paty negó con la cabeza.

—No funciona así. Puedo saber lo que piensa alguien en el mismo momento que lo está pensando, pero no hurgar en sus recuerdos.

—¿No puedes ver mis recuerdos?

—En realidad, sí. Pero no se debe remover en los recuerdos.

Los recuerdos son muy delicados y frágiles y cualquier modificación o distorsión puede ser fatal.

La identidad de una persona depende mucho de sus experiencias, de cómo las interpreta y de cómo su misma mente las modifica.

—Hizo una pausa y entonces continuó—. Si me adentro a hurgar en los recuerdos puedo tocar algo y modificarlo sin querer. O yo misma acabar impregnada con ellos.

Yo estaba escuchando perplejo su explicación.

—De modo que yo misma podría quedar afectada por recuerdos ajenos.

Sin embargo, el mayor peligro es que los recuerdos y la personalidad son como la corriente de un fluido.

Las perturbaciones son caóticas y su efecto es tanto mayor cuanto más al principio de la corriente se produzcan.

Como esa máquina en la que tiras una bola por arriba y baja rebotando en postes hasta caer en un cajetín.

Si la empujas al final puede que el resultado no varíe mucho pero si la perturbación es al principio la trayectoria se vuelve totalmente impredecible.

De forma que una interacción en un recuerdo lejano puede desequilibrar a una persona hasta el punto de destruirla.

Yo seguía atónito escuchando sus razones. Desde un punto de vista psicológico parecían tener base sólida y lógica.

—Pues… —Me detuve, había aparecido una enfermera andando por el pasillo.

Una vez que pasó reanudé la frase—. Resulta que me llamó la atención que pudieras anticiparte a lo que yo quería y que supieras tan bien cómo dirigir la conversación para que me resultara interesante.

Y luego, que te me pongas a hablar de física cuántica, teoría de cuerdas, de preguntas existenciales o de los límites del universo. No me dirás que es muy normal.

En ese momento se le escapo una risa nerviosa.

—Pero el detonante fue tu reacción de antes. No estabas mirando y pudiste parar antes de que te avisara para evitar el accidente. No tenía sentido, la única explicación es que pudieras anticiparte de alguna forma y reaccionaste al mismo tiempo que yo.

Paty se quedó callada un momento como decidiendo si me iba a contar algo.

—La reacción fue automática. Iba percibiendo tu diversión observando cómo el chico —dijo apuntando con la cabeza hacia la consulta—.

Huía y la madre iba a toda prisa detrás de él.

Luego percibí tu urgencia, apenas fui consciente de lo que hacía.

Sentí una tensión en el pecho y un miedo extremo y me sentí arrastrada a pisar os pedales del coche.

Yo seguía fascinado con ella, no tenía palabras para describir la emoción que me embargaba. Cada vez estaba más entusiasmado con saber más de ella. Había encontrado una persona extraordinaria y quería conocerla en toda su extensión. Al menos ahora que parecía tener una actitud sosegada otra vez.

—¿Por qué estás tan contento de conocerme? —preguntó extrañada—. Tu actitud me desconcierta. La mayoría de las personas estarían aterrorizadas de que alguien pudiera saber lo que se les pasa por la cabeza.

—Soy muy curioso. Encuentro algo nuevo y me encanta saber más de él. En este caso, de ti.

—Un inconsciente diría yo —replicó.

—Además, ¿qué más da que ahora sepa que puedes percibir lo que pienso? Si desde el principio sabías lo que se me pasaba por la cabeza, eso no cambia nada. En cualquier caso, sabes lo mismo de mí.

—Aún así…

—He encontrado algo que merece la pena ver y una persona que es fascinante y digna de ser conocida. No me imagino algo más interesante en la vida de una persona.

Paty esbozó una tímida sonrisa.

—Es verdad —le dije.

—Lo sé.

Entonces caí en la cuenta de que quizás lo que le pasaba a Paty era que tenía miedo al rechazo. La mayoría de las personas se sentirían amenazadas y la rechazarían si supieran la verdad. Quizás solamente era un persona rota por dentro de estar en soledad.

En ese momento, me di cuenta de que ella podía sentir lo que yo pensaba.

—Lo siento, no quería hacerte sentir mal —me disculpé—. A partir de ahora intentaré mantener según que pensamientos a raya.

—No pasa nada, no puedes reprimir todo. Ni te imaginas lo que me he encontrado.

Sus ojos brillaban y giró la cabeza. Era evidente que había tocado una fibra sensible. No quería hacerle daño, mi entusiasmo no debía hacerme perder de vista que estaba tratando con una persona.

Nos quedamos en silencio un rato hasta que Paty levantó la cabeza y dijo.

—Ya salen.